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Los cazaviejos

Por Sergio Fitte

De todos modos los fines de semana nos divertíamos. Ya éramos muchachos algo grandes, mas no lo suficiente como para trabajar y ganarnos nuestro sustento. En realidad nadie es lo suficientemente grande para trabajar  y ganarse su sustento nunca.

De todos modos nos juntábamos en lo de Varilla los viernes a la noche y allí pasábamos el sábado y casi todo el domingo (el casi solo lo respetaba yo, los demás lo completaban y con creces pues aquella era su casa, puesto que allí vivían). Por lo expuesto se entiende y si no se entiende lo explico: en realidad no nos juntábamos en lo de Varilla. Yo iba a la casa de Varilla. Los demás ya siempre se encontraban allá. ¡¡¡Ya!!!

De todos modos a las 23:23 del viernes (si quiere juéguele) por cábala sonaba el reloj de pared en casa; por cábala y porque nunca ningún especialista en relojes pudo hacer que esa mierda desconectara su sistema de alarma estancado en las 23:23 desde el mismo momento en que fue comprado. Luego del sonido dejaba todo lo que estuviera haciendo y me dirigía a pasar el fin de semana con ellos. Recuerdo en alguna oportunidad haber estado amando cuando el sonido me despidió a lo de Varilla, una vez afuera hube de retirarme y fui regañado por la interrupción. Interrumpir es malo. Y amar es.

De todos modos pasaron varias semanas antes de que resolviéramos cuál sería el divertimento que nos mantendría activos durante las reuniones de los fines de semanas. Luego del escrutinio: Escondida cero voto; Fútbol cero voto; Zaping cero voto; Realización de Postres Caseros y Alimentación Desmedida cero voto; Redacción, Comprensión, Lectura, Exposición, Discusión, Disertación, Orientación, Inanición, y Publicación de cuentos infantiles en los cuales el protagonista en un sujeto hemipléjico y amorfo cero voto; Caza de Viejos un voto. Un voto recurrido. Una abstención. Votar es largo, aburrido y aburrido. Votar.

De todos modos el reglamento no era muy complicado, al parecer hasta Diego lo entendía. Nos instalábamos en la mesa de la cocina, abríamos la persiana y por turnos de 45 minutos, cada uno de nosotros tenía su oportunidad. Vale todo, dijo Marcos y sus palabras fueron ART: 2. De setenta años para arriba un punto, para abajo medio punto. Si se lo introduce vivo (no si se lo penetra o en verdad sí, otro punto) en definitiva si se lo introduce vivo o si se lo penetra otro punto. Si se lo introduce y si se lo penetra otro punto. Y/u otro puto.

De todos modos no nos alcanzaban las horas para jugar. Varilla metía los que cazaba él en el baño; Marcos en la pieza de abajo; Diego en la terraza (algunos se le iban a la mierda, otros ya la traían en los pantalones). Yo los sentaba a realizar mis trabajos de matemática cuántica, en la misma mesa de la cocina, los que luego entregados a los respectivos profesores eran rechazados de manera violenta.

De todos modos la marca lograda por Varilla (32 puntos) fue imposible de batir durante el primer año. Pensar que los atrapaba a todos con el señuelo del cartel: “Se Otorga Cariño”, y una vez que él se les presentaba y las manos se estrechaban les pegaba el tirón y ya los tenía del lado de adentro de la ventana. La táctica de atraer “clientes” Varilla la practicaba por las mañanas en el banco, esto le daba algún beneficio. Marcos también practicaba tácticas, pero otras, yo nunca practiqué nada y Diego, bueno… Diego es Diego. Claro que varios se quebraban en la levantada luego de pegar el necesario latigazo para “invitarlos” a ingresar. Todos vivos (quiero decir: sobrevivían). Muchos puntos. Número uno amarillo (Varilla los señalaba con amarillo), número dos amarillo, número tres amarillo, número cuatro amarillo, así hasta treinta y dos un día. Todos. Todos al baño. Todos.

De todos modos cuando Marcos tiraba lejos (llamo lejos superar la mitad de la calle) el fajo de dinero insertado en el anzuelo de pescar tiburones se amuchaban seis o siete viejos, pero su estrategia tenía algunas desventajas a saber: algunos no llegaban hasta el suelo para tomar el dinero, y los que sí llegaban se debatían de manera gallinezca entre puñetazos, y la vida y la muerte; y la desesperación y la angustia; y el reuma y el olor a pañales descartables, por los billetes. Luego una vez que Marcos tensaba la línea, encañaba y el anzuelo se clavaba (siempre lo hacía en alguna parte), con la fuerza que poseía el reel de mar que le había puesto a la caña todo se hacía fácil y comenzaba a recoger. No. A juntar. Recoger es muy fuerte y muy lindo. Juntar un viejo es solo muy lindo. Y a la pieza.

De todos modos alardear vociferando que se está pagando la jubilación desde las profundidades de una casa particular (como hacía Diego) no resultaba descabellado durante la primera semana de cada mes, más luego de aquellos días la cosa se le ponía más complicada aunque alguno siempre agarraba. También el grito de “llegaron los retroactivos para todos” funcionaba en parte, pero lo que sí no le funcionaba era que una vez que los agarraba los mandara para el techo. Salvo luego de que tomara la costumbre de quebrarles los tobillos. Recién fue allí donde el pobre de Diego le encontró la diversión al juego, antes de eso lo notaba un poco caído anímicamente ya que al momento de los conteos le resultaba por demás difícil llegar a los primeros puestos.

De todos modos con un día más por semana no nos alcanzaba. Probamos recategorizando el lunes y lo convertimos en domingo bis, pero no nos alcanzaba. Queríamos más y más. Por momentos nos volvíamos insaciables y no nos podíamos desprender del divertimento y realizábamos una nueva ronda de participación. Y nos volvíamos. En nuestros almanaques personales remarcamos con tinta roja la L de lunes. Luego la M de martes. Luego la M de martes y de miércoles. Luego la J de jueves. Luego la V de viernes. Y por último las: S de sábado y la D de domingo, porque daba la casualidad de que en algunos de nuestros calendarios venían de color azul. En el de Varilla S y D ya estaban del color que deseaba y deseábamos y no las retocó. Era probable que tuviera un conocido importante que le diera mejores almanaques, además hasta antes de anotar todas las iniciales con rojo él solía ir mucho al Banco. Demasiado. Todos teníamos nuestras justificaciones para esquivar las obligaciones propias de la vida moderna y poder dedicarnos de lleno a la Caza y a la casa que comenzaba a oler a anciano. Hasta Marcos que parecía el más responsable se hizo quebrar un quinto metatarsiano por un tipo que había venido un miércoles desde la provincia de Santa Fe. Desde ese entonces hizo tiempo completo. El tiempo de Diego parecía no pasar por lo que nunca faltó un momento. Yo tampoco lo hice.

De todos modos pasados los primeros meses la casa (hablo del aspecto habitacional de la cosa, o casa, mejor dicho) comenzó a presentar sus problemas de siempre: desorden total, olor nauseabundo como a anciano o a anciano muerto en alguno de los casos. Pero lo que más me molestaba era lo próxima que sentía a la muerte en aquel lugar. De ninguna manera prefería volver a mis quehaceres domésticos anteriores y abandonar el juego, de todas maneras algo incómodo me había sentido en las últimas jornadas. Me juramenté que si ganaba la competencia del mes me retiraría con todos los honores sin importar la opinión de mis amigos-contrincantes.

De todos modos mi trampa cazaancianos obtuvo muy buenos resultados los primeros días del mes, además los ejercicios de matemática cuántica habían mejorado. Ya no me reprobaban de manera tan ostensible aunque me sentía algo alejado de poder pasar un examen. Continuaba en la punta de la colocación y de a poco estiraba la diferencia con mis perseguidores. Noté con un poco de extrañeza que Diego concurría con demasiada asiduidad a la terraza, me pareció algo improcedente su actitud teniendo en cuenta que sus magros resultados lo ubicaban en la última posición y sin vista a recuperarse. Creo que en alguna ocasión amenazó con no jugar más, esto le hizo obtener una enorme cantidad de reproches de nuestra parte (aun de la mía que en el fondo deseaba obtener el distintivo de Campeón y retirarme con el galardón mayor sin que me importaran su qué dirán).

De todos modos pude seguir de una buena vez por todas a Diego hasta su altar en la terraza, aunque tomaba todos los recaudos para no ser acompañado a su depósito, como él lo llamaba. Fue allí donde la cosa empezó a cerrarme un poco. Luego de traspasar la puerta del dormitorio de arriba y quedar del lado de afuera del pequeño corredor que hacía las veces de balcón interior, Diego extrajo un caramelo de la profundidad de su bolsillo derecho y se lo extendió a una viejecita, mientras con la otra mano espantaba a los demás ancianos que al parecer querían también su parte. La anciana de Diego cruzó la mirada hasta chocar con la mía, de todas maneras estoy seguro de que no le fue posible divisarme pues me encontraba bien protegido por la cortina de la ventana. Pero su movimiento fue determinante para que mis recuerdos de tardes pasadas y tortas de manzana regresaran a mi cerebro. Una lágrima me corrió por la mejilla. Cuando giré para retirarme del lugar antes de ser descubierto, el nieto comenzaba a despedirse de su abuela. Una vez abajo Diego reiteró que quizás no tuviera sentido seguir compitiendo en aquel juego. Muchas críticas cayeron sobre sus palabras; en especial las mías. Igualmente con todo el dolor que me produjo en el alma ver lo que había visto me juramenté que si salía Campeón de aquel mes dejaría de participar del cruel torneo. De todos modos si no conseguía salir victorioso, al mes siguiente seguro que el trofeo sería mío.

 

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