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Instrucciones para armar un tabaco y burlar el miedo

Por Giovanny Jaramillo Rojas

I

Me despierto seis horas más viejo. No tengo que vestirme porque dormí vestido. Agarro mis hojillas y mi tabaco y empiezo a enrollar el tiempo vivo. Invierto el poco dinero que tengo en la destrucción de mi cuerpo. Sin arrepentimiento. Progreso pateándome constantemente. Me doy cuenta de que algunas veces estoy finito para liar tabacos. Mis dedos índices y pulgares tienen vida propia, mientras los demás marchan como un obediente destacamento al servicio de una revolución. Puedo demorar treinta segundos armando uno. Y entonces, antes de pasarlo por el fuego, antes de dar el merecido fin al arte, me doy el gusto de asombrarme: contemplo la perfección, me enorgullezco de la experticia, sueño que gano un premio a la delicadeza. Es tanta la excitación que escucho aplausos, loas, e imagino periodistas y críticos a mi alrededor empujándose, para hacerme preguntas sobre estética que yo evado con el habitual engreimiento del número uno. Sé que los elogios son un engaño hasta cuando son sinceros.

II

Otras veces puedo tardar hasta tres minutos en armar una deformidad absolutamente repulsiva. Un adefesio que, además de marearme y carraspearme la garganta, me genera una vergüenza sin par. Cada vez que me pasa hago una pausa, genero un espacio en blanco, respiro. Recuerdo que el miedo al vacío era la inquebrantable legislación del arte barroco. Mezclo tabaco y melancolía. Fracaso en mi intento de hacer filosofía de la cotidianidad. La única oportunidad que tengo de ser feliz es estando muerto o dormido. Mejor dicho: sin memoria. No puedo arrojar ni destruir el espantoso tabaco. Disimulo mi falta de todo. Fumo. Fumo el día lleno de fisuras, traspaso una puerta, toso, salgo de mí para mirar el tiempo con detenimiento. Guardo silencio. Sigo fumando. Sigo tosiendo. Pierdo la guerra. Mis manos me traicionan. Mis dedos no sirven para nada. Un cigarrillo mal liado me vuelve especialista de mi propia desesperación.

III

Guillermo Fadanelli dice: “Si deseara hablar de mí, escribiría en tercera persona”. Siento que me escondo irremediablemente cada vez que me pongo a hablar de mí mismo. Detrás de mí están el humo, los espejos, las lámparas. No existo en estas líneas, ni en los mensajes de Whatsapp, ni en la voz de mi madre. ¿Ya dije que hay días en los que no me dan ganas de fumar? Avanzo, titubeante, con la paradoja. Aburro. Hoy he decidido no trabajar. No fumar me abre incontables grietas mentales. Me genera una desvergüenza moral muy parecida a la que sufren los sobrevivientes. El tabaco es una mala broma. La vida también. Releo algunas páginas de Un año pésimo. Me pregunto si John Fante sabía liar cigarrillos. Dicen que era un viejo amargado y que se sentía cansado del futuro.

IV

La verdad es que no soy tan consciente de estas cosas. Solo soy un fumador de tabacos hechos por mí. Desde que conocí el tabaco los cigarrillos me asquean. Aunque los fumo cuando no tengo dinero. Fue un uruguayo el que me enseñó a liar. En ese momento yo creía que la salud era importante. El tipo me dijo: la salud es el silencio de la enfermedad. Y así destruyó mis ganas de luchar en favor de ella. Desde entonces empecé a olvidarme de mí mismo. A no moverme demasiado, a ver en cada objeto, en cada espacio, la posibilidad de una tumba. Junto palabras por inercia. Tal vez porque creo en ellas y porque en el fondo aspiro a encontrar algo de armonía. Me gusta el tabaco porque me hace sentir esa hermosa conmoción de ser nadie. De creerme nadie. El tabaco se acaba y en esta ciudad, además de caro, es muy jodido conseguirlo. Me tomo el tiempo necesario para herirme. Encuentro en esto un misterio. Capaz el nuevo gobierno ha cerrado las importaciones de tabaco para liar. Me quedo con los brazos cruzados.

V

Pienso en estas cosas porque pienso que debo pensarlas para poder escribirlas. No estoy muy seguro de que sea una buena idea primero dejar fluir el pensamiento y después la escritura. Es lo que me sale. El horror del que soy digno. ¿Qué hay de malo? Desperdicio mi tiempo buscando quién sabe qué cosas entre las páginas de los libros de mi biblioteca. Me dirijo a ella. Me encuentro con Voltaire: “Nadie ha encontrado ni encontrará jamás”. Sonrío. Agarro un libro de Imre Kertész: “Me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse”. Me preparo para liar. Solo me queda una hojilla. Emprendo la arquitectura. Así descubro que un día es suficiente para lograr mover una mano. Y también para desaparecer. De la manera que sea. Entonces vuelvo a la cama y, antes de dormir, me repito una y otra vez: No encuentro una causa más importante para fumar que tener miedo. No encuentro una causa más importante para escribir que tener miedo. No encuentro una causa más importante para vivir que tener miedo. Y cierro los ojos rumiando la fatalidad de que en seis horas estaré más viejo.

 

 

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