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Cómo pensar la persona del analista

Por Luciano Lutereau

Una de las tareas de los analistas es interpretar, es decir, responder a lo que dice el paciente, no tanto para explicarle mejor qué es lo que quiso decir, sino para que se produzca algún efecto de “traducción brusca” (como le gustaba decir a Jacques Lacan).

Sin embargo, interpretar no es una tarea neutra. El analista está involucrado en esa interpretación y ese involucramiento se llama “transferencia”. Dicho de otro modo, la interpretación supone la transferencia, tanto que a veces la funda; es decir, es gracias a una interpretación que la transferencia se constituye y, la mayoría de las veces, esa interpretación es un tropiezo, cuando el analista dice algo e inmediatamente se sorprende de lo que acaba de decir o bien, más neuróticamente, se arrepiente y, por ejemplo, teme que después de decir semejante cosa su paciente no volverá más. Querer erradicar esa raíz neurótica de la práctica del psicoanálisis, como si el analista pudiera ser un “ser puro”, es un ideal más neurótico aún.

En este punto, quisiera destacar una primera idea. Que la interpretación, para ser tal, necesita que aparezca algo de la persona del analista. Pongo un ejemplo conocido: el caso del hombre de las ratas, ese paciente de Freud que, en cierta ocasión mientras le cuenta un curioso tormento, se detiene y le pide al inventor del psicoanálisis que lo dispense de continuar de los detalles. Freud le responde que no puede disculparlo de algo sobre lo cual no tiene injerencia (la asociación libre) y agrega que, además, él no tiene ninguna inclinación por lo cruel. He aquí un detalle maravilloso: ¿por qué Freud hace esta aclaración innecesaria? Lo sorprendente es que, a continuación, Freud sugiere una serie de tormentos (como el empalamiento) que demuestran que crueldad no le faltaba para imaginar tormentos. La conclusión de la secuencia es la siguiente: el hombre de las ratas se despide de Freud nombrándolo “capitán cruel”. Ahora bien, si Freud no hubiera mostrado algo de su crueldad con esa aclaración innecesaria, la transferencia no se hubiera constituido en base a esa pieza de un goce atribuido al analista con que la secuencia concluye.

Dicho de otra manera, es gracias a la crueldad de Freud que el hombre de las ratas se enlaza con él como paciente. Esta observación debería permitir modificar una idea común respecto de cómo pensar la persona del analista, en el sentido de que ésta debería eliminarse; todo lo contrario, más bien el analista usa su persona para analizar, por eso Lacan también decía que el analista “presta su persona” para la transferencia. En el corazón del lazo transferencial, entonces, está la persona del analista y conviene que éste lo sepa para estar advertido de qué rasgo personal es el que permite que se ponga en juego una fantasía que lo incluye. Porque la transferencia, en última instancia, no es más que la inclusión del analista en una fantasía que, a partir de alguna intervención, no hizo más que confirmar.

En este punto puedo retomar la cuestión de la interpretación. La función principal de ésta es ir en contra de la transferencia, pero con una paradoja: que es desde el interior del lazo transferencial que se produce esta maniobra. Por eso no tiene sentido plantear que un analista podría lograr algún efecto diciéndole a su paciente que, por ejemplo, no es su madre, ya que sería desde la voz de su madre que escucharía semejante idea. O bien para, retomar un ejemplo más cotidiano: muchas veces escuché relatos de casos de colegas que trabajan con pacientes que padecen trastornos de la alimentación. Ya es un lugar común que se cuente que estas pacientes tienen madres complicadas y sofocantes. Entonces en estos relatos clínicos suele plantearse como un éxito del análisis que la paciente, por ejemplo, deje de estar alienada a la madre para tener una vida más autónoma, gracias al análisis. Ahora bien, lo que no se cuenta en estos relatos es la situación transferencial: si la paciente pudo desobedecer (dejar de oír) a la madre, es porque en el análisis encontró a una madre más alienante e imperativa en la figura del analista. En este punto, las cosas no son tan sencillas como a veces se cuentan y se vuelve fundamental no olvidar que toda clínica es de la transferencia.

Por eso la primera pregunta que debiéramos hacernos ante un caso es: ¿qué aspecto de la persona del analista sostiene el tratamiento? A sabiendas de que luego, en un segundo tiempo, la interpretación será una continuación de ese involucramiento. Quisiera decirlo con un ejemplo de mi práctica. Es el caso de una mujer que me consulta por problemas amorosos. Cabe destacar que me consulta luego de sentir un fuerte rechazo hacia mí, ya que ella es feminista y yo le parezco lo que quizá puedo ser: un varón prejuicioso y patriarcal, un “machirulo”, como ella me llama. Pero sus malas experiencias con terapeutas que proponían una perspectiva de género, en particular cuando recibió indicaciones precisas respecto de que no debía salir un varón porque se exponía a un vínculo psicopático, la motivaron a buscar una vía más tradicional. No nos unió el amor, sino el espanto (que es también otra forma del amor). Debo reconocer que las sesiones con esta mujer son muy entretenidas, ya que siente una particular delectación por corregirme y aleccionarme. Por mi parte, no creo que lo que digamos los analistas deba ser aceptado. Más bien todo lo contrario: las interpretaciones están para ser rechazadas; para mostrar, lo mejor posible, cuán poco un analista entiende de lo que pasa en esa experiencia que es el análisis.

En cierta ocasión, esta mujer me comentaba que había salido con un varón y, luego de tomar algo, fueron a su casa. Ella estaba muy ofendida, porque él quiso avanzarla. Le pregunté si le había manifestado su disconformidad. Ella me dijo que sí, pero tuve que volver a preguntárselo cuando me dijo que, en la cama, él quiso propasarse una vez más. Me dijo que sí, que le había dicho que no quería, que lo había rechazado con el cuerpo dándole la espalda. Me sentí estúpido cuando no pude dejar de preguntarle: “Pero ¿le dijiste que no con la palabras inequívocas?”. Ella se enojó conmigo por esta pregunta. Yo me quedé pensando que seguramente el varón con el que estaba en la cama debía haber sentido una consternación similar.

En la sesión siguiente ella me comentó que estaba decidida a no tener hijos. “No quiero tener hijos”, dijo. En este punto, no pude dejar de decir de manera prepotente: “Eso es imposible, en todo caso habría que ver dónde los metiste”. Después de la sesión me quedé pensando por qué había dicho eso, pero lo primero que noté es que estaba identificado con el varón frustrado. Asimismo, pensé que sólo puede no querer algo quien lo tiene. No tiene sentido que alguien diga que no quiere tener algo que no tiene. Pero esto lo pensé después, a partir de su respuesta, cuando me comentó que en ese tiempo se había estado haciendo unos estudios ginecológicos que demostraron que tenían unos quistes ováricos. De esta manera, los quistes entraron en el tratamiento con una significación simbólica y demostraron ser mucho más que una coyuntura fisiológica.

Este breve resumen de un fragmento de un caso me interesa para ubicar que la interpretación no hubiera sido posible si previamente yo no hubiera estado en la escena del tratamiento como el varón frustrado, un aspecto de mi persona del que, con el tiempo, aprendí a disponer para el análisis de histerias femeninas. Para esto sirve el análisis del analista, para que pueda ser tomado en la transferencia, con esos mismos rasgos que, en otros contextos, pueden sintomatizarlo. Por eso la interpretación incluye a la persona del analista, pero no sólo para confirmar una fantasía, sino también para que ésta pueda ser analizada, en el caso en cuestión: una fantasía de embarazo, que podría condensar del modo siguiente: si esta mujer podía no querer tener hijos, es porque los que tenía eran del padre (no desarrollaré esta cuestión aquí).

En última instancia, para utilizar una imagen que le gustaba a Lacan, analizar es como abrir un par de postigos, sólo que quien está afuera (el analista) los abre desde adentro (de la fantasía).

 

 

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