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El desayuno desnudo

Por Isabelle R | Ilustración: Sandra Chevrier

Que el Profesor me haya invitado a su casa no me sonó raro a pesar que apenas nos hablábamos en el Instituto. Nos habíamos cruzado en primero cuando yo usaba la pollera más larga y él la corbata más ajustada. Habíamos terminado ayer. Me pareció apropiado ir, después de todo no tenía nada que hacer en esa ciudad ahora que no cursaba.

La casa era más chica y más luminosa de lo que imaginé. Era como si todo fuera un gran y único comedor. Al rato, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz blanca que entraba de afuera, empecé a distinguir pequeñas divisiones, cosas sutiles que marcaban espacios. Por ejemplo, la planta definía hasta dónde estaba el living y después venía la galería. O el biombo medio arrugado parecía un brazo de madera entre el comedor y la cocina.

Me saludó con la cabeza. Tenía la barba de unos días y la camisa blanca remangada. Estaba sin corbata y descalzo. Me invitó a pasar. La mesa estaba tan llena de cosas que pensé que venían más personas. Debió haber notado algo en mi cara porque aclaró: Espero que tengas hambre, a mi me encanta desayunar.

La verdad que nunca desayuno a la mañana pero contesté sí con la cabeza. Me senté en frente de él y miré en detalle todo lo que había en la mesa.

Sé que él hablaba de fondo. No decía frases enteras sino palabras sueltas. La mesa era rectangular y solo tenía dos sillas. Una frente a la otra en el medio. Había muchas frutas, diferentes panes. Un plato cubierto que después levantó y vi que había panqueques. Muchos frascos de diferentes tamaños. Un mantequero de plata con su cuchillo liso y labrado. Una hielera con una botella abierta. Una tetera blanca y dos tasas gordas. ¿Mojito? Sí, gracias y me entregó un vaso angosto y largo con un removedor de color verde. Vi un posavasos bordado y lo apoyé.

Esto es… Sí, me interrumpió, te dije que a mi me encanta desayunar. Se movía en la cocina. Veía su espalda marcada, la camisa le caía recta adentro del pantalón oscuro. Trajo dos platos más llenos de comida que puso en la mesa. Servite lo que quieras. Agarré una tostada de pan con semillas y empecé a untarle manteca. La manteca estaba blanda, no derretida, simplemente acolchonada. Se amoldó al peso de mi mano y del cuchillo. Por un instante quise meter los dedos ahí. Él pareció leerme la mente. Puso su dedo índice, lo arrastró a lo largo de la manteca y lo chupó mirándome fijo. Me encanta tocar la comida con las manos, aclaró.

¿Ya sabés qué vas a hacer después? Dejé la tostada en el plato y contesté que no con la cabeza. Todavía no me decidí. Mientras le hablaba vi que extendía la mano con su servilleta blanca y me limpiaba la comisura de los labios. ¿Vos? El verano me voy y después vuelvo para la apertura del instituto. ¿A dónde te vas? Le hablé sin mirarlo, estaba perdida eligiendo entre los frascos que pensé eran mermeladas. Probalas. Abrí una y metí el dedo, lo chupé y en segundos sentí el gusto dulzón y lleno de fuerza de la frambuesa. ¿Sabés en qué serías muy buena? Habló sin contestar mi pregunta. Levanté la vista. Me había olvidado de él por un instante. Escribiendo. Estoy pensando en Artes pero no se si escribir, contesté. Él pareció no escucharme, se dio vuelta y fue a buscar algo a la cocina.

Cerrá los ojos. En serio, quedate tranquila y, cerrá los ojos. Respiré hondo y sentí su olor. Tenía un dejo de perfume que se había puesto temprano que se mezclaba con el de su piel. No era transpiración, era el olor de él siendo él. Traté de relajarme. Sentí un roce encima del labio inferior. Suave, frío. Y enseguida empezó a picar. Una picazón que se expandía como mini bombas que explotaban en cada pedacito de mi labio. Chili susurró en mi oído. Sentí calor. En mi labio, en mi garganta, en mi pecho, en mi vagina. No te muevas dijo. Y enseguida me pasó algo por el mismo labio. Se sintió húmedo y blando. Algo que aliviaba las explosiones. Pan susurró de nuevo. Dejé de sentir su olor y abrí los ojos. Estaba delante mio.

¿Te gusta pintar? O te gusta hablar sobre pintar. No me contestes. Siguió hablando mientras se sentaba frente mio. Sentilo. Todo lo que decidís se siente en alguna parte de tu cuerpo. Eso es más fácil que hablar. Las palabras engañan. Me reí dándole un sorbo a mi mojito. Mirá lo que escucho viniendo de un profesor de literatura. Es lo que pienso. Las palabras me encantan pero fallan constantemente al tratar de describir lo que nos pasa. Es una gran mala comunicación desde el momento cero. Hablaba revoleando el tenedor. Ah, pero el tacto, el sabor, el olor. Esos… dijo pinchando un poco de los huevos revueltos que estaban en una bandeja. Esos no se equivocan.

¿Por qué me invitaste? Porque creo que sos hermosa. Soy una estudiante. Lo sé, eso no quita que seas hermosa. No hay valor en ser hermosa. No hay esfuerzo. Antes de seguir levanté la vista, me costaba mucho pensar y mirarlo a los ojos. En el peor de los casos hay que agradecerle al espermatozoide de mi papá que se encontró con el ovulo de mi mamá. Se rió. Y su risa me sobresaltó. Rebotó contra todas las paredes de la casa. Obvio, brindemos a la salud del espermatozoide más rápido y del óvulo más receptivo, e hizo chocar su copa contra la mía. ¿Por qué viniste? El curso ya terminó y no tengo nada mejor que hacer. Brindemos por eso también. El ocio ha dado inicio a muchas grandes acontecimientos, contestó mordiendo una manzana.

¿Qué es eso? Apunté mi dedo al sector de la fruta. Había bananas, arándanos, sandías cortadas en triángulos, melón en cubitos y atrás una especie de bola roja con pinches o pelos del mismo color.

Rambután. Vení que te lo pelo así lo probás. Lo agarró con sus dedos y lo partió. Le sacó los pelitos y la cobertura roja y adentro quedó algo parecido a una uva grande o una ciruela blanca. Probalo. Ojo que tiene carozo. Lo mordí y sentí el jugo desbordarme el labio y caer por el cuello. Me paré chupándolo para que no siga chorreando. El se acercó y me pasó la servilleta por el mentón y suave bajó por el cuello. Me desabrochó un botón de la camisa y se quedó en mi pecho. Es una fruta de Malasia e Indonesia. Es dulce y muy jugosa, como te diste cuenta. ¿Dónde la conseguiste?, dije sin moverme. Tengo mis contactos, contestó volviéndose a sentar.

¿Más mojito o querés vino? Para desayunar el mejor es el vino blanco. Me sirvió en una copa con labrados que formaban estrellas. Me dejé la camisa desabrochada y me acomodé. Crucé las piernas como cuando me sentaba en el piso del gimnasio del colegio y empecé a agarrar las cosas con las manos. Me gusta que hagas eso, hay que sentir las cosas. Hablás como gurú de moda. Hablo como se me canta. Ya te dije que las palabras siempre se quedan cortas. Me das risa, y encima querés que estudie letras. Se sirvió un panqueque y empezó a derramar miel encima. Cuando terminó le pasó un dedo al borde del frasco y me lo dio. Lo chupé, sentí la mezcla de la miel ligera y dulce y el sabor amargo y fuerte de su piel. ¿Ves? No te dije que estudies letras, sino que escribas. Touché, le contesté y volvimos a brindar. Hablamos aunque no me acuerdo de qué y probamos cada cosa que había en la mesa. Sé que él me sacó mi camisa y yo la suya. Y sé que me tiré arriba de él. Sentí su miembro duro detrás del pantalón. Los movimientos se dieron como en una receta que se conoce de memoria. Paso a paso, sin apurarse pero sin dudar. Me mordió un pezón y grité. Me tapó la boca y sentí todavía el gusto a miel en sus dedos. La silla se movía golpeando contra la pared. Él no sacó su mano incluso cuando lo mordí más fuerte. A mí me encantó. Me acuerdo que me besó el cuello y me volvió a servir vino, aunque para ese entonces ya tenía mucho sueño.

Cuando me desperté, él ya no estaba. La mesa seguía ahí puesta aunque no tenía el orden y la precisión de cuando llegué. Los platos estaban a medio terminar. La manteca chorreaba en un costado. Las frutas se mezclaban entre sí. Me abroché la camisa, agarré la mochila y salí. No tenía idea de qué hora era.

 

Serie Mojada

 

 

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