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Historia mínima de una mentira

Por Giovanny Jaramillo Rojas

“La mentira es la que manda, la que causa sensación,
la verdad es aburrida, puta frustración”
Cerebros destruidos, Eskorbuto

Gallego descubrió, sin quererlo, que yo era una sola mentira, que todo eso de los Roces Majestic Blancos, el viaje a Disney, el Super Nintendo con bazuca y el auto rojo deportivo de mi padre hacía parte de una escrupulosa e injustificable fantasía. ¿Cómo pasó? No importa. El caso es que Gallego se lo dijo a medio curso, y yo, ante los cuchicheos y las burlas de mis compañeros, solo atiné a callar, envuelto por un diabólico resentimiento.

En el descanso me encerré a llorar, en el baño del bachillerato, pero, aunque lo intenté, no me salió ni una sola lágrima.

Para los profesores todo este asunto parecía ser el reflejo de una triste realidad: un niño que miente lo hace porque así funcionan las cosas en su casa. El ejemplo de la familia. La vieja psicóloga del colegio sabía que mis padres recién se habían separado. Mi mamá se fue con otro y mi papá se quedó con mi hermana y conmigo. Ella era la malparida, la perra y él un pobre mártir. Esa fue la retorcida narrativa que me metió en la cabeza la psicóloga. Una cincuentona con tetas talla cuarenta que escotaba vulgarmente para seducir al rector, un ex militar, viudo y resentido con la juventud. De cualquier manera, para mí, mis padres seguían estando juntos. Juntos a su adulta y condenada manera. Entonces yo, aunque lloraba por las noches, no aceptaba, negaba, mentía: ¿Mis padres? Bien, todo bien. No pasa nada.

Entretanto, los padres de algunos compañeros empezaron a desarrollar una elocuente lástima para conmigo. Me veían como un niño desamparado. Perdido. Parecía ser que, a los ojos de ellos, no había peor tragedia en el universo que la desintegración de una familia. Un día, a la salida del colegio, la madre de Sandoval me habló de Cristo y su poder sanador. Recuerdo que era tanta su preocupación que pidió orar por mí con su mano derecha puesta sobre mi cabeza. La pesadísima y bulliciosa plegaria duró casi un cuarto de hora y todo el mundo nos miraba como si fuéramos un par de desequilibrados mentales. Por su parte, la madre de Castro solía enviarme notas adheridas a paquetes de papas: “Todo va a estar bien”, “No te preocupes que no estás solo”, “Algún día tu madre se dará cuenta de su error”. No obstante, hacia adentro, quiero decir, en mí, todo el asunto de aludir a cosas que no tenía se desplegaba como una muy valiente forma de darme importancia en un contexto que me lo exigía so pena de ser excluido. Y en esto ni mis papás, ni nadie externo a mí tenían algo que ver. Era complacencia básica, placer: mentía porque saboreaba el efecto de fascinación y éxtasis que mis historias ocasionaban en los rostros de mis compañeros. Punto.

Ahora bien, mis compañeros, tanto como yo, éramos malos, perversos. Y tras esa perversidad intentábamos esconder nuestra naciente inseguridad. Una insípida preadolescencia que afloraba modestamente en nuestras mejillas con cráteres llenos de pus. Era la época de la masturbación desenfrenada: nos pasábamos revistas mentirosas de rubias con hondas vaginas y tetas más grandes que las de la psicóloga. Descubrimos la tabla Güija y la mentira de las ánimas errantes y la tonta parafernalia del más allá. También era la época en la que no se podía salir de la ciudad porque corrías el riesgo de que te mataran o secuestraran: la figurada mentira de un Estado de bienestar consumido por la guerra.

Fantaseábamos todos, con todo, en un mundo que lo único que nos ofrecía era ilusiones. Pequeños espacios mentales para ejercer los últimos rezagos de imaginación antes de abandonar la niñez para siempre. Con nuestras invenciones escapábamos de la rústica y aplastante realidad que empezaba a apropiarse de nuestras lozanas mentes. Sandoval, por ejemplo, decía que no era virgen y que su prima, la hermosa Valentina, la de octavo, era la que le había quitado ese incómodo dejo de pureza. Gallego, por su parte, afirmaba tener un salón de juegos, con jacuzzi, gimnasio, cabinas de videojuegos, mesas de hockey, pool, ping pong y, además, dos líneas para jugar bolos. Nadie nunca pudo comprobar nada, pero todos disfrutábamos de las narraciones eróticas del uno y soñábamos con pasar un fin de semana en la casa del otro. Hasta ahí todo tranquilo, por lo menos para mí. Mis mentiras eran semejantes a las de los demás (nunca más ni menos mentirosas) y cada vez tenían más repercusión en la épica imagen que yo proyectaba, no sólo como tenedor de cosas ficticias, sino como el niño de la vida soñada y, por tanto, perfecta. Era el miedo, sí. El terror a la verdad. El mismo que destilaban los noticieros, las calles, los adultos, solo que enmarcado por un inexorable idealismo que sabía encubrir la nimiedad de una realidad más que agujereada. Turbia. Descerrajada. La cagada fue que Gallego abrió la boca y, con su estúpida acción, me desnudó de una forma inexcusable.

Y digo que mentir es de valientes porque cuando uno miente, cuando uno oculta, cuando no se cuenta todo, se corre el riesgo más funesto de todos: ser descubierto, ser expuesto miserablemente a la melindrosa irrisión pública. Al mojigato carcajeo ajeno. Lo cual significa, en la inmediatez, una pequeña muerte social (lánguida y punzante) que a largo plazo puede ocasionar el desprestigio total. En definitiva, buscarse este tipo de defunciones aparentemente absurdas solo puede ser de valientes. Y soñadores. Valientes parados en la raya, en los filos más apretados, gentes firmes con todo y contra todo. Soñadores dispuestos a las últimas consecuencias.

La ventilación de mis invenciones se me volvió una carga insostenible. Ya no solo era la risa, sino también el alejamiento y la grosería. Entonces resolví hablar con mis padres. Les pedí expresamente un cambio de colegio. Seguir allí, después del desenmascaramiento era la fatalidad. Para presionar el cambio armé una mentira que tardé en desarrollar, milimétricamente, el último período académico. Le dije a mi padre que Gallego era marica. Que sentía que era una mala influencia y que además me hostigaba con cosas obscenas y confusas para mí. Mi padre le contó a mi madre y ellos volvieron a unirse, única y exclusivamente para salvarme del espantoso extravío.

Recuerdo que ensayé frente a un espejo mi mejor cara de desconcierto y susceptibilidad. También experimenté quebrando mi voz y, sin éxito alguno, me exprimí por dentro (con los recuerdos más tristes que albergaba) con la intención de obtener una lágrima. Mis padres me interrogaron sobre todo lo sucedido, tres horas seguidas, siempre con la latente turbación de que yo hubiera sido abusado o, lo que era peor, que hubiera accedido a algo. Mejor dicho: temían que fuera eso. Eso que para ellos era innombrable. Para deshacerme de la embarazosa duda que se había forjado sobre mí, se me ocurrió mostrarles una de las revistas porno que tenía y eso, paradójicamente, funcionó: sonrieron y se quedaron tranquilos. Y así fue como empecé a ser una víctima de algo que supuestamente mi cabeza no alcanzaba a entender y que la sociedad, por su parte, juzgaba y sancionaba horrendamente. Lo único que pedí era que no dijeran nada en el colegio sino hasta la última reunión del año porque yo sabía que Gallego sufría en secreto por su condición de primitivo paria. Entonces, para solventar la progresiva confusión, les prometí que mientras llegaba ese día, yo combatiría firmemente el acoso. Mis padres, preocupados, asumieron mi petición y aplaudieron mi solidaridad para con el “niñito desviado”. Durante todo esto, yo sabía que seguiría siendo el hazmerreír y el bobo del salón. Y no me equivoqué: cada día avanzaba más y más en la carrera del aislamiento. Todo mi yo estaba hecho trizas.

Lo único que me quedaba era mi plan.  

Pasó el tiempo y la última vez que vi a Gallego él estaba llorando en medio de sus padres, frente a la oficina del rector del colegio. Lo habían echado. Por marica. En medio de sus balbuceos logré deducir que lo negaba todo. El pobre se defendía y juraba que nada era verdad. Su padre lo miraba con una tirria indecible y su madre estaba poseída por una desgarradora desilusión. De repente apareció en escena la psicóloga y lo que dijo sí lo escuché perfectamente: “No lo vayan a golpear, por favor, él no tiene la culpa y esto se puede corregir con un tratamiento psiquiátrico”, a lo que Gallego replicó, inmediatamente: “¡Yo no soy marica!”, ganándose así, de parte de su padre, una fortísima bofetada. Un golpe que lo puso de bruces contra el brillante piso. Yo estaba con Castro, adentro de la oficina de admisiones, esperando que me devolvieran mis documentos para irme, de una vez por todas y para siempre. Él me dijo: “¿quién iba a pensar que a Gallego se le moja la canoa?”. Sentí un poco de culpa, sí, pero no había vuelta atrás. Esto era personal. Es más, en ese justo momento me hubiera gustado parármele enfrente y, sonriéndole cáusticamente, haberle hecho mi mejor pistola. Para que supiera que había sido yo. No hay peor venganza que la vergüenza. Por algo son palabras tan parecidas ¿no? Lo último que le dije a Castro, para irme aún más falso, más mentiroso, pero irresolublemente victorioso de aquel antro, fue: “me regalaron una PlayStation, después lo invito a jugar”.

Lo que no sabía en ese momento, era el nombre de mi nuevo colegio: Normal Superior de Nuestra Señora de La Paz Varones. Después descubriría que ese era el verdadero y jodidísimo precio que yo tenía que pagar por mi incontenible catarata de mentiras. Allí sí tendría que lidiar con homosexuales de verdad en contra de los cuales mi palabra no valía nada. Empezando por un par de curitas que tenían las manos más largas que el imaginario y embustero Dios que, diariamente, nos obligaban a venerar.

Todo lo que de una u otra manera tiene que ver con la humanidad es una auténtica mentira, una insalvable fábula. Además, desde siempre la falsedad ha sido una elemental forma de supervivencia y una incuestionable herramienta de poder. Entonces, yo me pregunto: ¿Cuál es la puta obsesión con la verdad? Enserio. Llegar a ella sería la ruina total, el caos absoluto… y bueno, solo por esta vez, no nos digamos mentiras: nada más cómodo, nada más mortal, nada más nosotros que la ficción, porque nunca nada es más definitivo que las apariencias. Y el que no las ejerza que tire la primera piedra. Ojalá Gallego haya aprendido a no meterse en lo que no le importa. Yo por mi parte aprendí a ser más pulcro y menos hijueputa.

 

 

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