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La voz de la América Negra sin miedo

Por Bárbara Pistoia

Fe&minismo #7

“Uno debe alterar la paz cuando no puede tener paz”
Aretha Franklin (25 de marzo de 1942 – 16 de agosto de 2018)

“Ayudó a definir la experiencia americana. En su voz podíamos sentir nuestra historia, toda nuestra historia y sus sombras, nuestro poder y nuestro dolor, nuestra oscuridad y nuestra luz, nuestra búsqueda de redención y nuestro respeto ganado duramente”. Con esas palabras Obama despidió a Aretha Franklin, y dejó las pistas necesarias para que las nuevas generaciones vean claramente porqué atravesará el tiempo siendo recordada como La Reina del Soul, pero, sobre todo, como La Voz de la América Negra.

El amor de la familia Obama a Aretha no es novedad, por eso no sorprende la profundidad y certeza que hay en cada una de las palabras elegidas por el ex Presidente de Estados Unidos cada vez que le tocó hablar de ella. De hecho, uno de los momentos más viralizados y celebrados durante su presidencia fue con la cantante en el año 2015, cuando fue invitada para homenajear a Carole King en el Kennedy Center Honors. King es la autora, entre otras tantas bellezas, de la pieza que Franklin interpretaría y honraría como nadie (You Make Me Feel Like) A Natural Woman.

Esa noche, luego de ser presentada, el telón se abrió y Aretha entró cubierta de un súper tapado de piel. La ovación estalló automáticamente, y, luego de tirar dos besos al aire, se sentó frente al piano que la esperaba en el centro del escenario para entonces comenzar “Looking out on the morning rain / I used to feel so uninspired / and when I knew I had to face another day…”. La cámara muestra a la homenajeada absolutamente sorprendida y conmovida, gesto que se repite en cada uno de los presentes; el público canta dulcemente cada línea, se emociona, y Barack y Michelle no son la excepción: se secan las lágrimas, se comentan al oído, se miran azorados, cantan y dejan ver cómo sus cuerpos sienten y reciben lo que La Reina está haciendo para todos ellos.

Barack Obama y Aretha Franklin

Promediando la canción, Aretha se para, va hacia el centro del escenario, y con la voz en su máximo esplendor, mirando de lleno a los presentes, tira el tapado al piso y lleva a otro nivel la interpretación. La platea vuelve a estallar, esta vez se ponen todos de pie con las manos alzadas, aplauden y cantan más fuerte, la festejan vivamente. Lo que está sucediendo ahí, en una sala colmada bajo la sensible mirada del primer presidente afroamericano del país, es mucho más de lo que cualquiera de nosotros podríamos experimentar, es una comunión cultural inimaginable hasta hace unos pocos años atrás, e incluso se vuelve inimaginable en la actualidad. Tiempo después, Obama comentaría en The New Yorker que para él “nadie encarna más plenamente la conexión entre el espíritu afroamericano, el blues, el R&B, el rock and roll y la forma en que las penas y el dolor se transformaron en algo lleno de belleza, vitalidad y esperanza. Por eso, cuando se sienta al piano y canta A Natural Woman puede hacerme llorar…”

En esa majestuosidad, que trasciende toda técnica, trasciende la propia historia de Aretha que, a diferencia de la gran mayoría de las familias afroamericanas, creció rodeada de comodidades y con una situación económica privilegiada, lo que revela su mirada despierta y la predilección de sus decisiones.

Hija de Clarence LeVaughn Franklin, un reconocido predicador bautista al que llamaban El Predicador de la Voz de Oro, y Barbara Franklin, una pianista que falleció antes de que Aretha entrara a la adolescencia, estaba siempre acompañada por sus tías y por Mahalia Jackson, amiga íntima de la familia, participante de la iglesia de su padre y una de las más famosas intérpretes de góspel.

En su casa había colecciones enteras de discos y varios instrumentos, entre ellos un piano que aprendió a tocar sola antes de los 10 años. Eran habituales las visitas de músicos, como Clara Ward, Sam Cooke y Jackie Wilson, por lo que fue criada en un ambiente realmente musical, pero sin dudas fue el góspel el que le marcó el camino y también el fuego de su espíritu, la potencia de su personalidad puesta a merced de su voz y de su registro único, inolvidable.

Central Park, New York, 1968.

Hablar de góspel es hablar directamente de la vida negra, por eso cuando lo referenciamos no podemos tratarlo como una música más. El góspel es esa extraordinaria música de la que nacen prácticamente todos los géneros negros surgidos a lo largo del siglo XX, los únicos que siguen vivos y que siguen generando nuevos estilos aun en el siglo XXI, que -más cercanos o más lejanos al original- no pierden de vista jamás su raíz fundacional, esa que nos lleva a los tiempos de esclavitud, cuando las iglesias trascendían cualquier sentido netamente religioso y se convertían en el único refugio posible para la comunidad negra que, entonces, hallaba en los templos y en el góspel el punto de encuentro para que sus cuerpos y voces pudieran expresarse, experimentando ahí la única liberación posible y el registro histórico de su realidad. Promediando el siglo XX la esclavitud no era la misma que a fines del siglo XIX, pero a través de una cultura racista sostenida y alimentada transversalmente, las sistemáticas persecuciones policiales y las desigualdades civiles, de una manera o de otra, la comunidad afroamericana seguía sin libertad y padeciendo todo tipo de violencias.

Para ese entonces Aretha ya participaba de las giras que hacía su padre, e incluso se animaba a ser la voz cantante de su iglesia, lo que le permitía ser testigo de las reuniones en las que participaban destacados referentes políticos de la comunidad, incluyendo a Martin Luther King Jr. Una nueva contienda social y cultural se palpitaba frente a su mirada, y ella decidió que no iba a mirar a un costado.

Su primera gran desobediencia fue a los 18 años. La década del ’50 iba terminando y Sam Cooke encantaba a todos con su You send me, empujando con fuerza el nacimiento de ese desprendimiento del góspel al que conoceríamos como soul. Aretha no dudó, quería ir hacia ahí, y, a pesar de la negativa de su padre dejó la iglesia y firmó con Columbia Records en 1960, siendo apadrinada por John Hammond que, incluso, la llevó un poco más allá acercándola al jazz, invitándola a coquetear con el blues. De su mano coleccionó los primeros éxitos, Today I Sing the Blues, I Won’t Be Long y Rock-a-Bye Your Baby With a Dixie Melody, entre otros.

Muhammad Ali y Aretha Franklin

Promediando la década del ’60, Aretha dejó Columbia para pasar a Atlantic Records, la principal discográfica independiente y especializada en R&B. Este traspaso fue crucial: no se trataba de si haría más góspel con soul, o de sí más jazz o R&B, o cómo suavizar alguna fusión con el blues, se trataba íntegramente de ella, y de cómo -gracias a su voz y su potencia interpretativa, prácticamente teatral- se había convertido en un género en sí misma.

Antes de llegar a la década del ’70 el nuevo escenario social y cultural ya no se palpitaba, estaba sucediendo el cambio. La comunidad afroamericana estaba decidida a modificar su destino en el país que parece concebido y destinado a un racismo sin salida, y que a lo largo del desarrollo del siglo XX no pudo, ni puede aún, resolver cómo contener a los descendientes de aquellos inmigrantes que levantaron al país incorporando políticas adecuadas que respeten los derechos humanos, permitan la actualización y plena ampliación de derechos, sin dejar de contemplar, a su vez, a los inmigrantes por vinculación y venideros.

En el invierno de 1967, y a dos años de haber sido grabada por Otis Redding, Aretha toma Respect y no sólo construye así su éxito más grande, sino que se la apropia para siempre y se la regala a una comunidad ávida de igualdades y libertades que la hace himno de lucha. La diferencia entre las versiones, además de la interpretación y algunos retoques en la letra, es la politización del “r-e-s-p-e-c-t” que se traduce en el énfasis con el que se escucha en cada verso. Así, su “r-e-s-p-e-c-t” urge a la par del anhelo afroamericano que será visibilizado en todo el mundo a través de la voz de una mujer, de una mujer que padecía la opresión y falta de respeto de los hombres blancos, pero también de los hombres negros. Es desde ahí, y por sobre todos los escenarios sociales posibles, que Respect fue el preludio para el feminismo negro, un feminismo que no sólo debía enfrentar el racismo, sino que también las desigualdades de género frente a todos.

Ángela Davis y Assata Shakur, referentes destacadas del partido Panteras Negras, denunciaron una y otra vez la misoginia de sus compañeros, los abusos sexuales y las violencias diversas que ejercían sobre ellas. Y justamente, otra de las grandes desobediencias frente a la mirada de su padre fue su relación con las Panteras, una relación que no era partidaria, pero sí estaba basada en una cuestión de pertenencia y supervivencia: era política. Así lo explicaba Aretha en una entrevista con la revista JET en 1970: “Mi padre me dice que yo no sé lo que hago. Bueno, lo respeto, por supuesto, pero voy a seguir sosteniendo lo que creo. Angela Davis debe quedar en libertad. Los negros serán libres. Estuve encerrada (por alterar el orden público en Detroit) y sé que uno debe alterar la paz cuando no puede tener paz. Estar en la cárcel es un infierno. Voy a verla libre si es que hay algún resto de justicia en nuestros tribunales, no porque crea en el comunismo, sino porque es una mujer negra y busca la libertad de la gente negra. Tengo el dinero, me lo dieron los negros, ellos me hicieron financieramente capaz de tenerlo y quiero usarlo de un modo que ayude a nuestra gente”.

Antes de que el fervor por Respect desapareciera, Aretha escribió junto Teddy White su propio himno feminista, Think, inmortalizado en la lucha de aquellos años y rescatado varios años después junto a los Blues Brothers.

La década del ’70 no fue fácil en su segunda mitad. El funk ganaba terreno, ella intentó volver al góspel y al soul más puro. Las intermitencias profesionales coincidían con una vida personal desequilibrada. Tuvo un matrimonio violento, el alcoholismo y la depresión la hicieron aún más frágil a relacionarse con otros, le costaba las alianzas y no empatizaba con las nuevas generaciones, incluso tuvo enfrentamientos con otras cantantes. Era obsesiva. Se la acusó de paranoica, lo cierto es que había sido varias veces estafada. Cambiaba de managers y productores con frecuencia, cancelaba conciertos y le costó entender el mundo nuevo. Todo se complicó aún más cuando comenzó a ser cada vez más fuerte su pánico a volar, lo que atentó, sobre todo, su expansión europea.

Parece irónico, pero durante muchos años los medios intentaron enfrentarla a Nina Simone. La agenda afroamericana dejaba claro de antemano que profesionalmente cada una ocupaba un lugar diferente: Franklin, sin esconder sus posicionamientos políticos, fue una artista verdaderamente popular, por lo que supo llegar a blancos y negros, y, nuevamente en palabras de Obama, “había en ella la posibilidad de reconciliación y trascendencia a través de las canciones”; Simone, en cambio, era combativa. Pero en sus vidas personales y sus rasgos emocionales prácticamente no hay diferencias, y no asombra: eran dos mujeres negras alzando la voz y abriéndose paso, anhelando a través de su canto lo que en carne propia padecían, como negras y como mujeres, por eso también sus interpretaciones conmovían y las letras en sus voces parecían caer en el momento y el lugar indicado. No respondían a eso que sucedía en las calles, simplemente eso también les sucedía a ellas, las interpelaba, y aunque reversionaran temas que ya hubieran sonado una y otra vez por otros, ellas hacían que todo lo que pasara por sus voces se sintiera verdadero, porque así lo era, y así lo era para cada mujer afroamericana que llevaba en su cuerpo una doble lucha. Sí, también se lo decían a ellas mismas mientras nos cantaban a corazón abierto.

Aretha falleció el jueves 16 de agosto en Detroit, la ciudad que la vio crecer. Deja más de 100 canciones en la lista Billboard, aproximadamente 40 de esas canciones quedan en puestos privilegiados dentro del soul, pop y R&B. Ganó 18 Grammy, y en 1994 fue reconocida con otro más por su trayectoria. Fue la primera mujer en ingresar al Salón de la Fama del Rock & Roll. Su padre decía que su hija había nacido para cantarle a los reyes, cuando ella contaba ese recuerdo remataba que había cantado para presidentes: lo hizo para Bill Clinton en 1993 y cuando asumió Obama en el 2009. También fue la voz elegida para despedir a Martin Luther King Jr. en 1968.

Lo que la caliente frialdad de esos números, por más contundentes que sean, y los altibajos finales no cuentan es que Aretha es la razón por las cuales muchas mujeres vieron que para ellas también era posible cantar sin ceder personalidad. También es un camino obligado para estudiar la música popular. No hay manera de cruzar por el siglo XX sin pasar por los discos I Never Loved a Man the Way I Love You, Aretha Arrives, Lady Soul y Aretha Now, que terminaron, sin querer, componiendo un manual perfecto e indispensable sobre el soul.

Pero Aretha es todo eso y mucho más, es la relación cotidiana de nosotros con su música: es I Say a Little Prayer en un karaoke (el nuestro y el de La boda de mi mejor amigo), es la intimidad de la soledad elegida con una medida de whisky y el último cigarrillo del día mientras suena You’ll lose a good thing, es el baile poderoso en el clímax de la fiesta de 15 o de un casamiento al ritmo de Gimme your love, es una coreografía torpe de Baby, I love you mientras se limpia la casa, es un beso a la hora de los lentos con Baby, baby, baby, es el link perlita de su versión de Eleanor Rigby o Satisfaction que se le pasa a alguien querido.

Ahí seguirá estando La Voz de la América Negra viva, y también lo estará para siempre en ese otro plano de nuestra mortal humanidad, la que nos toca a la gran mayoría y que nos empuja a luchas inexorables, recordándonos que cuando no hay igualdad, respeto y libertad, hay que, entonces, ir por ello y levantar la voz sin miedo.

 

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