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La sociabilidad técnica de internet

Por Luciano Sáliche

La pregunta ¿qué es internet? debe seguir siendo formulada, menos por las descripciones técnicas que por sus posibilidades. Si aún no ha mostrado todo su potencial, todo lo que es capaz de hacer, ¿por qué clausurar un debate necesario para pensar, en definitiva, nuestra propia sociabilidad ahora online? Mientras internet siga cambiando de forma, siga creciendo, siga sorprendiéndonos, la interrogación tiene que continuar latente. En ese tapial que separa dos abismos —de un lado los optimistas de la red que ponderan su carácter democratizador, del otro los apocalípticos que sólo ven vigilancia y desinformación— camina la profesora y ensayista holandesa José Van Dijck, con sumo equilibrio y cautela. La cultura de la conectividad. Una historia crítica de las redes sociales, es su último libro, publicado en 2013 y traducido al español a fines de 2016.

En ese compendio de 300 páginas, la autora apura la importancia de no ceder frente a los espejitos de colores de las redes y desarrolla —este es sin dudas el gran aporte del libro— lo que ella llama principio de popularidad. La búsqueda del like, la viralización como forma de vida, el uso del clickbait fomentan “una ideología que valora la jerarquía, la competencia y el lugar del ganador (…) un ecosistema que categoriza a los usuarios y un star system al estilo Hollywood. El ecosistema de los medios conectivos no reproduce las normas sociales; las plataformas interconectadas producen la socialidad, tomando procesos de comportamiento normativo de la vida real (la presión de pares) como modelos a seguir y objeto de manipulación (mediante las listas de popularidad).”

¿Qué novedad nos traen  los tuitstars, instagramers, influencers —en definitiva: famosos— que se erigen como líderes de opinión en nuestra sociedad, ahora online? Aquí aparece una clave, una mirada novedosa: si el carácter social de las plataformas se muestra como natural, como un correlativo de lo que sucede afuera de las pantallas, ¿no hay allí, por el contrario y más que nunca, una artificialidad, es decir, una intencionalidad?

Los microsistemas —así llama a las distintas plataformas, “ecosistemas de medios conectivos”— no son plazas públicas donde sentarse a tomar mates, salir a correr o tirarse a dormir una siesta. O en todo caso sí, pero esas posibilidades que muchas veces leemos como libertades son, por el contrario, limitaciones, una obligatoriedad que se nos presenta como opcional. En el fondo, no son otra cosa  que estrategias para “hacer técnica la sociabilidad”. ¿Y qué significa esto? “Esta socialidad tecnológicamente codificada —dice— convierte las actividades de las personas en fenómenos formales, gestionables y manipulables, lo que permite a las plataformas dirigir la socialidad de las rutinas cotidianas de los usuarios”.

“La cultura de la conectividad. Una historia crítica de las redes sociales” de José Van Dijck

Para marzo del año pasado, Facebook poseía 1,94 mil millones de usuarios activos al mes. Esta cantidad habla, no sólo de una suerte de oligopolio, sino también del impacto sobre la sociabilidad. En este sentido, la mirada de Van Dijck está puesta en el doble juego de las redes: no sólo son los usuarios quienes las construyen con sus propios contenidos, también esas estructuras moldean las subjetividades de los usuarios.

Pero por otro lado, no hay que perder de vista que estos microsistemas conducen a que el capital esté en manos de grandes compañías que hacen de los usuarios objeto de una doble explotación: “como trabajadores producen el contenido de las plataformas que se basan en él, y como consumidores obligados a readquirir sus propios datos procesados, al tiempo que resignan parte de su privacidad”. Y lo que se podría llamar la tercera preocupación de la autora, ya Inés Dussel lo anuncia desde el prólogo: una de las contradicciones de las plataformas sociales que habitamos diariamente: “el contrapunto entre sus modelos de negocios y sus promesas de transparencia y participación”.

Hay valores públicos, dice Van Dijck, que la sociedad necesita saber; mirar más de cerca el andamiaje digital es clave en el desarrollo de una democracia necesaria, incluso ahí, en el mundo online, donde —todos lo sabemos— la vigilancia pincha el globo de la privacidad. “Precisamente ahora que ya contamos con una generación que percibe los medios sociales ni más ni menos que como algo dado –una infraestructura que no cuestionan– resulta de fundamental importancia explicitar las estructuras ideológicas que subyacen a los microsistemas y a su ecología”, escribe sobre el final.

Frente a todo esto, ¿es posible vivir con los ojos cerrados sin ver los conflictos que se generan en la web, que explotan a nuestros costados, que repercuten en nosotros y nos transforman? ¿Es posible taparse los ojos frente al crecimiento desmedido de compañías como Facebook o Google y adjudicárselo a la libertad del mercado? Lo es, claro que sí, ¿qué mejor que individuos desclasados que sólo se relacionan con internet a partir de una búsqueda hedonista sin siquiera preguntarse el por qué de esa relación?

 

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