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Un trip en el bocho

Por Pablo Díaz Marenghi

I

Fogwill. Su apellido se transformó en su nombre propio. Nació como Rodolfo Enrique, en 1941 en Quilmes, y murió en Buenos Aires en 2010. Además de escribir notables novelas (la mejor sobre Malvinas que se haya escrito en estas pampas: Los Pichiciegos) y cuentos (“Luz Mala”, “Help a él”, “Muchacha Punk” son piezas breves magistrales) fue sociólogo, se dedicó por años a la publicidad (se le adjudica la creación del inconfundible slogan de la cerveza Quilmes: “el sabor del encuentro”), fue profesor de la UBA, dirigió una editorial, obtuvo la Beca Guggenheim en 2003 y el Premio Nacional de Literatura en 2004.

En la nota preliminar de los editores, Mariano Blatt y Damián Ríos, justifican la publicación de estos relatos inéditos por, básicamente, tres motivos: son buenos, el autor no los destruyó y son documentos de quien en vida fue protagonista de la literatura y el pensamiento contemporáneo. Además, mencionan que en estos textos (producidos en diferentes momentos de su vida pero la mayoría en su juventud, reúnen la capacidad magistral de narrar y provocar a la vez, un signo de su obra. Esto último es, por lo menos, discutible. Elvio Gandolfo, en el prólogo, dirá que es “irónico, satírico, bordea sin tocar nunca el cinismo”.

II

“Un cambio de orgánico” es el cuento más reciente y, tal vez, el más flojo. Ahí Fogwill se coloca como personaje, en un procedimiento aireano, construye una escena que puede llegar a ser interesante (el reconocimiento público, la exposición, el naturalismo mundano) pero no la profundiza. El conflicto, de tan disimulado en el relato, está ausente. “El sueño de Nicolás” entremezcla lo onírico con lo bélico (otra obsesión del autor) en un paisaje oscuro y rioplatense. Su prosa se vuelve sensorial y se mantiene un halo tenso hasta el final. “Crónica de una relación” resume, en pocas páginas, otro de sus tópicos recurrentes: la intimidad, la relación sexual sin tapujos, la homosexualidad, la masturbación; lo disruptivo de la carne. La rebeldía del clítoris en un gesto que se hermana a literaturas como las de los hermanos Lamborghini o Néstor Perlongher. “Tierra de Nadie” comienza con una oración surrealista de una potencia comunicativa minimalista y, a la vez, radical: “Cedrick era escocés y le temía al ruido de la luna”. Es otra trama interesante que tampoco se termina de explotar. Se queda en la imagen atractiva del personaje en busca de venganza y nada más. “Todo por amor” es una carta escrita a un tal Gustavo, un eslavo que se hacía pasar por argentino viviendo en una zona geográfica indefinida de montes y casillas precarias. El final, con fuego, kerosene y caña paraguaya es digno de Fogwill y corona uno de los relatos más interesantes de esta antología. “Todo tendiendo al equilibrio” es otro de lo que pasa sin pena ni gloria. “Viajes” es la versión Fogwill de Trainspotting (1993) fusionado con Las Puertas de la Percepción (1954), de Aldous Huxley. “Entiendo que María debe haber muerto porque el trip era muy fuerte y ella hacía varios días que venía abusando de las anfetaminas y el arthane” escribe, con una prosa acelerada, bucólica y lisérgica. “Vida de Colonia” es otro relato crudo, que se despliega de a poco. Tiene algo del estilo característico de Edgar A. Poe en la perversión sexual ominosa a la que recurre Fogwill. “Viéndolos Pasar” es una relectura posmoderna y beat del cuento “Ómnibus”, de Julio Cortázar. Es una historia de amor urbana condenada al fracaso de antemano. Mal parida. “Las arenas de entonces”, fechado entre 2002 y 2010, se une a la constelación inaugurada con “Luz Mala”: anécdotas infantiles que rozan lo incestuoso, lo perverso, y que, más de una vez, transgreden con sutileza la barrera de lo prohibido.

Portada de “Memoria Romana y otros relatos inéditos” de Fogwill

III

Párrafo aparte merece Memoria Romana. Una ¿nouvelle? escrita en formato de diario íntimo que se lee como el anverso, como el opuesto complementario, de Los Pichiciegos (1993). Sirve, también, para preguntarse: ¿Dónde empieza la realidad y dónde termina la ficción en una obra como la de Fogwill? ¿Encaja dentro de la llamada “literatura del yo” o “giro autobiográfico”? ¿Vale la pena trazar estas fronteras? Iría en la misma sintonía que aquel notable libro de cuentos de Liliana Heker, Los Bordes de lo Real (1991). Aquí Fogwill destila reflexiones y elucubraciones variopintas sobre el conflicto armado Malvinas de marzo a junio de 1982. Es conocido el mito popular que cuenta que durante ese periodo escribió, en un puñado de noches sin dormir y auxiliado por una dudosa cantidad de cocaína, su novela sobre la guerra. El 2/4 escribe: “Invadieron las islas. Los comunicados hablan de ‘teatro de operaciones’. ¿Será teatro?”.

El 9/4: “Trabajo mal. No escribo. No pienso. La guerra jode. ¿Durará? En el medio, a Fogwill le deben plata por unos trabajos publicitarios y la dictadura le pisa los talones. Lo atosiga. El 1/5 dice: “Pasé la noche en la comisaría tercera”. Recuerda épocas en prisión, años atrás. Respecto a esto, en Trance (2018), autobiografía lectora de Alan Pauls publicada por Ampersand, el escritor cuenta una anécdota sobre Fogwill que se complementa con este pasaje de Memoria Romana: “Una noche de principios de los años ochenta, caminando por avenida Callao, Fogwill, que todavía no era Fogwill del todo, le confiesa que muy pronto, cuestión de días, caerá preso (…) Él, muy joven, aterrado (…) lo frena de golpe y pretende envalentonarlo. ¿Por qué no huye si está tan seguro? (…) Fogwill se ríe. ‘¿Estás loco? ¿Sabés todo lo que voy a leer y escribir en la cárcel?’”.

Un pequeño recuerdo borroso y fantasmático, como suelen ser las desmemorias del autor, con un romance en Roma e imágenes del Papa le dan el título a este diario novelado. El 5/6 escribe: “Hunden barcos. Todos entusiasmados con esa guerra. Yo, otro fin de semana sin dinero. Mi cobranza depende de la guerra. Es ridículo”.

El Fogwill de hilo de Mondongo

IV

Corresponde preguntarse respecto al valor de esta publicación póstuma: ¿Prima lo literario? ¿Lo testimonial/documental? ¿Lo fetichista? ¿Un poco de todo? El mismo dilema se realiza en la actualidad en torno a la obra de Roberto Bolaño y se ha escuchado en relación a popes de las letras como J. L. Borges o J. Cortázar. Después de la muerte del autor, ¿la publicación es un “vale todo”? ¿Cuál es el límite? ¿Existe? ¿Quién lo define? ¿El albaceas, los lectores, el respeto a las decisiones del autor en vida o el “canon” literario? Lo cierto es que en este volumen no todos los relatos están al mismo nivel que lo mejor de la obra de Fogwill (por algo no fueron incluidos en su compilación de Cuentos Completos (2009) pero también es cierto que funcionan para ampliar y enriquecer el espectro de uno de los autores más cautivantes y revulsivos de las letras argentas.

V

En el perfil escrito por Leila Guerriero en 2009, incluido en Plano Americano, Fogwill dice: “Tengo enfisema pulmonar. Hay momentos en que tengo broncoespasmos. Tengo las arterias de las piernas hechas mierda. Me tendría que hacer una operación en la arteria ilíaca izquierda, pero no la voy a hacer porque es una operación delicada y si sale mal te cortan las dos piernas en el momento. Estoy en el final, loca. Una gripe me manda al foso”. Por su pulsión a la polémica, la autora lo bautizó como “la máquina Fogwill”. Se peleó con medio mundo: Quintín, Alan Pauls, Beatríz Sarlo, Juan Forn, Ricardo Piglia y sigue la lista. Como supo cantar el gran García: “cada cual tiene un trip en el bocho, difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo”.

 

Memoria Romana y otros relatos inéditos
Fogwill
Blatt & Ríos, 2018
152 páginas

 

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