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Juntos, pero solos

Por Luciano Lutereau | Ilustraciones: Miauchanto

Hoy en día la mayoría de las parejas no logran pasar de “estar con el otro” (presencia) a “hacer cosas juntos” (ausencia) y viven en un presente continuo de aburrimiento, paranoia y miedo al abandono.

Parejas neuróticas

Las neurosis son formas de sintomatizar la pareja. De ahí que la clínica de las neurosis sea una clínica de pareja, al menos en su forma tradicional: obsesión masculina e histeria femenina. La histeria masculina y la obsesión femenina se desprenden de una clínica de los solteros, aunque no se confunden con ellos. Por eso titulé un seminario que se publicará el año próximo: “Ni neuróticos ni psicóticos, solteros”.

No tiene sentido diagnosticar de obsesivo a quien no tiene pareja (al menos como función psíquica) ni quiere tenerla. ¡Hasta el perverso no quiere quedarse solo! Ni el psicótico quiere dejar de hablar con sus voces ni con esos que quieren su mal. Neurosis, psicosis, perversión son formas de hacer pareja. Obsesivo es, en última instancia, el que quiere emparejarse con alguien a quien no soporta escuchar. Lo mismo podría ensayarse para cada tipo clínico. Los que no hacen pareja tienen diferentes nombres, por ejemplo, dos: seductor y mujer eficiente.

Pongamos un ejemplo típico de neurosis conyugal. A él le molesta que ella lo ponga en falta respecto de cosas de la pareja, entonces se enoja y la caga a pedos con argumentos que intentan demostrar que lo que ella plantea está mal, que lo presiona, etc. Esta es la parte 1 de una escena habitual, cuya parte 2 es que él sin pedir perdón empiece a hacer lo que ella pedía y que confirma que todos sus argumentos no eran más que una forma defensiva de darle la razón, así es que él reconocía su culpa y, por lo tanto, antes que un reproche histérico de ella se trataba de la forma en que a veces se mueve el carro del conyugo: a los palazos. Quizá no sea la manera más armónica, pero al menos así el carro avanza y los melones se acomodan en el camino. Queda claro quien tiene el rebenque en un matrimonio, una de las instituciones femeninas por excelencia.

Mujeres obsesivas

La histeria femenina y la obsesión masculina son tipos clínicos de la época en que se podía sintomatizar la pareja; la histeria masculina y la obsesión femenina son los síntomas de quienes no quieren saber nada de hacer lazo con el otro.

Una de las dificultades clínicas que presenta el diagnóstico de obsesión femenina es que las mujeres no pueden padecer conflictos de impotencia. No quiere decir esto que no puedan sentirse impotentes, sino que no padecen la impotencia como conflicto. Son impotentes para ser impotentes, mientras que al varón la impotencia lo conflictúa, lo divide binariamente: potente o no, sin medias tintas, nunca un poquito, porque alcanza con haber sido un poquito menos potente para ser impotente y esta división binaria, es decir, significante, es el modelo que hace de la duda el síntoma fundamental de la obsesión masculina; nunca la llave de gas queda un poquito abierta: o quedó cerrada o bien está abierta, esto es lo que hace al varón obsesivo quedar ping-poniando en oposiciones excluyentes, mientras que la obsesión femenina no tiene ese recurso, no dispone del síntoma para cortar el pensar erotizado.

Dicho de otro modo, la obsesiva no tiene el pensamiento erotizado (la representación obsesiva) que le permita dejar de pensar; en definitiva, la rumiación es para no pensar, es un método eficaz, mientras que la obsesiva no puede parar de pensar, es impotente para dividirse con el síntoma, por eso su síntoma no es la duda sino la compulsión de pensamiento, la máquina de pensar que no se corta para dormir, que se expresa en mandamientos y supersticiones, una forma obligada de hacer las cosas que no se trata tanto por la vía de la interpretación como a través del manejo de la transferencia.

Lo que une (a varones y mujeres)

El amor no une a varones y mujeres. Cuando es un sentimiento, el amor más bien es ciego: quien ama no sabe con quién está. Cuando es más fuerte es una excusa para unirse, pero no es lo que une.

Lo que une a varones y mujeres es algo que tienen que hacer, variable, relativo según la edad y el tiempo. Los varones se unen con mujeres para crecer, para que la madre no sea su único sostén narcisista; las mujeres se unen con los varones para cambiar, para ser diferentes a sí mismas, para tenerlo miedo a cosas más importantes que envejecer o engordar. Los varones crecen, las mujeres cambian. Y después de hacer lo que tienen que hacer, se separan.

Por eso las parejas nunca se separan cuando se terminó el amor (y pueden seguir sin amor mucho tiempo) y también pueden separarse a pesar de amarse mucho. El amor no decide nada en una relación de pareja.

La pareja actual

“No estamos en condiciones de irnos a vivir solos”, dijo una mujer, a propósito de la propuesta de su novio de convivir. “Pero no se irían a vivir solos, sino juntos”, le dije y ella se rió. Y yo pensé que en ese modo en que el “solos” reemplaza al “juntos”, sustitución que reenvía al “irse a vivir solo” como equivalente de dejar la casa de los padres, pero también a la manera de estar a solas con otro, etc., está la clave de muchas de las parejas jóvenes (y no tanto) de nuestro tiempo, que viven “juntos, pero solos”.

 

 

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