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El dandy tétrico

Por Luciano Sáliche

Edward Gorey tenía una colección de bebés muertos en su casa, o algo así. Ese era el rumor que corría entre los niños y adultos que leían sus libros y se preguntaban cómo una persona podía tener una mente tan retorcida, cómo un dibujante podía hacer ilustraciones tan macabras y siniestras. No podía ser normal; debía ser un sádico. Por cada persona que pasaba ese rumor se iban agregando detalles, entonces se volvía una bola sucia llena de pelos y pelusas que giraba y giraba, asquerosa. ¿Bebés muertos?

Sí, lo que tenía era una colección bebés muertos, pero en postales decimonónicas. Fotos en blanco y negro, amarronadas, del siglo XIX, cuando era costumbre fotografiar a las pequeñas criaturas que acaban de fallecer para recordarlas y honrarlas. Sin dudas, hay algo atrapante en esas imágenes de la Inglaterra victoriana y la Francia del romanticismo, donde era una forma mitigar la pena causada por el duelo. Fotografía post mortem y en el caso de los bebés, se les llamaba “angelitos”. No es difícil imaginarlo: los métodos anticonceptivos eran prácticamente nulos para aquella época, las familias solían tener cerca de diez hijos y muchos de ellos, por los escasos recursos médicos, caía dentro del alto índice de mortalidad infantil.

¿Qué diría hoy la excesiva corrección política de esta oscura afición de Gorey?

Fan de Borges y Jackie Chan

Edward Gorey nació en Chicago, año 1925. Su primer dibujo fue un tren, de esos que surcaban las calles metropolitanas como ratas apuradas. “Eran extrañas y pequeñas salchichas que pretendían ser vagones”, dijo al recordarlo.

Realizó tareas administrativas en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y se licenció en Francés en la Universidad de Harvard donde compartió la habitación con el poeta Frank O’Hara. Suelen contar los que por allí pasaron que estudiaban sobre una mesa, que no era una mesa, era una lápida que juntos habían robado de un cementerio cercano. Un mueble delicioso apoyar los libros de Charles Baudelaire y leerlo con devoción. A Nueva York llegó en 1953. Desde luego, se maravilló. Con mucha frecuencia, iba a ver el ballet, eso era algo que le apasionaba. La música solemne, la coreografía rígida, la frialdad de los cuerpos flacos y jóvenes que se contorsionan hasta conmover.

Se vestía un poco elegante, un poco así nomás, un poco ridículo; eso que en la contracultura sudafricana llaman zef, y de la que Gorey posiblemente no haya escuchado jamás. Vaqueros, zapatillas deportivas, largos abrigos de piel y anillos dorados en todos los dedos. En 1992, Stephen Schiff de la revista New Yorker lo definió así: “Una mezcla de beatnik aficionado a tocar los bongos y dandy de fin de siglo”. Y tétrico, muy tétrico.

Barbudo, flaco, alto, relajado, ojos claros, cara de culo. Gorey era un bicho raro entre intelectuales y artistas, pero también entre esa ciudadanía de a pie que sólo mira tele y bebe gaseosas dulces. O lo contrario: pese a su excentricismo, podía caer bien en ambos círculos. En la biografía que escribió Alexander Theroux titulada El extraño caso de Edward Gorey, su imagen es la de un consumidor voraz de todo tipo de producto cultural. Podía hablar horas del último capítulo Buffy, la cazavampiros o de la obra de Jorge Luis Borges, del cual era un gran lector. Decía, por ejemplo, que se aburría con lo último de Hitchcock y que Jackie Chan lo hacía reir.

Autoretrato

Como todo ilustrador hizo de todo: empezó ilustrando tapas de libros hasta que emprendió en la tarea de escribir y dibujar los suyos. Su estilo sobresalía. Ese toque victoriano le hizo a creer a más de uno que Gorey era inglés, pero no, nada que ver; bien estadounidense era. Incluso una sola vez salió del país, a Escocia, así que su apetito por viajar y conocer el mundo era nulo. ¿Qué hombre cosmopolita no tiene entre sus anhelos el de conocer otras urbes, paisajes, museos, torres de vanguardia y modernidad? ¿Qué era lo que —pensarán ustedes— anuló ese deseo viajero en Gorey, qué era lo que le llenaba de plenitud quedarse en la comodidad de su casa? Sus gatos.

“No me gusta viajar. ¿Quién cuidaría de mis gatos? Seguramente les daría un ataque de nervios… Excepto en el caso de que ni se dieran cuenta de que me he ido. Soy una persona rutinaria. No quiero trastornos en la barriga, sonidos raros en mis oídos, ni dormir en camas extrañas”, decía.

El influencer preferido de Tim Burton

Cuando empezó a publicar libros, le llegaban cientos de cartas. Muchos lo felicitaban, lo halagaban, le contaban cuánto habían disfrutado leerlo. Otros, escandalizados por su forma de poner a personajes infantiles tan cerca de la muerte, se indignaban. En entrevistas, más adelante, le preguntaban los por qué, el detrás de escena, lo que quería decir con eso. “No lo sé —respondía—, yo no sé de lo que escribo. Nunca me he sentado a averiguarlo”.

Fragmento de “Los pequeños macabros”

En 1963 publicó su recordado Los pequeños macabros, un abecedario con nombres que sufren accidentes o enfermedades. “La A es de Amy, que se rodó por las escaleras; B de Basil, atacado por unos osos; C de Clara, que se consumió sin remedio; etc. Allí podría aparecer el gif de Helen Alegría, la esposa del Reverendo, que dice, sobresensibilizada, “¡alguien puede pensar en los niños!” La respuesta de Gorey, si es que se dignaba a responderle, hubiese sido: “¿Acaso no se da cuenta, señora? Soy el único que piensa en ellos.”

En la X, por ejemplo, que “es de Xerxes, devorado por los ratones”, el niño está en un rincón de la habitación, acorralado, viendo cómo un grupo de ratas lo rodea. Es el momento previo al desenlace. Pero no, ese desenlace no aparece, no está dibujado, no ocurre, o sí, está en la imaginación, en la mente de cada lector, que compondrá la tragedia a su manera. Y ahí, en su imaginación, se quedará por un largo rato.

Ilustración de Tim Burton

Si Gorey es un artista de culto que nunca se paró encima de los tablones de la masividad, Tim Burton fue el encargado de llevar su estética a la cultura popular. No sólo su influencia está en la manera de componer cuerpos altos y desgarbados, con caras largas, ojeras y semblantes desamparados, también en la forma de construir un mundo cruel, triste y roto. Además de películas como Pesadilla antes de Navidad La novia cadáver, sólo por nombrar algunas, también en el libro La melancólica muerte del Chico Ostra publicado en 2010 donde el humor negro prevalece de forma solapada pero latente.

Cómo guiñarle el ojo a la muerte

Los personajes de Edward Gorey no están tristes, porque la tristeza es una sensación que, si no se condiciona con el llanto, siempre está en el borde, a punto, la mueca previa a las lágrimas. Tampoco están asustados, de estarlo deberían mostrarse alterados y panicosos, en shock o en una pose de alerta permanente. Podría decirse, entonces, que están desamparados y desprotegidos, a punto de ser golpeados por la perdición. Las escenas de Edward Gorey no son macabras porque no resaltan el aspecto más repulsivo y desagradable de la muerte, de hecho es llamativa la frialdad con que todo ocurre; tampoco siniestras porque no están hechas con perversidad.

¿Cómo definir, entonces, el universo que compuso Gorey? En principio, se podría hablar de un ambiente tétrico, porque todo es oscuro, todo es triste, todo es grave, entonces la muerte siempre está presente, rondando, dando vueltas por ahí, como un fantasma inevitable. No siempre ocurre, no siempre se grafica el momento mortal, generalmente queda todo listo para que el lector complete la escena con su imaginación. ¿Acaso no es esa una virtud?

En El jardín maléfico, el libro publicado en 1965 y que acaba de editar Libros del Zorro Rojo, hay una amenaza constante. Empieza con un grupo de personas, una familia posiblemente, varios miembros, hijos, tíos, un reverendo, que ingresa al jardín.  “Qué elegancia, qué alegría, qué tarde soñada, / pensar que no hay que pagar la entrada”, se lee y las sonrisas en los dibujos dejan sospechar que las cosas no van a ser nada divertidas… al menos para ellos. Entonces empiezan a suceder cosas raras: sonidos raros, un pie debajo de una piedra enorme, criaturas extrañas, flores hediondas, desapariciones y secuestros. La noche que cae y la única certeza: no hay escapatoria. Entonces los invitados del jardín desesperan, gritan, piden auxilio. Ya es tarde.

Fragmento de “El jardín maléfico”

Sin embargo, hay un elemento que se destaca y es el humor, que rompe con la solemnidad de la tragedia, la descascara y la vuelta incómodamente graciosa. Si es como dice el escritor español Alfonso Ussía, que donde no hay sentido del humor hay dogma, el trabajo de Gorey es un guiño irónico, un paso de comedia negra sobre la pesadez de la muerte. ¿O acaso por qué no podríamos burlarnos de lo inevitable?

Entre libros y gatos, adiós

Hubo un día en que decidió irse de Nueva York, dejar su departamento, los bares, los recitales, el bullicio eterno. Se instaló en Cabo Cod, una península bellísima con forma de rulo o de brazo musculando en el extremo oriental de Massachusetts. Él y sus gatos rodeados de libros. ¿Para qué más?

En los últimos años, decidió desconectarse. Fines de los años noventa y, con el ronronear cada vez más feroz de internet, Gorey hizo de su vida un oasis offline incluso de los diarios y la televisión. “El mundo entero podría llegar a pararse completamente y no tendría ni la menor idea”, dijo en noviembre de 1998, en una entrevista con BookPage.

Siguió dibujando hasta el final. No podía dejar de hacerlo. Una sordera insistente lo terminó de alejar por completo de las reuniones sociales. Ya no necesitaba oír. Su mente, que pensaba en blanco y negro —así solía decir—, nunca lo traicionó. Dibujó y dibujó, sin parar, hasta que un 15 de abril del año 2000 su corazón dejó de funcionar. Hace 18 años exactos.

Murió como quiso, como un dandy tétrico y excéntrico: rodeado de libros y gatos.

 

 

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