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Carne, canibalismo y distopía

Por Luciano Sáliche

Los premios no dicen nada, pero iluminan. Con sus luces artificiales, los premios iluminan obras que quizás pasarían desapercibidas en un contexto como el que vivimos donde cualquier narrador de pulso considerable tienen que luchar contra, además de sus propios fantasmas, la inutilidad económica. Se escribe muchísimo, son los tiempos de la hiperinformación, y en la vidriera de la literatura aparece, de golpe, una novela rara: Cadáver exquisito de Agustina Bazterrica —tercer libro, luego de los cuentos de Antes del encuentro feroz (Alción, 2016), y la novela Matar a la niña (Textos Intrusos, 2013)—, ganadora del Premio Clarín de Novela 2017 y publicada por el sello Alfaguara. A diferencia de las vidrieras de esas marcas de ropa sobrevaloradas que exponen productos berretas, costosísimos y elaborados por mano de obra esclava, lo que sucede con las primeras páginas de Cadáver exquisito es el derrumbe de todo tipo de prejuicios.

Luego de las citas de Gilles Deleuze, los Redondos y Leopoldo Lugones, la novela arranca con la tercera persona: un hombre que trabaja en un frigorífico donde lo que se faenan son humanos. Comienza con una alienación, o mejor dicho: la develación de un hombre que se percibe alienado. “Su cerebro advierte que hay palabras que encubren el mundo”, dice la voz narradora sobre Marcos Tejo, protagonista, encargado del frigorífico Krieg donde se crían y se faenan “cabezas”, una artimaña más del lenguaje oficial para no decir lo obvio: que son personas. Así despierta de un largo aturdimiento.

La distopía que aquí se narra tiene que ver con la alimentación. Tras un virus que ha dejado al mundo sin animales —“la ausencia de los animales dejó un silencio opresivo, mudo”—, lo que ahora se come es carne humana. La transición hacia eso que no es otra cosa que canibalismo tardó pero finalmente se instaló, incuestionable. Las escenas que se describen de entrada caminan sobre el borde del precipicio del espanto. Hay sangre, mucha sangre pero también hay una necesidad de fuga que el personaje principal necesitará concretar, aunque no exista la posibilidad, porque la existencia en un mundo como ése se ha vuelto irrespirable. Si bien el argumento es fuerte, impresionable y original, la novela logra sortear el obstáculo de estancarse allí, en lo ya logrado, y construye una buena historia, verosímil y magnética, que lleva al lector a un mundo no tan lejano en el cual la brecha entre ricos y pobres está más ancha que nunca.

Asqueado de su trabajo y con su proyecto de familia pulverizado —tras la muerte súbita de su hijo, su mujer se fue de su casa—, Marcos Trejo se mueve por los laberintos de un sistema que de a poco se va solidificando. Con cada personaje que se relaciona, con cada escena en la que se involucra, su hastío se vuelve cada vez más grande y esa verdad que siente imborrable, esa sensación de que la empresa para la cual trabaja, efectivamente, mata (¿quién no se ha sentido, en las distintos ángulos de la metáfora, así?), lo va a terminar matando a él. Ya no come carne, hace rato, pero con eso no alcanza. Visitar el frigorífico diariamente, interactuar con todas esas personas que militan implícitamente el nuevo estado de las cosas —”una mentira fabricada por las potencias mundiales y legitimada por el gobierno y los medios”—, lo vuelve un ser menos desertor que desesperado.

“Cadáver exquisito” de Agustina Bazterrica

La historia avanza y el abanico de sensaciones que propone esta narración fluida y de capítulos breves es cada vez más abierto. Hay ternura cuando el protagonista se encuentra con una jauría de cachorros en un zoológico abandonado, hay perversión cuando sus dos sobrinos juegan a imaginar qué sabor tendrá la carne de su tío —de ahí el nombre de la novela: cadáver exquisito le llaman al juego—, hay fortaleza cuando se concluye que “el odio da fuerzas para seguir, mantiene la estructura frágil, entreteje los hilos para que el vacío no lo ocupe todo”, y hay terror cuando la cosificación se vuelve extrema: “después de pagar por un servicio sexual, también se puede pagar por comerse a la mujer con la que uno estuvo en la cama”.

Los personajes son oscuras construcciones que alimentan la distopía. “No entiendo por qué nos parece atractiva la sonrisa de una persona. Con la sonrisa uno está mostrando el esqueleto”, le dice Spnael, una de las pocas carniceras mujeres, cigarrillo en los dedos, vino en los labios, asquerosamente sensual.

La pregunta invisible que da vueltas en toda la novela es sobre las distancias de las distopías, sobre la improbabilidad de un mundo planteado desde otro anterior, un supuesto antecesor. Desde luego, todo futuro que se piense desde un presente enchastrado de pasado es imposible, es improbable. La pregunta es, en realidad, cuánto de las proyecciones que nos ofrecen las distopías están ya instaladas en nuestro presente. ¿Mediante qué dispositivos represivos estamos hoy anulando la otredad, convirtiendo al otro en nuestro platillo selectivo, en nuestra regocijante materia alimenticia? ¿Qué mecanismos nos vuelven consumidores a veces, y otras consumidos, y mantienen silenciadas las sensibilidades que nos permiten saltar esa trampa, la del canibalismo social y cultural? ¿Acaso somos realmente tan libres como nos creemos o, por el contrario, esa idea de libertad —estúpida, vacía, imposible— es el primer eslabón de la cadena que nos aprisiona?

“¿Vos entendés que no tenés pensamiento propio, que lo único que hacés es seguir las normas que te imponen? ¿Vos entendés que todo esto que estás haciendo es un acto vacío? ¿Podés llegar a sentir algo de verdad, vos?”, le dice el protagonista a su hermana que, más idiota que malvada, se configura como el modelo prototípico del ciudadano común dentro que propone la novela. Y tal vez fuera de la ficción, también.

 

* Imagen de portada: Saturno (detalle), cuadro de Pieter Paul Rubens pintado en 1636.

 

 

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