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Ludmila Tolentino: “Tomo muchísimas fotos sin la cámara”

Por Leticia Martin

Un recorrido mínimo por la culturosa ciudad de Bogotá no puede excluir una visita a la Cinemateca Tonalá, una pasada o dos por la excéntrica librería La valija de fuego –en el barrio progresista de Chapinero– y una sentada extensa y obligada, por no decir una a diario, en la  librería, café y centro cultural Luvina, donde además de encontrarse cantidad de títulos de cantidad de editoriales latinoamericanas, uno puede participar de largas sesiones de cine debate, ver fotografías expuestas en el primer piso del lugar, y disfrutar de una vista vidriada en la ochava superior de esa bella esquina del barrio La Macarena, casi a los pies del Cerro Monserrate.

En una de esas tardes de intenso café en Luvina, la muestra fotográfica de Ludmila Tolentino se impuso a mi mirada sin que me diera cuenta. Solo subí las escaleras y me encontré de frente con los ojos de una mujer tan igual como distinta a mí. Negrísima, brillosa, con las pupilas sostenidas esperando a quien osara pararse delante suyo y perderse en ese mar de preguntas.

Indígenas somos todos, rezaba el título de la muestra de Ludmila Tolentino y allí me dejé llevar, entre un inmenso marco y el siguiente, a esa historia que se escondía detrás de una serie extensa de personajes africanos, la mayoría de ellos mujeres y niñas atropelladas por costumbres y culturas que aparecían señaladas de diversas formas en sus cuerpos. De rostro duro, austero, que va más allá del magro y superficial acercamiento a que estamos acostumbrados en occidente, esas mujeres expresan que han sufrido tanto como han gozado de esos cuerpos que, como todo cuerpo, no le son propios. El ojo agudo de Tolentino invita a volver a los comienzos. A buscar esas amplias tierras africanas en Colombia. A saber mirar.

Impresionada por las fotos busqué el nombre de la fotógrafa, googleé, entré en su producción por unos días, mirá videos y backstages de sus trabajos previos. Fue así que di con ella y aquí dejo el registro escrito de ese diálogo que mantuvimos.

¿Siempre te dedicaste a la fotografía?

Desde niña me encantaba registrar momentos familiares con la cámara compacta de mi tía, hasta que ella me regaló una cuando cumplí 12 años. Crecí admirando el increíble trabajo fotográfico documental en slide, que mi padre hizo en los años 70`s y 80`s, antes y después de la independencia de Cabo Verde. Creo que mi inspiración viene precisamente de allí. A los 18 años me compré la primera cámara réflex para iniciar un curso de fotografía analógica con especialización en laboratorio, en la Universidad donde me formé como ingeniera civil. Cada nivel de aquel curso tenía una duración de un semestre. Los sábados, transformaba el baño más grande de mi casa en un cuarto oscuro donde me pasaba largas horas imprimiendo apenas dos o tres fotos. Era muy exigente con el tema del contraste y con la luz.

¿Es cierto que coleccionás cámaras de fotos?

No. Tengo varias cámaras obsoletas pero no puedo decir que todas ellas conformen una verdadera colección.

¿También trabajás con fotografía digital, verdad?

Cuando llegó la era digital, me puse bastante resistente a ella. Estuve 6 años sin fotografiar. No entendía cómo presionar los botones de la cámara para conseguir en segundos lo que nos llevaba horas y horas en el laboratorio. Tampoco podía entender cómo de algo tan técnico podría salir una obra interesante. En esa época la fotografía digital me sonaba como ¨artificial¨. La magia de enrollar uno mismo sus películas o de revelarlas y aún imprimir las fotografías, se había perdido con la fotografía digital. El efecto sorpresa también. Creo que antes se tomaba una o dos fotos de un mismo objeto y se demoraba más tiempo en pensar/idealizar la toma. Con la fotografía digital se hacen bastante más fotos y hasta a veces esto resulta positivo porque es en tres o cuatro tomas que uno captura esa que realmente cuenta la esencia de la persona retratada. Cuando finalmente empecé a dedicarme a la fotografía digital, prácticamente no editaba mis fotografías, apenas mejoraba un poco el contraste cuando necesario. Pues yo veía que la fotografía se había vuelto demasiado fantasiosa, demasiado trabajo de edición. Con el tiempo, encontré mi equilibrio de posproducción mejorando la toma sin salir del concepto original.   

Leí que mirás el encuadre de la foto en blanco y negro. ¿Cómo es eso?

Con la fotografía analógica, yo apenas trabajaba el blanco y negro, pues me permitía tener mi propio laboratorio en la casa. Así que he desarrollado mi ojo fotográfico para el blanco y negro. Cuando uno trabaja esto, se lanza a una búsqueda constante por el contraste y la luz. Yo siempre estoy cuadrando imágenes con mis ojos. Cuando veo estampas coloridas las imagino con los lindos contrastes en blanco y negro. Si miro un escenario con una luz divina, ni siquiera me doy cuenta del color de la ropa o de los fondos. Apenas me fijo en los trazos románticos que le dibuja la luz al personaje. Eso me pasa a diario. Tomo muchísimas fotos sin la cámara.

¿Qué te empuja a buscar lo africano para retratar y narrar con imágenes?

Luego de haber visitado muchos países en América, Asia, Europa y Oceanía, me lancé a mi continente africano en búsqueda de mis orígenes. Por ese motivo, mis trabajos más recientes han sido dedicados a África. En Bogotá presenté una muestra sobre etnias africanas porque siempre me di cuenta de lo fascinante que es para lo colombiano, todo lo que se pueda decir respecto a ese continente.  Pero mi proyecto fotográfico –Indígenas, somos todos– también pretende retratar etnias de los otros continentes. Empecé este proyecto precisamente en Colombia, en 2013, y acá estoy nuevamente para darle seguimiento latino.

¿Por qué fue tan importante para vos estar en Palenque, Colombia?

En Palenque, ubicado en el departamento de Bolívar, se conserva un África que ya no se encuentra en otras partes del continente. A pesar de tantos años, ellos siguen fieles a las costumbres de sus antepasados. Llegué acompañada de mi amiga Joana que nació en Angola y nos presentamos como africanas. Fue lo suficiente para que nos trataran como dos reinas. En Palenque se habla un dialecto –lengua palenquera– de origen bantú, así como el kicongo (Congo y norte de Angola) y el kimbundo (Angola). Nos dijeron que sus ancestros fueron esclavos que llegaron de Congo, Angola y Guiné Bissau y que parte de esos esclavos salían de Cabo Verde, mi país, que era un centro de trata de esclavos. Todos los habitantes de Palenque, no importa la edad que tengan, coinciden en un intenso sueño: pisar algún día la tierra madre africana, de donde fueron expulsados sus antepasados de forma cruel. La herencia de sus ancestros, a quien sacaron su identidad y su corazón, sigue viva de un modo intenso y real. En esa época que los visité, había dejado Angola hacía dos años –luego de tres años y medio viviendo allá–. He visitado algunos países africanos durante mi estadía angoleña y me temía que los palenqueros se decepcionaran al visitar el África de hoy. En muchas partes ya se está perdiendo la autenticidad que se les han trasmitido de generación a generación. En un instante, sentí una conexión muy fuerte con todos ellos. Sentía que todos pertenecíamos a los mismos antepasados.

¿Podríamos decir que más allá de retratar lo racial te interesa la cuestión del género?

Me encanta retratar a la gente, pero especialmente a las etnias que siguen fieles a sus raíces y a la madre naturaleza. No importa el continente.  Lo que pasa es que en muchas etnias africanas la mujer es la matriarca. En una época que seguimos con la lucha por la igualdad de derechos para las mujeres, veo súper interesante la posibilidad de mostrar el poder que tiene la mujer en esas etnias.  Obvio que nada es perfecto. Muchas de esas matriarcas sufrieron la atrocidad de la circuncisión femenina cuando eran niñas, así que uno cuestiona sobre la libertad. Generalmente con la mujer logro una relación de complicidad muy antes de empezar a disparar la cámara. Me sirve compartir un montón con ellas antes de sacar la cámara.  

¿Cómo pensás la cuestión del límite entre el respeto por las costumbres ancestrales de una comunidad y la inserción de las mujeres en un mundo menos agresivo y con menos mandatos patriarcales que las avasallen?

Como mujer independiente que ama la libertad veo muy duro las costumbres ancestrales que –en mi forma de ver– aparecen como agresivas para la mujer. Pero lo veo igualmente en nuestro mundo occidental. Teóricamente aquí son menos agresivos con las mujeres, son embargo la mujer sigue demasiado vulnerada y vulnerable. Esto se expresa en los casos de violencia doméstica, de violación por parientes y otros tipos de agresión indirecta. A pesar de todas las leyes que intentan proteger al género, aún estamos muy lejos de conseguirlo. Cuando estoy compartiendo con las mujeres de esas etnias, viajo hacia un mundo en que todo me parece sencillo y auténtico. Las sonrisas, las danzas, las miradas, la tierra, el cielo, el sol…

 

 

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