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Cómo morir de hambre y escribir en el intento

Por Luciano Sáliche | Fotos: Ramiro Smith

Calor. Mucho calor hizo el domingo 4 de noviembre en la Ciudad de Buenos Aires. Ese día, a las catorce horas, se abrieron las puertas del centro cultural Morán, en el extremo norte del barrio de Agronomía, para recibir lectores —no hay otra forma de definir a quienes asisten a una feria de editoriales independientes—, que de a poco llenaron el lugar. Feria del Libre fue el nombre con que bautizaron este evento literario que contó con charlas, presentaciones, jam de escritura en vivo y feria de libros. Todo en un sólo día. ¿Se volverá a repetir más adelante o permanecerá como un clásico que ocurre cada noviembre? Eso no lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que afuera hacía mucho calor, pero no adentro. Alguien prendió el aire acondicionado y las gotas de sudor mermaron de inmediato. A las tres de la tarde comenzó la primera mesa bajo el título “Cómo morir de hambre y escribir en el intento”, que le tocó moderar a quien escribe este artículo. Participaron Gonzalo Heredia, Débora Mundani y Bob Chow, tres escritores que se podrían catalogar bajo el adjetivo de emergentes: autores que, frente a la crisis económica que atraviesa el país y un mercado replegado, hacen literatura. ¿Hay un valor en ese acto? Yo creo que sí.

La crisis permanente

“¿Hay tiempos que no sean de crisis?”, repreguntó inmediatamente Débora Mundani, y continuó: “Es necesario escribir siempre, más allá que haya crisis o no en el sector. Muy pocos escritores y escritoras tienen la garantía de que haya un editor ansioso por publicar su próxima novela o libro de cuentos. En un punto siempre escribimos con la duda de si nuestro proyecto literario va a ver la luz o no. Por eso, creo que escribir siempre es un estado de riesgo”.

“Creo que es un país donde la crisis siempre va a existir, ¿no? Aunque no creo que eso se meta en mi escritura. Seguramente haya una resina, una arenilla en el fondo que haya decantado en la novela y en la escritura”, comentó Gonzalo Heredia, confesando su “necesidad imperiosa de estar resguardado en ese búnker, en ese universo paralelo que es la escritura”.

“Morir de hambre no es tan fácil como uno cree”, dijo Bob Chow aludiendo al título de la mesa. “Todos nosotros —siguió—, los que estamos hoy acá, vamos a morir, no necesariamente de hambre, sino de muchas formas, algunas hasta graciosas. Mientras tanto, intentaremos escribir… qué, para qué. Cuál es la pregunta verdaderamente importante: ¿cómo no morir? Esa es una pregunta de Estado. Pero supongamos que le prestamos atención a los asuntos de consorcio: la crisis, que es folclórica. Yo nací en el 63 —lo dice con la melodía de la canción de Fito Paéz— y que yo sepa siempre hubo crisis. ¿Y qué tiene que ver un escritore con ésto? ¿Qué relación tiene? ¡Qué carajo le importa! ¿Por qué estamos escribiendo? Porque nos chupa un huevo lo que hace Claudia Piñeiro, que es contadora”.

Contra la alienación de la rutina

A Emma, la protagonista de La convención, última novela de Débora Mundani, le preguntan qué es lo que le gusta de trabajar en el banco. Responde así: “¿Qué me gusta? Más que gustarme me rompe la cabeza: entender por qué somos tantos los que nos hacemos esta pregunta todos los días y a la mañana siguiente volvemos a ocupar nuestros puestos”. Entonces, ¿cómo soportar la rutina cotidiana y qué lugar ocupa la literatura?

Gonzalo Heredia tomó el micrófono. “El otro día, después de un día totalmente frustrante, me preguntaba por qué volver a sentarme a las ocho de la mañana, por qué volver a intentarlo, por qué este insomnio, por qué continuar pensando y por qué seguir tomado. Esa es la cagada: cuando la historia o los personajes te toman por completo. Y la verdad que yo no lo disfruto. A mí me pasa que no lo he disfrutado. Admiro, aunque no comprendo, al escritor o escritora que me dice ‘re disfruté escribir esta novela’. Yo no lo disfruto. La verdad es que me recontra cagué de calor, porque la novela la escribí en casi todo el verano. Era estar encerrado y casi no salir porque era como un adicto. Entonces no sé qué parte es la que es linda, pero no puedo dejar de hacerlo, no me puedo despegar”, dice y hace una pausa, un suspiro, pregunta “cuál era la pregunta” y todo se hilvana.

“A mí me recomendaron no trasplantar un ficus en la vereda de mi casa porque dicen que el ficus tiene la raíz que va levantando las baldosas y se mete adentro de la casa. A mí me pasa algo muy parecido con la literatura”, completa.

“La única rutina que importa es la rutina de abdominales. Y es verdad que uno tampoco cumple con eso. Uno no cumple con nada, sólo cumple años: 55 años de insatisfacción”, deliró Bob Chow y, después de las carcajadas del público, siguió: “Jamás asociaría el escribir con el displacer. Porque nadie en Argentina vive de lo que pone en el papel. Entonces el hobbie tiene que dar réditos en otros órdenes: terapéuticos, sociales. La escritura es un acto mágico, está más allá de hacer bien o mal, es un refugio”.

“Como Emma Dorá, la protagonista de La convención, yo también trabajé en un banco. Mis dos novelas las escribí trabajando en un banco”, confesó Mundani y, citando a Michel De Certeau, aseguró que “la estrategia es del poderoso y la táctica es del débil. En ese sentido, mi táctica fue robarle tiempo, tinta e impresora al sector financiero argentino, aunque en realidad eran empresas extranjeras. Ese lugar ocupaba la escritura: era todo aquello que discutía con esa rutina de trabajo.”

“Cualquier acto creativo nos aleja de la alienación”, cierra la idea.

Mi pequeña inspiración

En Construcción de la mentira (Alto pogo, 2018), la novela de Gonzalo Heredia, se lee: “Dentro del sueño, sueño que tengo un sueño, y me digo: tratá de acordártelo cuando te despiertes. Me despierto y quiero escribirlo, pero no me acuerdo nada”. ¿Qué es la inspiración y qué sucede cuando aparece, así, de forma repentina, en el momento en que uno menos se la espera?

“No tengo idea”, dijo Heredia, sincero y brutal. “No tuve la buena fortuna —agregó— de conocer a la musa inspiradora. Cuando veo alguna imaginación de un escritor o escritora tecleando frenéticamente la máquina de escribir me parece admirable. Si escribo una oración o dos me siento muy feliz. Creo que la buena fortuna viene con la reescritura, con la corrección constante y cotidiana (…) Cuando te dejás llevar por la avalancha, por la nieve que baja de la montaña, ese es un momento placentero. Pero para eso hay cimientos, hay mucho laburo, hay reescritura, hay muchas lecturas.”

“Voy a disentir cordialmente: las musas existen. Uno escribe sólo para las musas. Eso sí, son muy promiscuas”, dijo Chow, y luego agregó: “Mi ex amigo Borges escribía una oración cien, doscientas veces hasta quedar conforme. En estos momentos sobre la segunda cláusula del asunto, y cada escritore tiene sus trucos, porque si elevamos el asunto a manifestación artística no está exenta de cierta actuación y performance. Y no hay que olvidar lo que dijo Harold Blum: por más honesta y auténtica que parezca una expresión literaria, no surtirá efecto si no está acompañada de cierta maestría retórica.”

Ruge la esperanza

“El que sostenga una mínima esperanza sufre más que el que no tiene ninguna”, escribe Bob Chow en Todos contra todos y cada uno contra sí mismo (La bestia equilátera, 2016) y aparece entonces esta pregunta: ¿la esperanza es un motor?

“La esperanza es un motor en todas las actividades, hasta el hombre que almuerza sobre el contenedor de Telerman”, comenzó el autor de dicha línea. “La esperanza es parte de la evolución —continuó—. Nuestros padres seguramente tenían un mínimo de esperanza, un mínimo de ganas de acostarse con nuestras madres. El que no tuvo esperanza no llegó hasta acá. Estamos sujetos, somos esclavos de la esperanza y de esa ilusión. No tiene sentido ir en contra. La escritura es una manifestación más de las posibilidades del hombre. Y la esperanza es también fuente de sufrimiento.”

Por su parte, Débora Mundani manifestó: “Si pensamos la escritura, la literatura como un acto comunicativo, la esperanza siempre es el tiempo que nosotros hemos puesto en ese texto, esa furia, esa alegría… bueno, todo eso es esperanza. Es tirar una botella al mar. Quien la tira es para que algún otro la encuentre. Y de eso se tratan esas ferias también, ¿no?”

“Si no existiera una mínima de esperanza no estaríamos acá sentados hablando”, concluyó Heredia.

 

* El video de la charla completa, en dos partes: 1 y 2

 

 

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