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El susurro del lenguaje

Por Pablo Díaz Marenghi

I

“Me gusta el silencio, por eso creo que escribo así” dice Sergio Gaiteri (1970) entrevistado por Pablo Ramos en el programa Animal que cuenta, de Canal Encuentro. Esta sentencia, arrojada al pasar, se trasluce en su literatura. Cordobés, docente de literatura, ha consolidado un estilo particular de narrar, heredero del realismo sucio de Raymond Carver. Su escritura naturalista, que ahonda en las miserias cotidianas de hombres y mujeres de a pie, pone el acento en las relaciones familiares y en el núcleo más ominoso de la intimidad.

Su último libro de cuentos, Nadie extrañaba la luz (Alto Pogo, 2018), narra las vicisitudes de ciudadanos comunes que aman, sufren, sienten y padecen con desesperación. A la vez, perfecciona el arte de atrapar al lector y frenar el relato de manera abrupta pero elegante antes de que todo se desmorone. Dejándolo a uno con ganas de saber más. Si el lector se queda en la superficie, el autor parecería estar contando episodios trillados y mundanos. Sin embargo, su magia radica en el arte de narrar la complejidad mediante la simpleza. Su prosa esconde, en el arrullo más tenue del viento, el huracán más feroz.

II

Los mejores narradores son aquellos que no abusan de la fórmula exitosa, de la repetición de aquel jeite consagrado. Son, también, quienes se desafían a ellos mismos o, como suele repetir el escritor Fabián Casas parafraseando un antiguo proverbio oriental, van “en contra de su facilidad” y no a favor. Las voces que construye son transparentes y claras; sintetizan la potencia de un aullido en la inmensidad, como los personajes de su novela breve La vertiente (2013, Nudista).

Gaiteri, a lo largo de diferentes cuentos y novelas, parecería ir hacia ese lugar. Iría rumbo a aquellos escritores morales, clásicos y titánicos, que mediante diferentes personajes, tramas y escenarios (en este caso, zonas periféricas de su Córdoba natal) no escapa de los grandes temas de la literatura universal: el amor, la muerte, la traición, el engaño, la pérdida, el anhelo, el fracaso.

“Nadie extrañaba la luz” (Alto pogo, 2018) de Sergio Gaiteri

Sus personajes, en general, fuman, como Juan Carlos de “Tres etiquetas y media”; el empleado bancario víctima de la enfermedad de Diógenes, que lo lleva a acumular basura a niveles desorbitantes en su departamento diminuto. Su hogar queda al cuidado de Nora, quien se obsesiona con el orden y limpieza de este recinto vibrando en las mismas cuerdas al borde de la obscenidad que María Teresa, la inolvidable preceptora del Colegio Nacional Buenos Aires creada por Martín Kohan en Ciencias Morales (2007).

III

El descubrimiento es otra figura recurrente en estos relatos breves. Sus personajes se inmiscuyen, ahondan en el pasado, propio y ajeno, hasta dar con oscuros secretos que hubieran preferido no saber. Sin embargo, algo los impulsa a seguir hasta el final. Temáticas como la infidelidad se narran con naturalidad y sin moralina o culpa católica. El mejor ejemplo es “Quince paladas de nieve”, con un comienzo que mete el dedo en la llaga y ejemplifica el minimalismo literario más efectivo: “Viajamos con Mónica a San Rafael dos semanas después de que le confesara que había otra mujer”.

El autor juega, todo el tiempo, con lo no dicho. Mientras que construye un pequeño gran universo en pocas páginas. En “La tía”, cuenta la relación entre un adulto y un adolescente de manera peculiar, simbiótica y perversa. Bajo una capa de aparente normalidad, se esconde un escenario desolador que se esconde bajo una arquitectura literaria sólida. El narrador, un joven que se encuentra envuelto de un entramado familiar desmembrado, es claro y sincero: “La tía no quería comunicarse con mamá, no me estaba utilizando para hablar con su hermana. Esta vez, en este caso, quería hablar conmigo”.

En “Clases particulares” la trama (un obrero obligado por sus patrones a terminar el secundario y unos mormones que deciden ayudarlo a que aprenda inglés) es, en realidad, una excusa para narrar la relación entre un hijo rebelde y un padre tosco pero, a la vez, blando que no puede hacerse cargo ni de su propia vida. Una especie de Rulo, de Mundo Grúa (1999), de Pablo Trapero. Un narrador que, desde el cine, se emparenta con las intenciones del escritor cordobés: hacer un zoom hacia los sentimientos más crudos y reprimidos del ser humano.

Sergio Gaiteri (Foto: Javier Cortéz)

IV

El divorcio. La infidelidad. La separación. En estos cuentos aparecen una y otra vez las parejas que se derrumban como castillos de naipes. Como en “La cadena”, donde ahonda en la mirada paterna y el embarazo juvenil, o en “La pileta de lona”, donde hay lugar para la comedia negra. Se evidencia, también, un pulido notable en cuanto a la corrección en pos de lograr que el lector sienta que llegó tarde, que la acción ya comenzó y uno se suma con la película empezada, algo que agiganta la tensión. Por ejemplo en “Una casa en las afueras”, uno de los relatos más logrados, que arranca del siguiente modo: “El tema es que cuando leí por leerle el clasificado, Irene tuvo una corazonada y dijo que fuéramos a ver ese auto”. Aquel extraño, que ofrece una oportunidad que de tan perfecta suena a inverosímil, recuerda a los personajes más misteriosos de Carver, como aquel vecino que en pocas palabras decía mucho del cuento “¿Por qué no bailan?”.

El escritor cordobés se embandera en la tradición de Carver, John Fante, Charles Bukowsky pero la resignifica a través de su propia cotidianidad y geografía (los suburbios de Córdoba), poetizando sobre la derrota y apelando a la sensibilidad de cualquier ciudadano del mundo promedio. La identificación es inevitable y terrible. A partir de un notable trabajo de poda lingüística, que se luce en estas piezas literarias breves, denota un norte minimalista que apela al susurro del lenguaje. El objetivo: barrer con cualquier ornamento innecesario, dejando en primer plano a la emoción humana por sobre todas las cosas.

 

Nadie extrañaba la luz
Sergio Gaiteri
Alto Pogo, 2018
116 páginas

 

 

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