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Entre el parricidio y la paradoja de la tolerancia

Por Diego Caballero

Cuando desde el Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (GIIHMA) planteamos la necesidad de un parricidio simbólico sobre la figura de Ricardo Iorio —al publicar Parricidas. Mapa rabioso del heavy metal argentino— lo hicimos por dos grandes razones. La primera, y que dio origen a ese debate interno, es el estancamiento de la propia obra del artista, el remake y la celebración de un pasado que ya no es, en forma fálica y en mayúsculas con el apellido de “papá”. La segunda, es la necesidad imperiosa dentro de nuestra música de que lo “nuevo” termine de germinar.

Somos muchos los que consideramos esencial terminar de romper con esa necesidad del revival constante (como el doblemente reciente caso de Malón con Ácido Argentino lo reconfirma). Sin embargo, para ser justos, esta lógica no escapa de la cultura de la nostalgia generalizada que excede a esta columna. En nuestro caso específico, por momentos, es como si viviésemos en un San Junípero (episodio de Black Mirror) metálico.

No obstante, plantear el parricidio del padre (y por qué no de los tíos) no significa tirar por la borda una obra muy rica para el análisis de lo que implica la cultura de nuestro metal nacional. No renegamos de la obra de Iorio. Nunca lo hicimos y no lo vamos a hacer. Podemos criticarla, obvio. Hemos escrito un libro de ensayos (Se nos ve de negro vestidos. Siete enfoques sobre el heavy metal argentino) que recoge muchas de las bondades que su poética nos dejó encarnada. Contra eso no hay remedio.

Lamentablemente el personaje mediático, Beto Casella mediante, hizo que para muchos Iorio sea simplemente un personaje gracioso, loco, facho, bizarro (el eterno “problema” de la recepción). Para quienes escuchamos su obra desde pendejos esta situación siempre nos generó cierto recelo porque nos hubiese gustado que Ricardo fuese conocido por esas canciones que nos emocionan y no por los memes y los programas de archivo. Cada uno elige su destino o hace lo que puede con él (me convence más la última opción).

Ricardo Iorio (Foto Lucia Merle, año 2011)

Hoy por hoy, Iorio representa una posición de derecha, conservadora y ultranacionalista que es intolerante con los organismos de Derechos Humanos y el movimiento feminista, entre otros. Para muchos de nosotros la necesidad de tomar distancia se tornó inevitable. Llega un momento en que la obra no alcanza para tapar lo que sus palabras generan: repudio.

¿Por qué hay repudiar sus dichos? Porque para muchos/as la palabra de Iorio cumple con la función del intelectual (en clave gramsciana). Basta con leer ciertos comentarios en los “foro-bardo” o publicaciones donde se reproducen o hay una reapropiación de sus dichos. Ricardo interpela directamente en un contexto donde los límites de la violencia institucional se corren día a día. ¿Qué hacer entonces? Como bien lo explica Karl Popper en La paradoja de la tolerancia, no podemos tolerar al intolerante por el simple hecho que corremos el riesgo de que el intolerante se imponga y con su triunfo la tolerancia desaparezca (lamentablemente eso nos interpela directamente).

La invitación al parricidio no es una posición intolerante como algunos nos quieren acusar. Es una operación literaria, pero también una praxis. Y aunque nos encerremos en un pasado congelado, el parricidio está sucediendo en el llano, en la movida under y no tan under, en los miles de pibas y pibes que ya no se sienten identificados (en el mejor de los casos) con quien en algún momento les generó una lectura crítica de la realidad, aquel que nos interpeló como parte de la clase obrera y denunció el vaciamiento del neoliberalismo.

La buena noticia es que hay muchas bandas, desde otras poéticas-estéticas (también ricas para el análisis) que están listas para tomar la posta. Es hora que nosotros aportemos nuestro granito de arena. Pero para que quede en claro: el parricidio no implica negar al padre, significa que ya no nos mantenga.

 

 

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