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Empoderamiento y decadencia

Por Luciano Sáliche

I

¿Qué aspecto y carácter tiene la mujer que se aparece en los sueños —y también en las pesadillas— de los hombres?

“La mujer no existe”, dijo Jacques Lacan, y dos o tres años después volvió sobre el tema. No, no existe como un ente universal, no existe la mujer, porque “una mujer es un síntoma”, es decir, responde a un símbolo que, a su vez, responde al deseo de los hombres. Entonces, la mujer —que no existe, ya lo dijimos— se presenta ante los hombres como un objeto fantasmático, porque es su sueño y también su pesadilla. La masculinidad, en cambio, es el paradigma. Los hombres son quienes narraron la historia de la humanidad a partir de su deseo y allí colocaron a la mujer, que termina siendo una ficción que los excede, porque los seduce y los lastima. ¿Y cómo es la mujer hoy?

Si se me permite el machismo inofensivo, María Guevara puede ser leída en estos términos. María Guevara es el personaje principal de la novela de Paula Puebla titulada Una vida en presente (17 Grises, 2018), un texto de prosa exquisita que sorprende —además— por ser un debut literario, y puede ser leída en estos términos, no sólo porque contenga una posición desafiante, desapegada y enigmática, sino porque en ella se entrelazan las expectativas y los miedos que los hombres ponen en la imagen de la compañía (no sólo) sexual que anhelan.

II

Protagonista y narradora de la historia, María Guevara es una escort, una prostituta que mantiene relaciones fijas con tipos esencialmente poderosos a cambio de mucho dinero. Si alguna vez sus fotos estuvieron en una web porno soft con la cara blureada y un teléfono de contacto, eso no lo sabemos. Lo que sabemos es que, ahora, ella tiene una vida absolutamente normal: vive en un departamento del barrio de Congreso junto a su gata Beba y todos los viernes va a buscar a sus sobrinas mellizas al colegio para pasar una “noche de chicas” haciendo lo que su hermana Julia —alegre mujer subordinada—, la madre de las niñas, no les deja hacer: jugar al FIFA, disfrazarse, comer comida chatarra, beber gaseosa, correrse algunos centímetros de la línea de lo predecible. María Guevara es una mujer que vive con cierta libertad —si es que tal cosa es posible en un mundo como este—, aunque no deja de depender del dinero para vivir, y se permite entrar y salir con delicadeza en los terrenos turbulentos. Bebe mucho, fuma otro poco y el cóctel de soledades que la envuelve se transforma en un cóctel de pastillas para paliarlo.

III

“Blanco satinado. Con los ojos a no más de diez centímetros de la pared, blanco satinado era todo lo que podía ver”. Así arranca la novela. Mientras mira con paciencia y detenimiento los detalles de la pared, está en cuatro, sobre la cama, recibiendo los embates de Rubinstein, su cliente, en un sexo impostado y sin un gramo de conexión. Rubinstein, desde luego, no lo nota; eyacula feliz y ensaya un poco de cariño. Él lo siente; hasta se podría decir que se está enamorando. Ella no, lo aborrece. Es una relación conveniente para ambos, pero ¿cuánto tiempo más se puede sostenerse ese intercambio?

Lo que sucederá después es el golpe del tiempo, una contingencia que echa luz sobre el lado oculto, ese que siempre estuvo y nunca nadie quiso ver: Rubinstein habla de más, alardea frente a sus amigos la mina que se come, entonces el dominó empieza desplegarse: caen las piezas hasta que el comentario llega a los oídos de María Guevara por su cuñado, el gil de su cuñado, que se entera que la tía de sus nenas, a quien se las deja todos los viernes a dormir, es en realidad una puta. Esta voltereta narrativa, que es apenas una pequeña porción de todo lo que sucede en la novela, pone a María Guevara en una posición desventajosa. Entonces deja de ser el sueño de los hombres para convertirse en su pesadilla. Que es lo mismo, sólo que al revés: la ingobernabilidad del deseo, lo que se esconde en el inconsciente de los tipos que construyeron a la mujer sin detenerse a pensar en su totalidad, porque eso que temen también está ahí, en esa creación, en ese concepto que los excede, que los seduce pero también los lastima. Un estereotipo no puede mantenerse quieto mucho tiempo. Siempre se termina desbordando. Siempre te termina aniquilando.

En un grabado de 1799, Francisco de Goya escribió: “El sueño de la razón produce monstruos”. Si la mujer es una construcción racional, entonces también es un monstruo que tarde o temprano se come a sus creadores. “Un hombre enamorado, cuando se trata de humillación, no reconoce ningún límite”, dice sobre el pobre Rubinstein mientras mastica un buen plan para aniquilarlo.

“Una vida en presente” (17 grises, 2018) de Paula Puebla

IV

María Guevara no es la heroína que necesitan las mujeres con el corazón roto por un machirulo. No es la venganza envuelta en llamas que representa a todas esas chicas que sufrieron el golpe del estereotipo que el mercado creó. No, nada de eso. María Guevara podrá ser una mujer fuerte, inteligente, incluso hasta podrá ser feminista, pero no es un esplendor de esperanza ni mucho menos eso que los moralistas llaman una buena persona, aunque sabe diferenciar aquellas personas que no merecen el “maltrato sino las cuotas justas de la verdad”. Humana, demasiada humana, María Guevara sufre como perra, se enamora intempestivamente, odia con furia, llora con desconsuelo, se empastilla hasta la médula y pierde el control. “Ahí estaba mi cuerpo, macerado en el jugo de su propia angustia, entre mórbido y espectral”, se describe ella misma, y más tarde: “[Vivo] manejando al borde de un precipicio o en la comisura de la boca de un volcán”.

No es fácil la vida. Lo sabemos todos, incluso aquellos que comparten en las redes sociales frases optimistas y motivacionales para arrancar el día bien arriba. Cada cual se encuentra un método para no caer desplomado en el suelo de la resignación. Por eso, es en ese desvarío, en ese espiral autodestructivo y delirante, María Guevara encuentra la forma de hacer pie: un desapego que funciona como chaleco antibalas y un cinismo que esconde la “fascinación narcisista en el acto de irritar”. Es divertido leer cómo María Guevara irrita a las mujeres que se les trasluce “el conformismo estanco de las mantenidas”. Es que ella no, María Guevara no es una mantenida, mucho menos una subordinada. A fuerza de trabajo —aparece bien palpable la punta para debatir sobre el trabajo sexual: la novela se posiciona a favor de esa libertad— sobrevive. Y si bien es a costa de los hombres, no es gracias a ellos. Utiliza su capital erótico, diría Catherine Hakim. Ahí está su pequeño empoderamiento.

V

El hiperrealismo narrativo con que Paula Puebla coloca a su personaje en los límites del empoderamiento, por un lado, y de la decadencia, por el otro, hacen de Una vida en presente una novela necesaria para empezar a cuestionar la peste de la corrección política de una época que se nos escapa sin que podamos transformarla. Ahí necesitamos a la literatura: batallando sobre los terrenos inmensos de la imaginación, rompiendo alambrados, ensanchándolos cada vez más. Al menos un poco.

VI

¿Cómo es la mujer hoy? En tiempos de sororidad y reivindicación de la independencia femenina, construir un personaje mujer implica hacer un paneo por el mercado de las ficciones. Hoy, la industria cultural y los espectáculos intelectuales necesitan alguien que sea capaz de empoderarse sin generar contradicciones virulentas. Una perspectiva de género que pueda ser autodeterminada, que no requiera cruces con la clase social ni ningún otro tipo de subordinaciones sistémicas. Un personaje que sea fácil de empatizar. Un personaje que pueda ser reivindicado por Malena Pichot, Margarita Barrientos, María Eugenia Vidal y Cristina Fernández. Ese personaje femenino, ese la mujer —que no existe, ya lo dijimos— es el síntoma del deseo de los hombres, que, al fin de cuentas, no es otra cosa que el deseo del mercado. Un mercado que no admite ambivalencias y, cuando aparecen, por las dudas, las elimina.

María Guevara es también un producto de ese deseo, pero lo es en un sentido estrictamente pesadillesco. Porque puede ser la mujer de los sueños, la reina sexual y la dama de compañía que no pide otra cosa más que silencio y dinero, algo que tipos poderosos y con guita —otra vez: el mercado— poseen de sobra. Pero también es su pesadilla: una mujer capaz de hacer mierda la reputación y la vida personal de quien haya violado su pacto de no agresión.

¿Sueña la mujer con seguir entrando en la cabeza de los hombres cuando estos duermen y asustarlos hasta enloquecerlos?

 

Una vida en presente
Paula Puebla
17 Grises, 2018
198 páginas

 

 

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