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Daniel Mecca: “Escribir sobre el amor, en un mundo de mierda que necesita ser cambiado, es un hecho político”

Por Luciano Sáliche

Los cruces entre periodismo y poesía son raros pero efectivos. La tradición argentina tiene sobrados ejemplos, una lista larga como un zigzag al cielo. ¿Por qué el poema se ofrece como espejo refractario del hiperrealismo que se manifiesta en el artículo periodístico? Son trabajos de la palabra, dirá Daniel Mecca que, para quien haya charlado al menos un rato con él, sabe que en el plano de lo real, así como también en el de los textos, mantiene la misma postura: cadencia pausada, tono de voz suave, palabras eficientes, transparencia conceptual y la búsqueda minuciosa de una verdad. Nació en Buenos Aires hace 32 años. Es periodista, poeta, docente y autor de los libros de poesía Ahorcados en la felicidad (2009), Lírico (2014) y Haikus periodísticos (2016). Surfeó por una cantidad considerable de medios —hoy escribe en Clarín y en Revista El Otro— y siempre se interesó por las puntos de encuentro y desencuentro de dos caminos que parecen, a priori, desconectados: periodismo y poesía. ¿Será acaso por su activismo político: la militancia obrera donde se intensifica la sensibilidad? A continuación, una breve charla con Polvo.

—Sos periodista, docente y poeta. ¿Qué significa, para vos, ser poeta? Imagino que algo más que escribir libros de poesía…

—El poeta es un trabajador de la palabra. Y ser poeta es un trabajo permanente sobre la escritura. Esto —que dicho en tono de definición puede sonar a pretencioso— busca apelar, por el contrario, a lo más sencillo y elemental. Hay una frase de Oscar Wilde que dice que estuvo toda la mañana poniendo una coma y a la tarde la sacó. Esta visión apunta definitivamente contra la falsa idea de inspiración sobre el hecho poético y la escritura en general. En ese sentido, si sacáramos al poeta de esa mirada idealizada, podríamos afirmar que no hay nada menos poético que el poeta. Bajo estas premisas, llegamos a una segunda conclusión: escribir es cortar, es decir un trabajo obsesivo y sofisticado de edición sobre tus propios textos. Ricardo Piglia reflexionó una vez que Borges, al quedarse ciego, es decir al perder su capacidad microscópica de corrección, mermó en su extraordinaria calidad. Por ese lado va: ser poeta es cortar. Poesía es cortar. Por último, ser poeta debe ser un ejercicio de desdramatización y de economía de las palabras. Si llueve no es necesario sobredimensionar el sentimiento y poner que “se aplastan las gotas contra el suelo mientras pienso en el amor que se fue”. Si llueve hay que poner “Llueve”. La sencillez es un alto valor.

—¿Cómo empezó tu relación con la poesía?

—Es difícil registrar un momento. La infancia la tuve marcada por escuchar mucho rock de acá: Charly, Calamaro y, sobre todo, Fito. Tendría 9 años años y cantaba “el mundo está lleno de hijos de puta y hoy especialmente está llena la ruta” sin entender demasiado. Encuentro en esos años, si se quiere, una aproximación a la poesía. La adolescencia vino con un desamor que potenció el hecho poético. Pero no fue tanto como escritura (aunque sí empecé a escribir cartas de amor, que podríamos tomar como primeros trazos de algo), y sí la poesía como idea, como lugar, en ese momento como un modo de rajar de todo cuando estás triste. Y sí, otra vez, la música. Habré mareado el disco Alta Suciedad de Calamaro de tanto escucharlo en esos años. O los cds de Sabina y sus versos. Ahora acabo de terminar de leer una novela tremenda, la última de Leonardo Oyola (Chamamé), que en varios tramos repite un “ir a ningún lado, ya”. Bueno, a ese lugar me llevaba la poesía de adolescente. Irme a ningún lado y ya. Más allá de estos recuerdos, hay un hecho que se repite: mi aproximación a la poesía fue desde la música. Es muy importante esto porque el tratamiento de la poesía tiene que tener un tratamiento musical. No hay mejor crítico que el oído propio.

—En Haikus periodísticos uniste el frío mundo de la redacción, “lo escrito para el olvido”, con la poética. ¿Hay poesía en el periodismo?

—Relaciono la poesía con el periodismo fundamentalmente desde la economía de las palabras. Quienes trabajamos como periodistas de gráfica sabemos muy bien cómo es el Imperio de los caracteres. Esa situación —que en el periodismo es una ley (al menos en el papel)— claramente no es una exigencia en la poesía, pero sí habría que tomarla en tanto concepto: no adjetivar de más, no usar palabras innecesarias, cargadas de nada, no teorizar. Esto no quiere decir que hay que escribir sólo poemas breves, onda haikus, sino decir (escribir) las cosas directamente. Como decía Ezra Pound: nada de adornos; en todo caso, buenos.  El otro día recordaba un verso de Fabián Casas: “Todo lo que se pudre forma una familia”. Pareciera que todo Freud está metido ahí dentro. Es la concentración total de la prosa. Va por ahí.

Ahorcados en la felicidad (2009) / Lírico (2014) / Haikus periodísticos (2016)

—En tus libros se cuela con fuerza la política. ¿Se podría decir que hacés “poesía militante” o, mejor, “poesía activista”? ¿Cómo pensás esa relación entre arte y política, muchas veces desprestigiada?

—Diría que no hago “poesía militante”. Hago poesía y además soy militante, lo cual no necesariamente debe funcionar en forma ensamblada en la escritura poética al igual que en el arte en general. Uno debe hacer de su obra un hecho completamente libre. Mi segundo libro, Lírico, por ejemplo, intenta trabajar con una mirada intimista sobre el río, el viento, el latir, el amor, y no hay ninguna marca “política” en los versos. La elección de esos temas, sin embargo, no deja de ser política: escribir cosas como “sobre el agua cae el polen: somos lo que ama y muere”, “tu nombre es instante” o “en lo íntimo va el amanecer” son definitivamente acciones políticas, ya que escribir sobre el amor, en un mundo de mierda que necesita ser cambiado, es un hecho político. Por supuesto que también se puede meter política en la poesía de forma más clara (un ejemplo es, justamente, Haikus periodístico), aunque, en lo personal, no me gusta la poesía panfletaria. Más de fondo, en términos históricos, sí cuestiono la imposición de un tema y una visión única de obra de arte como hizo, por ejemplo, el realismo socialista del estalinismo. La libertad en el arte debe ser total.

—Viviste el mundo de ambos lados, antes y después de internet, ¿qué cambió en la forma de escribir poesía?

—Las posibilidades de internet ofrecieron una “democratización” de los versos en tanto cualquiera publicaba su poema y eso está muy bien (naturalmente, no hay democratización de la palabra bajo este sistema social), pero a la vez esto lleva a una mega publicación de versos sin una mirada autocrítica sobre ellos, sin un trabajo, sin un esfuerzo sobre la palabra, como para recibir el like de la tía en Facebook. De todos modos, hay que evitar gestos arrogantes: ¿qué es, en definitivamente, ser poeta? ¿Lo es alguien que publicó varios libros y no un pibe que publica en un blog cualquiera? Lautreamont decía que la poesía debía ser hecha por todos y es extraordinario, pero ese horizonte no debería reemplazar en absoluto el trabajo constante sobre la escritura para elevar la poesía. La poesía, al igual que la música, es entrenamiento. En todo caso, lo que hay que cambiar, como decíamos antes, es este mundo de mierda que impide siquiera pensar poesía, escribir poesía, leerla. Decía Trotsky: pelear por el derecho al pan y el derecho al canto. Contaba Juan L. Ortiz que en las culturas precolombinas los poetas figuran con nombres que casi se los han inventado para estudiarlos porque eran anónimos, ya que era una persona elegida por la comunidad para esa función. Es interesante pensar en esa perspectiva de mundo, una poesía sin nombres como elevación de la sociedad.

—La última, ¿por qué leer poesía?

—Leer, decía Borges, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual. El lector, en definitiva, es también un escritor ya que produce un sentido sobre lo que lee, lo resignifica, inventa posibilidades. En ese sentido, leer, y sobre todo leer poesía, es una manera de hacer mundos. Más allá de la mirada didáctica de que está bien leer, etcétera, cada uno lo vive a su manera. Hay veces que leo un verso y digo: pero qué hijo/a hija de puta. Y cierro los ojos, no sé, unos segundos, como si se produjera una magia, algo primitivo, relámpagos adentro. Y si querés escribir tenés que tirarte una biblioteca encima. No hay otra.

 

 

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