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Marozia, Eva Braun y la incontrolable marea de Venus

Por Barb Pistoia

Fe&Minismo #3

Pornocracia

La primera vez que se habló de pornocracia -poder de las prostitutas- fue en la Italia del siglo XVI. El cardenal Cessare Baronio, partiendo de los testimonios dejados por el obispo Liutprando de Cremona, eterniza el término en su libro Annales ecclesiastici a Christo nato ad annum 1198 para definir así la etapa que la iglesia católica describe como la más oscura de su historia, etapa comprendida entre el nombramiento del papa Sergio III y la muerte de Juan XII (904/964). Hay varios historiadores y autores que dan por finalizada la pornocracia en el 932, año de la caída de una de las principales protagonistas, Marozia.

Marozia, fue la hija mayor de Teofilacto I -entre sus tantos títulos figuran el de senador, comandante del ejército romano, canciller y duque-, aunque el rumor de época decía que en realidad su padre fue el papa Juan X, amante “eterno” de su madre Teodora, que tuvo otra hija a la que nombró como ella, y a la que los historiadores llamaron La Joven para diferenciarlas. Teodora era integrante de una de las familias romanas más distinguidas del Alto Medievo. Si hay un punto de coincidencia en los registros históricos es en la belleza, inteligencia, braveza y sensualidad que portaban estas mujeres, y la astucia sin piedad con la que sabían manejarse.

“La desvergonzada prostituta Teodora (…) mantenía la monarquía de la ciudad de Roma no invirilmente, lo cual también es muy vergonzoso de decir” escribió el obispo de Cremona en su libro La antapódosis o retribución; de sus hijas dice que no solamente eran iguales a ella “sino también más diligentes en el ejercicio de Venus”. Veneris exercitio es un eufemismo mitológico que alude a la prostitución mediante el sacrificio y culto hacia la diosa del amor y belleza, Venus.

Marozia por Jean Jacques Lequeu

Dijimos que la pornocracia arranca con la llegada de Sergio III al papado, suceso que ocurre de la mano de Teodora La Mayor, quien para lograrlo no solamente lo empuja a asesinar a su predecesor, sino que también estimula la relación entre él y su hija Marozia, al momento, de 15 años. El cardenal Baronio lo describe a Sergio literalmente como “un monstruo” y que su paso por el sillón de San Pedro “fue lo más monstruoso que pudo ocurrir, con él se empieza a llenar el sillón papal de hijos bastardos, con él se empieza a convertir el palacio en un laberinto de ladrones”.Pocos años después, Marozia conquista a uno de los hombres que más influencia y poder había adquirido ese último tiempo, Alberico de Espoleto; esta unión fortalecía, aún más, la posición social de su propia familia. El casamiento no interrumpió para nada la relación con el papa Sergio III, de quien quedaría embarazada. El niño, sin embargo, fue legitimado por su esposo Alberico, y se convirtió años después en el papa Juan XI, pero para llegar a ese momento falta demasiada historia.

El papado de Sergio III finalizó sin pena ni gloria con su muerte en el año 911. En sus 7 años en el poder no atendió ninguna de las funciones correspondientes, y respondió de manera absoluta a las solicitudes de Teodora y Marozia.

Si bien los sucesores fueron utilizados para una maratón de favores que una vez concretados eran descartados fatalmente, o sea, asesinados, uno de los momentos mas importantes de este período de transición se da con uno de ellos, el papa Landón. Teodora La Mayor le ordena que nombre a Juan X como obispo de Ravena. Una vez efectivizado este nombramiento, el Papa fue mandado a matar, dejando vía libre para que el amante de la matriarca y presunto padre de su hija sea el que quede a cargo del papado. Y así fue.

“Teodora -como declaré, meretriz demasiado desvergonzada-, excitada por el calor de Venus, ardió vehementemente por el encanto de aquél rostro y no sólo quiso que éste usara de prostitutas con ella, sino que –¡ay!- una y otra vez lo obligó a hacerlo” escribió textual el obispo de Cremona sobre la relación con Juan X.

Juan X

Hasta acá los hechos venían dándose de manera redonda para las mujeres, pero increíblemente para ambas, Juan X como papa no solo no se dejó manejar a ciegas por ellas, sino que terminó siendo un opositor de muy buena imagen entre la nobleza y la población en general. Imagen ganada porque entre sus logros políticos se encuentra la expulsión de los sarracenos, con él en persona comandando las tropas del ejército y ejecutando la expulsión.

Alberico de Spoleto, el esposo de Marozia, que ostentaba el título de cónsul, gozaba de un poder creciente con el mismo ritmo que crecía el desprecio que el pueblo romano le tenía por su tiranía. Así y todo, había sido parte de la cruzada junto al papa Juan X. No gratis, claro. Su participación iba a valerle el título de emperador. Sin embargo, el Papa decidió nombrar a Berenguer de Friul destacando su defensa al cristianismo. Este hecho puso en jaque las relaciones que ya no volverían a mejorar, calentándose, además, por diferentes sucesos, entre ellos, la muerte de Teodora La Mayor y la del flamante emperador.

En medio de estas revueltas, el papa Juan X consigue sacar de Roma al esposo de Marozia, que termina siendo asesinado, se cree, por los merodeadores húngaros de su guardia personal. Cuando ella se entera del asesinato de su marido encarna la venganza para con el Papa. Se casa nuevamente, esta vez con el marqués de Tuscia, Guido, toman el palacio de Letrán y encarcelan al papa Juan X en el Sant’Angelo; no pasó mucho tiempo hasta que se lo encontró muerto en su celda asfixiado por una almohada.

A partir de este momento lo único que tenía que hacer Marozia era tiempo, tiempo para que el hijo extramatrimonial que había tenido con el papa Sergio III, Juan XI, esté en edad de sentarse en el sillón principal. Así se sucedieron y desaparecieron trágicamente los papas León VI y Esteban VII. Finalmente, con su hijo ya convertido en Papa, Marozia dominaba Roma y el sur por completo, pero no se detendría.

Si bien su madre fue la que imaginó, parió, hizo crecer y fortaleció las relaciones con la iglesia, Marozia redobló la apuesta, no se conformó con estar en una alianza firme y fuerte con la institución, y convirtió a la iglesia y a su familia en un único poder, llegando al punto de no haber diferencia al hablar del papado o de ella.

Castillo Sant’Angelo

¿Qué más quería Marozia? Marozia quería llegar al norte con peso y títulos reales, no heredados en nombre de su padre, pero sobre todo quería llegar al Imperio. Quería a toda Italia, no a la mitad. Y hacia ahí fue con su belleza y estrategia a conquistar a Hugo de Provenza, que reinaba el norte italiano y tenía las mismas ambiciones que ella.La boda llegaría con la primavera del año 932, pero con lo que no contaron los protagonistas de la velada fue con el otro hijo de Marozia. A Alberico II no lo convencía la unión con el Rey Hugo y estaba bastante molesto por permanecer al margen de los artilugios de su madre. Además, encontró un aliado infalible en el pueblo romano, que estaba todavía con la herida abierta por los hechos acontecidos con Juan X.

Así fue como al momento de celebrar los votos, Alberico lanzó la orden y el pueblo romano se levantó en armas expulsando al rey Hugo, encarcelando a su madre y a su medio hermano, el papa Juan XI -quien tiempo después fue liberado pero despojado de todo poder, aunque permaneció cercano a diferentes actividades eclesiásticas-.

Partiendo de cómo ha sido revisada esta época, entendiendo que el ocultamiento también es parte del revisionismo, no parece insólito que sean prácticamente un misterio los últimos años de Marozia. Se cree que murió encerrada en un convento en Roma.

Eva Braun, ¿sacrificio o cálculo?

Dando un gran salto en el tiempo y el espacio, Heike Görtemaker, biógrafa de Eva Braun, reclamaba que la historia quiso dejar a la mujer de Hitler como una “rubia tonta, depresiva y sumisa”. 

Y sí, encuentro puntos en común como para poder terminar la nota hablando de la alemana. Los puntos en común son dos. Uno, el tratamiento histórico. Dos, ya verán.

“Hay una cultura de inocencia femenina, se creó esa leyenda y desde ahí se fueron escribiendo los hechos”, comentaba la biógrafa a razón de la presentación de su libro Eva Braun. Una vida con Hitler (Debate, 2012), en el que, entre otras tantas cuestiones, expone que Eva fue fundamental en la propaganda oficial e ideóloga de la imagen de hombre amante de animales y simpático con los niños. Ese lugar político e íntimo, que en la vida del Führer no eran independientes, no le fue dado de manera natural ni espontánea, Braun hizo todo lo posible para lograrlo: su deseo era ser parte de la cúpula nazi y trascender en la historia.  

Eva Braun

Eva Braun y amigos

La investigación realizada por Görtemaker pareciera estar basada en encontrarle respuesta a una pregunta en perspectiva: ¿la vida de Eva Braun fue un sacrificio o fue perfectamente calculada?La respuesta se compone de diferentes testimonios, contradicciones históricas entre los hombres que se llevaban bien con ella y los que estaban celosos o desconfiaban de su presencia, pero sobre todo de elementos y hechos concretos que hicieron a la relación de Braun y Hitler: una fluida correspondencia romántica de parte de ella -él no escribía cartas a nadie por seguridad-, un diario íntimo que parece escrito para ser leído por otros más que como catarsis, un par de intentos y varias amenazas de suicidio por parte de ella -que terminaron en compra de propiedades por parte de él, hasta que finalmente accedió a una convivencia-, enfrentamientos de ambos con la cúpula nazi, distanciamiento y menor presencia de las esposas de los altos nombres a medida que Eva ganaba terreno, y, por supuesto, ese final que podría tranquilamente ser una escena de Fargo.

En sus últimas 48 horas Eva acomoda las piezas para que se forme perfecto el rompecabezas de su vida. Mientras que Hitler tenía listo un testamento en el que le dejaba todo a su nombre y las garantías para que pueda continuar su vida tranquila, Eva elige acompañarlo en el suicidio.

Eva y Hitler por Suehiro Maruo

El plan es perfecto: él se dispararía en la boca y ella consumiría una cápsula de cianuro, pero antes de eso, Eva tenía algo más que hacer. Entre el casamiento y el suicidio de ambos, el Führer ordenó quemar todas las pertenencias, sin embargo, ella desobedece esa orden y le pide a su hermana que por favor cuide una caja en donde guardaba sus cartas, escritos, grabaciones, fotografías, entre otras cosas. “Enterralas si es necesario, pero que estén a salvo”. Hace unos años esa caja se encontró y fue reveladora para conocer un lado B hasta ahí ignorado e inimaginado. Una Eva vivaz, sensual, desnuda, divertida, gustosa del jazz y gozosa del aire libre, pero sobre todo con un lugar claro en la vida íntima de Hitler y con un rol político específico cercano a la cúpula nazi. También se revela una personalidad manipuladora, caprichosa, resistente frente a los destratos, ambiciosa, deseosa.

Ni buenas ni malas, mujeres

Lo que Görtemaker pone en evidencia no es una reivindicación de Eva, que tampoco lo hace esta nota, sino que pone sobre la mesa como el concepto de “inocencia femenina” está absolutamente instalado en todos, incluso en los movimientos feministas más fundamentalistas. Y esa idea, que se replica una y otra vez, convierte a una verdadera víctima en un objeto de estigmatización, o sea, es doblemente victimizada; y en los casos en los que definitivamente no se trata de una víctima -como Eva Braun, Teodora y Marozia- se las estigmatiza silenciando su existencia, manipulando sus deseos, porque se los quiere fundamentar o enmarcar en determinados contextos; como si una mujer, por el simple hecho de ser mujer, no pueda anhelar poder, violencia, lujuria, no puede distinguir la diferencia entre sexo y amor, ser infiel, etcétera. Entonces se necesita decir que actuaron de tal manera porque un hombre las obligó, las engañó, las encegueció, les prometió, las hizo esperar, o miles de razones que no contemplan que una mujer puede actuar también así. No se trata de si está bien o está mal, también puede hacerlo, y, de hecho, lo hacen.

La Tentación de San Antonio de Félicien Rops

Es cierto que esta doble victimización y estigmatización parecen inevitables en una cultura que festeja con épica la empatía, que necesita reconocerse o identificarse en la otredad para poder creer en un proyecto colectivo o para exponer cualquier tipo de expresión -por eso ese boom tan equívoco y desarraigado del “Yo soy ‘el otro’” y de las vivencias que se quieren instalar como causas-. Es cierto que caer en la trampa de estos discursos parece inevitable en una cultura que cree en sus buenas intenciones, por eso cree poder ponerse en el lugar del otro, como si “ponernos en el lugar del otro” fuera posible y conceptual, como si no fuéramos cuerpos. Es cierto que parece inevitable, pero lo que parece no necesariamente es, y todo lo que sí es -y somos en diálogo unos a otros- genera universos de contradicciones.

La exposición pública de esa empatía o sororidad termina respondiendo a las formas, hace flamear las banderas de la memoria en una parcialidad infantil y, sobre todas las cosas, continúa poniendo bajo la lupa el deseo de las mujeres. Y ese es el segundo punto que encuentro en común entre unas y otras. Entre ellas y nosotras; entre ellas y ellos, entre nosotros. Ni tan lejos ni tan cerca de nuestro tiempo. Porque, en definitiva, el esencialismo de la mujer es, ni más ni menos, que un destrato al género, aunque la encantadora y ligera épica no lo permita ver.

 

* Imagen de portada: Pornokrates de Félicien-Rops

 

 

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