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Meritocracia, según ellos

Por Federico Capobianco

No hay caso: aunque desde sus inicios el término se haya utilizado negativamente y como ordenamiento de una distópica distribución del trabajo y sus frutos, el mito de la meritocracia hizo la mella suficiente como para convencer a varios de que un esfuerzo constante pulirá nuestro talento y nos llevará a saborear las mieles del éxito.

El sueño americano ya borró sus fronteras hace tiempo aunque no haya podido ni siquiera esconder su limitado acceso interno que, como un detector de metales, hace sonar las alarmas para dejar bien en claro quién embarca sin problemas y quién debe buscar alternativas, por más que a veces ni existan. Y no es necesario que el sistema sea muy sofisticado, el filtro se observa fácil.

La película Sorry to bother you (Disculpe las molestias, 2018), escrita y dirigida por el rapero Boots Riley, da cuenta que el filtro ya no es solo visual: ahora es audiovisual. Su protagonista Cassius Green (Lakeith Stanfield) es un joven negro que encuentra trabajo como telemarketer pero solo logra que le corten al instante. Hay presión: no tiene un peso y pagan miserias; y hay deseo: si logra tener buen rendimiento podrá acceder al piso de arriba donde están los vendedores con verdadero potencial y donde las ganancias son incalculables. Igual no puede. Hasta que alguien le da la receta, para la cual tiene un don natural: si quiere vender debe dejar de hablar como negro, si quiere ascender debe usar su voz de blanco. “¿Mi voz de blanco?”

En una entrevista, Lakeith responde que la voz de blanco es más bien el sentimiento de pertenecer a la mayoría, al grupo de personas que forman parte del mundo de las posibilidades. Hay datos duros, y otros no tanto, que afirman la discriminación racial de acceso al progreso. Por ejemplo, la brecha salarial lleva a una muy dispar riqueza familiar. Una familia negra logra acumular –sumando sus trabajos y sus pertenencias y descontando sus deudas- apenas el 10% de lo que puede lograr una familia blanca.

En el paquete del sueño americano, uno de los objetivos a lograr es el de tener la casa propia. Símbolo de la riqueza personal, de un bien que irá valorizándose con el tiempo. Pero bajo la misma idea por la que, en la segunda mitad del siglo XIX, el presidente Andrew Johnson le quitó las tierras a los negros alegando que la medida que se las había otorgado era discriminatoria hacia los blancos, a mediados del siglo XX la población negra sufrió una discriminación inmobiliaria la cual le impedía acceder a casas en barrios de blancos ya que serían motivo de desvalorización. En 2008, en plena crisis financiera por explosión del sistema hipotecario, la perdida de las casas significaba para los negros perder el 53% de su riqueza mientras que para los blancos solo el 16%.

Gracias a su voz de blanco, Cassius Green, logra acceder a las altas esferas del mercado laboral. Solo hay una condición: no se debe hablar como blanco mientras se trabaja, se debe hablar como blanco en todo momento. Su perfecto desempeño lo lleva a ser invitado a una fiesta en la casa del nuevo mandamás del sistema laboral, alguien que está revolucionando las formas de vida de la clase trabajadora. En esa fiesta, al ser visto –él es uno de los dos negros invitados- se lo obliga a rapear. “Sos negro, seguro sabés rapear”. No sabe pero improvisa. Y es la repetición de la frase “nigga shit, nigga shit, nigga nigga nigga shit” lo que vuelve eufóricos a los blancos, los hace saltar y cantar a los gritos.

En la serie documental Last Chance U (tiene 3 temporadas en Netflix), que cuenta las últimas alternativas de jóvenes negros de llegar, a través del sistema de becas universitario, a las grandes ligas del fútbol americano –si fallan volverán a sus barrios- uno de los jugadores le cuenta a su tutora que ellos no sueñan, como los blancos, en ser médicos o policías, ellos sueñan con llegar a la NBA, NFL o rapear. Son las únicas vías de escape posible. ¿Entienden, entonces, los blancos, el significado de las letras de rap o solo mueven la cabeza escuchando la mierda de los negros? ¿Podría un blanco haber escrito el Fuck de police del Ice Cube de N.W.A.?

Más allá de todas estas circunstancias, Sorry to bother you surfea activamente por esa posibilidad que tenemos de resistir al embate meritocrático o a un sistema que cree que nuestro brazo es nuestra mejor herramienta pero se las ingeniará para modificarlo –incluso genéticamente- si la fuerza no le alcanza. Así, a modo de doble final, para subrayarlo y tatuártelo en la mente, nos muestra la puerta alternativa: si no hay acceso por ese único hueco quizás haya que voltear, entre todos, la pared.

 

 

 

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