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Mata a tu padre

Por Enrique Balbo Falivene

“Los niños que no se ruborizan de sus padres están,
irremediablemente, condenados a la mediocridad.
No hay nada más estéril que admirar a los progenitores”
Emil Cioran (1911-1995)

 

El Descubrimiento

Escena 1. Ext. Día. Localización: Río de la Plata. Trayecto Buenos Aires – Montevideo.
Dos hombres beben champaña en la cubierta de un barco.
Diálogo:
–Aquí veníamos con mi abuelo a pescar tiburones… Piazzolla también venía…
–¿Piazzolla pescaba tiburones?
–No lo sé, nunca lo vi…

I.

El acto que produjo las respuestas a todas mis preguntas fue el subterráneo de la ciudad de Buenos Aires. Desde allí abajo, inmerso en ese olor a grasa, chapa y aire escaldado que flotaba entre la cadencia de los vagones, sentí que podía explicar todos los hechos del mundo: cuando me senté en el banco de madera supe dónde se alojaban los tornillos y la cola y hasta podía imaginar los rasgos de la cara del carpintero que lo había montado. De inmediato empecé a tocar todo lo que encontré dentro del vagón. Hacia el final del trayecto me negué a salir y emprendimos el recorrido de vuelta pero esta vez empecé a tocar gente; pude saber, entre repetidos estremecimientos y una liviandad que guiaba mis pasos, la vida de todo el pasaje. Cuando terminé mi viaje con las manos y todos los sentidos levanté la vista y vi que mi madre lloraba en uno de los rincones del tren, con la frente apoyada en un anuncio de crema para zapatos. Tenía nueve años y aquel invierno del setenta y cuatro entendí que había nacido con una sensibilidad extraordinaria. Esta circunstancia iba a justificar mi vida pero también me iba a dejar solo para siempre. Me alejaba para mirar. Y para vivir.

Al entrar en la adolescencia ya desentrañaba el pasado de todos los objetos, conocidos o no; para las personas me bastaba un gesto para adivinar intenciones y sucesos. Me propuse el cine y la literatura; veía –me había impuesto- dos películas semanales y leía todos los días, preferentemente literatura y poesía. En cuanto a lo físico me dedicaba a los árboles, trepaba a todas las especies que encontraba en los parques y en las calles y allí me quedaba hasta el anochecer. Todos los días pensaba en quedarme allí arriba, pendiendo de alguna rama, hasta que venía mi padre y me obligaba a bajar. Era el único que conseguía hacerlo y lo hacía con un disparo de escopeta. También fue el único ser que nunca logré dilucidar a pesar de tenerlo diariamente al alcance de mis sentidos.

Los trabajos y los días

Escena 2. Int. Día. Localización: Bar en una peatonal de Buenos Aires.
Dos hombres mayores con aspecto de rentistas beben café.
Diálogo:
–Lenin vivió durante treinta años de las remesas de su madre. Y Marx dejó morir de hambre y frío a tres de sus hijos por no trabajar… La cúpula comunista nunca trabajó, eran todos señoritos. Siempre buscaron la forma de no trabajar.
–Bueno, tú tampoco has trabajado…
–Es verdad, pero es que yo nunca fui comunista.

II.

Mi padre siempre iba armado. Tenía una pistola, una Smith & Wesson en la guantera del coche; un revólver 22 largo de ocho disparos en la sobaquera y una escopeta del 16 encima del armario de su habitación.

Trabajaba de sol a sol. Tenía una empresa de exportaciones y una flota de camiones que distribuía los productos que importaba desde Europa. Él mismo conducía y cargaba sus camiones. Nunca tuvo reparos ni soberbias a la hora de trabajar.

Yo lo acompañaba en sus viajes por el interior. Mi madre calculaba los días que podía faltar al colegio y me iba con él por las ajadas rutas de provincia. No hablábamos durante todo el viaje así que yo me dedicaba a dormir. Al llegar a los pueblos, después de descargar, él desaparecía y me dejaba en una pensión mugrosa. Volvía de madrugada, algo borracho y, a veces, con algún morado en un ojo. Nunca pregunté nada, nunca dije nada. Solo trabajaba y cumplía mi parte. Tenía doce años.

Cierta vez, durante los años de plomo, nos dispararon desde un coche y le volaron media oreja. Fuimos a un hospital y dijo que se había lastimado trabajando. La cabina del camión quedó llena de sangre que yo limpié asustado como un conejo. Yo vi venir aquél coche y supe que algo iba a pasar. Era un Ford Falcon gris con cuatro ocupantes; intuí el disparo, las risas y el grito de dolor de mi padre antes de que ocurriera. Pero no dije nada.

El malentendido

Escena 3. Ext. Dia. Localización: Mar Mediterráneo. Playa.
Dos mujeres jóvenes dormitan bajo una sombrilla.
Diálogo:
–Hace calor aquí. Deberíamos nadar un rato.
–Yo no nado en el mar. La piscina es para nadar, el mar es para tomar el sol… Ése es el problema de la gente, no acaban de entender esto.

III.

Cuando mis padres se separaron tuve que huir con mi madre al Brasil. Allí estuvimos casi un mes esperando a que mi padre se calmara. Pero no se calmó. Al volver le disparó a mi madre con la escopeta. Un tiro en una rodilla y el otro en el muslo. No lo denunciamos. Mi madre me dijo que no tuvo intención de matarla, que sólo quería amedrentarla y dejarle su sello. Tenía una puntería endiablada y no fallaba nunca. Pero alguien, una tía de mi madre, lo denunció. Jamás volvimos a saber de ella. Desapareció como la niebla. Aún hoy, tantos años después, continúa en paradero desconocido.

Mi padre se instaló a vivir en una zona rural y mi madre y su cojera permanente en la casa familiar. Los dos en el mismo pueblo. Sin rencores. Sin palabras.

Yo acabé el bachillerato y me fui a Buenos Aires a no sé qué. Tuve todo tipo de trabajos y en ninguno duré más de un año. Intenté la universidad pero no conseguía encontrar mi lugar entre tanta gente. Me dediqué a ver pasar los días leyendo y viendo cine. Cada tanto volvía al pueblo y visitaba a mi padre en el campo. Vivía rodeado de perros y mataba todo animal que pasara por la finca. Después los colgaba de una viga y días después los quemaba dentro de un barril para volver a colgarlos de la misma viga. Yo veía todo esto recostado en un viejo tronco caído. No cruzábamos palabra alguna. Pero una vez, cuando terminó de colgar dos comadrejas quemadas con los dientes afilados como cuchillos, se sentó a mi lado y suspiró. Sentí, por primera vez en mi vida, su compañía.

El viaje

Escena 4. Int. Noche. Localización: Bar.
Joven pareja de enamorados.
Diálogo:
–Es ridículo. Lo tenemos todo pagado, y las reservas están hechas. No entiendo por qué ahora se te ha ocurrido suspender el viaje…
–Porque no tiene sentido viajar. Es simple: vaya donde vaya no voy a conseguir desprenderme de mí.

IV.

Cuando Buenos Aires agotó mi ánimo decidí marchar. Me fui primero al norte, trabajé -resulté explotado- en un ingenio azucarero en el Tucumán, fui pescador en Corrientes, albañil en Formosa y después pasé contrabando al Brasil. Alguien me propuso el desmonte en la Patagonia y hacia allí me fui. Alambré y esquilé, después me asenté en Esquel con una empresa de embutidos y artesanías en madera para turistas.

Una noche mis sentidos me dijeron que debía regresar. Al otro día recibí un telegrama que me anunciaba la muerte de mi madre. Vendí lo poco que tenía y en una semana ya estaba emprendiendo la vuelta. Habían pasado casi treinta años. Treinta años como un día.

El aprendizaje

Escena 5. Int. Noche. Localización: Un paraje al sur de Chile. Cabaña de montaña. Amplio salón, frente a la chimenea.
Un abuelo enseña a su nieto a encender fuego.
Diálogo:
–Primero hemos colocado las ramas pequeñas, pequeñas como los dedos de una mano. Luego, cuando la rama encendió, pasamos a las del tamaño de una muñeca y, finalmente, a los troncos. ¿Lo has entendido?
El niño asiente con la cabeza sin quitar la vista del fuego. Está absorto viendo bailar las llamas en la chimenea.
–Bien. Entonces ahora viene lo importante: si lo miras el fuego no arde, si no lo miras el fuego arde.

V.

Después del entierro visité a mi padre. Ya tenía casi ochenta años y me recibió como si nos hubiéramos despedido la noche anterior. No me dirigió la palabra ni me preguntó dónde había estado tantos años.

Me recosté en el viejo tronco y saqué un libro de la mochila mientras mi padre despellejaba un par de zorros que había matado por la mañana.

Al caer la tarde pensé en quedarme. Tampoco tenía dónde ir ni donde quedarme. Encendí el fuego de la chimenea y me recosté sobre unas pieles en el suelo junto a los perros. A medianoche un disparo me despertó. Corrí hacia la galería y vi un hombre en el suelo en un charco de sangre. Mi padre estaba a su lado. La escopeta humeaba desde las bocas de los dos caños.

Le dio un golpe con la culata pero el cuerpo no se movió. Fue hasta los almacenes y trajo una pala. Me la entregó y dijo: “Es bueno tenerte de vuelta”.

Yo casi no recordaba el sonido de su voz. Sonreí apenas mientras los ojos se me llenaban de lágrimas. Dejé la pala a un lado porque juzgué más oportuno primero limpiar la sangre. Más tarde enterraría el cadáver. La sangre seca es muy difícil de limpiar.

La vida

Escena 6. Int. Localización: consultorio médico.
Médico y paciente hablan separados por un amplio escritorio de madera.
Diálogo:
–No me siento muy bien. No sé qué me ocurre. Estoy sumamente triste y me cuesta levantarme de la cama. El mundo está lleno de amenazas, todo es vago e incierto. No le encuentro sentido a las cosas, no tengo ganas de vivir…
–Tengo la solución para usted. El tratamiento es sencillo. El gran payaso Fibonacci está en la ciudad. Vaya esta misma noche a verlo. Me han dicho que tiene la capacidad de cambiar la vida de las personas. Todos salen felices después de la actuación.
–Doctor… Fibonacci soy yo…
Final fundido en negro.

 

 

 

 

*Imágenes de Robert and Shana ParkeHarrison

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