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El imposible olvido de una religión sin fe

Por José Luis Juresa | Imagen: Jiri Geller

Las formas veladas de la hostilidad hacen que toda la violencia del mundo sea lo que, en la física, la materia visible es a la materia oscura: apenas si explica una porción de la realidad. Pero en los consultorios accedemos a una especie de confrontación diaria con esa “materia oscura” que constituye una suerte de realidad paralela a la que el sujeto cree estar habitando, cuya lógica no alcanza a situar y que se lleva una gran parte de su energía y de su vitalidad.

No se trata de “ser positivo”, porque eso mismo, como reacción casi “a lo mantra”, termina siendo el mal. Es casi cómico, salvo para quien lo padece, sentirse como en un episodio capusottiano, comer lechuga para que en la insistencia disciplinada del vegetarianismo se termine pidiendo sangre a los gritos. La lucha contra el mal se hace reconociéndolo, pero ese reconocimiento es válido si el sujeto se incluye tomado por el mal y no como un cruzado yendo en defensa del santo sepulcro y contra de la barbarie, siempre ajena, siempre afuera.

Asistimos impávidos a un nuevo oscurantismo en el que hay culpables definitivos, absolutos, concentradores del mal, un mal siempre “heredado”, proveniente del otro, que nos tiene cautivos y respecto del que hay sacerdotes bien intencionados que buscan exorcizarnos, sacarnos la posesión, hacernos ver la “realidad”, y abandonar la idea pagana de una vida plural en dioses y deleites. La “vía única” precisa de estos enviados del dios capitalista que se manifiesta a través de sus diluvios de calamidades, pidiendo el sacrificio y el valle de lágrimas que hay que atravesar para alcanzar la vida eterna a la derecha del padre. Eso: sobre todo a la derecha.

Capitalismo: una religión sin fe

En esta vida religiosa, pero sin fe a la que estaríamos condenados – ya que el capitalismo nos lleva a la perversidad de una religión sin fe, o simplemente un “símil fe”, como si se tratase de un pocelanatto “símil madera” – no hay alternativa: vivimos en una suerte de “comunismo corporativo”, integrado al ADN de la subjetividad moldeada por los altavoces propagandísticos del régimen universal y sus voces publicitarias. Hacia donde la geografía nos lleve o queramos ir nos encontramos con los iconos y las homogeneidades de un estilo de vida globalizado por el régimen corporativo, un “símil vida”, tan afecta al realismo capitalista como el que va ganando la imagen con cada paso de avance informático: la vida cotidiana asociada a un jabón para la ropa, para el cuerpo, a una gaseosa, o un seguro, una tarjeta de crédito…la vida tiene esas cosas… o mejor dicho, al modo de un fetiche: las cosas tienen vida, sí. Son esas falsas vidas “alimentadas” vampirizando a los consumidores que, en última instancia, son los consumidos. Y no se puede salir del “símil” porque el realismo jamás alcanza a lo Real.

Por eso, en esa suerte de vaciamiento generalizado de contenido real, – todos los sentidos son fácilmente “prestados” por el sistema, donde la gran y única “ilusión” o “símil ilusión” con la que se contenta el pobre (los pobres hay que redefinirlos más allá del problema de clase social: es pobre el vaciado, el “desaparecido” concentracionario del capitalismo de la “postverdad”, ya que la posverdad es la verdad completamente suelta de lo Real) lo que se presenta como enfermedades mentales de la época, literalmente epidémicas, que son la depresión y el ataque de pánico. Desde ya que la violencia es generalizada y su presencia es una suerte de “regulador” de la vida cotidiana, a la manera en que la vida desregulada pre-republicana hacía de la violencia una suerte de regulador social también “símil ley de la selva”. En ese retorno de lo “selvático” y de un evolucionismo social que haría de los gorilas la especie con más chance de sobrevivir (además de los leones) la violencia se naturaliza, desde ya, como un “arte de sobrevivir”, y frente a esto, el viejo sujeto de la razón cartesiana y el de los deberes del universal kantiano, apenas si son una papilla preparada para la boca del monstruo que se devora todo y que crece sin parar: ese nuevo sujeto de la verdad “pret a porter”, a la medida del poder y de la religiosidad perversas del “símil fe” capitalista. Tanto la depresión y el ataque de pánico invaden, inundan a los sujetos que ya no se encuentran con herramientas para sobrellevar el contexto, este contexto, que los empuja al abismo selvático de la supervivencia. La respuesta es la técnica: si no estás preparado para la lucha por la supervivencia, tenemos estos fármacos y estos dispositivos de asilamiento (quise poner aislamiento y puse “asilamiento”. Creo que es un acierto. Ambas cosas)

El asilamiento

No es otro (el aislamiento-asilamiento) que la variante “postverdad” del campo concentracionario, que se va delineando cada vez más claramente tanto del lado “excluído” como del lado “excluyente” en una geografía política cuyos muros ya son literales, y no invisibles. Esa literalidad es la que se acentúa y confluye en la manifestación de enfermedades mentales que la reproducen: tanto la depresión con su autoencierro en la cárcel tiránica del individuo que, al mismo tiempo, ayuda a hundir a ese sujeto en la depresión, tanto como en el estallido de pánico, el cual no es otra cosa que la necesaria válvula de escape para que la lógica concentracionaria alivie presión y recomience su circuito desde un nuevo “punto cero”. Esto sin dejar de augurar un lógico y previsible próximo estallido, mayor. Los sujetos entonces, tienen por horizonte de sucesos la reiteración al infinito de los espejos en los que el individuo es la causa y la consecuencia, y en la que el sujeto del inconsciente es literalmente taponado con la proliferación de fetiches que obran como consuelo, exponencialmente multiplicados mediante la técnica. El “saber no sabido” que el inconsciente representa es angustiosamente rechazado mediante las técnicas de aislamiento (o asilamiento) cuyos extremos patológicos son las sintomatologías antedichas, a las que podemos agregarle una tercera, cada vez más frecuente, que es la infertilidad sin causa aparente en el plano de la biología y del funcionamiento de los órganos y funciones involucrados en la reproducción. Esto significa que algo de ese saber (inconciente, no olvidado) “fertiliza” la vida del sujeto, en tanto lo implica de una manera que no rechaza su cuerpo, que lo “incluye” de un modo más pleno que la simple máquina de consumo a la que está condenado en la lógica de la productividad, del rendimiento y la efectividad para la reproducción del capital. Hay un punto en el que pareciera que el planteo se divide entre: o dedicarse a la reproducción del capital o hacer un alto – dentro de esa lógica – para reproducir la especie, cosa que podría no ser contradictoria, en tanto nada del deseo esté involucrado en el acto reproductivo. Sin embargo, parece que los seres humanos aún se resisten a tener hijos en esas condiciones, y “prefieren” tener síntomas, porque en algún punto “saben” que de esa forma no se los puede tener, y que mejor que algo del deseo esté involucrando a esos cuerpos en la reproducción de otra cosa que no sea el capital; y que “podría ser” la vida.

He aquí el punto crítico en el que el síntoma de la infertilidad deja en claro que la reproducción del capital no es la vida. Y que, si de alguna forma el aumento de la población sirvió al capital, fue para posibilitar su reproducción, y no otra cosa. De ahí a concluir que, en parte, el problema de la infertilidad es un síntoma que expresa también la resistencia del sujeto del deseo a desaparecer, al definitivo olvido, hay solo un paso.

La extensión de lo desaparecido

Tal como lo expresé en otro artículo, “lo desaparecido” no se remite solo a la tragedia de los años 70 en la argentina. “Lo desaparecido” reaparece de formas cada vez más aberrantes y extremas. Estos síntomas contemporáneos que antes mencioné, el ataque de pánico, la depresión y la infertilidad, son, en términos generales, esos modos aberrantes y extremos, que plasman de manera general – más allá de la particularidad con la que se presenten en cada individuo – un rastro de la época en la que “el desaparecido” es el sujeto, ese sujeto que el psicoanálisis ató al deseo.

¿Y qué es el deseo? La expresión de un abismo que se abre entre la necesidad biológica y otro tipo de necesidad que “nace” con el lenguaje y que solo el humano “padece”, que es el amor.

Es a través del amor que el cachorro humano se ““informa” del saber que lo precede por las generaciones que le dan sustento y soporte a su vida, cadena en la que se, a posteriori, se colocará como agente de transmisión, creadora de cultura. Porque no son solo las generaciones “familiares” las que lo interesan como si lo atravesara una irradiación en el cuerpo sino también las generaciones precedentes de una comunidad más amplia ligada por una lengua, por una forma del habla, una historia. Vemos que el individuo, entonces, se empeña sostenido en la ilusión de lo autogenerado, como si se hubiera autogestado, cosa que está muy difundida no solo como ilusión publicitaria, sino también como objetivo de varias disciplinas “humanistas” que buscan en tal autonomía del individuo la medida de sus objetivos prácticos. Sin embargo, en el fundamento de lo que le dio el primer aliento, el primer y fundamental empuje, está la comunidad, tanto la del grupo familiar como la más amplia de la cultura que comparte entre sus miembros una lengua y sus prácticas. Vemos que esa ilusión, la de autonomía en su grado más extremo (que al capitalismo no le cuesta nada promover e idealizar) va contra lo que el psicoanálisis identificó como el punto fundamental sobre el que se recuesta construcción lógica y teórica, que es la recuperación de la memoria de la infancia. Lo primero que tiende a desaparecer bajo el capitalismo “salvaje” es la infancia, y su contraparte: ese retorno otoñal con el que los viejos hacen su remake: la ancianidad. En la historia, sobran pruebas de ello.

El imposible olvido

El psicoanálisis hace de la infancia algo importante porque sitúa en ese espaciotiempo vivencial las marcas fundamentales. Son las marcas de la dependencia cruda, esencial, las que le recuerdan al individuo que su vida está ligada a la comunidad, y que la ilusión de coherencia, fortaleza y autonomía exacerbadas por las necesidades del sistema, son su olvido más empobrecedor, mas alienante, el engaño más traidor y destructivo. Para colmo, le indica al individuo que esas marcas las lleva en el cuerpo, y son imposibles de olvidar, y que los síntomas son una expresión de ese olvido imposible. Es por eso que el psicoanálisis es peligroso, porque le recuerda al individuo que, como sujeto de ese amor y ese deseo que lo sostuvo (o no) desde el principio, y que le dio una chance, es completamente antifuncional a la depresión, el pánico y la esterilidad con la que la lógica de reproducción del capital lo exprime y lo mecaniza, digitaliza y cuantifica, expropiándole la vida mientras se obnubila con un paraíso que jamás existió, pero que se empeña en sostener, como a un objeto fetiche.

El fetiche es lo que se ofrece como consuelo, y este adquiere múltiples facetas en la proliferación de objetos con los que se ofrece el entretenimiento técnico. Pero por un instante, apenas un instante fugaz, el “desaparecido” de la infancia se presenta como en la apertura de un portal que nos muestra el carácter múltiple de la vida y de lo vivo, fuera de toda obligación unificante del mismo modo en que, desde cierto poder, se insiste en que, en la economía, solo hay una única y perfecta vía, sin alternativa, que nos proveerá – siempre en un futuro parecido al de la bienaventuranza religiosa – ese paraíso que creemos haber perdido.

 

 

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