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El amor del analista

Por Luciano Lutereau | Ilustraciones: Kevin Emmanuel

En estos años de práctica, escuché a diversos colegas pensar como un problema el manejo de la duración de las sesiones y la cuestión del pago en los inicios de un tratamiento. Es una cuestión fundamental, ya que tiempo y dinero son las dos variables más importantes de la relación analítica y no pueden supeditarse a un contrato fijo como si se tratara del intercambio de un servicio.

En un análisis se consulta a un profesional, pero no se contrata un servicio a cambio a dinero. El análisis requiere una intimidad que excede las relaciones instrumentales en que se basa nuestra vida cotidiana.

Ahora bien, ¿por qué suele ser un problema más o menos constante el tema del tiempo de la sesión y el costo del tratamiento? Es curioso, porque esto es algo que no pasa con otros profesionales de la salud: por ejemplo, todos hemos ido a un médico al que tuvimos que esperar durante más de una hora, que nos atendió menos de cinco minutos y al que le pagamos un monto significativo de dinero. En efecto, también ocurre que algunas personas se jacten de atenderse con el “Dr. X” que es una suerte de “eminencia” y al que seguramente han visto menos de unos pocos segundos. Un amigo mío suele decir, para burlarse de la expresión “medicina basada en la evidencia”, que más bien se trata de un práctica “basada en la eminencia”.

No critico esta cuestión. Lo que me importa subrayar es que quienes atraviesan este tipo de circunstancia, no discuten ni el tiempo de espera ni la duración de la consulta, como tampoco el monto de los honorarios (aunque les parezcan exagerados). Por lo tanto, la explicación tiene que ser concreta: encontraron una respuesta. Es cierto que quizá a veces esa respuesta no es más que sugestiva, o bien podría creerse que es tranquilizadora porque se materializa en una receta u otra indicación. Sin embargo, esto es lo de menos, porque lo importante es que hubo respuesta.

En estos años, como he dicho, en la supervisión de casos de colegas me encontré con que muchas de las vacilaciones en el inicio de los tratamientos se deben a que a los analistas les cuesta responder en las primeras entrevistas. A veces se dicen cosas tan generales como “vamos a ir viendo”, “es cuestión de que vayamos hablando”, etc. y se olvida ese factor crucial que es la respuesta. El analista debe responder para que el tratamiento comience y, por cierto, la primera respuesta es la que implica que tome posición respecto del padecimiento.

Por ejemplo, recuerdo el caso de un muchacho que inició su consulta con el relato de los diferentes motivos que lo hacían desconfiar del análisis; contaba que venía a su pesar, pero para tranquilizar a su familia, ya que estaban preocupados por él, como también que había empezado tratamientos en otras ocasiones, pero que no le habían servido. Después de escucharlo un rato, le dije una primera cuestión: que me impactaba el modo en que le temblaba la voz al hablar. En ese punto empezó a llorar y dijo que hace tiempo siente que tiene que contenerse para no desbordarse. Así fue que hablamos de algunos de sus desbordes, cuya causa le dejé en claro que yo no podía saber, no por ahora, pero cuyos efectos tenía en claro el malestar que le producían. Así fue que nos despedimos: al llegar me había dado una mano reticente, cuando se fue me saludó con un beso y un “gracias”. A veces dar una respuesta también es decir que no se sabe qué más decir.

Para Freud el primer objetivo del tratamiento es acercar al paciente a la persona del médico. De esta forma es que entiendo lo que ocurrió en esta entrevista: una distancia se acortó. Al llegar me saludó como profesional, al salir se despidió de mí y así inició su análisis, porque nos encontramos. Un analista es alguien que sale al encuentro, no quien espera que su paciente se le brinde.

Esta cuestión me parece importante porque es un modo de ubicar que, como le gustaba decir a Lacan, en el análisis se crea oferta con demanda. La respuesta del analista es lo que produce demanda de análisis. En un primer momento, quizá haya demanda de un servicio profesional, pero si el analista responde, esa demanda puede tomar valor analítico.

De esta manera es que entiendo lo que ocurre cuando, en las primeras entrevistas con pacientes, a veces aparece la queja respecto de la duración de la sesión o el tema del costo: se trata de regresiones cuando la respuesta del analista no aconteció. Por ejemplo, en el malestar respecto de que la sesión fue demasiado corta, se trata de una regresión a una queja oral (no me diste lo suficiente, me quedé con hambre); mientras que en el caso del malestar respecto del costo, se trata de una regresión anal retentiva (en la que se supone un otro que quiere sacar algo, plata para el caso, para el cual se es un paciente entre otros, un número, una mierda). En última instancia, se trata en estas quejas de formas de denunciar la necesidad de un acto que responda al sufrimiento.

Por último, cuando la demanda de servicio se transforma en demanda analítica, aparece una variable importantísima del análisis: el amor del analista. El “amor del analista” no quiere decir que el analista se haya enamorado de su paciente, claro está, sino que su respuesta lo situó en un lugar específico: el de aquel a quien traicionar sería una decepción, por eso a partir de este momento es que surgen esas situaciones algo simpáticas en las que un paciente puede avisar que no va a venir con un mensaje que diga “Perdón, me vas a matar pero no llego…” o “Mil disculpas, pero se me complicó” y la pregunta obligada que surge es: ¿no será mucho “mil disculpas” o el temor de que lo “maten”? Estas formas simbólicas muestran que estamos hablando de una relación en la que ya no se juega el contrato de un servicio, sino un vínculo que implica cierta intimidad, en el que defraudar produce culpa. En este punto, cuando se constituyó la culpa como forma de lazo con el otro es que surge la necesidad del pago.

En un análisis no se paga un monto fijo o variable en función de la situación más o menos inestable del país. El pago es el modo en que se elabora que el amor del analista no se inscriba como culpa solamente. Para decirlo brevemente, ya que no es el tema que quisiera desarrollar en este artículo, el análisis transforma la culpa en deuda y el modo en que lo hace es a través del pago, hasta que aparece la noción de algo impagable, lo que no se puede comprar en la relación con el otro.

Esta es una indicación que considero importante y que siempre les aclaro a los colegas que se inician en la práctica cuando preguntan qué hacer con las sesiones a las que un paciente falta. Decir de antemano que esas sesiones se abonan igual puede ser un criterio administrativo, pero no tiene nada que ver con el análisis. Aquí cada analista, en el caso por caso, habrá de ver cómo manejar la situación, siempre que primero haya considerado el tenor de la relación analítica con ese paciente, si es que lo es.

 

 

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