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Auge, decadencia y resurrección de Hedy Lamarr

Por Bárbara Pistoia

Fe&minismo #9

“Hay una definición exacta para lo que yo fui. ¿Cuál? Enfant terrible”
Hedy Lamarr

 

¿Cómo vivir siendo todo lo bella, sensual e inteligente que se puede ser -en un mundo de mandatos y de peso masculino- sin morir en el intento? Lo de morir deberíamos pensarlo metafóricamente, o, en definitiva, como lo que es la vida: una cuenta regresiva.

Hedy Lamarr pasó cada uno de sus días tratando de demostrar quién era más allá de su cara angelada, preciosa, siempre iluminada. No es que padeciera ser “una cara bonita”, padecía y se resistía a que la crean únicamente eso.

Para “empezar por el principio” tenemos que ir a Viena, su lugar de nacimiento, y, también, su lugar favorito en el mundo. Nacida bajo el sol escorpiano de 1914, Hedwig Eva Maria Kiesler fue hija única de una acomodada y distinguida familia judía. Creció rodeada de arte y fue educada en las mejores escuelas privadas. Desde su niñez mostró pasión por desarmar y rearmar todo lo que encontraba, actividad que, además, realizaba bajo la atenta y dulce mirada del hombre que, según sus propias palabras, más amó en su vida y mejor supo comprender sus inquietudes, su padre.  

Con la llegada de la adolescencia su belleza explotó y la curiosidad se expandió hacia la exploración artística, así es que comenzó a intercalar el disfrute por investigar la anatomía de los objetos con las clases de actuación.

No pasó mucho tiempo para que lograra su primer protagónico de la mano de Gustav Machaty en su película Éxtasis (1933). Este debut, lejos de ser un feliz comienzo, fue el bautismo hacia la adultez y el primer careo con el mundo que le esperaba, un mundo con ojos dispuestos a considerarla siempre a primera vista.

Éxtasis fue la primera película en incluir un orgasmo femenino sin ser pornográfica, y fue con ella, la primera mujer en fingirlo en la pantalla grande. Esa escena la llevó a la fama de la manera que menos imaginó. “Recuerdo perfecto la sombra de mi padre y de mi madre en el cine el día del estreno; el shock de ellos, mi pudor” solía contar, y al mismo tiempo confesaba su frustración y arrepentimiento, incluso intentó justificar que no sabía muy bien qué era lo que estaba filmándose.

Foto publicitaria de Lamarr en 1940

Deja Austria escapando de esa mirada ajena con el peso de todos los juicios posibles, pero también, y, sobre todo, de un matrimonio abusivo con Fritz Mandl, un magnate 14 años mayor que ella, en ese momento de 19, al que sus padres bendijeron con la aprobación pensando que, luego del desnudo y el orgasmo en el cine, la joven necesitaba encausar su camino.

Más que un encause, el destino fue un giro violento. Mandl la tenía prisionera en su castillo, no la dejaba hablar, pocas veces la mostraba en reuniones. Obsesionado con las imágenes de Éxtasis, ordenó que se compraran todas las copias de la película, lo mismo si algún periódico reproducía fotografías. El divorcio no parecía ser una posibilidad, así que, en complicidad con el servicio doméstico, Hedy decidió huir. Y el momento en el que lo hizo fue clave.

Promediaba el año 1937, se palpitaba la Segunda Guerra y Don Fritz era un empresario de las armas que trabajaba para los nazis con línea directa. Años más tarde, él sería uno más entre los tantos que vieron en Argentina el lugar ideal para salirse del mapa. Luego de un paso fugaz por Brasil, compró un castillo histórico en La Cumbre (Córdoba), una chacra en Mar del Plata y un pequeño hotel en Buenos Aires. Se cree que tuvo gran participación e influencia en la industria aeronáutica de nuestro país, hasta que en 1955 decidió volver a Austria y reactivar su fábrica.  

Para Hedy, Hollywood como destino aparece prácticamente de casualidad en su escapada. Pensando a Londres y París como destinos posibles, decide subirse a un barco para cruzar el océano. Coincide en el viaje con varios directores y zares del mundo del cine, y apenas sabiendo inglés, fue practicando frases específicas para encantar a los adecuados en busca de una oportunidad, y Louis B. Mayer, amo y señor de la Metro Goldwyn Mayer, estaba dispuesto a dársela. Así, dejaba atrás definitivamente su infierno personal, pero también, y para siempre, su amada Viena.

Con el exilio a cuestas aprendió rápidamente una mínima ley de subsistencia que a la larga se le volvería en contra de su espíritu animal. Irónica, desafiaba a todos diciendo que “Cualquier mujer puede ser atractiva, lo único que tiene que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida”. Pero Hedy no quería quedarse quieta, y, además, deseaba darle algo al mundo, algo tangible, transformador, deseo que aumentaba las noches que recibía noticias sobre los bombardeos alemanes y los atentados que ponían en peligro a sus familiares y amigos. Mientras soñaba destruir a los nazis, su rostro inspiraba la Blancanieves animada, y también era tomada como inspiración para darle cuerpo y vida a Catwoman.

Mircea Cărtărescu puso esta foto en la tapa de su libro “Por qué nos gustan las mujeres”

Filmó más de 30 películas, tuvo grandes éxitos y compartió protagonismo con algunos galanes indiscutidos de la época. Durante todo el día grababa en la MGM bajo un sistema de explotación artística que se encargó de denunciar una y otra vez a lo largo de su carrera, siempre sin éxito y sin lograr algún tipo de eco entre sus colegas. Decir “un sistema de explotación artística” va mucho más allá de lo que puede parecer al escribirlo y al leerlo: la inducción a la toma de anfetaminas y comprimidos con diferentes combinaciones similares para que pueda tolerar las largas jornadas la volvió adicta a las pastillas, cayendo recurrentemente en depresión y teniendo internaciones fugaces. Los directivos nunca aceptaban el “no voy a tomarlas” y mucho menos a sus estrellas cayéndose de sueño, por lo que la toma era por las buenas o por las malas. Claro que cuando la adicción tomaba forma, el desmoronamiento físico hacía lo suyo y las crisis nerviosas se sucedían, esas estrellas eran declaradas conflictivas y descartadas, empujándolas al olvido. Este círculo fue una constante en la vida de Hedy, que un día era la cara del momento y al otro un estorbo.

Mientras intentaba sindicalizar y humanizar Hollywood, se convirtió en la primera actriz que estando en su núcleo se abría a la independencia para autogestionar sus propios proyectos. Lo dicho: no quería quedarse quieta.

Durante la noche, cada noche de su vida, sin importar que tan ardua había sido la jornada, la actriz se encerraba en su laboratorio, su lugar más íntimo y propio, a ser la mujer que realmente era: “La gente cree que soy estúpida porque me ven linda, yo ni siquiera sabía que era guapa. Mi mamá quería un varón, así que fue extraña su reacción conmigo, como de desilusión. Como sea, yo podría haber venido de otro planeta, me era fácil inventar. Y eso hacía, así me sentía, una inventora”.

De los diferentes inventos en su haber, algunos fallidos y varios exitosos, sin dudas el más trascendental es un servicio de comunicación secreta pensado a partir de ver la ventaja aérea que tenía el nazismo. Después de varios intentos sola, con asociaciones que no dieron sus frutos y habiendo recibido más de un portazo que minimizaba su búsqueda, Lamarr llega al pianista y compositor George Antheil, y juntos logran dar con lo que llamaron “salto de frecuencia”: un sistema de comunicación seguro basado en las 88 teclas de un piano, que permitiría, entonces, que las fuerzas estadounidenses se comuniquen con los aliados sin que haya manera de ser escuchados por el enemigo, lo que les permitiría ser mucho más eficaces, por ejemplo, a la hora de coordinar el lanzamiento de misiles, evitando todo tipo de intercepción en el vuelo.

Hedy Lamarr, la inventora

Patentado en 1942, el descubrimiento fue ignorado por las fuerzas, que, muy acorde a la época, la invitaron a Hedy a visitar a los soldados y a hacer algún número con el fin de recolectar fondos. Si bien asistió, no se quedó callada: “yo quería ayudar. Me angustiaba mucho mi madre que estaba viviendo entre los bombardeos y no tenía forma de salir de Viena, pero, además, quería de alguna manera mostrarle a Estados Unidos que estaba con el país que a mí me había permitido salvarme, por eso acepté. Usaron mi nombre y mi cara. Creí que, si iba, si ellos veían que yo estaba cediendo en ese pedido, ellos también podrían ceder a escucharme con atención, pero no, no les importó atender el trabajo inteligente que se había hecho”.

Las razones dadas al rechazo son, además, absurdas. Acusaron que la implementación era demasiado aparatosa. Vale decir que lo presentado por Lamarr y Antheil no era más grande que la esfera de un reloj. En definitiva, le hicieron saber cuál era el único lugar posible para una mujer.

Pasaron 15 años para que alguien tomara esa patente y le dé uso. La empresa Silvania Electronics Systems Division reconoció en aquel descubrimiento las bases para desarrollar la técnica del espectro. Recién en 1962 el gobierno de Estados Unidos lo tomó y lo utilizó con los satélites militares.

La indiferencia por parte de las fuerzas y del gobierno, la muerte de su padre, la espera llena de incertidumbre y temor sobre la posibilidad de que su madre pueda viajar a vivir con ella, el destrato que recibía en Hollywood y, definitivamente, una mente inquieta e inquietante, la empujaron a depresiones indomables y a escenarios agresivos que convirtieron su vida personal en un terremoto constante.

Ilustración de la tecnología de espectro ensanchado, el invento de Hedy Lamarr y George Antheil

Tuvo 6 matrimonios, adoptó un hijo que luego envió a un internado porque no se adaptó a la familia, prácticamente no tuvo más contacto con él, y con sus 2 hijos biológicos su relación no fue fácil. Fue estafada por uno de sus maridos. Otro le sacó todos los bienes en un divorcio polémico, esos bienes incluían la creación de un parque temático y hotelero que había ideado y diseñado ella, pero, sobre todo, ese proyecto le había dado alegría y calma.

Algunas de sus películas fueron pasando sin pena ni gloria, cada tanto lograba algún éxito. Los medios no la trataban bien y con el correr de los años hacían cada vez más foco en lo desmejorada que se encontraba. Fue la primera actriz en admitir públicamente que se había hecho una cirugía plástica, llegó a hacerse tantas que los médicos ya no querían operarla. Finalmente, su rostro se había transformado y desfigurado, ahora las revistas hacían guardia para sacarle fotos, la acusaban de patética y recurrían a las cintas de Éxtasis para dar cuenta de los cambios físicos. Sus últimos años los pasó encerrada, no quería que nadie la visitara ni viera; tenía una lucha con sus hijos y sus nietos por esto.

Por varias décadas fue escribiendo una especie de biografía concentrada en sus conocimientos; como el interés siempre estaba en los sobresaltos de su vida personal y profesional, daba marcha atrás y ya no confiaba en un intento de acercamiento editorial posible, no quería que ocurriera de nuevo lo ocurrido a mediado de los ’60 cuando se publicó Ecstasy and Me con un texto final que responde a los intereses de la MGM y no a su deseo biográfico.

En 1998, la Electronic Frontier Foundation le otorgó el Premio Pioneer reconociéndola como la ideóloga del sistema que abrió paso a las comunicaciones y conexiones inalámbricas fundamentales en toda la tecnología moderna (GPS, bluetooth, wi-fi, telefonía móvil, etcétera). Fue la primera vez que definitivamente le daban ese lugar, su lugar más querido.

Antheil, fallecido en 1959, no llegó a enterarse de todo el trayecto de aquel invento que se estructuró y desarrolló en uno de los ambientes de su casa. Hedy fue fiel a su intención de no ser vista en público, así que la noche de la entrega fue su hijo a recibirlo. Mientras contaba lo emocionada que estaba su madre, le sonó el celular. Entre risas y sorpresa, generando una situación tan torpe como dulce, advirtió que era su madre. La atendió, se quedó hablando unos segundos ahí detrás del atril y frente a todos los presentes que no dejaban de aplaudir y festejar el momento.  

Dos años después, un 19 de enero, Hedy Lammar falleció en Florida.

Foto promocional de la película “Bombshell: la historia de Hedy Lamarr” (2017)

Hay algo de justicia poética en que, a partir de la tecnología que ella forjó, su nombre ya no sea el de otra estrella hollywoodense olvidada. Hace unos años Google decidió homenajearla con un doodle que disparó las búsquedas con su nombre y la puse al tope. Además, cuenta entre sus devotas con otra audaz y brava como ella, Susan Sarandon, quien se puso al hombro la producción ejecutiva y divulgación del maravilloso documental Bombshell: The Hedy Lamarr Story. Todo esto sucede acompañado de una nueva ola de biografías, suelta de entrevistas archivadas, rescate de películas, exposiciones con sus elementos de trabajo y cuadernos de investigación, las ilustraciones técnicas, videos caseros, entre tanto más material que la pone a Hedy en un lugar de reconocimiento y reivindicación, siendo el 9 de noviembre el Día Internacional del Inventor en honor a su fecha de nacimiento.

Tarde, sí, pero si alguien conocía las reglas del juego era ella, quien les recitaba a sus hijos su poema favorito, The Paradoxical Commandments, de Kent Keith, que en uno de sus versos reza “Dale al mundo lo mejor que tenés y te va a patear los dientes. De todos modos, dale al mundo lo que mejor que tenés”.

 

 

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