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Dolor o placer hasta que te rindas

Por @horaciogris | Ilustración: Von Brandis

Su metro ochenta no era lo que más intimidaba. Tampoco su seguridad a la hora de pedirte una descripción de tu pija y que, cuando lo hicieras, dijera que era ideal para sexo anal sino que usara toda esa intensidad en un ring de gimnasio para cagarse a trompadas con quien se le animara. Porque eso es lo que hacía dos o tres veces por semana. Su naturaleza le exigía ir a fondo y su modo de abordar el mundo era el choque frontal. Entonces ponía en acción su cuerpo de amazona -que en un descuido podía dejarte sin aire a través de una maniobra de brazos, tetas o la desmesura de su culo- para darte dolor o placer hasta que te rindas ante su dominio. Era una peleadora imparable, de las que no se detienen porque, aunque quisieran, no sabrían cómo.

Cuando estuve en la puerta de su edificio, antes de mandarle mensaje, decidí dar una vuelta a la manzana. Caminé rápido, en una especie de precalentamiento, porque sabía que no sería un trámite. Incluso yo había estado entrenando o, al menos, guardando una reserva para que no me liquide de primera: una semana sin acabar y con muchísima estimulación que me dejaba en un punto crítico de violencia y necesidad de descarga para intentar un papel digno con mi retadora.

Cuando la sangre irrigó lo suficiente mis extremidades y mi respiración acelerada me dejó en estado de alerta, le avisé y bajó a abrirme. No recuerdo si entonces nos dimos un beso en el cachete o si, por el contrario, omitimos el saludo para mantener la guardia. Cualquier buen maestro enseña que la guardia se cuida desde antes del primer ataque, desde antes de que suene la campana y el árbitro (o sensei, mestre o equivalente) te habilite a empezar. Con ella había que ser precavido.

El ascensor, estrechísimo con alguien de sus dimensiones, resultó una emboscada. Desde entonces no tuve oportunidad de mucho: En una de mis manos llevaba portafolio y con la otra sólo atiné a sostenerme de una de las paredes cuando, abruptamente, me agarró del culo con sus brazos, acercándome a ella y besándome o, mejor dicho, pasándome la lengua por la cara. Los dos reímos de sus modos, y yo la dejé hacer cuando, segundos después, entramos al departamento y me llevó sosteniéndome por el cinturón hasta que entramos en la habitación.

Me desabrochó rápido y, con urgencia, me chupó dando cabezazos sobre mi vientre. El dolor en la pija llegó pronto y sólo pude correr su bombacha con una mano e intentar defenderme así, aunque fuera por unos minutos, porque era injusto que me hiciera acabar tan pronto. Pero mi estrategia fue poco efectiva y en un giro me puso en cuatro sobre el colchón para un combo mixto, genitoanal, empleando dedos y lengua con el rigor de una disciplina que me resultó desconocida; no era china ni japonesa, a lo mejor tailandesa o malaya. Eso me tomó por sorpresa y, recibiendo ardor y humedad por toda mi parte baja, me supe vencido, así que le pedí que por favor me hiciera acabar. Ella, que había estado esperando mi rendición desde el momento cero, pudo sin problemas; pajeándome y pasando su lengua por mi glande, mientras toda la leche pujaba por salir a la vez. Semiacostado, el esfuerzo y el dolor por acabar me hizo darle varios golpes de puño a la pared hasta que, de alguna manera, la cantidad suficiente para bajar la excitación fue por fin expulsada y terminó el primer round.

Menos de cinco minutos de descanso y entonces, los dos sabíamos, correspondería cogerla por el culo. Ella acostada boca abajo, un almohadón bajo su ombligo y yo intentando no desprenderme de su dorso mientras ella sacudía las nalgas en un corcoveo que hubiese hecho caer a cualquiera y que evité tomándola de cuello y bíceps. No sin esfuerzo pude aguantar así un empate. Fue una pelea durísima.

Varios rounds después salí del departamento vacío y magullado, con dolores en músculos que no recordaba tener pero decidido a una revancha que llegaría una semana después, ya con otro ánimo, conociendo de qué era ella capaz. Sin apuros y sin medirnos tanto, recién entonces, en ese segundo encuentro, pude conocer su debilidad: me chupaba para hacerme acabar una tercera o cuarta vez y en su devoción hallé también su talón de Aquiles. Con una cara que no era de la luchadora de la vuelta anterior sino de una derrotada por el propio deseo, me confesó que quería que la cogiera de nuevo. Lo dijo en un tono que se quebraba hacia la súplica. Se hizo evidente que ocultaba una necesidad que seguía quemándola por dentro hasta obligarla a rogar. Yo, sacando fuerza, leche y vasodilatación no sé de dónde, llevé adelante el clásico misionero pero enredando mis tobillos y pies con los suyos, como contramedida a una posible llave de piernas y, así, trenzados, la besé, me empapé de su transpiración y sentí una fragilidad que era el revés de todo su poderío. Una percepción quizás prohibida, que no hubiese querido mostrarme y que, por supuesto, sentenció a que todo se terminara ahí. No habría un siguiente match. Lo lamenté, claro, pero era esperable.

Seguimos nuestros caminos por separado. Competimos en otras ligas. Ella se fue lejos. Años más tarde me contaron que está en pareja, contenta, más tranquila. Ya no precisa arder en el combate. Saberlo me alegró profundamente. Todos los guerreros necesitan un descanso para en algún momento seguir y seguir, mientras rezan deseando que llegue el verdadero final.

 

 

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