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Sobre la potencia de Barthes: signos y placer

Por Leticia Martin

1.

“Si leo con placer esta frase, esta historia o esta palabra es porque han sido escritas en el placer”, escribió Roland Barthes en El placer del texto. Algo que parece sencillo de tan simple, pero que tiene su complejidad, como toda la obra de Barthes. ¿Por qué Barthes es tan elegible y legible siempre? Sin querer entrar en la dialéctica tonta de comparar autores para las masas vs autores para la élites, me puse a pensar en un bar de San Telmo acerca de mi experiencia personal con la lectura de su obra. Por qué me atrae tanto. Por qué terminar de leer un libro suyo es el paso para buscar el siguiente. Es cierto que existe cierta accesibilidad en su prosa –pese a las traducciones más o menos fieles, más o menos buenas–, y que sus textos se dejan penetrar, comprender y desmenuzar, con bastante frecuencia. Tal vez es por eso, o por el ejercicio docente de Barthes a la hora de organizar su pensamiento para expresarlo en público, que estamos frente a un autor que se hace leer, se deja estar en nuestras bibliotecas y se sigue eligiendo, pese a la velocidad del mundo y los avances en la teoría crítica y semiológica, en la era de las post verdad. Pero lo cierto, más allá de todo esto, –lo más cierto para mí– es que en los escritos de Barthes se dejan ver dos elementos. 1) El placer “por” y “de” la escritura. 2) La necesidad de visualizar a ese otro al que se dirige cuando escribe y piensa (muchas veces su alumnado).  

2.

Roland Barthes nació en la ciudad de Cherburgo, el 12 de noviembre de 1915, y nos dejó estando en París, un día como ayer: el 25 de marzo, pero de 1980. Un poco con la excusa de conmemorar el aniversario de su partida es que decido organizar mis lecturas dispersas de su obra y formalizarlas apenas, de este modo, en esta nota.

Roland Barthes

3.

Barthes, además de filósofo, ensayista y semiólogo, fue el escritor que tanto anhelaba ser. Tal vez lo haya sido desde siempre, y antes de todo lo demás, o pese a que no le haya resultado sencillo verse a sí mismo de ese modo. Huérfano al año de vida, signado por las incomodidades de ese comienzo esforzado para su madre, debió recibir una pensión estatal para poder cursar sus estudios. ¡Malditos populistas benefactores! Completó el colegio secundario en el instituto Louis-le-Grand y más tarde estudió la filología clásica en la Facultad de Letras de la Universidad de París. Pero además de la orfandad, Barthes tuvo varios ataques tuberculosos, por si los primeros años de su vida no habían sido del todo complicados. El primero de ellos en 1934, siendo un joven de 19, y debiendo alejarse de su familia e instalarse en los Pirineos por casi un año para curarse. Más tarde, alternando estadías en diversas clínicas de Francia y Suiza. Pese a todo, o gracias a ello, en 1939 se recibió de Licenciado en Gramática y más tarde, en 1943, –tal vez esperando con ansiedad el final de la Segunda Guerra– se licenció en Gramática y Filología. La tuberculosis lo acompañó, con distintos grados de intensidad, por el resto de su vida. Siendo estudiante, fundó el Grupo de Teatro Antiguo y por muchos años más siguió participando activamente de sus producciones. Fue un empeñado lector del idioma francés y, terminada la guerra, trabajó en París, en el Centro de Investigación Científica. También fue nombrado ¨jefe de estudios¨ en la Escuela Práctica de Altos Estudios, y se dedicó a desarrollar una sociología de los símbolos, los signos y las representaciones. Sin Instagram, Facebook y Twitter a la mano, su nombre empezó a crecer de todos modos. Y fue nada más y nada menos que gracias a sus libros, sus artículos y el ejercicio de la docencia. El punto máximo de su carrera académica corresponde a su nombramiento en Collège de France.

“Un mensaje sin código” de Roland Barthes, recientemente editado por Godot

4.

La muerte de Barthes sucedió en primavera. La causa, paradójicamente, no fue la tuberculosis, sino un accidente vial. Una furgoneta lo atropelló en la calle de las Écoles, frente a la Sorbona. Como si al pensador de los símbolos y signos le hiciera falta señalar con su vida alguna cosa más. Su último libro La chambre claire –sobre la fotografía– había salido pocos días antes.​

5.

Me interesa de Barthes su aproximación al Otro en la escritura. Y no solo eso sino su intención de hacerlo desde la construcción de un texto que él determina polisémico. Pero sobre todo me convoca –e influencia– su mirada puesta más allá del contenido y del autor: en las posibilidades y capacidades de un lector que es activo, inteligente, capaz de crear muchos sentidos a partir de cada texto.

“Mitologías”, de Roland Barthes: un clásico

6.

Recuerdo mi lectura de El grado cero de la escritura –texto publicado en 1953– en el paso por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, y el posterior reencuentro con el libro aquel, que en su momento había leído en, quién sabe cuáles, fotocopias extraviadas. Era una noche de las librerías y una amiga leía un cuento cerca de aquel punto donde el libro me encontró divagando, buscando parentescos o nombres que me sonaran, como suelo perder mejor el tiempo. Lo compré sin dudarlo y volví a leerlo con nuevas intenciones. Como bien me había permitido pensar el propio Barthes, un mismo lector puede ser muchos, depende en qué momento de la vida se incline a un libro. Yo era un nuevo lector de ese mismo texto, entonces, buscando nuevos sentidos.

7.

Es larga la lista de libros importantes que nos dejó Barthes. Lo obvio y lo obtuso; Fragmentos de un discurso amoroso, Mitologías, Crítica y verdad, solo por nombrar algunos de los que todos conocemos. Recuerdo una anécdota ingenua de hace unos largos años. Buscando ampliar mi escritura argumentativa le escribí un mail a Beatriz Sarlo. “Quiero aprender a escribir ensayos como vos, Beatriz. ¿No me darías unas clases?”; a lo que ella me respondió sin tardar. “No es ninguna ciencia, querida. Nada que no puedas hacer sola. Solo tenés que leer con atención Mitologías de Barthes”.

Roland Barthes

8.

Hoy me tocó dar una clase más a mis alumnos de primer año, en la Universidad de Palermo. Antes de entrar a trabajar con imágenes y textos, les hice leer –como hago siempre– el ensayo titulado: El mensaje fotográfico, publicado en su momento en la revista Communications, y ahora incluido en el gordo volumen: Un mensaje sin código, reeditado en la Argentina por Editorial Godot y con traducción de Matías Battistón. Es increíble la vigencia de este libro en la sociedad de la imagen. Su anticipación al mundo que nos toca, sus reflexiones pertinentes para analizar el mensaje de la fotografía, sus posibilidades, sus silencios, lo que connota, lo que denota, lo que el texto la empioja y parasita. Además de la clase, disfruté que ese libro estuviera ahí, dándome la seguridad que solo los libros pueden darnos. Y hablamos también sobre leer en papel, clasificar y creer en la lectura, en el placer del texto, en la comunicación como interacción humana antes que ninguna otra cosa. Lógicamente, recomendé el libro. No solo por ese ensayo sino también por sus otros diez y ocho artículos, cinco de los cuales no habían sido editados en castellano  hasta el momento: J. Marcus Steiff, Les Études de motivation (reseña – 1961); La civilización de la imagen (reseña – 1961); La vedette: ¿encuestas al público? (1963); La civiltà dell’immagine (reseña – 1964) y Presentación (1964)

 

 

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