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Diario del Eros de una época

Por Alexandra Kohan

“La tolerancia ha convertido en muy poco tiempo al sexo en algo triste y obsesivo. La represión del poder tolerante es de todas las represiones la más atroz”
Pier Paolo Pasolini

“La sexualidad mal reprimida ha perturbado no pocos hogares; la bien reprimida ha perturbado el orden universal”
Karl  Kraus.

I

Hay dos clases de libros: los libros que confirman lo que ya sabíamos, es decir, los que son condescendientes con la doxa, los que nos llaman a identificarnos, a encontrarnos ahí, a ratificarnos, y, por otra parte, los libros que constituyen un texto en el sentido barthesiano: aquello que se sitúa más allá de los límites de la doxa. Un texto es lo que pone a jugar lo paradójico, lo que realiza la pluralidad del sentido, su diseminación; en definitiva: un texto es lo que hace que algo pase. Que algo pase allí donde no pasa nada, en la repetición cacofónica de lo mismo, esa que reproduce un mantra adormecedor y que expulsa las pasiones hacia un terreno devastado, arrasado por lo que Marcelo Barros define como el pathos fundamental del pensamiento único: “el rechazo a la violencia y a la autoridad considerada violenta como tal”. El horror a la paternidad —nuevo libro ensayístico de Barros, recientemente publicado por la editorial Modesto Rimba— hace que algo pase, que pase como travesía y como contrabando de ideas en medio de ese pensamiento que se erige en sentido común y que vocifera un moralismo incuestionablemente imposible: estamos obligados a gozar pero nada de pasiones, por fis.

II

Un discurrir hecho diario, un discurrir sobre hechos diarios, un discurrir a diario que es en sí mismo un hecho: un hecho de lenguaje. Entre todo ello se va escribiendo un texto y se van precipitando algunas ideas alrededor de un tema que “carece de rostro” y que no puede evitarse: el horror a la paternidad. Marcelo Barros sigue las pistas de lo que se dice —eso habla— acerca de la feminidad, el feminismo, los varones, las mujeres, en definitiva: la erótica de una época que es la nuestra. Sigue las pistas y va circunscribiendo un hecho actual: cierto repliegue de la virilidad. Discute con un progresismo definido por él como “una orientación subjetiva”, el “ilusorio sentido común”, y en esa discusión también se libra del ilusorio sentido común de algunos psicoanalistas.

III

Así como en su libro inmediatamente anterior, La madre. Apuntes lacanianos (Grama), o en su página personal (marcelobarros.com.ar), Barros no se priva, acá tampoco, de sacudir la vulgata lacaniana. Esa que, por ejemplo, “confunde a menudo la Ley (el acto de justicia) con la regla (el derecho)”. Barros nos despierta de la anestesia generalizada en la que nos pretende sumergir ese saber que “ya se da por establecido”.

Portada de “El horror a la paternidad” de Marcelo Barros

IV

El horror a la paternidad comienza con el autor viendo, una vez más, la filmación de la entrevista que Günter Gaus le hace a Hannah Arendt, en 1964. De todo lo que allí se dice, subrayo lo siguiente: ser mujer nunca ha sido un problema para ella, porque no ha pensado las cosas en esos términos: “siempre hice lo que quise”; la resistencia que Arendt lleva adelante durante la entrevista a ser fijada en una identidad: mujer, filósofa, escritora que pretende influenciar, judía; la respuesta que da a las críticas por el tono usado en su libro sobre Eichmann: “el tono es irónico, sí. De eso no tengo nada que decir, es una objeción a mi persona”, y cuenta cómo se rió en voz alta al leer el interrogatorio a Eichmann. La risa, la ironía, la agudeza: eso que Freud destaca como modo de hacer caer lo fatal, de hacer caer lo sagrado; la risa y la ironía en las antípodas de los efectos agobiantes de la solemnidad de la masa, porque la risa es lo opuesto a la identificación; la risa en las antípodas del llamado “consumo irónico” (en el que ya sabemos quién es el consumido); sólo queda la lengua materna, señala Arendt, esa que permite ser equivocada, esa que permite producir sentidos nuevos en el extremo opuesto del clisé y de los sentidos comunes. Leo en ello la enunciación de este libro.

V

“Si Dios ha muerto, nada está permitido”, es lo que pretende contestarle Lacan a Dostoievski. Te obligo a que seas libre. ¿Qué hay en el moralismo adormecedor de esta época, en la obligación a ser libres que se cifra en el rechazo a la violencia? Está la pretensión de una “regulación extrema de las relaciones heterosexuales en el capitalismo post-patriarcal”, hay “multiplicación metonímica de reglas y de controles” que “sustituye una autoridad cada vez más impugnada por arbitraria y violenta”. Sí, “el horror progresista a la violencia trae sus paradojas. Lo sabían los antiguos romanos: Summun ius, summa iniuria” (máximo derecho, máxima injusticia), dice Barros recordando el aforismo latino y se dispone a leer esos efectos paradojales como, por ejemplo, “la apariencia pluralista” de la sociedad de mercado que “da lugar a un formidable proceso de homogenización”.

VI

La comedia de los sexos ya no causa gracia. Hacer pareja no tiene nada que ver ni con el amor ni con el deseo. Hoy se pretende emparejar todo (¡empatía, empatía!) y, por eso mismo, crecen las estadísticas de los que están solos. Hay solos ahí donde se pretende que la única posibilidad es el emparejamiento, allí donde se rechaza el pathos del amor, allí donde no se quiere saber nada del deseo como infierno. Quizás porque lo que no se soporta es la disparidad en el amor, porque en el amor no hay pareja posible. Quizás porque se confunden, se aplastan, se identifican los planos de la reivindicación de derechos con el espacio erótico. Los cuerpos en la cama no son los cuerpos en el espacio público. Si en un lugar no hay igualdad, no hay paridad, es en la cama. Los modos en que estos dos espacios se superponen una y otra vez hacen que se crea ilusoriamente en una pedagogía igualitaria, “ingenuidad máxima del progresismo”, dice Barros. “La bondad no podría curar el mal que ella misma engendra. […] La más aberrante educación no ha tenido nunca otro motivo que el bien del sujeto”, dice Lacan. “A más puritanismo, más perversidad”, dice Barros. ¡Qué alivio que el psicoanálisis se ubique en las antípodas del humanismo y de la pedagogía!

Libros anteriores de Marcelo Barros

VII

“Mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo”, dice Barthes. “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”, escribe Viel Temperley. “El Otro (…) es el cuerpo”, sugiere Lacan. Podríamos seguir citando lo que se nos presenta evidente e ineluctablemente: mi cuerpo no es mío, es siempre un cuerpo extraño. Esa extrañeza es la que se pretende aplacar, acallar pidiéndole al Estado que regule el intercambio de nuestras palabras y nuestros cuerpos, por ejemplo, la práctica de los piropos. Una vez más, dice Barros, “que nadie moleste a nadie”. Mi cuerpo es mío pero el Otro estatal debe regularlo, debe autorizarlo: nuevamente nos encontramos con la paradoja que implica ignorar el campo del deseo, ignorar que el deseo es un tormento. “La modernidad”, nos recuerda el autor, “pone al hombre y a la mujer juntos en el mismo espacio. Poco a poco, después, les va exigiendo que no se hablen, que no se miren, que no se toquen. Salvo que sea por contrato”.

VIII

Tal y como sugiere Barthes, lo reprimido hoy en día es lo sentimental, más que lo sexual. El amor y lo sentimental están vedados. En la época del imperio de los goces, un amor que pueda hacer converger el deseo y el goce, que pueda articularse en las faltas, resulta inverosímil. Está vedado porque “el amor no tiene nada que ver con un intercambio justo” (Barros). Barros recorre lo que nombra “ética del mercado”, aquella que “aspira al intercambio justo y a la regulación de todas las interacciones”, para decir de manera contundente: “no es negando las diferencias que se hace justicia. Todo lo contrario”. Y en esa afirmación nos trae de nuevo una posición política allí donde se pretende despolitizar, al hacer pasar el asunto por dado y natural.

IX

“Tengo un talento especial para conformarme con lo fragmentario”, le dijo Freud a Groddeck. El método freudiano se orientó por las parcialidades, por los restos, por los fragmentos que no harán sino hacer fracasar cualquier pretensión de totalidad. La llamada “exigencia fragmentaria” presente en los románticos alemanes no le fue indiferente a Freud. Todo su libro sobre el chiste está construido sin desconocer lo que los románticos hicieron del Witz. La agudeza corta con su filo lo que se pretende totalidad. El horror a la paternidad  “no es un escrito psicoanalítico”, dice Barros. Me ahorro el intento de saber por qué la necesidad de esta aclaración bajo la forma de la negación. Lo cierto es que lo que allí está escrito es efecto de una lectura, la suya, una “interpretación en détail, no en masse”, como señaló Freud, esa lectura que emprende un psicoanalista ante el decir del soñante. El decir solo se presenta así, de modo fragmentario, pero no como el fragmento de una totalidad, sino como un modo de irrumpir, de ocurrir, de acontecer. La apuesta del libro está también en esa forma: la escritura fragmentaria, una escritura que resiste a la solidificación del sentido, al adormecimiento que produce un saber ya establecido, un saber que no deja lugar a la ocurrencia, a la sorpresa. Mediante esa forma, la escritura pone a jugar la potencia de la atopía, porque El horror a la paternidad es un texto, antes que atípico, atópico, del mismo modo en que es atópico el sujeto del que se ocupa el psicoanálisis. Pero, antes que nada, es atópico como lo es Eros.

Presentación de “El horror a la paternidad” de Marcelo Barros

X

En una época en la que parece obligatorio aferrarse a una identidad, definirse una y otra vez, (“Si no me declaro feminista”, dice Barros, “es, básicamente, porque se ha vuelto obligatorio, y obligatorio bajo intimidación”), armonizar con el contexto, mostrarse conciliador y asentir a un imposible consenso entre los partenaires, los textos de Marcelo Barros irrumpen inquietando una escena que se pretendía, ahora sí, transparente para sí misma. Una escena que pretende que, ahora sí, se ha desenmascarado al amor romántico, que, ahora sí, sabe qué es el amor; una escena que configura una autoridad muchísimo más eficaz que aquella que pretendió combatir. Vamos (¿o ya estamos ahí?) hacia lo que Barros llama una “estética de la esterilidad despojada de secreciones, olores” —una feminista se queja del olor a bolas—, “cicatrices, flatulencias, erecciones, violencias. Libre de porquerías. Sin hijos. Un medio estéril es un medio controlado y eso significa, en el lenguaje de la bioseguridad, que es un medio en el que no pasa nada”. Me pregunto si esa esterilización no está expandiéndose también al consultorio de algunos analistas que pretenden estar al margen de todo lo que pasa, que pretenden que el consultorio sea un lugar sin cuerpo, sobre todo sin el cuerpo del analista.

XI

El horror a la paternidad es un libro que introduce la contingencia allí donde todo se pretende necesario. Es un resquicio por donde se cuela la posibilidad de leer los efectos de un movimiento de masas como lo es el feminismo. Y si esa lectura incomoda, es porque intenta sacudir el efecto apaciguador de los discursos políticamente correctos, esos que no son sino una forma de la represión. La sacralización que produce la doxa es, sin dudas, aquello sobre lo cual operará la lectura de Barros: haciendo caer lo sagrado, haciendo tropezar lo fatal, haciendo trastabillar la pretendida solidez del sentido común, esa consistencia que, en definitiva, es la cifra del estereotipo (stereos quiere decir sólido). Lo que Barros hace es traer el cuerpo de nuevo a la escena, ese cuerpo que se precipita ineludible. Ese gesto, el de traer el cuerpo de nuevo a la escena, es ya un gesto de resistencia al estereotipo (definido por Barthes como ese lugar del discurso donde falta el cuerpo). El libro de Marcelo Barros termina el 8M de 2018. “Veo venir de frente la caudalosa marea de mujeres que vuelven de la marcha […] Las veo venir. Son miles, y sé que algo está pasando”. El autor, a partir de ahí, hace silencio (que, como sabemos, es lo opuesto de callar). El horror a la paternidad termina con lo que se inició: la entrevista a Hannah Arendt. Ahora, diciendo que la libertad tiene un precio y que ella elige pagarlo. Quizás porque no se trata de esperar que el otro sea generoso y nos dé un lugar, sino de hacérnoslo, incluso un poco a los empujones.

 

El horror a la paternidad
Editorial Modesto Rimba, 2018
Marcelo Barros

 

(Texto leído en la presentación del libro el día 31 de agosto de 2018)

 

 

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