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Anecdotario para el hombre de oro

Por Luciano Sáliche

Para contar una historia es necesario detallar el contexto. Batallas que van y que vienen en el corazón de una Europa no tan vieja dieron lugar al imponente Imperio austrohúngaro, un conglomerado de reinos que convirtió a Viena en la gran capital del arte.

En ese contexto creció Gustav Klimt, pues nació en el año 1862, en Baumgarten, parte del distrito de Viena. Y si en esa ciudad se respiraba arte, cabe decir que en su casa mucho más, puesto que su padre era grabador de oro. Aunque claro, que un hombre grabe oro no significa que sea suyo De hecho, ¿qué hombre millonario grabaría su propio oro en vez de pagarle a un obrero con sensibilidad artística para que lo haga por él? Gustav Klimt nació pobre porque, se sabe, en aquella época no había medias tintas: o se era rico o se era pobre. La diferencia poblacional entre los de un lado y los de otro, aún hoy, sigue siendo alarmante. No es sólo suerte.

Respirar arte y una escopeta cargada

Respirar arte, de eso se trataba —también, la influencia de su madre, cantante—, y de tanto inhalar ese oxígeno brilloso, su talento se volvió sólido y en 1876, con apenas catorce años, obtuvo una beca para estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. Siete años dedicados a la pintura y al diseño de interiores.​ Abstraído del mandato de llenarse de guita, estudió mucho porque otra no quedaba. La pintura, su sendero: se puede ver que la primera etapa de su obra es, como suele decirse, académica. Para aquel entonces, junto a su hermano Ernst, que era el que mejor dominaba el oficio heredado de grabador de oro, la magia de su padre, formó un colectivo que llamaron —sin demasiada originalidad, vale decir— Compañía de artistas. Obras decorativas, otra etapa en su vida.

“Judith I” (1901) en Museo Belvedere, Viena

Para 1892, con su padre y su hermano muertos, Klimt decidió acelerar el proceso de personalización de su obra. Ya había recibido la Orden de Oro al Mérito del Emperador Francisco José I de Austria, ni más ni menos, pero sus ojos estaban puestos en su obra. Cuando, en 1894, le encargaron pintar el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena, en su mente habrá rodado aquella vieja y siempre actual frase “Esta es mi oportunidad”.Filosofía, Medicina y Jurisprudencia le puso de nombre a esas ilustraciones pero, al presentarlas, fueron vetadas. La moral pacata de la época: pornografía y en exceso pervertidas, decían.

Unos años después cuando Klimt consiguió que desde los Estados Unidos alguien las quiera, el Estado alegó que ya eran de su propiedad. Enfundado en la bronca de un loco engañado, el pintor se presentó en las oficinas estatales con el ceño fruncido y una escopeta cargada. ¡Devuélvanme mis obras! Finalmente llegaron a un acuerdo.

La línea alrededor de tus pensamientos

El estigma en bandera, dice el sociólogo Carles Feixa Pampols. A veces sucede que cuando alguien es castigado y estigmatizado, esa herida se hace pancarta. Así como el término villero pasó de ser una condena a una reivindicación militante, Klimt hizo del sexo una transgresión. Cuando le dijeron pornográfico, tomó esa injuria y la adhirió a su mente, a su máquina creadora. Por eso entre tantas frases que dijo, que aparecen sueltas en la fragmentación constitutiva de la web, están:

“Todo arte es erótico” o “Para cada época su arte, al arte su libertad”.
También, “El arte es una línea alrededor de tus pensamientos”.

Fue así que se ganó una etiqueta que hoy, vista desde esta actualidad, es positiva, no en aquella época: enfant terrible, niño terrible en francés, que viene a señalar una infantilidad, la provocativa. ¿Por qué su arte era consideraba negativo? En principio, porque adulteraba los cánones de la época y los subvertía. Y si el arte es, como lo dijo él mismo, una línea alrededor de todo eso que reflexionamos, ¿quién tiene pensamientos puros, castos y políticamente correctos? Todo eso que pasa por nuestra cabeza —y que el descubrimiento freudiano del inconsciente da cuenta— es, por así decirlo, ingobernable.

“Dánae” (1907) en Colección privada, Viena

¿Cómo exigirle entonces a un artista que se mantenga incólume y anestesiado frente a esa rebeldía que atraviesa su mente, el deseo latente que le alumbra los caminos oscuros jamás transitados? Klimt creía que el arte debía ser, debía fluir libre sin dejarse atrapar por el autoritarismo ni por el populismo. Fluir, y sin pose.

Historias detrás

¿Cuál es el valor de un Klimt? Más allá de su técnica y el zarpazo que genera en las arcas de lo predecible, podría decirse que hay algo más: sus historias detrás.

Con El beso, ese lienzo de óleo, oro y estaño que hizo entre 1907 y 1908, ocurrió algo diferente a lo que pasó con las obras para el techo de la Universidad de Viena —que además fueron quemadas por los nazis—: fue recibida con entusiasmo y encontró un comprador de inmediato. Hoy es su obra emblemática, la más popular, como le ocurrió a Edvard Munch con El grito, a Rembrandt con Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, a Vincent van Gogh con La noche estrellada, a Eugène Delacroix con La libertad guiando al pueblo y siguen los ejemplos. Cosas que pasan. Lo cierto es que El beso, hoy expuesto en el Museo Belvedere de Viena, grafica muy bien su estilo. Es, por así decirlo, un cuadro icónico de su técnica e imaginario: simbolismo, oro y sensualidad.

“El beso” (1907-1908) en Museo Balvedere, Viena

En cambio, con Retrato de Adele Bloch-Bauer I, ocurrió otra cosa y su historia sí merece ser contada. No sólo porque es una obra subjetivamente más bella que El beso, sino porque guarda una batalla legal entre su heredera natural y el Estado austríaco. Desde el año 2006, está en la Neue Galerie en Nueva York. Lo compró Ronald Lauder en 135 millones de dólares, un número pocas veces visto en la historia del arte. Al cuadro se lo conoce popularmente como La dama dorada. Le llevó tres años de trabajo y lo terminó en 1907.

Al cuadro lo encargó Ferdinand Bloch-Bauer, marido de Adele, sin saber que detrás de toda gran obra de arte hay un romance. El matrimonio usaba parte de la fortuna proveniente de la industria azucarera en financiar artistas. Adele Bloch-Bauer es la única modelo pintada en dos ocasiones por Klimt —Retrato de Adele Bloch-Bauer II lo hizo en 1912— y, sabiendo que su obra era de una calidad inigualable, escribió en su testamento que debería donarse a la Galería del Estado de Austria. Cuando los nazis ocuparon Austria, ella ya muerta, el viudo se exilió en Suiza y todas sus propiedades fueron confiscadas, incluida la colección Klimt. Al caer el nazismo, los cuadros quedaron en manos del Estado austríaco.

“Retrato de Adele Bloch-Bauer I” (1907) en Neue Galerie, Nueva York

Ochenta y tres años tenía María Altmann, sobrina del matrimonio Bloch-Bauer, cuando descubre que su tío había modificado el testamento y que Retrato de Adele Bloch-Bauer I debía estar en sus manos. En la película británica de 2015 La dama de oro, protagonizada por Helen Mirren y Ryan Reynolds, se narra esta epopeya: el caso “República de Austria vs Altman” que llegó hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos.

“Mi tía así lo hubiese querido”, dice la actriz que personifica a Altmann —vale la pena preguntarse: ¿realmente así lo hubiese querido?— y aparece la recreación del momento en que Klimt y Adele Bloch-Bauer se conocen. Ella, interpretada por la actriz alemana Antje Traue, baila frente a todos con un vestido surrealista y una sensualidad desbordante, sí, pero también deja en evidencia que es difícil igualar la belleza con que Klimt diseñó su Dama de oro con unos cuantos planos cinematográficos.

Viena, soy tuyo

La historia de Klimt y la historia de Viena están entrelazadas como los eslabones de una cadena. No como la cadena que ata las garras del águila en el escudo de Austria, porque allí se rompe. El paralelismo está.

Tras la caída de Napoleón Bonaparte en Rusia y la reestructuración europea, Viena se convierte en el eje de la política continental. Ese proceso deviene en una oleada cultural e intelectual que la dota de energía. Klimt es hijo de esos días. Para cuando el Imperio Austrohúngaro se forma, Klimt era un niño que ve cómo Viena se erige como la gran capital artística del mundo. Sigmund Freud y Otto Bauer son claros ejemplos, también la Secesión de Viena que encabeza el mismo Klimt junto a los arquitectos Joseph Maria Olbrich y Josef Hoffman, y el Círculo de Viena, que surgirá más tarde, con Karl Popper, Moritz Schlick y Ludwig Wittgenstein.

“Vida y muerte” (1915) en Museo Leupold, Viena

Pero como las cosas buenas en la vida duran poco, este esplendor no sería la excepción. Estaba en Sarajevo el archiduque de Austria, Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, cuando fue asesinado. Así, desde Viena, se declara la guerra contra Serbia estallando la Primera Guerra Mundial. El Imperio, del lado de las potencias centrales, pierde y se desmembra. A Austria le llega el turno de una república parlamentaria que la Alemania nazi anexa y transforma en el Ostmark del Tercer Reich. La confiscación de las obras Klimt fue inminente. Arte degenerado, decían que hacía. Pero Klimt todo eso no lo vivió, tampoco la Viena roja que construyó democráticamente el Partido Obrero Socialdemócrata.

Murió en 1918, hace cien años. Tenía 55 años y una neumonía galopante pero también fue atrapado por los tentáculos de esa brutal pandemia de gripe que sacudió varias ciudades europeas —en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas—. Un infarto repentino a los 55 años y adiós: estaba en Alsergrund, parte del distrito de Viena, esa ciudad donde hoy están sus restos, en el cementerio Hietzing, y también sus obras, en el Museo Belvedere.

Cuando sintió el primer dolor en el corazón, habrá pensado: “Viena, soy tuyo”. O tal vez no; quizás simplemente se fue de este mundo con la sensación de que había dejado un mensaje más que claro: el arte siempre será libre, de eso se trata.

 

 

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