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Infiernos argentinos: El club de los fraticidas

Por Cristian Rodríguez

Infiernos argentinos #1

 

La crisis del país golpea sin pausa sobre las subjetividades y sobre la construcción – destrucción del tejido social, y sobre eso intervenimos los psicoanalistas, esa escucha “activa”, riesgosa y también aleatoria.

Los agoreros le hablan al futuro de nuestro país, pero ese futuro parece lejos de establecerse y realizarse. Prima mientras tanto la faz colonizada, de la que la estructura patriarcal y retrógrada es uno de sus signos inequívocos y sus marcas de origen. La burguesía provinciana devenida de la cultura terrateniente -por otra parte, no muy diferente de la burguesía porteña- , pretende vivir en la oscura ficción del estatus feudal. Pero ese será una y otra vez un factor desencadenante de las crisis políticas y económicas, porque los oprimidos pujan y presionan, como en cualquier estructura vertical donde el producto no se reparte. Este es un país con una distribución del ingreso per cápita completamente inequitativo, y el modo que utilizan para mantener “a raya” el descontento social, el deterioro y la indigencia, es con la represión lisa y llana, con la criminalización de la protesta y la estigmatización de la política. Tiempos represivos sin duda. Pero la mentira sistematizada tiene sus límites, y esta no será la excepción.

Mientras tanto se hace un llamado a la concordia –por otra parte una apelación muy “racional”-, que no es otra cosa que la agitación problemática del fraticidio como elemento de tensión social e intrapsíquico.-

La producción de letra y escritura. Objeto fragmentado

¿Qué hacer en medio de tantas inclemencias, de tantos malos vientos y pésimos augurios, sino deprimirnos? Sí, sabemos, leemos, escuchamos, precisamente están saqueando el país, y junto con él, su patrimonio intelectual, económico, social, productivo, industrial, comunitario y geográfico. Esto no es nuevo, es parte de una división estructural entre el proyecto centralizador, colonizado y agroexportador de la Buenos Ares histórica, y los intentos más o menos difusos de construir un país con sello propio y perspectiva política soberana. El grave problema que tenemos es que a cada crisis -y está por sobrevenir otra-, no sólo le acontece el doloroso derramamiento de sangre -sobre todo de los invisibles- y el derramamiento de divisas, sino que deja una secuela psiquiátrica y psicopatológica, progresiva, irreversible.

Esto no podría realizarse sin el consentimiento y la complicidad de sectores de la ciudadanía, y estas complicidades van -al menos esta vez- más allá de los estratos y las condiciones sociales. Es la desmentida de la castración. El amo es objeto de fascinación como pocas veces, y quizás haya que retrotraer esta “barbarie civilizatoria” a lo acontecido en el siglo XIX vernáculo: saqueo, desierto, depredación, fraticidio, como significantes relevantes en el acto fallido de fundar Argentina. Esos significantes que por otra parte se escuchan e insisten en el consultorio.

Además de los entregadores y cipayos conocidos, que abarcan el espectro político, judicial, empresario, intelectual, sindical, buena parte de la ciudadanía rasa ha elegido dormir su sueño eterno en una “piojera cinematográfica en continuado.”

No se resuelve solo con un cambio de gobierno que nos libere de estos saqueadores y perseguidores profesionales al servicio de los intereses financieros y la banca internacional.

Esa mirada sobre el sufrimiento psíquico de los pacientes, atravesada por el devenir de la comunidad, del contexto cultural y social, del contexto geopolítico y de la época, llega por lo general silente y requiere en principio que nuestro señor que escribe incesantemente y jamás lee, también lea allí un devenir junto con los efectos de las huellas en ese devenir.

Los clubes y los suicidados por melancolía

Entre el “Club de los suicidas”, novela de Stevenson, y “El suicidado por la sociedad”, de Antonin Artaud,  hay un deslizamiento problemático que nos es sólo semántico. En primer lugar se trata de un desplazamiento del objeto, pasando la cuestión del suicido desde el club, al suicidado mismo. En segundo lugar, ese que era en primera instancia el objeto por el cual el suicida se contenta o al menos se coagula en un sentido: el club, se vuelve ahora el destino del suicidio, es decir la razón absoluta que lo arroja a la destrucción: la sociedad. Del mismo tenor es el deslizamiento tanto temático como dramático, entre una y otra propuesta literaria. Es precisamente la novela de Stevenson un relato de aventuras, propio del Siglo XIX, donde el mundo colonizado está todavía envuelto en la semántica de los exotismos inexplorados y del viaje como secuencia fundacional de la subjetividad. Por el contrario, el material de Artaud narra las descarnaduras del Siglo XX. De cómo el viaje se ha vuelto hacia la interioridad de la profusión del pathos, se ha vuelto también herramienta civilizatoria y domesticadora.

Cuando señalamos que esta es una época que recrudece en la lógica colonizante del Siglo XIX, probablemente no tomamos en cuenta, en este deslizamiento de las épocas, eso que Freud había señalado perfectamente como melancolía. La melancolía no es precisamente el spleen ni la bohemia de la que gozaban los sujetos urbanos del Siglo XIX, no es la poesía lúbrica y maldita de Baudelaire ni el viaje adolescente de Rimbaud. Es la melancolía que interpreta Freud en el discurso analítico como sesgo superyoico ligado a la denigración, o más precisamente a la autodenigración  ¿Cómo es posible que la melancolía se haya transformado en el signo vital de una época? Cada tropiezo en el acceso –inaccesible- del objeto prometido por el capitalismo no será alcanzado por efecto de las inequidades y falencias del individuo. “Usted, sí usted, no ha hecho lo suficiente, ni lo necesario, para acceder a la llave del éxito”. “La vida exitosa” ni siquiera será ya el “self made man” de la promesa originaria y anglosajona capitalista, sino una entelequia que fracasa porque “usted , sí a usted le estoy hablando –aunque nada escuche, y lo que haya para oír ahí sea sólo del orden del masoquismo moral-, usted ya fracasó por sus errores individuales”. No estamos intentando hacer aquí una reducción del síntoma a la época, sólo señalando el punto en el que el discurso capitalista captura al sujeto y lo enajena en la posición del objeto de la denigración, donde el esfuerzo ciego de la pulsión va dirigida a la posición reflexiva de la autodestrucción. Porque hay vitalidad en la melancolía, hay vitalidad maníaca por ejemplo, hay vitalidad psicosomática, el problema es hacia donde está dirigida, y está dirigida en contra de los propios intereses o en contra de lo que Freud llamó las pulsiones de autoconservación. El capitalizar este deslizamiento que se ha producido durante todo el siglo XX y se ha acelerado en lo que va de este XXI, también es un truco eficaz que ha sabido promover y sostener el sistema capitalista: “esfuércese” y gire en falso, como signo de confirmación del fracaso estructural.

¿Para quién canto yo entonces?

Sin embargo la lucecita deseante está allí, escabulléndose a este ajusticiamiento “por la sociedad”. Es la primera cuestión que se establece en un consultorio cuando se propicia la neurosis de transferencia como neurosis artificial. Si al fin y al cabo se trataba de eso: canto para que alguien me escuche, aunque parezca remoto e ineficaz. Y es posible que a partir de este escuchar como primer signo de amor transferencial, sea posible alguna aventura, es decir ir hacia alguna ventura, hacia otros vientos.

Atravesamos esas lecturas del falso discurso para analizar el modo en que se serializa y fragmenta la experiencia, entre los objetos multicelulares de la técnica capitalista –desencadenándose como un virus, “hacia adentro” y no hacia afuera-  hasta  el impacto residual y explosivo sobre la formalización metapsicológica de lo inconsciente. Esta formalización no atañe a lo imaginario sino a la relación simbólico real del cuerpo metapsicológico, su afectación produce no sólo secuelas en la estructuración psíquica –de las que no conocemos sus efectos a mediano plazo- sino que es una factoría con pretensión de ilimitada producción de un automático de sujeto enajenado a la producción y a la reducción del objeto. Es decir, lo antes dicho: esto no es desujeción ni desubjetivación, sino concentración.

Esto es un velado retorno al capitalismo del siglo XIX, en cuanto a las reformas sociales típicas de la reprimarización de la economía, pero ya vimos de qué se trataba el truco, ya que todo retorno no es más que de la diferencia. En el truco está también la chance de reconocer allí la huella de una enajenación subjetiva y los fundamentos del funcionamiento del inconsciente por la formación de síntoma. ¿Qué tipo de falso retorno es este que apunta al siglo XIX?

Por eso es que la subjetividad del infierno se corresponde con la lógica de un discurso falso –como lo dice Lacan– ya que no hace lazo social desde la lógica, sino desde la superficie en la que se enceran las autopistas por las que se va deslizando una vida que se apaga por no poder enraizarse verdaderamente a nada más que a la continuidad de su propio desliz, de un discurrir sin consecuencias, y en lo posible, lustrando el espejo en el que el engaño cobre cada vez más brillo. Es y será el efecto del roce de un cuerpo sin historia.

Y este deslizar no es el desbarrancarnos en la apoplejía delirante del apotegma “el fin de la historia”, sino de una “historia sin fin”, de un crudo resbalar hacia las posiciones de “no nacido.” Una vez más, antes que disuadir que eso “debe de nacer”, convendría discutir las condiciones de su nacimiento, y apelar al deseo de dar a nacer.

El infierno es una construcción humana, perfeccionada cada vez, por lo que se ha dado en llamar “objeto técnico”, cuya función última –más allá de las ilusiones y las intenciones progresistas– es hacer desaparecer todo rastro humano sobre la tierra. Porque el capitalismo desregulado, ese que hoy utiliza su fuerza para crear los aparatos de entretenimiento más sofisticados que jamás hayan existido, solo para convencer a la humanidad que su obra de autodestrucción es una exageración, una falacia, o un informe incomprobable producido por resentidos sociales o ideólogos de la catástrofe, ese capitalismo que reduce los derechos a la posesión -siendo el hombre el desposeído principal de su propia existencia– considera lo humano como una distorsión. Una distorsión en el proceso de acumulación eficiente del capital. El deseo es un obstáculo, el cuerpo de la carne es un sistema que falla en la medida en que el deseo aparece como obstáculo y también como tropiezo, ya que la carne sin deseo da por resultado un cierto tipo de enajenado residual: un autómata, un muerto vivo, un zombi. El problema es que un zombi es desechable por definición para el sistema, es un “descerebrado” que hay que aniquilar. En cambio, se prefieren las máquinas. Así, en el horizonte asoma el “nuevo amanecer” en el que las huellas humanas solo serán un resto arqueológico, tal vez un rumor. Curiosamente, la solución que propone el realismo capitalista –sin decirlo, obviamente, porque está en su lógica– es apagar el horno de sus infiernos, a sabiendas de que su funcionamiento es infernal. Nuevamente, se nos solicita “racionalizar”. No hay otro modo de que eso prosiga sin arrastrar consigo los vestigios mismos de la existencia humana.

 

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