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La nieve es un manto que te tapa para siempre

Por Luciano Sáliche

I

¿De qué color es la nieve? Hay un fenómeno óptico, un efecto visual que hace que la veamos blanca. “Cuando los copos de nieve caen —explica el meteorólogo valenciano Jovi Esteve—, pequeñas burbujas de aire quedan atrapadas entre ellos. Estas burbujas de aire son las responsables de descomponer la luz cuando esta las atraviesa y claro, si superponemos todos los colores del arcoíris, el resultado será el blanco”.  

Sin embargo, cada cinco años en algunas partes de Rusia el paisaje se llena de nieve color naranja. La explicación es esta: las tormentas que van desde Kazajistán hasta el norte de África suelen levantar polvo y arcilla. Al llegar a Europa, se mezcla con el vapor de las nubes y cae la nieve que transforma la escena en una futurista: Marte abandonada por el sol en retirada.

Por otro lado, en Los Pichiciegos de Fogwill, los soldados argentinos que de alguna manera querían conocer la nieve, aunque no en las Islas Malvinas combatiendo en penosa desigualdad al imperio inglés, se dan cuenta que es más parecida al barro congelado que al algodón. Hay una decepción muy grande. Aunque en el fondo lo saben: la vida siempre lo es.

Cameron, el último libro de Hernán Ronsino, se posa sobre la nieve para narrar una buena historia. Ya no interesa el color. Tampoco la textura. Mucho menos el frío que emite. Ahora la nieve te chupa y es la literatura la que no te deja escapar.

II

Editado por Eterna Cadencia, Cameron salió hace apenas un par de meses. Con esta nouvelle (o novela corta) Ronsino se desvincula por primera vez del mapa narrativo general que prima en su obra: Chivilcoy. Ahora la historia no ocurre en la localidad bonaerense. Necesitaba otra búsqueda, asegura, otro imaginario. Entonces una idea irrumpió en su mente y lo invadió por completo. Estaba en Zurich, Suiza, en una residencia para escritores. Pensaba terminar una novela larga que venía escribiendo pero no podía. La tuvo que abandonar. Esta idea nueva lo obligó a sentarse y escribir sin parar. Un mes y medio después tenía listo el libro.

En algún punto, entonces, Cameron es el resultado de una obsesión que, procesada por la aceitada máquina narrativa que el autor y sociólogo chivilcoyano ha estado construyendo en la última década y media de su vida, apareció en el mundo casi sin que él mismo entendiera cómo. En ese sentido, la literatura es una fuerza que desborda cualquier expectativa.

Hernán Ronsino por Lihue Althabe


Julio Cameron, el protagonista, también se siente desbordado. Al principio sabemos pocas cosas: no trabaja, tiene una pierna ortopédica y una mujer que limpia y ordena su casa durante el verano; cada tanto va a un bar a escuchar a una mujer tetona y tatuada cantar jazz; allí comparte mesa con un hombre ansioso aunque casi no intercambian palabras. Afuera hay mucha nieve. No hay precisiones reales de lugares, épocas o personajes, todas son vagas y contradictorias: nombres de la provincia de Buenos Aires conviven con palabras en alemán. ¿Será algún pueblo de la Patagonia?

La ciudad narrada se divide entre un barrio rico y un barrio pobre. También está el río, el monte y más nieve. Julio Cameron, como su padre y su abuelo, es militar. Y ese pasado, que resurge desde el olvido más lejano, lo desborda. La nieve adquiere la forma de un manto que te tapa para siempre.

III

“Afuera cae la nieve. Lenta, silenciosa. A veces parece otra cosa. Pero ahora es nieve. Y se junta en los bordes del camino. Se va acumulando sobre la silueta de los montes para aparecer lo que Mita ve siempre que llega enero: un hombre sin sombra. El monte arrastra, dice, un hombre sin sombra”. Eso se lee en la primera página.

Julio Cameron mira la nieve y dice: “La huella es la memoria de una ausencia”. ¿Alguna vez estuvieron en Nueva York, Toronto, Salzburgo, Leningrado o la Antártida? Yo sólo en Bariloche y hace más de diez años. Ese suelo pastoso como un postre sintético puede ser divertido al principio pero luego se vuelve un impedimento, una trampa. Arenas movedizas bajo cero. Sobre todo para alguien como Cameron que, con su pierna ortopédica, renguea. “Si yo tuviera las dos piernas sentiría más frío”, se consuela.  

A la mente de Cameron el lector ingresa de a poco. Como en una pileta de agua fría, se mete de a poco. Más avanza la historia, más cerca se está de conocerlo. No es empatía, tampoco afinidad, pero algún tipo de vínculo uno siente. ¿Cómo empatizar con un hijo de puta? Pero, ¿realmente es un hijo de puta? “Ellos no saben quién soy yo. Tengo miedo de mi odio”, dice. La nieve parece humanizarlo. O peor: lo vuelve un ser débil, aplacado por el frío y su contexto. Tal vez eso signifique ser humano.

“Cameron” (Eterna Cadencia, 2018) de Hernán Ronsino

IV

Leer la obra de Ronsino es dibujar un mapa conceptual de personajes y escenarios. Su trilogía pampeana, como se la llamó, consta de Glaxo, La descomposición y Lumbre. Pero también publicó un libro de cuentos, Te vomitaré de mi boca (el primero) y uno de ensayos, Notas de campo (el penúltimo). En cambio, Cameron va por otro lado, otro territorio, aunque su estilo prevalece y, sin que el lector se lo espere, aparece Pajarito Lernú, un muchacho delirante que ya ha transitado las novelas anteriores y que ahora, acá, en esta historia, ingresa en raptos breves cuando el protagonista sueña, se droga o tiene fiebre. Es una presencia fantasmagórica. ¿Quién profesor de literatura armará ese gran mapa conceptual en una cartulina pegada sobre el pizarrón y se lo explicará a sus alumnos?

V

Una vez alguien me dijo —digo alguien porque a veces las personas, los nombres, las caras desaparecen de mi cabeza y sólo quedan las ideas— que si encontraba una serie que ocurría en la nieve la miraba. Que no podía evitarlo. El paisaje desoladamente blanco, frondoso, imposible: una fascinación. No sé por qué se suele decir que algo es fascinante sólo en términos positivos. Si la definición es “atracción irresistible”, ¿hay algo más terrible que lo irresistible?

Entonces la pregunta vuelve: ¿de qué color es la nieve? Quizás sea del mismo color que las pesadillas.

 

Cameron
Hernán Ronsino
Eterna Cadencia, 2018
79 páginas

 

 

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