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Sobre los honorarios del analista

Por Luciano Lutereau

En los inicios de la práctica son muchos los colegas que cuentan cuánto les cuesta cobrarles a sus pacientes.

Es algo atendible, ya que el análisis no es un servicio cuyo costo se establezca de manera independiente de la experiencia analítica.

Asimismo, el pago es parte del tratamiento: en un análisis el paciente paga, muchas veces con dinero, porque es preferible pagar con dinero que pagar con el sufrimiento. En efecto, el primer pago de un paciente es el de su síntoma y a través del tratamiento puede surgir la posibilidad de pagar de otra manera.

El dinero no es más que un medio de pago y su necesidad se comprueba, por ejemplo, en esas situaciones en que un paciente se olvida de pagar y vuelve rápidamente al consultorio con un dinero que, de otra manera, le quema en las manos. Porque esta experiencia muestra que ese pago, si no se produce, se convierte en culpa.

Se puede pagar con dinero, pero también por otras vías. Si en última instancia a veces se elige el pago con dinero es porque pagar con dinero es lo más barato. Recuerdo que hace poco supervisaba un caso de un tratamiento de un hospital público y verificaba algo que muchas veces he notado: que a veces los pacientes que son atendidos de forma gratuita en hospitales padecen esperas prolongadas antes de que se los atienda, o bien se les avisa cerca del horario que ese día no se los podrá atender porque prima otra actividad (un ateneo, una reunión), etc., todas circunstancias que exponen que quien no paga con dinero a veces termina pagando con otros medios y es bueno que el analista lo sepa porque, como en el caso que supervisé (en una experiencia que podría generalizarse para otros casos), era perfectamente evitable elegir esa forma de pago tan molesta. Por cierto, como le dije al colega que supervisaba el caso, él jamás le habría propuesto ese medio de pago a quienes atiende en su consultorio privado.

En última instancia, si como pensaba Freud el síntoma puede responder a una necesidad de castigo, el pago es una manera de reducir esa culpa inconsciente y volverla analizable. Pero no es ésta la idea que quisiera desarrollar, al menos después de que haya quedado en claro que el pago no es un monto de dinero a cambio de un servicio.

Lo que quisiera comentar en estas líneas es no tanto la función analítica del pago, sino la cuestión de cómo establecer el cobro en un análisis. Un analista cobra por lo que ofrece, pero ¿qué ofrece? En principio, tiempo. Ahora bien, ¿cómo se cobra el tiempo? ¿Quién puede saber cuánto cuesta el tiempo? Una forma tonta de resolver esta cuestión sería decir que en función de lo que el paciente cuente el analista va a determinar el honorario de las sesiones; pero decir esto es una barbaridad, porque implicaría situar que el tiempo del analista vale a partir de los problemas del otro, lo que lleva a una culpabilización indirecta del estilo: porque sufrís mucho te cobro más. Esta no puede ser la vía, porque se basa en el cinismo.

Pensar el cobro de honorarios en psicoanálisis, desde mi punto de vista, parte de una observación diferente: todo se cobra más de lo que vale. En la sociedad que nos tocó, cuando vamos a comprar un café no nos cobran lo que el café vale, ya que su precio incluye un excedente que es la ganancia del vendedor. ¿Por qué la situación del analista sería diferente? ¿Cuánto puede costar mi tiempo, si cuando estoy aburrido o tengo insomnio mi tiempo no vale nada y cuando estoy contento, divertido o enamorado no creo que pudiera pagarse ni un minuto de mi vida con una fortuna?

La situación es otra. El tiempo no tiene un valor previsto, pero siempre se lo cobra de más. Por eso a los practicantes que se inician en el psicoanálisis les cuesta tanto cobrar, porque además les gusta lo que hacen y, a veces, se sienten mal porque les paguen por hacer algo que les gusta. Pero son cosas diferentes. Además, al trabajar de algo que a uno le gusta, cobrar puede llevar a fantasías típicas: como la fantasía de prostitución en la mujer (y aquí resuena el célebre “¿cuánto cobrás?”) o bien la fantasía de estafa en el varón (el vendedor taimado que le roba a su cliente).

Sin embargo, algo de razón tienen estas fantasías. Porque cobrar no es un simple acto neutro, sino que tiene un fundamento pulsional (antes que comercial): cobrar es sacarle algo a otro, es un deseo agresivo que muchas veces produce culpa. En efecto, para el saber popular esto está bien claro con la expresión “vas a cobrar” que muestra que a aquel que tiene un deseo hostil se lo castiga.

En este punto, cada analista debe revisar en su análisis cómo se las arregla con ese deseo agresivo y hostil que se manifiesta en el acto de cobrar. Pero, más allá de esta consideración singular, hay ciertas observaciones que se pueden ampliar: si pagar con plata es lo más barato, cobrar con dinero también es la vía menos problemática. Porque, como mencioné según un caso más arriba, también se le puede cobrar a un paciente haciéndolo esperar demasiado, olvidando su horario, etc. O bien, según recuerdo otro caso de supervisión, el de una colega que tenía fantasías eróticas con uno de sus pacientes, también se puede cobrar con amor lo que se no paga con dinero. Es notable cómo a partir de una rectificación en los honorarios estas fantasías desaparecieron y la cura recupero su vía propicia.

Hay personas que tienen un interés particular en cobrar. Un paciente me lo cuenta muy bien, ya que él se dedica a ofrecer un servicio a empresas multinacionales y es muy gracioso cómo relata el modo en que, antes de cada reunión, se relame pensando cuánto va a “fajar” a sus clientes. Algo parecido podría decirse también de los plomeros y otros secuaces del mantenimiento doméstico, a quienes tanto miedo les tenemos. Nadie podría juzgar a quienes gozan de cobrar. Cada uno goza de lo que puede y, a veces, más o menos quiere.

Por cierto, podría haber un analista que goce de cobrarles a sus pacientes, pero eso no tendría nada que ver con la función analítica. A veces pienso que si quien se dedica a esta práctica gusta especialmente de cobrar, quizá se equivocó de profesión y debería haber elegido, mejor, los servicios informáticos o la plomería.

Mucho peor es si quien cobra considera el pago un equivalente de su valor. A partir de lo anterior, puede verse cómo son dos cosas completamente distintas. Una cosa es la función analítica del pago, otra es lo que un analista cobra y cómo. Lamentablemente, para esta última cuestión no hay recetas que puedan darse, pero sí un criterio que hace a un deseo cuyo fundamento pulsional es claro. Cada uno lo resuelve como puede y, a veces, quiere.

Quizá así puedan evitarse esas situaciones en que, ante la pregunta por sus honorarios, un analista no sabe muy bien qué decir y responde, más por irresolución que por estrategia: “Lo hablamos cuando nos veamos” o “Bueno, habría que ver, depende”, porque siempre lo que cobramos es más de lo que vale lo que hacemos y lo importante es no descuidar la función analítica del pago.

 

 

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