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Testamento obrero (crónica de un descubrimiento)

Por Enrique Balbo Falivene

Antes de comenzar este relato y a raíz de los rumores que he suscitado en estos últimos años, me veo obligado a hacer un descargo para salvar mi buen nombre y mi persona; no pretendo justificar mi encierro ni buscar excusas a mi supuesto ostracismo: soy un hombre viejo que agota sus últimos días y soy -siempre lo fui- plenamente consciente de mis acciones. Como tal manifiesto que nunca he dejado de trabajar (lo hago desde los ocho años), nadie podrá llamar a mi puerta para exigirme alguna deuda ya que deudas no tengo y, por último, mi República, mi territorio y mi paisaje es La Boca. Aquí nací, aquí vivo y aquí moriré. Éste es mi deseo.

Hecha esta aclaración ya puedo adentrarme en el relato. Juzgo conveniente, para entender cabalmente el motivo de mi desaparición y mi aparente cambio de hábitos, empezar por el principio. Quede este manuscrito como testimonio.

No sé exactamente cuándo nací; alguien me depositó en el otrora célebre molinete de la Casa de Niños Expósitos. Las monjas calcularon que la fecha aproximada de mi nacimiento era el primero de marzo, día de San Siviardo; y el año, mil ochocientos noventa.

Supe después, que no presentaba problemas mi salud, vestía finas ropas bordadas y estaba bien alimentado. Era bastante frecuente en los albores del siglo, que los burgueses forzaran a las muchachas del servicio y que todos los nacidos no deseados acabáramos en la Casa de Expósitos. No obstante jamás tuve rencores, siempre actué con generosidad, y tampoco me distrajo saber quiénes eran mis padres biológicos.

La pareja que me adoptó nunca ocultó mi orfandad. El día que los vi atravesar aquella enorme puerta de madera supe que iban a ser mis padres. Él era un genovés, enorme y fuerte como un toro, que acababa de llegar a la patria y se había instalado en La Boca. Era estibador en el puerto. Mi madre, una india entrerriana, analfabeta como mi padre, no necesitó leer y escribir para llevar con precisión las cuentas de la carbonería que teníamos en los bajos de la casa, y que se decidieron a abrir al poco de haberme adoptado. Y ése fue mi primer trabajo: repartidor de carbón.

Recuerdo aquellos años en la Vuelta de Rocha con profundo cariño; recuerdo la niebla del riachuelo, los conventillos, los barcos, los incendios de las casillas, la dársena sur, la inmigración; recuerdo a mis padres sentados de la mano los domingos en la Plaza de los Suspiros, en Magallanes y Mendoza; recuerdo la calle Garibaldi, las sirenas, el trasbordador, las inundaciones, la fábrica de bizcochos Canale. Por aquellos años aprendí a abrazar el barrio que me cobijaba porque el barrio, y sus gentes, me abrazaron a mí.

También por aquellos años mis padres descubrieron que tenía yo cierto talento con las máquinas y engranajes. Empecé con apenas doce años a reparar las ruedas de los carros, a ajustar y calibrar pistones, a comprender los fundamentos de la electricidad y la mecánica. Así fue como, con enorme esfuerzo, mis padres decidieron inscribirme en la escuela politécnica de Otto Krause en el Paseo Colón.

Durante la carrera suscribí al socialismo; todos los que vivíamos en La Boca lo hicimos. Aunque el diputado Palacios no era del barrio sus arengas encajaban aquí perfectamente. Todos éramos obreros, nos ayudábamos unos  a otros, en ninguna casa faltaba para comer y solíamos decir que la raza fuerte, la que ayuda y contribuye al bien común era la del conventillo, es decir la de La Boca. Estas calles se hicieron así, con trabajo, fantasía y socialismo.

Cuando salí de la escuela de inmediato me coloqué como aprendiz en la Ítalo Argentina de Electricidad. Y en sólo tres años era responsable de la sección usinas.

En la carbonería, en los ratos libres, empecé a reparar todo tipo de máquinas para contribuir a nuestra economía y  ayudar a los recién llegados al barrio. Había gran mayoría de ligures e italianos del sur, pero también llegaban empujados por la guerra y la hambruna españoles, polacos, turcos, húngaros, eslavos, portugueses, sirios, rusos.

Como el improvisado taller empezó a crecer mi padre me alentó a que trabajara por mi cuenta. Un contrato con la empresa de trolebuses me ayudó: alquilé un obrador más grande no lejos de nuestra casa y dejé el trabajo en la Ítalo.

Después vinieron los motores de los astilleros de Tandanor, la empresa de ómnibus La Patria y los camiones de los Bomberos Voluntarios de la Vuelta de Rocha.

Nos mudamos a una casa con un  patio que ventilaba las habitaciones de la pesada humedad del riachuelo. Aunque mis padres no estaban de acuerdo con la nueva casa yo insistí. ¿Cómo no intentar devolver algo a quiénes habían hecho tanto por mí?

Hacia la década del cincuenta ya tenía en el taller dos oficiales torneros, un matricero, cuatro aprendices, una secretaria. Pero yo continué trabajando con el mismo ahínco de siempre ¿Por qué no iba  a hacerlo? Sólo descansaba los domingos. Caminaba un poco y desayunaba en algunos de los bares, más frecuentemente en el Roma o en La Perla, y después íbamos a comer pescado fresco con algún amigo al Spadavecchia o una parrillada al Obrero. En este último conocí a Alejandro. Y recuerdo aquel día perfectamente, imposible olvidar la visión de aquel extraño sujeto atravesando la puerta y dirigiéndose a nuestra mesa con paso seguro. Yo estaba con Filiberto, gran amigo mío, famoso por sus composiciones y por su mal carácter y con Cichero, el funebrero.

-He venido a buscarlo a usted, el mecánico -dijo mirándome desde su altura de casi dos metros.
-¿Y cómo sabe que yo soy yo? -pregunté mientras mis compañeros de mesa ahogaban las carcajadas.
-Habiéndome guiado mis pasos usted no podía ser otro -afirmó mientras dejaba una tarjeta sobre la mesa. Salió con el mismo paso decidido que había entrado; sólo se detuvo en una mesa junto a la ventana dónde comía Luis Ángel Firpo para hacerle una extraña reverencia. Miré la tarjeta y vi que vivía en Palermo, en la calle Laprida.
-Curioso sujeto… -suspiró Cichero, mientras yo meditaba cuando había sido la última vez que había ido a Buenos Aires.

Esa semana, debo reconocerlo, estuve pensando en Alejandro con suma curiosidad. No soy yo un hombre de devaneos y fantasías porque, en realidad, Alejandro me había venido a buscar pero no me había dicho para qué. Trabajo no me faltaba, de hecho el taller crecía cada año pero yo intuía que si había venido desde Buenos Aires tendría que ser algo importante. Decidí ir a verlo el domingo y despejar así todas las dudas.

Emprendí el camino por la mañana hacia la que antes llamábamos Calle Larga, la avenida Montes de Oca. El barco que había traído a mi padre desde su Génova natal hasta La Boca había tardado cuarenta días con sus noches; yo iba a tardar alrededor de una hora y media en llegar caminado hasta la casa de Alejandro. Creo que ese domingo tuve las mismas ilusiones y los mismos temores que  mi padre. Esa extraña incertidumbre que producen los nuevos caminos, esa ilusión con recelos.

Aunque me propuse no entretenerme tuve que hacer un alto al llegar a Bernardo de Irigoyen. La ciudad había crecido de forma desmesurada. Para alguien que raramente abandonaba La Boca, Buenos Aires parecía un enorme monstruo que se desplegaba con sus grandes edificios, en un manto grisáceo sobre mis hombros.

Finalmente giré en la calle Charcas y en unos pocos pasos estuve delante de la casa de Alejandro: Laprida 1212 (aún hoy, tantos años después, no he conseguido olvidar este número).

Era una casa señorial, de dos plantas con una fachada dividida entre cuatro ventanas y tres puertas. Llamé con mis nudillos a la puerta del centro y el pestillo se abrió casi de inmediato con un ruido seco. Empujé la puerta y comprobé que un ingenioso pero sencillo mecanismo accionaba la apertura: era una cuerda atada a unas poleas que subía  hasta lo alto de la casa. De inmediato vi la escalera, y era tan alta y tan pronunciada que sentí un poco de vértigo antes de encarar los estrechos peldaños (si yo fuera un poeta hoy podría escribir: “… sé que he subido esa escalera un número secreto de veces…”)

Alejandro estaba en lo alto y con un gesto de su  brazo interminable me invitaba a subir.

Me estrechó la mano y me agradeció que respondiera a su solicitud. Enseguida empezó a conducirme por una serie de habitaciones y pasillos. Era la casa más grande, extraña e incómoda que había visto en mi vida.

Arribamos a lo que parecía un pequeño estudio y allí me señaló un plano que tenía desplegado sobre un atril y exclamó:

-Se trata de construir esta máquina. Primero hará usted una maqueta a escala, en el margen del plano tiene los valores. Luego, si consigue que la maqueta funcione, le daré las medidas de la máquina real -remató.

Intenté acercarme al plano para entender de qué se trataba pero Alejandro ya lo estaba retirando del atril para enrollarlo.

-Por los dineros no se preocupe, si le hacen falta me lo hace saber. Su precio por este trabajo será el mío -aseveró mientras metía el plano dentro de un tubo forrado en cuero y me volvía a señalar con un gesto la salida.

Desde lo alto de la escalera, cuando yo me aferraba temeroso a la fina barandilla para iniciar el descenso me dijo:

-Si tiene dudas y necesita volver hágalo. Me encontrará siempre aquí. Yo jamás abandono esta casa.

Volví a La Boca consciente de que quizá llevaba en el tubo algún misterio. No supe bien por qué, pero tuve la certeza de que no tenía que mencionar a nadie el plano que me había confiado Alejandro. Y no me equivocaba.

Me dispuse en el taller, en mi despacho, y desplegué el plano sobre la mesa. La máquina por fuera no representa más que una caja de madera con una tapa. Es un prisma que contiene en la parte superior una ventana y una serie de interruptores. He contado doce.

Por dentro, y aquí radica la complejidad del aparato, hay una serie de engranajes y poleas que funcionan, al parecer, por un sistema de palancas. Si no he entendido mal el plano, cada vez que se acciona un interruptor exterior, la caja abre la ventana y un brazo sale para volver a apagar el interruptor que se encendió. El problema es que las piezas que conforman el sistema no existen y hay que hacerlas. Razono que por esto Alejandro me ha convocado.

He dibujado todas las piezas en un nuevo plano y me he puesto en el torno a fabricarlas. Algunas son de un tamaño tan ínfimo que requieren mis máximas habilidades y suma paciencia.

Trabajo por las noches, cuando el barrio está en silencio. Cada vez que termino una pieza la compruebo y la guardo en la caja fuerte. Aún no acabo de determinar por qué pero entiendo que la máquina esconde un secreto que espero poder revelar.

En siete meses tuve una serie de piezas que clasifiqué con número y forma y apunté en un cuaderno. Había pensado en acudir a alguno de los buenos carpinteros que tenemos en el barrio para la caja de madera, pero preferí evitar preguntas y me he decidido a construirla yo mismo.

Establecí encima de la mesa de trabajo todas las piezas según el orden que deberían llevar los mecanismos. Compruebo que los engranajes más antiguos están oxidados, la humedad del riachuelo se ha empezado a extender por algunas piezas como un tumor. He de empezar de nuevo o de lo contrario el mecanismo podría atascarse.

Termino la caja. El habitáculo, según la escala, no es más grande que una caja de zapatos. Coloco las bisagras,  los muelles y los resortes en la pequeña ventana de apertura.

Acabo de incorporar algunas modificaciones. Hay piezas que no acaban de responder al sistema; se atoran o giran a una velocidad que aumenta según el diámetro de los ejes. Recompongo las piezas y realizo nuevas pruebas. He pensado que quizá estas variantes debería comentarlas con Alejandro. En definitiva estoy cambiando hechos importantes del plano, pero también pienso que él me ha contratado para esto. Para que la máquina funcione.

El artilugio, con algunos desperfectos, ya está funcionando. Al tocar un interruptor el brazo sale y lo apaga. El brazo responde con fidelidad salvo en el primero y el décimo. Y el otro pequeño detalle: hay veces que el mecanismo arranca solo. Creo que es hora de ir a casa de Alejandro con el plano corregido y aumentado. La máquina la he dejado en la caja fuerte.

Al emprender Montes de Oca noto que el barrio ha cambiado. Barracas se ve diferente, las avenidas no son ya las mismas. Lo mismo ocurre en Buenos Aires; me siento extraño, como si  la ciudad hubiera decidido cambiar sin aviso y como si yo fuera otro.

Al llegar a la calle Laprida compruebo que la casa está igual, pero el barrio no. Hay nuevos comercios y la calle se ve diferente, anodina.

Llamo a la puerta y la cuerda acciona el mecanismo. Empujo y veo que en lo alto de la escalera hay una mujer mayor. Pregunto por Alejandro y me dice que murió hace dos años, de un infarto, en su casa del río Luján.

-¿Quién es usted? -me pregunta con extrañeza.
-El mecánico… ¿No le dejó nada para mí?
-No, nunca me habló de usted…

Le di el pésame y me despedí. Empecé a caminar hacia La Boca inquiriéndome cuánto tiempo había pasado desde que empecé a construir la máquina. Un extraño frío me recorrió la espalda: no sabía siquiera en que año estaba.

Hoy, tantos años después de aquello, una hemiplejia me ha impedido los movimientos de la parte izquierda del cuerpo y escribo este manuscrito con serias dificultades. La humedad del Riachuelo tampoco me ayuda, pero no pienso dejar el barrio. Aquí aguardo el final.

No tuve tiempo para el amor, nunca tuve pareja y confieso que siempre sentí temor ante el hecho de formar una familia. He visto tanta miseria y a tantos niños morir de hambre y de soledad en el orfanato que he decidido no tener ninguno. Pero la semana próxima voy a casarme con mi secretaria. Ha trabajado conmigo durante toda su vida y, como yo, es huérfana y no tiene a nadie. La he nombrado además heredera de todos mis bienes.

La Boca está sitiada por la Junta Militar que se hizo con el poder el año pasado mediante un golpe vil y artero. La inmigración europea se ha detenido hace años, y ahora el barrio parece destinado a olvidar ese pasado de forja, trabajo y alegría.

En cuanto a la máquina, ahora que conozco su poder y sus virtudes, sus secretos y sus peligros, he de hacer con ella lo mismo que hizo Alejandro conmigo: cederla. Ya he encontrado a esa persona y mañana nos veremos en la Vuelta de Rocha para entregarle el aparato y desaparecer.

Funciona perfectamente y responde a todo impulso. Sólo hay que saber que interruptores hay que accionar.

 

 La Boca, a 10 de Enero de 1977.

 

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