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Euskal Ondarea

Por Enrique Balbo Falivene

El bacalao pone mil huevos,
la gallina de corral pone sólo uno.
El bacalao nunca cacarea
para proclamar su gesta.
Y así miramos mal al pescado
mientras a la parca gallina alabamos.
Anónimo americano. Siglo XVII.

 

El hecho de que todos se mueran no quiere decir que yo también me vaya a morir, esto no constituye ninguna prueba; lo mismo ocurre con la gente que tiene fe, la gente que se proyecta, hace planes y mira hacia el futuro con elegancia, que cree que una caja fuerte ha sido concebida para atesorar valores. Cándido error: una caja fuerte sirve para alojar espíritus y guardar los secretos de los muertos.

Soy Barandarián, vasco de Zumárraga y arrantzale, depositario de esos secretos, dueño del espíritu de los míos y heredero de la tradición.

Mi abuelo, Aitor Barandarián, decidió emprender la travesía porque intuyó la que se avecinaba; tres años antes del despliegue de las tropas nacionalistas por la península ordenó la construcción de un frágil esquife, algo más que una motora sardinera,  y persuadió a un grupo de amigos de abandonar el País Vasco.

La empresa vista desde cualquier lugar y tiempo era un disparate. Pero mi abuelo, sobrado de entusiasmo y prudencia pero falto de recursos, sabía lo que nadie en ese entonces sospechaba: Franco y sus tropas iban a acabar conquistando y arrasando el territorio, iban a sumir a toda España en una catástrofe de hambre y muerte, persecuciones, odio y desesperanza.

Del astillero vasco salió entonces una embarcación que bautizaron con el nombre de Bigarrena. Tenía casco de madera con costilla de varilla de robles rectos para las tablas y robles guiados para las formas curvas; apenas catorce metros de eslora y tres con cincuenta de manga; dos o tres pies de calado y un motor diésel de 50 HP. Con esa nave, calafateada con brea y alquitrán de resina natural de pino de nuestros bosques, iban a tratar de atravesar el océano para llegar a Venezuela.

Contaba seis tripulantes, un mecánico y un cocinero. Se llenó la bodega de proa con el gasóleo necesario para el trayecto más las provisiones, vino, agua y las artes de la pesca. También venía, oculta entre las tablas, una misteriosa caja fuerte del mejor acero toledano.

Para costear el viaje mi abuelo Aitor vendió el caserío, las tierras, el ganado, la siembra, los huertos, los pinares y la cantera. Puso al comprador una única cláusula: mis padres y yo podíamos permanecer en las tierras durante un año a contar de la partida del Bigarrena. Luego tendríamos que abandonar el caserío.

Finalmente, y aunque el esquife había hecho en la mar las pruebas pertinentes y parecía más o menos apto para el derrotero, tuvieron que esperar en tierra tres meses antes de la autorización de salida. En aquellos tiempos las embarcaciones vascas no tenían permitido navegar aguas extranjeras.

Zarparon con bandera francesa en la proa y la ikurriña en la popa del puerto de Pasaia. Navegaron hacia Bayona por las aguas gallegas de Vigo y luego, sin incidentes y aprovechando los alisios, hacia el puerto de Dakar en Senegal para aprovisionarse antes de cruzar el Atlántico hacia el Caribe.

Cuarenta días después el Bigarrena atracaba en el puerto de La Guaira en Caracas, con la tripulación con los cuerpos fatigados pero en buen estado de salud, excelente ánimo y hartos de haber comido un limón diario para evitar el temido escorbuto.

Mi abuelo al principio empezó a trabajar en el puerto en la estiba, las grúas y los remolcadores, después, con los dineros del caserío, compró un pesquero y consiguió hacerse a la mar con una tripulación vasca, todos hombres avezados en la lucha con los elementos, para ir al bacalao. Nosotros, mis padres y yo, logramos viajar nueve meses después. Tuvimos que cruzar el pirineo francés a pie camuflados de pastores trashumantes, para poder zarpar desde el puerto de Le Havre, porque las fronteras antes  del treinta y seis ya estaban cerradas para los disidentes vascos.

En Caracas, con la ayuda de los compatriotas y nuestro espíritu silencioso y aguerrido, supimos adaptarnos. Mi abuelo y mi padre forjaron la casa familiar y empezaron a comercializar el bacalao en una tienda a la que llamaron “Barandarián Salazones”.

En los fondos de esa tienda, en un cuarto  íntimo, oscuro, secreto, estaba la caja fuerte. Sólo entraba allí mi abuelo, pero cuando se retiró de la mar su hijo cogió el relevo en el barco, dejó el cuarto de la caja fuerte y cedió el testigo a Iñaki Barandarián, mi padre.

Yo me inicié en la niebla y las frías corrientes del Atlántico con sólo catorce años. Navegábamos bien al norte, en las aguas de Terranova, al golfo de San Lorenzo, hacia los ricos bancos de bacalao de la Gran Bahía. Cuando cumplí los veinte años ya conocía todos los artilugios y las trampas de la mar, las tormentas y los movimientos del barco, las corrientes y los subterfugios de la pesca, los caladeros de Labrador y los bancos septentrionales. Para un vasco la navegación es un hecho natural, como el monte y el hacha, como la huerta y la piedra, y tan común como el Rhesus negativo que circula por la sangre de nuestras venas.

Sin embargo un inesperado accidente cambió el buen rumbo de la empresa familiar y mi destino. Un golpe de mar ladeó la embarcación y mi padre sufrió un bastonazo con una de las eslingas de arrastre. Los ganchos le arrancaron la mitad de la cara y le partieron el brazo, el hombro y la clavícula.

Conseguimos estabilizarlo y pusimos rumbo a San Juan de Terranova, hacia la zona de los grandes lagos, donde recibió las primeras atenciones. Después en Caracas, con la vida de mi padre a salvo pero imposibilitado de hacerse a la mar, tuve que tomar las riendas de la sociedad.

No puedo decir que tuve dificultades: llevé la empresa y los trabajos, con los consejos de mi padre, que había perdido músculo pero nada de entendimiento, hacia adelante. Y todo fue bien hasta que llegó la prohibición. Los caladeros, por la pesca indiscriminada, se estaban agotando. Y el bacalao no se recuperaba.

Empecé después de la veda a apuntar la proa hacia San Pedro y Miquelón y a la que antaño llamábamos Nueva Francia. De allí traíamos abadejos, carboneros y bacaladillas, todos parientes del bacalao. Pero los resultados  eran negativos para la empresa, apenas pagaba a la tripulación y a duras penas mantenía el negocio familiar. No había pez ni pesca con la rentabilidad del bacalao.

Cuando cumplí casi un año en barrena y las deudas empezaban a agobiarme busqué reparo en mi padre. Con su único ojo bueno y su cara llena de arrugas del mar y cicatrices del accidente, me entregó dos llaves que pendían de su cuello desde una gruesa cadena. Me explicó que una abría el pequeño cuarto y la otra la caja fuerte; que me sentara en la vieja silla y que abriera la caja y esperara.

El cuarto estaba en sombras, apenas una tenue luz entraba por la ventana. Abrí la caja fuerte y me senté justo enfrente, a no más de metro y medio del apagado hueco de la caja. Después de un tiempo que no pude medir desde dentro me pareció que una luz, casi como un candil que parpadeaba, iluminaba el interior. Y allí la vi. Era una cabeza, no más grande que un melón, con todas las facciones desfiguradas. Tenía los pelos renegridos pegados a las sienes y la frente, la piel cuarteada, los párpados cosidos torpemente con cuerdas de cáñamo y, lo más estremecedor, era que su boca estaba también cosida pero entreabierta.

No supe qué hacer pero no me atreví a dejar la silla. Me distraje un rato mirando el viejo y oxidado aro marinero que pendía de una de sus orejas, y un profundo surco que le interrumpía la frente, cuando me pareció advertir algún movimiento en los labios y los párpados.

Y la cabeza empezó a hablar. Recitó primero una extraña canción, quizá un salmo, en un idioma desconocido. Luego continuó en nuestra lengua, el euskera, con historias de ultramar, historias medievales de pesca de bacalaos y ballenas. Me narró el curso de mi familia desde los primeros tiempos, los trabajos, las luchas, los pesares y los días. Así estuvo toda la noche, casi al alba me hizo una confesión: me dijo que había sido humano y que su cuerpo, en los tiempos del hambre y las guerras, había sido descuartizado, salado y vendido como un bacalao. Su cabeza era la prueba.

Calló durante unos minutos, balanceó la cabeza con pesadez de ancla y luego exclamó:

 “…defenderé la casa de mi padre contra los lobos, contra la sequía, contra la usura, contra la justicia. Perderé los ganados, los huertos, los pinares; perderé los intereses, las rentas, los dividendos, pero defenderé la casa de mi padre. Me quitarán las armas y con las manos defenderé la casa de mi padre; me cortarán las manos y con los brazos defenderé la casa de mi padre; me dejarán sin brazos, sin hombros y sin pechos y con el alma defenderé la casa de mi padre. Moriré, se perderá mi alma, se perderá mi prole, pero la casa de mi padre seguirá en pie…”

Cerré la caja fuerte y el cuarto y me colgué las llaves del cuello, como mi padre, mi abuelo y todos mis antepasados. Apreté los puños con fuerza y tensé los músculos, firmes por el trabajo marino. Ahora sabía qué tenía que hacer: fui a buscar el hacha para afilarla mientras el pecho se me ensanchaba y llenaba del aire más antiguo que un hombre pudiera respirar. Agur, dije para mis adentros, y salí.

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