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Andrés Barba: “Traducir es la manera más intensa de leer”

Por Nando Varela Pagliaro

“Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor”. Así comienza República luminosa, la última novela de Andrés Barba, merecedora del premio Herralde 2017, dotado de 18.000 euros.

En este nuevo libro, el escritor español, entre otras cosas, se pregunta qué tiene que suceder para que nos veamos obligados a redefinir nuestra idea de la infancia y a contramano del lugar común, pone el foco en el lado oscuro y violento que puede habitar en el alma de un niño. Con él hablamos, una tarde muy calurosa de enero, en el bar El Galeón, frente al Jardín Botánico.

Fabián Casas dice que para él la infancia es la edad en la que uno carga combustible. De la calidad de ese combustible va a depender el tipo de persona que uno va a ser cuando las papas quemen. ¿Vos tenés alguna definición propia acerca de la infancia?

Lo que dice Fabián es muy psicoanalítico y está muy bien. Yo creo que la infancia por antonomasia es el lugar reconstruido por la ficción. Por eso, siempre es un lugar de una veracidad dudosa. Lo que hemos sentido y lo que hemos construido en esos años, nunca termina de quedar claro dónde lo hemos hecho. Si desde la edad adulta, proyectándolo y ficcionalizándolo o si realmente sucedió.

¿Por qué tuviste la necesidad de meterte con la infancia, cuando es una de las pocas cosas que colectivamente ubicamos en una especie de paraíso perdido?

Había varias cosas que me interesaban. Una, tenía que ver con esa mitología que se construye alrededor de la infancia, que culturalmente vamos desarrollando desde la Ilustración. Esa concepción de la infancia como paraíso perdido, que se anhela durante el resto de la vida. Pero por otro lado también me inquietaba el labo B: el miedo a la infancia y en el fondo nuestra inclinación hacia la educación como el lugar donde nos defendemos del niño. En última instancia, la educación es tratar de que un niño se convierta en adulto lo antes posible. Esa ambivalencia entre lugar perdido y lugar temible, me interesaba mucho. Cuando de una cosa se puede decir igualmente A y su contraria es que existe algo interesante.

“República luminosa” (2017)

¿Cuánto creés que tuvo que ver la literatura con el mito que se construye alrededor de la infancia?

Hay tanta literatura que confirma la cursilería del paraíso perdido como su contraria. A mí siempre me ha interesado mucho la literatura que ha interpretado a la infancia desde un lugar de oscuridad o al menos donde la oscuridad era posible. Toda la tradición francesa de Marcel Schwob con La cruzada de los niños o Jean Cocteau. Incluso los existencialistas, los relatos sobre la infancia que escribió Sartre en el muro. También me resulta muy atractivo cómo, desde nuestra perspectiva contemporánea, nos defendemos de cualquier manifestación de oscuridad que se produce en la infancia, cómo negamos la violencia protagonizada por niños, cómo negamos cualquier manifestación de sexualidad, cómo nos protegemos de esos territorios porque no queremos aceptar que se producen en el mundo infantil.   

Así como existe este tipo de literatura que pone el foco en el lado oscuro de la infancia, hay muchísima bibliografía que refleja todo lo contrario. Pienso en libros como El principito. En una nota reciente dijiste que el clásico de Saint Exupéry es algo así como el mal en la tierra. ¿Por qué creés eso?

Por varias razones, El principito me parece uno de los libros más perversos del mundo. La primera es quizás su cursilería: es el libro cursi por antonomasia. Es un libro escrito por un adulto más que para niños, para adultos que se quieren sentir como niños. Además, tiene ese lado de la perversidad bestial, que es el episodio del zorro y la rosa. En aquel episodio, el niño le dice a la rosa que es especial porque él la ha elegido entre todas las rosas del mundo. Ese es un mensaje bastante perverso para poner en boca de un niño. Es decir, que la dignidad de la rosa la otorga alguien externo. Las cosas son dignas o indignas en sí mismas, nadie convierte en digno algo porque le otorga su amor. Este discurso cursi que sostiene que nuestro amor convierte a las cosas en especiales es totalmente perverso porque hace, por ejemplo, en el caso de mi novela, que los padres de los niños naturales de la ciudad de San Cristóbal consideren que sus hijos son más valiosos o más dignos de defensa que los 32 niños salvajes que han aparecido.   

Decís que nos cuesta ver a los niños como personas capaces de cometer actos de violencia, ¿te preocupa la lectura ideológica que se pueda hacer de la novela? Pienso por ejemplo en la derecha y su constante reclamo por bajar la edad de imputabilidad de los menores.

Sin dudas, es una novela política y en ese sentido un discurso natural de la derecha es precisamente rebajar la edad de punibilidad legal. Es muy loco lo bipolar que es la derecha tradicional: el niño pasa de ser el individuo que hay que defender, a ser instantáneamente el sujeto sobre el que hay que hacer caer todo el peso de la ley sin ningún tipo de misericordia. Eso, en cualquier caso, es una visión hipócrita, primero de la dignidad del hombre y luego de qué es el sujeto que hay proteger. Uno no puede convertirse de un segundo a otro en un sujeto distinto. En la novela, me interesaba mucho narrar una situación en la que una ciudad lentamente se va deslizando a esa posición en la que se cree que lo mejor es penar a los niños menores.

En España, ¿cómo funcionan los reformatorios? Acá son más bien deformatorios.

Claro, en el fondo pasa lo que dice Foucault en Vigilar y castigar, cuando habla del nacimiento de la prisión, básicamente dice que los estados conservadores son los que determinan cuál es la manzana podrida desde el inicio y sentencian a muerte a ciertos individuos de la sociedad. En el fondo, un reformatorio es un destino social. El que reflexionó mucho sobre este tema fue Jean Genet, él tiene un libro fascinante que se llama El niño criminal, en el que habla precisamente de los reformatorios como semilleros de criminales. Sartre, que escribió una biografía de Genet, cuenta un episodio en el que se ve a las claras cómo el destino social es algo otorgado por nuestro contexto. Jean Genet era un niño adoptado y hay un momento en el que él percibe, de una manera intuitiva, que sus padres no son como los padres naturales de sus compañeritos del colegio, pero como no sabe formular eso verbalmente no se le ocurre otra cosa que agarrar un collar de su madre y esconderlo debajo de la almohada. Eso hace que se produzca un gran revuelo en la casa. Todo el mundo empieza a buscar el collar hasta que finalmente aparece debajo de la almohada del niño Genet. La madre, al verlo lo señala con el dedo y le dice: “eres un ladrón”. El primer poema de Jean Genet se titula precisamente así: “Me llamáis ladrón, seré ladrón”. Es fascinante ver cómo él relata hasta qué punto somos sensibles al destino social que hemos recibido.

“En presencia de un payaso” (2014)

Todos estos libros que mencionás, ¿estuvieron presentes en tu mesa de trabajo mientras escribías la novela?

Estuvo mucho encima de la mesa La peste de Camus. Yo quería trabajar con un estado de excepción, como una ciudad de provincia aparentemente tranquila como San Cristóbal, donde de repente hay algo que obliga a sitiar la ciudad y que pone en compromiso todos los valores con los que esa sociedad se ha manejado hasta ese punto. Todo está en suspenso: la idea de la infancia, la idea del orden social, de la civilización, de la barbarie.

¿El germen de la novela también tuvo que ver con estas lecturas?

Al margen de lo literario, hubo un documental de unos directores polacos que se llama Los niños de la estación Leningradsky, sobre una comunidad infantil que vive en una estación de metro en Rusia. Ahí me gustó mucho ver cómo se comportaban estos niños y cómo hasta cierto punto esa comunidad funcionaba como una utopía anarquista totalmente horizontal, sin ningún tipo de jerarquía ni poderes. Me fascinaba ver cómo, lo que supuestamente eran los excrementos de la sociedad, en cierto punto eran lejos de la distopía, una utopía política.

Ya te habrán dicho que la novela es muy visual. ¿Te la imaginás llevada a la pantalla?

Sí, yo también creo que es muy visual. En este punto, creo que es una equivocación plantear desde el principio una novela pensando en el cine. Las novelas tienen que ser literarias, pero es cierto que hay novelas que salen más “peliculizables” que otras.

“La risa caníbal” (2016)

Uno de tus libros anteriores, La risa caníbal, es un ensayo sobre el humor. En estos tiempos de hipercorrección política, ¿es cada vez más difícil hacer humor?

Yo creo que el humor es una herramienta de agresión. Desde Terencio y Aristófanes hasta hoy, el humor es una prueba de resistencia de materiales idealistas, una especie de contraataque desde el materialismo hacia el idealismo; es fundamental para nuestra progresión cultural y nuestra conciencia social. En el libro hablo mucho de los momentos en los que el humor ha tenido un gran poder dialéctico. Determinar qué es risible y qué no es una acción política. Hay veces que las sociedades progresan y de una manera natural desarticulan la comicidad de ciertas cosas. Es evidente que una sociedad que cada vez es menos machista, no es que cada vez se censure más a sí misma, sino que va encontrando que es menos risible reírse de las mujeres. Sin embargo, en la Argentina es muy interesante cómo el movimiento feminista ha utilizado el humor como estrategia de intervención política. A mí Malena Pichot me parece un caso extraordinario en este aspecto. El humor pone de manifiesto lo desestructurado o lo débiles que son ciertas dialécticas porque son risibles. El machismo en última instancia es risible y ese feminismo que utiliza al humor como arma, en el fondo está atacando al machismo desde el mismo lugar en el que el machista atacaba a la mujer.     

Supongo que debés ser un gran lector del género. Si bien el idioma es el mismo, los códigos y las referencias culturales son distintas. ¿Cómo es tu relación con el humor que se hace en nuestro país?

El humor argentino es muy dialéctico; el español es más costumbrista y más negro. Nosotros bromeamos con mucha más facilidad sobre la muerte que los argentinos. El argentino es más fóbico para bromear con la muerte, pero el de ustedes es un humor mucho más político. Por otra parte, no hay nada tan sensible al cruce de una frontera como el humor, porque reímos colectivamente. Aunque uno esté solo en una habitación, se está riendo socialmente, con su nación, con su cultura, con su sexo y con sus ideas políticas. Cada vez que reímos, ríe una risa grupal.

Además de tu trabajo como escritor, también te desempeñás como traductor literario. Hace un tiempo, lo entrevisté a Marcelo Cohen y él me decía que en nuestro país el de traductor es un oficio que no es todo lo que reconocido que debería serlo, ¿cómo es la situación en España?

En España creo que hay un poquito más de reconocimiento a la labor del traductor y se manifiesta en dos cosas: está mejor pago y el traductor mantiene derechos. En Argentina, muchas veces, las traducciones pertenecen a las editoriales; en España, tú haces una traducción y después de unos años de sesión, esa traducción es de tu propiedad. Entonces, puedes volver a venderla. Es muy absurdo que esto no sea así en Argentina.

“La ceremonia del porno” (2007), coescrito con Javier Montes

En tu caso, el hecho de estar tanto tiempo en contacto con la palabra ajena, ¿es contraproducente para después hacer tu propia literatura?

Todo lo contrario. A veces, traduciendo a autores maravillosos, te dan muchas más ganas de escribir. En este libro hay referencias muy claras de autores que he traducido.  

En alguna nota dijiste que la mejor forma de leer a un autor es traduciéndolo, ¿no?

Sin dudas es así. Es muy fascinante porque uno empieza a vivir los textos con la misma incertidumbre con la que fueron escritos por sus autores. En muchos casos, recuerdo mejor los textos que he traducido que los que he escrito yo mismo.

¿Se lee con mayor profundidad que cuando se hace una crítica?

Se lee más profundamente y desde otro lugar. Yo creo que la traducción es la manera más intensa de leer.  

Te escuché decir que serías incapaz de escribir un texto de más de 200 páginas, ¿Creés que cada vez es más difícil encontrar lectores para grandes obras?

Yo leo mucho y constantemente y a pesar de leer tres libros a la semana, cada vez tolero menos que un libro tenga más páginas de las estrictamente necesarias. Supongo que ya debemos tener una especie de impaciencia genética. Por otra parte, hay cosas que le perdono a los clásicos que ya no le perdono a los escritores contemporáneos. Creo que exigir más atención de la necesaria es una comodidad del autor, que no ha trabajado su texto todo lo que debería.

Andrés Barba

Por último, me llamó mucho la atención que no estás en ninguna red social, ¿por qué no querés ser parte de ellas?

Prefiero no estar porque soy una persona que se relaciona mal con las redes sociales, soy demasiado sensible al ruido negativo. Por este motivo prácticamente no leo nada de prensa cultural, a pesar de que yo también escribo reseñas. En el caso de los escritores, se activa una cosa muy fea que es el agravio comparativo. Además, creo que en el mundo de las redes sociales uno acaba reducido a su peor versión. De repente, te encuentras mirando las fotos del veraneo de una tipa a la que detestas en el mundo real. Uno descubre allí comportamientos completamente adolescentes. Hay redes que lo que hacen es exacerbar tus defectos naturales, desatan lo peor que hay en ti.

Calculo que tu ausencia también tiene que ver con el uso que hacés del tiempo, ¿no?

A mí me desgasta y prefiero invertir la energía en otro lugar.

Y el hecho de no leer las reseñas, ¿no tiene más que ver con el ego?

No lo sé. La gente tiene que entender que un escritor es un tipo que se pasa el año prácticamente solo adentro de una habitación, escribiendo un libro. Luego, cuando los publica, se pone en un lugar de exposición relativamente amplio. Uno está casi desnudo y cualquier persona puede decir lo que se le cante de ti. Así, hay cosas que uno lleva bien y otras que no. Por supuesto, estoy a favor de que la gente diga de mí lo que se le ocurra, pero eso no significa que yo tenga que escucharlo.

 

Gentileza de Revista Quid.

 

 

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