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Microhistorias en la balanza argentina

Por Enrique Balbo Falivene | Imágenes: Elicia Edijanto

Tuve un perro al que llamé Casio porque tenía cara de calculadora; él también me tuvo a mí: fui el compañero del perro, el humano de Casio.

Nos conocimos en un descampado; a mí me habían metido una paliza y sangraba por la nariz; a él también, apenas podía mover su frágil anatomía. Más que vernos nos presentimos: los dos llorábamos en medio de la nada, él agazapado entre los escombros de un edificio que jamás se terminaría, y yo recostado en un ciprés menguado por los parásitos que se inclinaba pero que nunca caía.

Lo llevé a casa de mis padres y lo entré oculto como un polizón porque mi madre no quería animales. Decía que con su familia política ya tenía bastante.

Resigné al animalito a los fondos del patio, tapado con una manta, entre las leñas de la estufa. Por la noche lo introduje a hurtadillas en la habitación dentro de mi cama y dormimos los dos en un acto que íbamos a repetir durante toda mi infancia.

Casio y yo nos volvimos inseparables y mi madre tuvo que aceptar, aunque con castrenses condiciones, nuestra relación.

Por la mañana íbamos juntos a la escuela; Casio corría a un lado de la bicicleta y después me esperaba al toque de campana firme como un granadero; por las tardes trabajaba en la carbonería de mi padre, al volver nos lavábamos juntos con una manguera y jabón Federal; si había partido de fútbol en el barrio y después había peleas -siempre las había, esto era indiferente al resultado del partido-, Casio mordía algún tobillo para que yo ensayara, como Firpo, un cross de derecha en la mandíbula del defensa central; cuando ululaba la sirena de los bomberos -vivíamos cerca del cuartel-, lo abrazaba fuerte y le tapaba las orejas con miga de pan que siempre guardaba en mis bolsillos; los sábados nos gustaba ir a pescar, a cazar ranas, a comer frutas escarchadas y turrones; los domingos íbamos a robar nueces, castañas, melocotones, ciruelas y pasábamos la tarde juntos en la copa de algún árbol.

Una de esas tardes, mientras recogía moras en lo alto de una morera centenaria, resbalé y caímos. Golpeé con la cabeza en el suelo y terminé en el hospital. Me aislaron en una habitación en penumbras. Debía estar en observación para evaluar la posible formación de algún coágulo; tenía que intentar dormir poco, no moverme y evitar todo tipo de sobresaltos.

Una noche, mientras sentía que el sueño me ganaba, vi a Casio a los pies de mi cama. No conseguí imaginar cómo se las había ingeniado para eludir los controles y colarse en la habitación. Allí, en aquella penumbra y en un perfecto silencio, en medio de un olor a formol que persistía en mi nariz, Casio recogió su tierna cara de calculadora entre las patas delanteras y empezó a hablar.

Lo que sigue es lo que me contó; las historias no tienen orden, las he escrito según las fui recordando. Tampoco sé cuánto tiempo pasó, ni los días que me mantuvo el golpe en el hospital. No recuerdo nada con exactitud salvo los relatos de Casio. Todos los hechos son históricos pero están narrados con esa mirada compasiva de quien vela y sostiene a un enfermo.

Muerte por desidia

Buenos Aires tenía capacidad para enterrar cinco muertos diarios; con la llegada de la peste la estadística los elevó a quinientos. Todo empezó en el verano de 1867 en el bajo, en San Telmo y Monserrat, por la falta de higiene, agua potable, cloacas, servicios. Los primeros casos se dieron en los conventillos, en las casas de inquilinato: la epidemia se extendió hasta colapsar los hospitales. Los ricos, y el gobierno, que se mudaron del barrio hacia la zona norte, Recoleta y Palermo, culparon de la peste a los pobres y a los extranjeros; el augusto Sarmiento, entonces presidente y su vice, Alsina, salvaron el pellejo y huyeron de la ciudad. Se fundó un nuevo cementerio, la Chacarita, y los muertos se transportaron en tren (La Porteña) desde la actual Avenida Corrientes y Jean Jaurés hasta el flamante camposanto, en tres vagones cargados de cadáveres. Al final las bajas fueron casi catorce mil, la mitad eran niños. La población negra desapareció por completo. Hoy algunos barrios de Buenos Aires, los del conurbano, están en las mismas condiciones de insalubridad. Buenos Aires olía mal y sigue oliendo mal.

El gigante vuelve (y se queda)

En 1924 Xul Solar embarca en Hamburgo y emprende el regreso a la Argentina. Trae sus obras, algunas con los marcos que él mismo diseña y construye, y una biblioteca de doscientos cincuenta ejemplares, mayormente en alemán. Los temas son variados; repite filosofía, esoterismo, teosofía, arte, historia, astrología, religión.

En Buenos Aires es acogido de inmediato por el grupo Martín Fierro; sus compañeros son Borges, Girondo, Victoria Ocampo, Marechal, Raquel Forner, entre otros.

Xul representa el salto entre Europa y la tradición argentina. Trabaja solo, se siente solo, compone una obra irrepetible. Pinta en pequeño formato, a la acuarela o la témpera, obras que nadie entiende; a duras penas consigue exponer y mucho menos vender; crea un idioma que nadie estudia y nadie habla; rediseña un piano con una base multicolor que acelera el aprendizaje del instrumento pero que nadie toca; inventa un ajedrez con base astral cuyas partidas son infinitas; compone un teatro de títeres para adultos que nadie presencia; dibuja escenografías y arquitecturas para el Tigre y el Delta que jamás se llevan a cabo; modifica las cartas del tarot y los arcanos mayores que sólo él interpreta. Muere en el sesenta y tres, de un infarto, en su casa del río Luján. Creía que el mundo podía ser mejor y que la Argentina iba a tener un rol protagónico en ese futuro. Trabajó siempre bajo esa consigna, bajo esa ilusión. Nunca transigió. Ésa fue su gran contribución.

El asesino gentil

A Cayetano Santos Godino, más conocido como El Petiso Orejudo, lo que más le gustaba era el fuego, matar niños, martirizar y quemar animales.

Asesinó a cuatro niños, tuvo otros ocho intentos confesos y quemó siete edificios. Fue, en los albores del siglo veinte, el primer asesino en serie argentino.

Hijo de un calabrés alcohólico, sifilítico y golpeador, Cayetano vino al mundo con una sucesión de problemas de salud. Con sólo seis años intentó matar a otro niño introduciéndole un clavo en la cabeza. Operaba en los barrios de Almagro y Parque Patricios, por aquellos años un arrabal en linde con la inmensa y despoblada pampa.

Fue detenido en numerosas oportunidades, expulsado de todas las escuelas, ingresó en varios reformatorios y hasta en un hospital para alienados. Pero tuvo que ser trasladado a la Penitenciaría Nacional, en la calle Las Heras, por intentar matar a tres enfermos de la institución.

Finalmente fue recluido en el penal del fin del mundo, la cárcel de Ushuaia. Allí los médicos concluyeron que la causa de sus males eran sus grandes orejas y decidieron someterlo a cirugía sin resultados. Las causas de su muerte en el penal son un misterio. De hecho, cuando el penal fue cerrado los restos del Petiso Orejudo nunca se encontraron.

El viaje de la vida

Luca Prodan intuye que sólo le queda una posibilidad: hay un vuelo a un territorio desconocido, Córdoba, en dónde lo espera un amigo escocés, Timmy McKern, en una casa en medio de las sierras alejado de la urbe y, sobre todo, de la heroína.

Todo esto pensado así resulta un disparate pero el joven artista emprende el viaje. Esas sierras y su amigo van a salvarlo, de momento, del naufragio. Consigue armar una banda, Sumo, y viene a dar una patada con una pesada bota militar a un staff al que Prodan ningunea.

Compone y canta en los primeros locales alternativos de una Buenos Aires que tenía serios deseos de levantar la cabeza después de un bronco proceso militar.

Cambia la forma de hacer música, de montar un concierto, de acercarse a sus seguidores. Es un joven desaliñado, que vive en un barrio, el Abasto, al que ama y comprende, sin lujos ni comodidades. Sólo le preocupa la música, el arte, la forma de conectar con la gente.

También acaba sus días en el mismo barrio, ahogado por el alcohol, un mal menor dadas sus circunstancias. Deja una música colosal, abre un camino nuevo para otras bandas que socaban y cuestionan el hasta entonces intocable rock nacional.

El pederasta ilustre

Resulta frecuente imaginar a Polo Lugones en términos bestiales, aunque creció entre artistas y tuvo una cuidada formación escolástica.

Sus antecedentes parecen validar lo primero. Hijo del afamado escritor Leopoldo Lugones, fue comisario de policía durante la dictadura de José Félix Uriburu y funcionario en la Penitenciaría Nacional.

Autoritario, antipático y servil, tiene el penoso honor de haber inventado la picana eléctrica. También era un pervertido y un pederasta. Fue acusado y condenado por pedófilo, pero su padre intercedió ante el presidente Yrigoyen. Resultó absuelto.

Fue incluso sospechado de haber instigado el suicidio del escritor. Sectario de la doble moral y la hipocresía, hostigó a su padre en su rol de comisario, guía de las catequistas costumbres de la alta sociedad porteña, por una relación con una amante.

Asombra pensar que su hija, Piri Lugones, secuestrada por el gobierno de Videla, haya sido torturada con el monstruoso instrumento que su padre inventó.

Polo Lugones, tal vez atormentado por sus fantasmas, ensombrecido por sus excesos, se suicidó en 1971.

Nacidos para estar juntos

Alfonsina Storni y Horacio Quiroga se conocieron en una tertulia de poetas del Grupo Anaconda, en Buenos Aires. Él había nacido con barba, con una serpiente bajo el brazo y la selva misionera enredada en la cabeza; ella era madre soltera, poeta, independiente, feminista, adelantada. Se enamoran y Quiroga quiere que lo acompañe a la selva pero ella desiste. Los dos cumplen el mismo camino, escriben, piensan y cuestionan la cultura y las modas literarias. Alfonsina prefiere disfrutar en encuentros ocasionales al cuentista; siente admiración por el aventurero, el pionero, el escritor. Cree que todo es demasiado perfecto para la convivencia: sabe que el hombre aislado es el único hombre fuerte. Los dos se encaminarán hacia el suicidio pero no estaban fuera de sus cabales. Quiroga bebe cianuro en el hospital de Clínicas en el treinta y siete, al saberse con una enfermedad terminal; un año después Storni decide encharcar sus pulmones con agua salada en la playa La Perla de Mar del Plata, al sentirse dependiente por su cáncer de mama. Ella nunca quiso cuidados de nadie del mismo modo que no necesitó a quién tanto amaba.

Cuando me dieron el alta lo primero que hice fue preguntar por Casio; me dijeron que había muerto atropellado por un coche.

Con el tiempo supe la verdad: al caer del árbol había aplastado con mi peso el pequeño cuerpo de Casio causándole la muerte.

La culpa y la tristeza me persiguieron durante años. Me negué a tener otro perro.

A veces pienso que le di la vida al rescatarlo de aquel descampado y él me la devolvió al amortiguar la caída desde el árbol. Los dos vivimos años felices, quizá estemos en paz y quizá todos seamos, como Casio, futuros espectros en un frío camastro de hospital.

 

 

 

 

 

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