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El día que aborté

Por Verónica Palkowski

El día que aborté compramos medio kilo de helado en el Cremolatti de Rivadavia y Medrano: dulce de leche con nuez, mascarpone y banana. Tomamos un taxi a casa y miramos una película hasta quedarnos dormidos abrazados. El día que aborté hicimos tiempo en un té naturista en Castro Barros y Lezica, necesitaba algo que me subiera el azúcar; ya había disuelto en mi boca la primera pastilla amarga y arenosa de Misoprostol, estaba asustada. Un jugo de naranja espeso con endulzante natural no pudo barrer el mal gusto.

El día que aborté no pude abortar. Un pinchazo comenzaba a clavarse desde la espalda y terminaba en el útero, más bien hacia arriba. Era un dolor persistente, ácido y frío.

El día que aborté tuvimos que detener el procedimiento, de verdad no podía seguir. Mucho menos podía parar.

Supe esa vez que nada más iba a ser tan solo mío, tan intransferible. El día que aborté no compramos helado, ésa fue otra vez. El día que aborté lloré en un taxi como si se me hubiese muerto un pedazo. Temblé y lloré hasta que Fede me metió en la cama y se fue a la farmacia. Cuando volvió preparó una bolsa de agua caliente, desembaló frazadas con olor a naftalina y las apiló sobre mi cuerpo dolido y acongojado. Me hizo un té, me besó en la frente y frotó mis brazos para que entrara en calor.

El día que aborté supe que no iba a poder hacerlo nunca más aunque no supe bien por qué.

Entre el comienzo del procedimiento y la decisión final de parar tuvimos un intervalo. La luz azul de un monitor era lo único que atenuaba la oscuridad, una almohada chiquita con forma de corazón se alternaba entre mi cuello y el apretón de mis manos, según se dieran también la tranquilidad o la desesperación. El médico era tierno y divertido y festejaba los chistes que escupíamos nerviosos para disfrazar el miedo.

Y es que al miedo se lo combate o se lo disfraza y cuando uno está solo, o con alguien, pero al fin y al cabo solo, de una soledad más grande, combatir es más peligroso.

En los momentos más amenos de la intervención charlamos sobre políticas públicas, sobre pibes y pibas en situaciones de riesgo y militancia en general. Nos dejaron solos hasta que el segundo calmante hiciera efecto, no había razones biológicas para sentir dolor y sin embargo el pinchazo no me dejaba en paz. Nos ofrecieron poner música, pusimos Sound & Color de Alabama Shakes, era increíble que ese lugar existiera. Mi novio me besó, me abrazó, nos reímos, estaba bien, tan segura como ni bien lo supe y aún así no iba a poder continuar.

Si ese dolor tuviera un gusto y un lugar sería un sabor metálico en la cúspide del paladar. Si tuviera un responsable, la respuesta sería un poco más exacta e imprecisa a la vez.

Cuando aborté ya era feminista, universitaria y de clase media. Pagamos un AMEU a medias y volvimos en taxi. Tenía pareja, casa propia y una o dos amigas que estaban al tanto y me acompañaban. Pude tomarme una licencia prolongada en el trabajo y hacerme los controles médicos después de un tiempo prudencial.

Muchos meses pasaron desde ese agosto en el límite entre Almagro y Boedo y todavía no me arriesgo a asegurar que el dolor punzante se originó en la ilegalidad —el médico dijo que tenía muchos neurotransmisores en el útero— y aún así afirmo, me sostengo y me levanto en la certeza de que el miedo sí tuvo que ver con la ilegalidad. Tuve miedo de ser Virginia en la guardia del Hospital, en una habitación fría, sola, semiconsciente con una hemorragia en curso; miedo de ser Belén en un baño vacío preguntándose qué le estaba pasando, de ser Victoria, o Malena o cualquiera de todas las que tuvieron que poner en pausa su sufrimiento para llenarse la boca con explicaciones y justificativos. En definitiva, tuve miedo por no querer estar tan sola como las que no tuvieron nombre.

Algunas situaciones son inevitables, algunas vivencias son necesarias, otras no.

Que sea Ley.

 

 

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