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Una forma de esperar lo inminente

Por Federico Capobianco

Quizás lo que más nos inquietó de Black Mirror no fue el reflejo futurista y distópico de nuestra cotidianidad sino la incertidumbre; la sospecha de que eso que veíamos podría llegar mañana o en cien años. No nos gustan demasiado los cambios –si ya lo sabrá el país-, menos cuando vienen sin siquiera la esperanza de algo mejor. Seamos francos, si el futuro presentado por Black Mirror se desprende de nuestro presente, ¿quién podría esperar algo mejor?

“¿Qué debe hacer un tipo como yo cuando los aparatos se apoderen del mundo?”, le pregunta el protagonista de la película Upgrade a su esposa. “¿Sentarte y disfrutar el paseo?”, repregunta ella. Puede ser una solución a considerar, si nos quitan el disfrute quizás nos quede muy poco –por no decir nada- para combatir eso que supuestamente está por llegar.

Así parece haberlo entendido Fabio Mazía, quien en su primer libro de cuentos Como mandriles agresivos (Qeja, 2018) deja claro que si lo distópico se avecina, va a cagarse de risa en su propia cara, sin demasiadas vueltas, sin pensarlo demasiado. Los trece cuentos que conforman el libro son historias delirantes sobre un futuro que bien podría estar a la vuelta de la esquina pero no; una vez más la incertidumbre aparece porque en realidad no sabemos cuál de esas historias podría estar sucediendo en este preciso momento, y si no, cuál de todas las cosas que hacemos y vemos a diario pueden desatarlas.

Sin embargo, Mazía también se ríe de esa incertidumbre, y que alguien se divierta tanto con algo que se nos encima a todos puede ser que nos moleste un poco, por lo que Mazía logra, además, hacernos repensar nuestra relación con lo inminente. Y no solo a nosotros, a todos y cada uno de los protagonistas de sus cuentos los pone en la misma situación. Ante el conflicto externo se presenta uno peor, el de cuestionarse –y resolver- el fin mismo de su existencia.

Fabio Mazía

Con una prosa actual, desprejuiciada, como quien contaría una anécdota a sus conocidos, los trece cuentos poseen un ritmo descontracturado, con el humor que puede prescindir de los chistes fáciles, que llevan al lector a acomodarse y dejarse llevar. Hay incertidumbre también: nadie puede prever con qué se va a encontrar tras leer las primeras líneas.

De tal forma, podemos ser testigos de nuevas formas de lavar las culpas que la moral burguesa puede generar con prácticas solidarias poco conocidas. O cómo el gobierno es capaz de saber, anticipar e impedir una de las pocas cosas que permanecen en el ámbito privado que es la posibilidad de fracasar. O cómo, luego de una medida “anarco-innovadora”, lo último que debe perderse es la esperanza, aunque uno sea literalmente el último. Podemos ver, también, a la deep web ofreciendo servicios honestos bajo prácticas sumamente ilegales. A una artista plástica que logra encontrar el lugar perfecto para sus obras. A una pareja de ingenieros anti sistema que planean una revolución técnica que termina ahogada en nuestro más cruel capitalismo. También, a un posible votante del PRO en Capital, con carrera en el emprendedurismo tech, que decide confesarse en un consultorio odontológico pero bien podría haber elegido algún programa de un futuro Baby Etchecopar. O cómo la moda de pertenecer a grupos de running –o querer levantar- los lleva a sucumbir ante aparatos tecnológicos estalinistas. A paranoias del gran país del norte que terminan en el reclutamiento de creativos de todo el mundo con la única tarea de de imaginar. O cómo rebuscárselas ante medidas gubernamentales que prohibieron la pornografía tras un notable descenso en la tasa de mentalidad. O la búsqueda de nuevas salidas laborales para taxistas frente a la llegada de Uber. Cómo un upgrade en nuestras redes sociales termina modificando las formas de ser antisistema. Y a un nuevo Ministerio reorganizando por completo nuestros festejos.

En las palabras preliminares del libro, Andrés Fogwill escribe: “estos relatos presentan al ser humano como un infatigable buscador de soluciones, en un mundo cada vez más dominado por la desazón de la existencia”. Mazía recrea ese mundo en trece ocasiones distintas, para los cuales, tal vez, solo sirva una única solución: sentarse –con el libro en mano- y disfrutar el paseo.

Como mandriles agresivos
Fabio Mazía
196 pág.
Qeja Ediciones
2018

 

 

*Imagen de portada: Bob Dob

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