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Un país sin moneda

Por José Luis Juresa | Imágenes: Mondongo

La pregunta por la causa de la desesperación de una gran parte —determinante del rumbo político y social del país— de la sociedad por la moneda norteamericana, se podría responder con la idea de que hay una historia de la moneda nacional que —según la óptica con la que se mire— encontrará diversos “culpables” o causantes de la triste situación en la que nos encontramos. Lo cierto es que todas las historias que puedan recorrerse acerca de los causantes convergerán en una realidad innegable: que vivimos en un país sin moneda propia, desde hace bastante más que dos décadas. Casi tres, probablemente.

Desde la incipiente dolarización de las propiedades a la salida de la hiperinflación de fines de los ochenta, pasando por la convertibilidad, la catástrofe de 2001, la pesificación, los intentos por recuperar el peso durante el kirchnerismo, y la debacle financiera actual, el dólar se ha ido apropiando de la razón económica de los argentinos hasta terminar internalizado como la medida de todos los precios de la economía y única defensa real que da cierta seguridad de no ser estafado reflejo de lo que los mismos argentinos creen casi permanentemente: que serán estafados.

Estamos convencidos de eso. Y eso, fundamentalmente, no tiene que ver con ninguna proliferación mediática, hasta la saturación, de voces interesadas. La pérdida de la moneda tiene que ver con las estafas que se han consentido de diversos modos, siempre bajo el juego perverso de una apuesta inconfesable y falsa, inexistente: la ilusión de que, esta vez, el que puede ganar “soy yo”.

El dólar y yo

La sed de revancha nos hace caer, una y otra vez, en una corrida “del dólar” de la que no es más que un pobre eco. La corrida real es una corrida de toros duros y viejos, bien ornamentados y cornamentados: los yoes.

La falta de una conciencia de colectividad, de lazo social consciente, nos renueva la falsa ilusión de oportunidad que se abre con cada período político. Es siempre una oportunidad individual, ligada a “mi” esfuerzo. Pero, al mismo tiempo, estoy esperando el momento de saltar al salvavidas de plomo que representa una divisa representante de un gran poder extranjero. Sin darnos cuenta, vivimos en una geografía económica y social precaria, intermitente y probablemente, siempre “de paso”.

Mondongo. Escultura de un esqueleto (tórax) hecho con cien mil monedas de cinco y diez centavos argentinos. Serie “Argentina”, 2010.

Tal vez la mitología blanca fundante nos haya impregnado una impronta ligada a un destino “de retorno”, así como de los barcos hemos venido, alguna vez hemos de volver, cuando concluyamos el sueño de un retorno, “armado” y triunfante. Pero nunca termina de cuajar ese probable sueño secreto, y solo navegamos en los botes de nuestros despojos, inflados con el color verde de nuestra esperanza primermundista, legítima, pero de emergencia, al fin.

Porque de lo que se trata, al final, es de la ausencia de un proyecto que tenga a nuestra moneda como la proa, el horizonte de todos los acontecimientos económico-sociales. Lo que tenemos —esa es la realidad innegable— es al dólar como la insignia de nuestros sueños de salvación y de retorno a la misma falsa apuesta, una y otra vez.

La falsa apuesta

La estafa en la que nos pasamos las cartas marcadas entre nosotros —sobre todo entre la clase media en su amplio rango de variaciones media, baja y alta— curiosamente encuentra en el dólar la insignia de lo que no lo es, de ninguna manera. Al contrario, antes que una apuesta es el seguro de cambio con el que saldremos del intento de estafa cuando corroboremos, una vez más, que ha salido mal. Incluso se deposita en esa insignia —fálica a todas luces— la verdad de un comportamiento que —infantilmente— jamás admite objeciones. “Allá” castigan al que no paga impuestos, “allá” encarcelan a quien no cumple con las leyes, “allá” te agarran de las pestañas y te llevan a la justicia si se transgreden las normas de convivencia. Allá, allá y allá.

Finalmente “allá” es el nombre de un espacio ideal que nos deja hacer “acá” todo aquello nos permite sostener ese “allá”. Construimos un estado de excepción, tal vez único en el planeta con estas características, basado en una riqueza indiscutible, en una abundancia de base, y en una mitología ligada a esa abundancia, que nos deja en ese estado de excepción bienaventurado del que jamás parece que bajaremos, y que además se cree que nunca se agotará, como la leche de la vaca, y las vacas mismas.

¿La apuesta, entonces, no será hacer de ese “allá” un “acá”, dejar el jardín de infantes con el que renovamos indefinidamente una falsa apuesta, por un país que siempre queda “allá”?

Mondongo. “Merca (Dollar). Billete de un dólar hecho con clavos. Año 2005

Una moneda refundante

Tener moneda, antes que una cuestión de índole económico, irresoluble si solamente se la encara en esa dimensión —lo cual desata discusiones interminables entre economistas que solo tienen “la posta” y que hablan como si la tuvieran—, es una decisión colectiva. En nuestro caso, la de no estafar ni estafarnos más. Dejar de marcar las cartas, de una vez. ¿Cómo lograrlo? Esa es una respuesta también colectiva. Lo que es seguro es que, si creemos que para terminar con eso el dólar es la insignia, entonces creo que esa finalmente será la consumación de la estafa: un país completamente estafado.

Una apuesta verdadera implicaría un reparto de responsabilidades acorde al cual, sin dudas, habrá que pagar. Ese pago será la moneda fundante. O tal vez refundante.

No habrá moneda, pienso, si no se da ese paso previo, el paso de la apuesta. Tal vez habrá que incorporar a la política de derechos humanos los delitos económicos ligados a la desaparición de personas. La estafa se consuma y se renueva con la misma lógica del poder que nos ha llevado a esta situación, y a su “naturalización” nerviosa, estresante, invivible, que se reitera sin que nada de esa experiencia cese de no escribirse.

Porque la desaparición de las personas es la lógica con la que el sistema “asume” al hombre como su “error”; error “a eliminar”, a hacer desaparecer. Auschwitz con Hiroshima. La vaporización de lo humano.

Si hay un “cambio” verdadero por hacer, es la de la corrida de los “yoes” —para salvar su mísera individualidad atópica y atemporal— por la apuesta, decidida, pero sin angustia, por un proyecto de país, no “de negocios”. No será con hábiles campañas de marketing, por cierto.

 

* Imagen de portada: Mondongo. Detalle de una de las calaveras hecha de plastilina sobre madera. Serie “Calaveras”, 2009-2011.

 

 

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