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Libreros chivilcoyanos: 3 historias sobre la pasión literaria

Por Luciano Sáliche

Por la ruta 5 es más fácil. Hay una rotonda, que es nueva, en el kilómetro 159 y a la derecha, si se viene desde el este —desde el Océano Atlántico, desde Buenos Aires—, nueve letras blancas de cemento sobre el pasto forman la palabra Chivilcoy. Pero quizás por la vía es mejor: la línea Sarmiento, tren de larga distancia, pasa Mercedes, pasa Suipacha y, ya metido en la frondosidad de la llanura pampeana, llega a destino. Pero, ¿qué es Chivilcoy? ¿Qué hay en Chivilcoy?

Hay soja, boliches, casaquintas, chorizo seco y una diagramación matemática de calles, manzanas y avenidas que roza la perfección. Pero también hay libros, muchos libros, como una droga prohibida que estimula a los dormidos en estos tiempos de individualismo, superficialidad y copy and paste. “Hay veces que las ideas corren muy rápido, como caballos desbocados”, escribió Hernán Ronsino, escritor chivilcoyano, en su novela Lumbre. Puede que esas ideas que flotan en algunas librerías de Chivilcoy vengan de otros lados, de varios lados, pero también puede que ya estaban ahí, desde siempre, como un fantasma que cuida su casa. Lo cierto es que esas ideas no paran de correr entre lectores y, de alguna manera, es gracias a los dealers de los buenos libros: los libreros.

Esta es la pequeña historia de una ciudad cualquiera que se resiste a la intrascendencia y a la planicie imaginaria. Y estos son los tres libreros que sostienen esta idea. A fuerza de entusiasmo, voluntad y literatura.

Nuevos ámbitos posibles

Maxi Gesualdi Castaño de Macondo

Cuando Maxi Gesualdi Castaño decidió abrir su propia librería, ya tenía un recorrido en el rubro. Macondo está en un lugar privilegiado: Avenida Villarino 52, a una cuadra de la plaza principal, en una esquina donde pareciera que siempre da el sol. Su trabajo es el de un guía espiritual, un algoritmo humanizado: los lectores se acercan, merodean un rato por los estantes e inmediatamente le cuentan qué tipo de libro buscan. A partir de los gustos que le expresan, él les da su veredicto: algunos títulos que les pueden interesar, entretener un rato o partirles la cabeza. ¿El oficio del librero no es acaso el de un recomendador personalizado?

Macondo

Antes de montar esta librería, trabajó en Adagio, la más grande de la ciudad, la mainstream, la que tiene todos los manuales del colegio. “No se si en algún momento decidí ser librero, se fueron dando las posibilidades y me fui sintiendo muy cómodo en la profesión. Después de tres años como empleado surgió la posibilidad de abrir mi propia librería, allí nació Macondo y creo que ese fue el momento en que me convertí en librero”, confiesa, para luego viajar en el tiempo, a un punto de la infancia o la adolescencia, el de las primeras lecturas. “Fueron inducidas por mi familia y por el colegio, como pasa en la mayoría de los casos, pero recuerdo que los libros de la saga Harry Potter fueron los primeros que leí por interés propio. Cuando terminé con Harry seguí con la ciencia ficción, principalmente Julio Verne y Ray Bradbury”, recuerda.

“¿Lo que más me gusta de este oficio? Estar rodeado de libros todo el día, contar con la posibilidad de tener las primicias o de conseguir esos libros que hace tiempo no se consiguen. Ampliar el conocimiento todos los días por nuevos libros que llegan o lectores que vienen a la librería. Igualmente si tengo que elegir una sola cosa es poder tener un espacio que los lectores encuentren como propio también y se sientan cómodos para venir, tomar un mate y charlar sobre estos temas que a veces encuentran difícil hablarlos en otros ámbitos. Creo que este es el mayor logro de cualquier librería”.

Macondo

 

Correr la literatura del lugar sagrado

Candela Romano de Más libros por favor

Más libros por favor no es una librería virtual aunque se le parece. Candela Romano, profesora de Lengua y literatura, conduce esta idea nacida al calor de las redes sociales hace algo más de un año. Pedidos, más pedidos y una leyenda: consigue cualquier libro que se le encargue. En su casa del barrio porteño de Villa Crespo recibe tres veces a la semana a los lectores pero luego, una vez por mes, hace una feria en Chivilcoy, en Laprida 269, con gran concurrencia.

Cuando piensa cómo es que se metió en el universo de la literatura, recuerda un ritual que tenía cuando era muy chiquita con su padre, cuando regresaba de sus viajes laborales. “Se sentaba en el sillón del living, me alzaba a upa y me contaba una historia de animales de la que yo formaba parte. No recuerdo exactamente el argumento, pero sí la sensación previa y el mientras tanto. La ansiedad de la espera, la emoción por esa historia que era la misma cada vez. Creo que una dimensión de la literatura son los cuerpos atravesados por algo. Uno escribe porque algo lo atraviesa y lee por la misma razón. En ambos procesos nos transformamos. A mí esta primera lectura, primitiva, oral, me transformó. En ese momento, en el que otra gran parte de mis lecturas eran audiovisuales y de la mano de las princesas de Disney, tener al mismo tiempo una experiencia más humana, más real de lo literario y formar parte con el cuerpo, fue fundante. Y también la rescato porque logró enamorarme de la literatura, de la palabra como poder: al ser parte de una historia, la entendí como potencialidad, la ficción como ese lugar en el que todo es posible”.

Más libros por favor

Ser librera, para ella, no es una opción más en el abanico de profesiones. Ser librera, asegura, “es el sueño o la aspiración de toda persona que lee activamente. Siempre imaginé que iba a tener un lugar de venta de libros íntimo, en el que promocionara un espacio de lectura cálido y cosas que a mí me gustan cuando leo: beber algo, música, luz bajita”. Ser librera “es una decisión política e ideológica” porque lo que le interesa de este oficio es “poder democratizar la literatura. Desarmar esa cosa de élite, de poco acceso. Las plataformas digitales ofrecen esa oportunidad, porque de repente por las búsquedas llega gente a la página (a Instagram más que nada) que no lee habitualmente, pero que la foto o el pie de la foto le gustó, entonces te escriben, te preguntan y por curiosidad terminan comprando un libro. Y después otro, y otro, y otro. Personas que quizás nunca entraron a una librería o que hace mucho no lo hacen porque no encuentran lo que les gusta o porque la persona que atiende no sabe lo que está vendiendo. La literatura es muy expulsiva en algunos casos, entonces me gusta poder hablar sobre lo que leo de un modo accesible y correrla del lugar sagrado”.

Hace un año, en medio de una crisis laboral, se le apareció la idea: “No me estaba sintiendo realizada profesionalmente y necesitaba algo que me mantuviera activa, despierta. Encontré la posibilidad de vehiculizarlo a través de las redes sociales y de a poco logré generar ese espacio cálido dejando que la gente venga a mirar los libros a mi casa: tomamos algo rico, revuelven, leemos, escuchamos música, compartimos literatura. No quería que lo virtual frivolice el trabajo y reducir al libro a una actividad comercial, porque para mí no lo es. Acá, las visitas no son como a una librería tradicional, hay gente que viene a las dos de la tarde y capaz son las siete y seguimos conversando”.

Más libros por favor

Entre las clases de literatura que dio en colegios de Chivilcoy y las clases que da ahora en el Vieytes, su reflexión sobre la profesión se volvió permanente. Pensar y hacer. Hacer y pensar. “Pienso que la literatura —sostiene— nos corre todo el tiempo del lugar reduccionista o individualista de mirar las cosas desde nuestra experiencia o círculo o contexto y nos interpela a apostar a una mirada más tolerante, más solidaria: porque hay lecturas que nos incomodan, nos enojan, nos acercan, nos angustian o nos hacen pensar desde otra óptica. No sé si le doy un valor instrumentalista a la literatura, si sirve para algo, pero sí la entiendo como una posibilidad”.

Naufragar en páginas amarillentas

Jesús Malone de Libros usados Chivilcoy

Viejos son los trapos. Claro que sí: ¿quién podría hablar de la vejez de una idea? Hay literatura que nació inmortal, que se construyó para perdurar eternamente. No importa cuán amarillentas estén sus páginas o cuántas notas al pie o subrayados tenga. Un libro es la idea que transporta. Al entrar a la librería de General Paz 76, que se llama, sin ningún tipo de metáfora, Libros usados Chivilcoy, esto queda claro. Pilas y pilas de literatura que fue pasando de mano en mano, de biblioteca en biblioteca, hasta llegar aquí y ahora: la posibilidad de un nuevo lector que resignifique lo escrito y le de una nueva vitalidad.

Jesús Malone es el librero que la comanda y en sus palabras hay humildad y orgullo. “Lo de ser librero fue como un accidente buscado. Vivo con mi mujer y mis hijas en una casa muy pequeña. Y no tenía más espacio para bibliotecas y había muchos libros para acomodar. Así que decidí deshacerme de lo que no me interesaba y los publiqué. Por supuesto que fue primordial el apoyo de la flaca que cuando vio que yo estaba feliz me invitó a que siga y la gente se copó con la idea. Al poquito tiempo empezamos con las ferias nocturnas y de veinte libros pasamos a tener más de dos mil títulos”, cuenta.

Libros usados Chivilcoy

Su relación con la literatura comenzó de una forma muy inusual. Más allá de tener un padre lector y que en su casa siempre había libros dando vueltas, el recuerdo que tiene es el siguiente: “Un día estaba aburrido y se me ocurrió agarrar un diccionario. Me puse a leerlo de corrido. Con el tiempo se convirtió en un hobbie. Cuando estaba aburrido leía el diccionario. Así que podría decirse que mi ingreso a este mundo fue de aburrido”, dice, y continúa: “Después, mis primeras lecturas fueron las de Patoruzito, hasta que a los 15 años cayó entre mis manos un Príncipe de Maquiavelo y me fascinó. Luego estaba la literatura escolar que siempre me aburría y por lo tanto nunca leí El Quijote hasta q tuve ganas. Al revés de muchos, yo conocí primero clásicos ingleses y españoles. Filosofía y luego de los 18 incursiones a Borges, Cortázar, etcétera. Hoy leo cualquier cosa cuando tengo tiempo y siempre hay libros dando vueltas”.

Jesús Malone le esquiva a la etiqueta. “No sé si soy un librero”, dice, y de inmediato borra la obviedad: ni ahí se considera un librero romántico. “Sí amo el libro usado —confiesa—, su olor. Yo siempre gocé de ir a Avenida Corrientes en Buenos Aires e internarse horas a revisar. Quería que acá tuviésemos la misma oportunidad. La gente viene y sabe que acá nadie los va a molestar, que pueden estar horas y no llevar nada. A mí, lo que más me gusta del oficio es el contacto con el papel del libro. La mugre de los libros guardados durante años y sobre todo que nunca se sabe qué vas a encontrar adentro. Desde flores secas a dinero extranjero, pero nunca dólares”, dice con humor, y concluye: “Pero siempre el libro viejo trae el recuerdo de alguien, la ilusión de otro. Una dedicatoria”.

Libros usados Chivilcoy

 

Retazos del lector chivilcoyano

Si cada actividad está determinada, no sólo por la subjetividad individual de la persona que la realiza, sino también del contexto que la envuelve —Marx hablaba de “condiciones materiales de existencia”—, entonces un lector se conforma como tal a partir de su clase, su género, su etnia, sus costumbres y, fundamentalmente, su geografía. De ser así, no es descabellado pensar en que existe, quizás de forma difusa, un lector chivilcoyano.

“El público de acá es muy variado —dice Maxi Gesualdi Castaño—, esto te obliga a tener una amplia variedad temática y también sirve para no encasillar al librero en su sector favorito. Además de esto hay gran cantidad de lectores en la ciudad, la mayoría muy informados, y con algunas características particulares que lo diferencian de los de Capital Federal, por ejemplo: aquí no revuelven ni revisan todas las estanterías en busca de algún libro que los atrape, son mínimos esos casos, prefieren la recomendación y la guía del librero y ahí es donde se genera otro vínculo con el lector”.

“El público es variado en general”, dice también Jesús Malone sobre el lector chivilcoyano, y enseguida continúa la frase sin dejarla estancar: “Pero la gente joven, al contrario de lo que muchos creen, es la que más viene. Y busca. Todavía hay algún tipo de prejuicio de pueblo con respecto a meterse a un lugar a revisar libros”. Por su parte, Candela Romano lo describe así: “Curioso, abierto, proactivo. Para mi sorpresa, tenía mis prejuicios y sin embargo es hermoso intercambiar con lectores chivilcoyanos”.

 

 

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