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Como un revólver guardado atrás, en el pantalón

Por Luciano Sáliche

I

La poesía de Cesare Pavese no da tregua. Es narrativa, pesada y amenazante, como un revólver guardado atrás, en el pantalón. Nació en 1908, en Santo Stefano Belbo, un pueblito italiano y piamontés entre los Alpes y el Mediterráneo, y tal vez en ese origen silencioso, rural y solitario se percibe la cadencia de sus versos. Pero comenzó como traductor, se licenció en Filología Inglesa, fue crítico literario y editor. Tal vez todo eso le supo a poco. Entonces, la política: el Partido Comunista, el espíritu incendiario y la cárcel en Calabria. Mientras tanto escribió ensayos, novelas, cuentos. La síntesis fue la poesía, lo que permitió presionar en las yagas del mundo.

Todo ese traqueteo no fue fácil. Sobre todo en Italia. Aún no era mayor de edad cuando Benito Mussolini encabezó la marcha sobre Roma en 1922 enamorando al rey Víctor Manuel III, quien le pidió un “gobierno de orden”. La Primera Guerra Mundial llegaría y esa Italia con sindicalismo revolucionario quedaría en las sucias manos del Duce. Pese a la censura y la persecución, Pavese fundó y comandó la editorial Einaudi y escribió sin parar, hasta que, por algunos de sus textos antifascistas, fue confinado en un pueblo de Calabria donde todos los días tenía que pasar por la comisaría. Corría el año 1935 y en esas caminatas tristes y llenas de bronca hacia la dependencia policial entendió, casi como una revelación, el poder de sus palabras.

Trabajar cansa y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (un poemario póstumo) son dos libros suyos que suelen ir de la mano. El primero fue escrito en su adolescencia, año 1936, y narra con buena extensión una serie de anécdotas e historias atravesadas por el tiempo, la naturaleza y el trabajo. El segundo fue escrito en sus últimos años —es más sensorial y de versos breves— y expone una simpleza nostálgica y a la vez valerosa. Ambos acaban de ser publicados por tres editoriales —Griselda García Editora, Dock y Cartografías— en un libro traducido por el poeta argentino Jorge Aulicino.

¿Qué tiene para decirle un hombre como Pavese a nuestro árido y a la vez superpoblado siglo XXI? Anotad.

II

La sensibilidad de Cesare Pavese no es netamente festiva. Toda empatía necesita también posarse sobre los pesares, la angustia, las injusticias. No sólo vivió las dos Guerras, también fue testigo de un siglo XX desbordado de crueldad donde el hombre mataba al hombre para extender sus fronteras. Eso lo convertía en un alguien triste, sí, pero también en alguien que necesitaba nombrarlo todo de nuevo, abrazar el mundo con el lenguaje para cambiarlo. Y la mejor forma que encontró para hacerlo fue la poesía.

Portada de “Trabajar cansa” y “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, recientemente editados en un libro por Griselda García Editora, Dock y Cartografías

¿Cómo pensaba Cesare Pavese a la literatura, a los libros, a la poesía? Hay un libro suyo titulado Del oficio del poeta donde dice que “es tan fácil aceptar la perspectiva más banal, y mantenerse en ella, seguros del consentimiento de la mayoría”. ¿Para qué sirve la lectura —parece exclamar Pavese a viva voz— sino es para quitarse los prejuicios, limpiarse del más grasoso sentido común y huir de las garras de la mediocridad? La lectura como forma clave del pensamiento crítico.

También escribe allí que “los libros no son los hombres, son medios para llegar a ellos; quien los ama y no ama a los hombres, es un fatuo o un condenado”. El amor como forma de acercarnos a lo desconocido, de aceptarlo, de asumir la posibilidad de un mundo mejor. Otro fragmento: “Un relato, un poema, no le habla al físico, al contador o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos”. Para Pavese, el lenguaje no sólo sirve para nombrar a las cosas, también —y por sobre todo— para comunicarnos. ¿Por qué el arte y por qué la poesía, entonces? Para comunicarnos, también alegóricamente, en un diálogo que traspase lo cotidiano y nos devele momentos míticos.

III

La voz de Cesare Pavese parece irse erosionando con el tiempo. Mejor dicho: su rostro dibujado en las marquesinas de los grandes poetas del siglo pasado se va gastando hasta ser una imagen borrosa que luego, si no es ya, será tapada por otro rostro, más rostros, dibujados con colores más vivos y más nuevos. Pero, aunque escondida y alejada, la voz de Cesare Pavese sigue hablando, sigue recitando esos versos secos que se elevan en una imaginación originaria: un poco hacia el campo, otro poco hacia las fábricas, al universo laboral que puja con el de la libertad, allí donde se arremolina la vida y sus tormentos.

“El mañana está congelado”, dice en el último de los poemas que integran este libro. ¿Quién ha cubierto de hielo todo ese porvenir que nos llena de ansiedad, miedo o alegría? ¿Es una sentencia triste la del verso de Pavese o, por el contrario, se trata de un alivio: eso que vislumbramos como futuro está encapsulado, imaginado, y es mejor que allí se quede (adelante) para poder ocuparnos mejor del presente?

“Pavese quería darnos con su diario un testimonio del antiguo lado trágico de la vida humana del cual nadie escapa”, le escribió Italo Calvino a Geno Pampaloni en una carta de 1951 cuando estaba por publicarse su diario, El oficio de vivir, un compendio de anotaciones que Pavese escribía casi sabiendo su destino póstumo. De hecho, ese diario cierra con esta frase: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”.

Es cierto, nadie escapa de la tragedia humana, entonces ¿qué hacer al respecto? “Entre nosotros nada / de trampas, nada / de cosas inútiles – / combatiremos siempre”, escribió en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. En su mirada parece no haber otra opción: luchar contra esa perspectiva más banal de la que hablaba, combatir. Y es allí donde hay, indeclinablemente, una esperanza.

IV

Pero quizás a todos nos llega un momento en que aparece el final, en que no hay sentido para seguir, y ese lado trágico se vuelve una mancha de tinta que copa el vaso de agua. En Cesare Pavese ese momento ocurrió demasiado temprano: tenía 41 años cuando se decidió por las diez dosis de somníferos. Cuánto más pudo haber escrito. Muchísimo. Aunque tal vez ya había escrito todo. Siempre al filo, camorrero, amenazante, como un revólver guardado atrás, en el pantalón.

Cuando lo encontraron sin vida, aquel 27 de agosto de 1950, también encontraron una nota. Estaba en uno de sus libros, Diálogos con Leucò, sobre la mesita de luz. “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chusmeen demasiado”, decía. Una ironía suicida, una despedida jocosa.

Es posible que, al escribir esas tres oraciones finales, a su lado ya estaba la muerte, que le habrá concedido ese último pedido. Al fin de cuentas era poeta, ¿por qué no dejarlo despedirse? “No chusmeen demasiado”, nos escribió a nosotros, los vivos. Luego miró a la muerte a los ojos, sonrió y se fue.

 

 

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