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Cosas que pasan acá

Por Sergio Fitte

1.

—Hablá pendejo o la vas a pasar mal.

En la cabeza del Facha todo está más que claro. Pero cada vez que abre la boca la cosa se pone un poco peor. Ya le metieron como diez garrotazos en la zona del hígado. Los milicos saben dónde y cómo pegar. Esa debe ser la primera cosa que le enseñan en la escuela de policía.

Sale de la casilla por costumbre. Para distraerse y un poco de chusma que es nomás. El quilombo que se escucha es solo algo mayor al de todos los días en todos los momentos. Pero esta vez se le encienden las alarmas interiores. Al parecer el tema viene de la casa del Cefe.

Con él empezaron a ir a la escuela no hace mucho. Comparten las clases con unos pibitos que son más chicos que ellos. Bastante más chicos. No les importa. A ellos los respetan por la edad. En la villa no está bien visto ir al colegio. Pero como dan la merienda y después está el tema del comedor van contentos. Las maestras parecen siempre cansadas y nerviosas. Gritan endemoniadas. A lo mejor están asustadas. A ellos no les tuvieron que enseñar a leer, a eso ya lo traían aprendido de algún lado. De la casa seguro que no porque en sus casas no se aprende nada.

La casilla del Cefe queda a unos veinte metros de la del Facha. Desde allí ve, éste último, que por los gestos que hacen los que están rodeando la puerta de entrada algo grave ha ocurrido. A medida que se va acercando comienza a escuchar con más nitidez lo que están diciendo y la cosa no le gusta nada. La voz finita de la tía de su amigo resalta de la del resto. Parece estar, más bien, aullando en lugar de llorar. Las perspectivas parecen ser malas. Continúa avanzando, qué otra le queda.

—Lo hicieron cagar.

Fue la primera frase que escucha clara y completa.

Se la dice un flaco al que no conoce, a la chica que lleva del brazo, a la que sí conoce, cuando pasan junto a él. Igual ni la mira a la mina. Sería para quilombo. Y él desde hace un buen rato lo menos que quiere son quilombos.

Va llegando. De algún lado se le aparece el Toby, el perro del Cefe. Andá a saber de dónde salió. Una vez más la barrera de gente amontonada le impide ver qué es lo que está ocurriendo en la puerta de la casa. Es raro que el animal no le haya saltado. Viene con la cabeza gacha, es probable que alguno le haya metido un zapatazo en las costillas. Igual le resulta raro. A los perros no se les pega por aquellos lugares. Porque ellos son buenos. Leales. Le acaricia la cabeza y el animal pega un respingo cuando la mano hace contacto con su pelambre. Como si le hubiese transmitido corriente estática. Larga un gruñido casi imperceptible que el Facha toma por un mal augurio ¿Y cuántos van? El Facha, lo intenta nuevamente, prueba con dejarle la mano delante del hocico pidiéndole disculpas, el Toby lo lame sin rencor. Amigos nuevamente. El pibe se lleva la mano a la nariz para sentir el olor que le queda en el hueco de la palma de la mano. Tiene esa costumbre.

Aunque estén de espalda él los reconoce igual a todos. Ya está a muy pocos metros de distancia. La madre. El novio de la madre. La tía que continúa con su aullido sin siquiera respirar y algunos de sus cinco hermanos. De a poco se va metiendo entre la multitud. No tiene que pedir permiso lo conocen desde siempre. Con el Cefe se criaron juntos. Son como carne y uña.

—No mire, chiquito —le grita y lo asusta, queriéndolo proteger, la madre del Cefe.

Las palabras y la mano en los ojos llegaron tarde. Ya vio. Y esa imagen quedará marcada a fuego en sus retinas y se encenderá cada vez que el Facha se ponga a dormir. Si tiene suerte la maldita postal de la muerte solo permanecerá encendida unos minutos y será vencida por el sueño. Si no la tiene lo mortificará durante la noche entera.

Aunque la madre de su amigo le mantenga los ojos tapados él sigue viendo la imagen del Cefe en el suelo. Un charco de sangre que parece iniciarse a la altura del estómago le estropea el color blanco de la camiseta de River que lleva puesta. No lo puede creer. O sí. Las piernas se le aflojan un poco. No es la proximidad de la muerte lo que lo conmueve. Ya la conoce de antes y durante el tiempo que le quede de vida la continuará conociendo de sobra.

Lo que ocurre en este caso es que se trata del Cefe. Se agacha. En el movimiento se le corre la mochila, que ahora recuerda, traía colgada, que va a estampillarse contra el piso. En un acto que parece de acompañamiento al caído. Una especie de solidarización con el muerto. La sangre ya líquida recibe el cachetazo y responde con una imperceptible llovizna rojo granate.

Porque cuando escuchó el quilombo que venía de los pasillos, el Facha aprovechó la volada y le dijo al padre que le iba a alcanzar los deberes a su amigo, que ese día había faltado al colegio porque se había tenido de quedar toda la noche a juntar papas en la quinta de don Raúl ya que amenazaba lluvia. La lluvia es lo peor que hay. Y si la papa se moja antes de recogerla es muy probable que se pudra.

No fue pereza lo que lo hizo faltar a la escuela al Cefe. Ni cansancio. Con su amigo prefieren dormirse durante las clases antes que faltar. Aunque más no sea para evitar quedarse en sus casas.

El tema fue que al Cefe lo devolvieron como a las 11 de la mañana. El hijo de don Raúl lo había dejado en la puerta de la villa. Se divertía mucho cuando los traían a todos en la caja del camión, se cagaban de risa con los otros pibes más o menos de su edad gritándoles barbaridades a las chicas que iban caminando por la vereda. Pero cuando llegaba a esa hora no podía ir a ningún lado. No le daban los tiempos. Además estaba lo que se dice roñoso y, a esa hora cerca del mediodía, la canilla del barrio ya suele tener una cola de gente esperando poder llevarse un balde de agua. Imposible. Además el reglamento de la escuela decía que si faltabas a clase no podías acceder al comedor. Ya está. Día perdido.

El Facha no lo había pasado mucho mejor la jornada anterior. Aunque, ésta vez, a él sí le habían dado los tiempos y había podido acostarse, aunque tarde, a dormir un rato durante la noche.

2.

Se mira las manos lastimadas. Le gustaría lavárselas con agua y jabón. Solo quedó un fondito de líquido negro en el balde. De poco le servía. Al menos había concluido la jornada. Desde que cumplió los 10 se dedica a juntar cebollas. Con el tiempo que lleva en el trabajo ya lo consideran un experto. Si tiene suerte podrá progresar un poco, en algún momento, como sus compañeros. Una vez recolectadas las cebollas se meten en unas bolsas de red que cuando se las cierra a trabajo de aguja e hilo cortan como el carajo. Luego se las apila. Cuando llega el camión —tanto en su mundo como en el del Cefe siempre hay un camión—, a eso de las dos de la mañana, se van. Son tres. Él es el más chico y por eso le pagan muy poco. Pero al menos puede llevar algo a su casa. Eso lo pone feliz un instante. Un pestañeo. Enseguida recuerda que desde que su mamá está en cama todo se le ha vuelto mucho más difícil. Y eso que la cosa ya era difícil desde el arranque. Mientras anduvo bien, su mamá lavaba para afuera. Su papá se quedó sin trabajo hace años. O en realidad nunca lo tuvo, a eso el Facha no lo recuerda bien. Una vuelta le tiró la onda, al padre, del tema de las cebollas y le dijo que en poco tiempo seguro se hacía capataz. El viejo lo miró con tal furia y le metió semejante cachetazo que nunca más tocó el tema. Todo quedó como estaba.

El papá es el encargado de limpiar la casa y mantener un cierto orden, cosa que se va a la mierda cuando toma. Desde que mamá no se levanta el tema del alcohol se empezó a repetir con más asiduidad. Y se convirtió, casi, en una escena diaria desde que la Mabel, se vino a vivir con ellos.

La Mabel ha pasado a ser un misterio similar al del tema del trabajo del padre del Facha, a quien por más que le insistan con que la mina es su prima, él no la alcanza a recordar. Además cada vez que la mira con detenimiento nota en la mirada de la piba algo raro que le hace dudar de ella.

Cada vez que regresa de juntar las cebollas sueña que regresa a una casa cómoda. Calentita. A dormir en un colchón. Limpio. A lo mejor cuando sea grande. Por ahora la casilla no le da esas comodidades. El Facha siempre fue de los que quería ir al colegio, hasta fue abanderado en un acto de la soberanía, pero su padre desde que su mamá cayó enferma le prohibió que siguiera con esas pavadas de la escuela. A lo mejor el año que viene, le dijo en su momento. El correr del tiempo y la indefinición en cuanto al tema de la salud de su mamá hicieron que el padre comenzara a flaquear con el tema de la prohibición. Y desde la irrupción de la Mabel en sus vidas el Facha hacía y deshacía como le daba la gana. Por esa cuestión es que había regresado al colegio. Le dio un buen trabajo pero lo terminó también sumando al Cefe. Le hizo un buen lavaje de cabeza con el tema de los beneficios de la enseñanza y lo terminó de convencer con los del comedor.

Como dándole inicio al acto final del día el Facha corre la cortina de tela que hace las veces de puerta. La ve a la Mabel sentada sobre la falda de su papá. Se ríen. Están tomando cerveza del pico de una botella. Se hacen chistes y se juegan a dar piquitos.

—¿Dónde andaba el hombre de la casa? —le dice la pendeja con sorna.

Antes de que decida contestar o no.

El padre, atropella, y se mete en la conversación.

—Dónde quedaron tus modales, pibe, vení a darle un besito a tu prima. Un besito en la mejilla, —agrega ella separando en sílabas la palabra “mejilla” y dando golpecitos con el dedo índice extendido en el aire, como cortando con un cuchillo, al momento de pronunciar cada una de ellas.

Los ojos rojos de alcohol de su padre se chispean y lo miran sin ver. Decide no entrar en conversación.

Deja los billetes sobre la mesa.

—Diez día para traer solo esto, bajate Mabel, le vamos a enseñar al pendejo este cómo se hace la plata. Guardate el dinero pibe, con eso no comprás ni unas birras. En menos de una hora con “la princesita” te traigo toda la comida de “Lo de Luis” y algo de tomar. Quedate tranqui, relajá. Vos trabajás mucho, estás, como se dice ahora: estresado. Esta nena es un infierno en la calle.

Salen de la casilla. Se van a paso firme como dos adolescentes que se dirigen a hacer una travesura. Ambos tan descocados, que no advierten el peligro, sin sospechar que el sábado próximo una aventura similar le va a costar la vida a la Mabel en manos de un cliente anónimo.

La sábana queda enganchada de un clavo que hay en la pared. Los sigue con la mirada. Se detiene en el andar de ella. La ve irse. Tiene dieciséis y parece de cuarenta. La pollerita blanca le trasluce la tanga metida en el culo. Se va a la otra punta de la casilla. Antes mira de pasada la mesa y ve los billetes mugrientos. Los agarra con furia y los hace un bollo. Los tira con fuerza sin dirección. Mira sus manos llenas de llagas, también roñosas. Se acuerda de las cebollas y las aborrece.

Se acerca hasta donde se encuentra su mamá. Acostada sobre el único colchón que tienen. Su padre a dado la orden de mantenerla tapada por completo. Dice que le da impresión verla en la situación que se encuentra.

El Facha le destapa la cabeza. Se queda mirándole los ojos celestes, casi transparentes, que se encuentran abiertos, inmóviles. Le habla sin saber si lo escucha. Le dice cosas lindas. Le cuenta que hace unos cuantos días volvió a ir a la escuela, que mañana tiene que madrugar, que le va bien, y que se sacó un diez. Esto último es mentira. Pero él piensa que a lo mejor si su mamá se pone contenta se comienza a mejorar de lo que le ha agarrado. Le da un par de besos en la frente. Le gusta sentir la tibieza de su carne. La vuelve a mirar a los ojos y le parece ver que la mirada de ella se alegra. Siente un griterío que viene de afuera. Se apresura a taparle la cabeza, no vaya a ser que aparezca su padre y le pegue como el otro día. Los gritos continúan. Se pregunta qué hora será. Agarra una almohada y se enrosca en la frazada que está en el rincón. Se acomoda como puede. Decide dejarle la camita a su padre y a la visitante ilustre. Duerme de corrido hasta que comienza a despuntar el sol. Se levanta. Se viste. Mira la cama que decidió no usar y la ve vacía. Mala suerte piensa. Del otro lado una sábana continúa tapando la cabeza de su mamá. Esta vez se va sin besarla. De pasada se mete en la casa del Cefe, pero no lo encuentra. Mala suerte. Los que están duermen. Presupune que su amigo se tuvo que quedar toda la noche juntando papas. Sigue su camino sin hacer mucho ruido. Cuando vuelve a caminar por el pasillo de la villa dice en voz alta lo que acaba de pensar.

—Mala suerte. Hoy va a ser un día de mala suerte.

Y tiene razón.

Porque cuando el día va llegando a su fin, ya es un recuerdo la taza de chocolate y la factura que le dieron en la escuela con la excusa de que había ido uno de la política a ver lo bien que comían los pibes de la villa en la Institución. Y también era historia la pata de pollo que se había devorado durante el almuerzo, bajo la misma circunstancia, y los rumores de que la próxima semana no habría comedor para nadie para poder equilibrar las cuentas. El tiempo continúa pasando y las cosas también. Por lo que luego de abrirse paso entre todos los que obstaculizaban la visión de lo que estaba ocurriendo delante de la casa del Cefe, se agacha, y la mochila que no estaba cerrada porque el cierre está roto, antes de caer al suelo, escupe el cuaderno y lo deja abierto en una hoja que parece elegida al azar por el destino. Como una ofrenda.

Emancipate: Quien se liberara de un poder o dependencia.

Dice. La letra es de él.

La definición la buscaron entre los dos hace unos días atrás. Después la maestra les dijo que hicieran oraciones utilizando la palabra.

El Cefe escribió que se quería emancipar de la villa y que quería vivir en una casa que tuviese calefactor.

El Facha querría haber puesto que se quería emancipar de su padre y de la Mabel, pero pensó que la maestra lo podría tomar a mal y decidió poner que se quería emancipar de la tristeza.

3.

—¿Y, pibe? ¿Cuándo vas a cantar? Hablá, pendejo, o la vas a pasar mal. Mirá que no tengo todo el día. Además ando con ganas de pegar. Tengo problemas en mi casa y con alguien me la tengo que agarrar

Mientras va diciendo estas palabras el oficial Gutiérrez codea a su compañero que le festeja la chanza.

El griterío de los milicos lo vuelven a la realidad. Al presente. Trata con dificultad de aclarar la mente antes de empezar a meter la pata.

—¿Qué le hiciste al pibito, puto? Hablá o te rompo todo.

El Facha se encuentra trabado. Empantanado. Está a punto de decir algo que se le queda en la punta de la lengua. Hay una parte de la historia que no la ha vivido o no la recuerda. No termina de entender por qué le preguntan tantas veces si consumió drogas.

Le vacían el contenido de su mochila delante de sus narices. Después de preguntarle si es de él. A lo que el Facha ha asentido.

No le tienen que explicar qué es lo que le va a ocurrir. Sabe de muchos que se han encontrado en la situación que él está ahora. Ya le hicieron firmar unos papeles. A lo mejor tanta trompada en el hígado lo ha mareado y le confunde el paso del tiempo.

Gutiérrez es el que voltea la mochila. En voz bien alta, para que su compañero vaya tomando nota, va enumerando las cosas que van cayendo sobre la mesa.

—Un cuaderno. Una cartuchera. Un vaso. Un cuchillo manchado de una sustancia roja que sería compatible con la sangre.

El Facha mira detalladamente cada uno de los movimientos que los policías van realizando. Sabe que debe comenzar a hablar cuanto antes. De lo contrario, para cuando quiera dar su versión de los hechos, va a ser demasiado tarde. Entonces reúne todas las fuerzas que le quedan y antes de intentarlo cierra un instante los ojos.

 

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