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Eduardo Rabasa: “No existe la posibilidad masiva del ascenso social”

Por Ingrid Sarchman

Hay un libro infantil, mejor dicho, juvenil, que se llama Destroza este diario. En honor a la verdad, ni siquiera es un libro, tiene la forma de un libro, pero en realidad es una especie de ejercicio para que los más jóvenes se inicien en la lectura. No queda claro, y tampoco existen evidencias concretas, de que esta estrategia —la de romper para desear— cumpla con los objetivos propuestos. Lo cierto es que intentar “faltarle el respeto” a un libro, para luego reconstruirlo a la manera propia, no deja de ser una buena idea. Después de todo, ¿no sería ideal que después de terminado un libro, podamos destrozarlo, desarmarlo, para volverlo a armar? ¿Reconstruirlo con reglas diferentes? La mala noticia (o no tanto) es que ese deseo irrefrenable, esa pulsión de desarme, no pasa casi nunca. La mayor parte de los finales de lectura terminan sin pena ni gloria. Por eso, cuando pasa, vale detenerse en él, en su contenido, en su argumento, pero también, y por qué no, en su forma.

Cinta negra, la segunda novela de Eduardo Rabasa (Ciudad de México, 1978), editada aquí por Ediciones Godot, es una de esas excepciones. Rabasa, quien hace dos años había publicado en nuestro país La suma de los ceros por la misma editorial, retoma algunas hipótesis de la novela anterior, aunque es, y por derecho propio, una historia en sí misma. Porque si, en apariencia, es el relato de un triste oficinista 2.0 que hará lo imposible porque le sea otorgado el premio mayor, la ansiada cinta, en el fondo, o en otro estrato, no es más que la crítica, descarnada, cruel y afilada como un cuchillo, a los efectos del salvaje capitalismo en los nuevos espacios de encierro: las empresas erigidas como zonas ascéticas y aromatizadas con esencias artificiales de “aire de montaña”.

Si La suma de los ceros apuntaba al centro de la política en el espacio público, Cinta negra hace algo similar, pero entre cuatro paredes. Las tecnologías de (auto)control y los algoritmos como oráculos invisibles van clavándose en la subjetividad de nuestro protagonista, al que sólo le quedará la opción de humillar y pisar cabezas sumido en litros de whiskey y frascos de pastillas antidepresivas. Una combinación que, contrario a lo que podría pensarse, se digiere fácilmente gracias al humor constante, a la ironía, pero especialmente a la sospecha de que todo cuanto se cuenta aquí no es más que una provocación por destrozar y volver a armar. La intención de Rabasa, no siempre manifiesta, es la de ofrecernos las piezas de un rompecabezas hostil y convertirlo en otra cosa.

¿Cuáles fueron las piedras fundamentales sobre las que se montó la historia?

Al principio la pensé como una historia que contara algo del entorno específico y de lo dominante en nuestra época: los héroes corporativos. Bill Gates o Steve Jobs son los superhéroes de nuestro tiempo y ese es el modelo a seguir. Aquí me interesaba resaltar la narrativa individual presente en los individuos: el éxito, el ascenso social, el individualismo y la subsumisión de toda la vida al trabajo. Porque además esta lógica trae consigo todo un sistema de valores, de ética y de moral que afectan no solo a las relaciones laborales, sino también a la amistad, la familia y las relaciones amorosas. De manera que me pregunté: ¿cuáles son las motivaciones que se apropian de este credo que tiene -en mi opinión- una vertiente casi teológica?; ¿es una fe revelada, interiorizada por los individuos? Al principio no sabía muy bien a qué se iba a dedicar el personaje de la novela, Fernando Retencio. Pensé en hacerlo publicista, pero me pareció muy trillado y estuve dándole vueltas hasta que decidí que fuera esta especie de ingeniero que encuentra soluciones integrales a los problemas existenciales ajenos.

También aparece de manera constante el discurso sobre el cuidado y el control del cuerpo del trabajador. Con las pastillas constantes y el médico a disposición en la empresa.

No lo había pensado directamente, pero en ese sentido, el personaje de Retencio es más de los noventa de lo que pensaba. Yo crecí con la idea del empresario de mediana edad, gordo y calvo, pero ahora eso ha cambiado. Aunque México sigue siendo el segundo país con problemas de obesidad en el mundo después de Estados Unidos. Y no solo entre gente de bajos recursos sino entre gente de diversos estratos. El prototipo de empresarios que parecen repetir tiene el mismo patrón: cerca de los 45 años, pero ya parecen de 60, están gordos, calvos y sus mujeres están todas perfectas; creo que esto es parte del machismo mexicano, el descuido, el consumo de alcohol, el estrés, mientras que a la mujer no se le permite lo mismo.

“Cinta negra” (Ediciones Godot, 2018) es la última novela de Eduardo Rabasa

Y en cuanto a la época histórica, ¿dónde se ubica? Queda claro que se refiere al neoliberalismo, pero ¿a cuál? ¿A fines de los noventa? ¿A la actualidad?

Nunca se menciona la época específica, pero para mí era importante que se ubicara en los años anteriores a la aparición del smartphone, es decir la década del noventa del siglo pasado. Un momento donde entra en auge la flexibilización laboral y el retiro del Estado. Igual hay una trampa, porque en la trama aparece algo que no existía aún, por lo menos no como en la actualidad. Me refiero a los dispositivos electrónicos de control, dispositivos que se erigen como sinónimo de transparencia y neutralidad para la optimización de la gestión empresarial porque prescinden del trabajo humano y en consecuencia eliminan la posibilidad de error, lo que hoy conocemos como Inteligencia Artificial. Esto viene acompañado del desprecio a los sindicatos y a toda intervención que se sospeche de “ideológica”. Este discurso sólo potencia aún más la precarización del empleo y los contratos basura, con las consecuencias sociales que ya conocemos.

En la novela, este desprecio se ve en el personaje de Dromundo, una especie de Sancho Panza, al que Retencio desprecia, pero al mismo tiempo, necesita.

Dromundo es mi personaje favorito, con el que empatizo, aunque el sindicato de una sola persona que él funda y conduce sea una pequeña parodia. Incluso se menciona, un poco de pasada y al comienzo, que formalmente es el único trabajador, todos los demás son asociados. También es desde Dromundo donde me siento más cómodo para aseverar cosas del entorno mexicano. No sé si pasa en otros países, pero en México hay un gran desprecio por los sindicatos y a la politización del trabajo. Por ejemplo, decir que alguien es un “pinche asalariado” es insultarlo, porque a este tipo de trabajador se lo subestima en cuanto a su inteligencia. Como si estar en una posición subordinada fuera por falta de capacidad intelectual y nada más, o hasta pereza individual. Esta idea fue malinterpretada por un crítico literario que dijo que en la novela se nota mi odio a la clase media. Lo que yo quisiera resaltar es que el hecho de que Retencio venga de una clase media baja para convertirse en un ser abyecto, no es mi odio a la clase media, sino la crítica a la exaltación de la meritocracia. Y es esto lo que me parece tramposo en dos sentidos. En primer lugar, porque no existe la posibilidad masiva del ascenso social por el estudio o por las capacidades individuales únicamente. Son pocos los individuos que comienzan recogiendo basura y terminan siendo Bill Gates. Sin embargo, sirven como narrativa para estimular la idea de meritocracia y de que si no llegas es por tu culpa y responsabilidad. El otro sentido que para mí es peor, se da cuando un individuo que viene de una clase baja y alcanza un cierto status, luego reniega de su origen o exhibe desprecio por ese lugar: ¿de qué sirvió su ascenso? Mi revancha personal es que, aunque Retencio desprecia a Dromundo, enseguida nos damos cuenta no sólo de que él es mucho más inteligente que su jefe, sino que es alguien imprescindible para lograr los objetivos de él. También veo –toda la inmensa proporción guardada, sino sólo como arquetipo de una relación de subordinación– la similitud que haces entre el Quijote y Sancho Panza, sólo que, en el Quijote, quien toma las riendas es él mismo, no lo manda a Sancho Panza a vivir sus aventuras. Retencio, en ese sentido, es un cobarde.

Otra de las similitudes con El Quijote podrían ser las alucinaciones. Retencio vive pendiente de la tabla de posiciones que lo hace competir con los otros asociados a la empresa para alcanzar la cinta negra. Mientras la mira, cree que le manda mensajes encriptados donde le dice que al final será él el elegido. También imagina, sin fundamentos, que su mujer lo traiciona con otros hombres.

Claro, pero aquí otra vez la diferencia está en los estímulos que disparan las alucinaciones. En El Quijote estaban las historias de caballería. A ideales nobles, al honor, la justicia, salvar a la doncella. En cambio, para los hombrecitos que dirigen nuestra sociedad, su equivalente de historias de caballería son los algoritmos, los libros de marketing. Una teología que vuelve todo abyecto y gris. La fascinación y la genialidad del Quijote se oponen a esta mezquindad y egoísmo de las sociedades actuales. Además, y a esta altura (y por suerte), ninguna doncella querría ser salvada.

Volvamos a la tabla y a su poder de decisión más allá de lo humano. ¿No creés que hay una contradicción entre las decisiones tomadas por el algoritmo y la hazaña de Retencio por llegar a la cinta negra, representada por el esfuerzo personal y la meritocracia?

Bueno, una de las preguntas que guía este libro es: ¿qué busca esta gente que ocupa los cargos más jerárquicos de las empresas? Si ellos pudieran dictar las normas y procedimientos, ¿qué es lo que querrían? ¿La sustitución de la parte riesgosa de la vida? Hasta donde yo entiendo, lo que se intenta es cancelar el azar, el riesgo, la angustia. Proponen una vida predeterminada, un prototipo de perfil de consumidor que prevea los espacios a ocupar, que coma en el restaurante ideal para él y que vacacione donde le corresponde. En los noventa esa intención ya existía, sólo que sin la tecnología para implementarla. En un punto el ideal de alcanzar la cinta negra me recuerda a las metas de los villanos de dibujo animado que se proponen conquistar el mundo, pero bajo un discurso de aparente bien común. Hace poco leí que los de Google están buscando una isla donde puedan fundar un territorio Google fuera de las leyes locales. Lo construyen como un ideal social, una nueva utopía que podría ubicarse por fuera de las políticas, los intereses económicos, en fin, un delirio. Uno peligroso que embiste de apolítico, un proyecto ideológico con consecuencias concretas y específicas.

“La suma de los ceros” (Ediciones Godoto, 2016) de Eduardo Rabasa, su primer libro, fue publicado originalmente en su México en el año 2014

Y además muchas veces las decisiones en la cúpula gerencial se presentan como impartidas por una especie de bien común sin sujeto.

Sí, exacto. A mí me parece que lo que estamos viviendo es algo demencial, disparatado, pero revestido de un discurso aparentemente muy formal, muy racional con pretensiones científicas, medidas por el algoritmo del máximo beneficio. Por ejemplo, en Google califican a las personas con cuatro décimas, ¿cómo puedes calificar el desempeño de alguien así? Es ridículo, es absolutamente ridículo, pero avalado por personajes que se construyen ante la opinión pública como los nuevos ejemplos a seguir. Son justo estos personajes los que toman decisiones.

Pero más allá del desprecio que tenés por el mundillo empresarial de Retencio, elegís contar su infancia con un registro narrativo un poco más piadoso y con menos ironía. ¿Hay una intención de redimirlo?

Sí, porque queda claro que, aunque por momentos Retencio adulto tenga claroscuros y muestre cierta vulnerabilidad, en general produce repulsión y desprecio. En ese sentido, yo quería que esos flashbacks tuvieran dos funciones: en primer lugar, dar algunas pistas para que se vea que no siempre fue así, que hay una historia detrás de un niño que no la pasó muy bien, y la segunda era darle, aunque fuera en el pasado, un poco de redención. Ni hacerlo víctima ni justificarlo, pero sí ofrecer un rostro más amable en la niñez y adolescencia. En un punto es un personaje no sólo misógino, sino obsesionado con la misoginia. Las mujeres para él son una obsesión y como no sabe lidiar con ellas, las transforma en objetos o trofeos. En cuanto a la infancia, también aparece la historia de Melisa (el primer amor infantil de Retencio convertido en prostituta por necesidad), como una manera de mostrar que las mujeres, en general, quedan mejor paradas en la novela a nivel humano.

En ese sentido, el personaje de Aspen Lang (otro amor fallido de su adolescencia) que aparece en la actualidad como mano derecha de su jefe máximo y con rasgos de esquizofrenia, ¿es la contracara de esa mirada a la mujer?

No sé si es la contracara de eso otro, sino más bien la manera en la que traté de parodiar, a nivel simbólico, la contradicción de estas grandes empresas de las que hablábamos antes. El personaje está basado en una chica que conocí -no sé si realmente está diagnosticada o no como esquizofrénica– pero intenté reproducir ese mecanismo a través de la aparición y la desaparición de la rana (es un muñeco de peluche atado al cuello). Mientras que la parte más formal y corporativa, con la implementación de prácticas laborales tremendas, se desarrolla con la rana guardada en el cajón. Cuando Aspen saca la rana, cambian las reglas del juego. Entonces todo se vuelve más lúdico y de un momento a otro se puede ir a trabajar en chanclas y tocar la guitarra.

Además de parodiar el discurso corporativo, te ocupás de burlarte también del gesto de las artes plásticas y su estetización de la pobreza. Sin embargo, los pobres, aunque sumisos, aparecen a punto de rebelarse, de quebrar ese orden imperante. ¿No hay una idealización ahí?

Bueno, a mí me encantaría que se rebelaran, de hecho, me extraña que en un lugar como México no haya más hechos, aunque sean aislados, de rebelión. Pero al mismo tiempo no me extraña porque son muchos los dispositivos de control, desde la educación, hasta los medios de comunicación, todo contribuye al adormecimiento. Incluso creo que hay una conciencia explícita de los dueños del capital, o como querramos llamarlos, a pensar el rol de la filantropía en la actualidad. Porque, aunque en el discurso de todos los gobiernos siempre aparezca la pobreza como ese tema pendiente y a resolver, en la práctica, al Estado no le importa. Es casi lo contrario. Incluso más, son los mismos pobres quienes en ocasiones también votan a estos gobiernos. Tenemos el caso de Trump pero también puede ser el de Macri en la Argentina. Pero, al mismo tiempo estos discursos cumplen una labor ideológica muy importante: forman y viralizan gestos amables: Bill Gates vacunando a una niñita en la India parece preocupado por la pobreza en el mundo, o da esa imagen cuando en la realidad está provocando una mayor desigualdad entre ricos y pobres. En mayor o menor medida esto funciona para poder ponerle un rostro más amable al sistema y evitar, si es que fuera posible, cualquier tipo de revuelta social organizada por parte de la gente que la está pasando peor.

Eduardo Rabasa nació en la Ciudad de México en 1978. Es politólogo y traductor. En 2002 fundó la editorial Sexto Piso y en 2017 fue elegido como parte de Bogotá 39 por el Hay Festival. (Foto: Bernardo De Niz)

¿Y en relación a la estetización de la pobreza en el arte?

Yo no puedo evitar hablar del caso de México, pero es que aquí la cuestión es de risa. El circuito del arte es súper elitista y esnob, se mueven unos montos tremendos de dinero por piezas que probablemente estén sobrevaluadas, y al mismo tiempo, los artistas se comunican con un discurso que parece de la izquierda radicalizada. Se preocupan mucho por tomarse las fotos en los lugares específicos y con gente determinada. Yo no soy especialista en el tema, pero lo que me interesaba contar con la “exposición de pobres” era la mirada sociológica y política de la filantropía; su función, incluso del papel del artista. Existe este cliché de incomodar y de que el arte es político y hoy en día, en México no se puede eludir la cuestión de los narcos, los decapitados, y que eso quede reflejado en el arte. Obviamente que hay gente haciendo cosas valiosas, pero en la cúspide hay una hipocresía tremenda porque son obras supuestamente con contenido político, que se inscribirían en un circuito de protesta, sin embargo, no creo que produzcan algún efecto concreto, sino todo lo contrario: sirven para lavar culpas. De los que están en los estratos más acomodados de la sociedad. Entonces van y compran la obra de algún niñito indígena mirando al horizonte, la ponen en su sala lujosísima y la contemplan con la conciencia tranquila. El sistema se cierra porque han comprado tranquilidad. Incluso muchos artistas que tienen un larguísimo historial de abuso y acoso, ahora se les da por un discurso feminista y se suman a colectivos como el #metoo. Esa es la hipocresía que me interesa pensar y mostrar.

También te ocupás de mostrar esa hipocresía en el campo de la literatura en el personaje de Alejandro Alejandrez.

Sí, y eso sí tiene que ver con mi propia experiencia, no tanto con la del escritor, sino con la del editor. Quise poner el acento en todo lo relacionado con los egos, la autopromoción o el autoelogio, con el narcisismo que se ha disparado exponencialmente con las redes sociales, incluso antes de que el libro exista. Cuando William Gaddis recibió el National Book Award en 1976 dijo que se consideraba uno de los últimos miembros de esa especie que cree que el escritor debe ser leído y no visto. Es una frase que tiene 40 años, pero parece que tuviera 500. Hay todo un mercado de la promoción de la figura. He estado en ferias de libro con agentes que promocionan a sus autoras diciendo “¿No has visto sus fotos? Es muy guapa”. En ese personaje quise hablar del culto a la imagen, de esta especie de conversión del autor en celebrity. También el de los casos de gente que publica su primer libro, le empieza a ir muy bien y se vuelven unos arrogantes y unos cretinos tremendos. Se invierte el trato con el editor y con el agente porque pierden el filtro y el cuidado con los demás, se vuelven menos receptivos a las sugerencias del editor y pierden el respeto por las opiniones ajenas. En redes sociales puedes ver a gente poner “Aunque ustedes no lo crean, los escritores somos gentes normales y comemos y dormimos” o también “La enorme responsabilidad de saberme querido por mis lectores”. Están perdiendo el juicio.

¿Vos qué querés que le pase al lector con esta novela?

Es difícil contestar. Para mí, el tema de la escritura ha sido y sigue siendo un asunto conflictivo a nivel personal. De hecho, esta novela me desmadró la vida. Con ésta viví un proceso frenético de jornadas muy largas que desembocó en un grave problema de alcohol y de drogas y hasta me costó una relación de pareja de seis años. Y durante ese proceso claro que me pregunté quiénes la leerían, si serían unos pocos o más, mientras ponía todo mi empeño y energía en terminarla. Pero una vez que estuvo lista y entregada a los editores, un poco me desligué de ella. Puede ser porque lo que sentía mientras escribía no lo siento más, como si me hubiera separado del libro.

Bueno, a lo mejor lo que te pasó es como lo que le pasa a Retencio con la cinta negra: vale más su representación que ella misma. O sea, la intención de escribirlo que el resultado en forma de objeto libro.

Sí, y en parte fue por convivir casi tres años con un tipo tan asqueroso como Retencio, porque vale aclarar que los flashbacks de su juventud son cien por ciento autobiográficos. Mi padre no era vendedor de seguros, pero sí era alcohólico y los episodios que se cuentan son episodios que sucedieron con él. De manera que yo, Eduardo Rabasa, recibí una educación para ser un Fernando Retencio. Esta novela me movió cuestiones muy profundas, y en un punto, ese personaje se convirtió en una especie de alter ego monstruoso: lo que yo debía haber sido, lo que pude haber sido y la pregunta de si en el fondo no seré él a pesar de todo. Por eso, volviendo a la pregunta anterior, no quisiera que al lector le produjera lo que me produjo a mi escribirla. Pero también, el otro día alguien puso en Twitter: “Mi nuevo trabajo se parece al de Cinta negra, de Eduardo Rabasa”. Entonces pienso que bueno, no es que me dé gusto que ese chico tenga ese trabajo, pero si la novela en cierto punto toca alguna fibra o permite sentirse identificado, vinculado o acompañado por el libro, entonces sí, me produce mucho gusto. Del mismo modo, me da curiosidad saber qué pensarían de él, si lo leyeran, los altos ejecutivos de una corporación. ¿Qué les parecería?  ¿Y sabes cuál es mi fantasía? Que el mundo ahí descrito les parecería maravilloso, que Retencio les parecería un héroe. Porque si a nivel macroeconómico tenemos empresarios en el poder, entonces no es de sorprenderse que ese sea el modelo y el ejemplo a seguir.

 

(Foto de portada: Oswaldo Ruiz)

 

 

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