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La sociedad de la suma

Por José Luis Juresa | Fotos: Tim Tadder

Al parecer, hoy es importante dejar plasmada una diferencia entre lo que podemos llamar “positividad” —sobre todo presente en los últimos años, en el discurso de la política partidaria—, y el optimismo, un estado del espíritu que tiene que ver con causas muy distintas a las que estarían en el fondo de la voluntad de ir “para adelante” y que ve en las negatividades del discurso tradicional acerca de la muerte, el final, las despedidas y, en general, toda situación de la existencia que se relacione con la operación de “resta” (recordar el latiguillo social que se expresa en la frase “no me suma”, como el vórtice del huracán positivista actual, y de rechazo a toda negatividad) una causa para la exclusión y el apartamiento.

La resta queda, como operación fundamental, afuera del conjunto de los valores con los que se hacen converger todos los discursos acerca de la vida “sana”, no solo física, sino mental. Tener una disposición a “sumar” como si se tratara de andar con todos los paquetes que sean posibles de llevar en las manos, sin que al sujeto se le caiga uno, es la imagen que se presenta repetidamente en el consultorio, como parte de la dinámica del malestar contemporáneo ligado a la forma de vida del capitalismo moderno.

Formas de vida del capitalismo

Antes de que se apresuren los “positivistas” a rechazar este discurso como ejemplo de negatividad que recurre a la palabra “capitalismo” para demonizar una manera de vivir de la que nadie puede “zafar”, ni aún en los delirios, hago la salvedad, entonces, de que no se trata de ideología, sino de una realidad: vivimos en el capitalismo, y con él, se desarrollan formas de vida, así como en un planeta con determinadas condiciones para la presencia de vida permite —en la medida en que esta presenta un umbral de elasticidad— identificar el modo en que la vida logra adaptarse a esas condiciones.

Estamos hablando de que, hoy, la positividad forma parte del “ambiente” en el que los seres humanos respiran y se desarrollan, y sin embargo, de la misma forma se aproximan cada vez más a su extinción. La contaminación ambiental es sociológica (y en un sentido muy amplio), no solo física o climatológica. La elasticidad de la vida comienza a producir desgarros cuando se la somete a presiones extremas. Y podemos decir que, en la diferencia entre positividad y optimismo, se aloja una de esas presiones clave. La vida solo puede sentirse en la negatividad, o sea, en la posibilidad de operar con la resta, no con “la suma” obsesiva y acumulativa, sin sentido, alienada en el funcionamiento de la reproducción del capital.

“Sumar” es el organizador para la conocidísima propaganda virtuosa que hoy tiene el “funcionamiento de equipo”, por ejemplo. Aunque sabemos que un equipo no se constituye simplemente “sumando”, sino delimitando claramente, en primer lugar, lo que logra dejar afuera, delimitando su principio de funcionamiento o condición de grupalidad. Esto eso, haciendo uso de la operación de resta. Es su principio de organización fundamental.

El valor “positividad”

Me di cuenta, en los dichos de los pacientes, cómo se aloja el mal, disimulado en los valores de la positividad, que son del mismo tenor que los que Lacan y, antes que nadie Freud, identificó como “amar al prójimo” (como a ti mismo). Un falso interés por el otro que, en la negación por la diferencia, sólo recurre a él para abrazarse a sí mismo. Es que, precisamente, el sujeto se encuentra con la diferencia, mucho más directamente en relación a la resta que a la suma, operación que tiende a velarla.

¿Por qué el ser humano preferiría no querer saber nada con las diferencias sino porque en la resta lo que se registra es la ausencia del objeto siempre por reencontrar, esa búsqueda de fondo que parece gobernar nuestras vidas, sin admitir que es parte constitutiva de la vida ligada a lo sublime del deseo (y que el deseo se arraiga en la negatividad de una ausencia fundante de objeto), es decir, a la cultura, como el decantado sublime que la constituye, (a la cultura) como un monumento a lo ausente?

La vida “civilizada” es un canto a la negatividad, es decir, paradojalmente, al optimismo. Y en la tendencia acumulativa que representa ese positivismo de la existencia hueca, vacía, siempre por rellenar (adonde se aloja el entretenimiento, ofrecido a mansalva) nos espera el agotamiento, la repetición de ese “acto” que los pacientes —muchos de ellos— realizan al decir, como palabra inicial de toda sesión: “¡qué cansancio!” Queja moderna por excelencia —o posmoderna— como se la quiera ubicar. Ese agotamiento de vivir ausente de sí mismo en las exigencias de una vida regida por la necesidad compulsiva de sumar “lo que venga”, dinero, propiedades, personas, valores, ¡¡hasta enfermedades!! (cuando se está al borde de quedar “afuera” del mercado, como en la vejez, de lo que se habla es de enfermedades, y sumando…) está llegando a un límite, en el que lo que se juega es la vida como una percepción del espíritu por la que vale la pena apostar.

El deseo es el producto de la resta

Muchas ves les digo a mis pacientes que hablan como si tuvieran “prohibida” la operación de resta y dieran mil vueltas para llegar a un resultado que, pudiendo contar solo con la suma, se hace imposible obtener. ¿Cuál sería ese “resultado”? Un resultado vacío: el deseo. El deseo es el producto de la resta y de la negatividad que se tiende a rechazar con una vehemencia inusitada, violenta, con efectos graves a nivel del cuerpo, tan solo porque el vacío del que proviene, para “la sociedad de la suma”, es sencillamente inadmisible como valor de representación social. Apenas si logra retornar, cada vez más nítidamente, una versión “rebajada”, abortiva, de la operación de resta que es el descarte. No se resta, no se “sacrifica” nada por la vida, o por sentir la vida, por el contrario, es la positividad la que toma su lugar, dejando en el agotamiento y el descarte, el retorno atrofiado de la operación “prohibida” o rechazada como signo de negativismo depresivo, de todo lo que “no suma”.

La exigencia, el nivel de esfuerzo que hay que desplegar para sostenerse en tal forma de la presencia, absolutizada y sintomatizada en una explosión cada vez mayor —y también cada vez más obscenamente desprendida del valor del objeto en juego— alojados, por ejemplo, en el fenómeno de los celos psicopáticos, es insoportable y detona en ataques de pánico y depresión, síntomas que ya se parecen a la normalización de la locura delirante del enseñoreo capitalista sobre la vida humana, retorno a la existencia medieval, la del vasallaje, en la que, ahora, es el yo el tirano absoluto, vigilante, alerta, perseguidor. Aquí no hay conciliación posible, y es un signo más de la violencia silenciosa de la vida “civilizada” en el borde de su autodestrucción.

Optimismo maníaco

El optimismo, por lo contrario, se vale de la ausencia de objeto en el que se instaura un estado sublime del espíritu, aliviado de toda carga forzada de trabajo; pero en la lógica de la positividad capitalista, el trabajo es necesariamente forzado, y se transforma fundamentalmente en el trabajo de acumular lo que sea, incluso acumularse a sí mismo sobre la montaña del descarte, cuya lógica abjura de la palabra y la hace también descartable salvo como “forma de comunicación” (noten que los gobiernos de tendencia neoliberal siempre acusan sus errores como “fallas en la comunicación”).

El positivista jamás aceptaría ser oleaje de un mar de palabras al que es arrojado cuando nace, y con ello, aceptar que el yo es una ilusión, apenas una ilusión de dominio y coherencia absolutas. El optimista, en cambio, “sabe” que de lo que se trata es de aprender a navegar en ese mar, y que se puede mantener o cambiar un rumbo reconociéndose en parte juguete de ese oleaje, un barco que “se hace” navegando.

El “positivo”, por el contrario, creerá que para dirigir el rumbo hay que partir de la negación de ese “mar de palabras”. Tratará de borrarlo, de hacerlo desaparecer, formas de “dominarlo”. Vivirá el drama del fracaso y de la depresión ante cada adversidad vaciada de deseo, pero bajo el imperativo de una máscara alegre, payasesca, cercana a lo maníaco.

 

 

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