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Hacer visible lo invisible

Por Enrique Balbo Falivene | Ilustración: Paul Rumsey

En casa de mis padres había un mueble de madera lustrada que completaba todo el muro y en altura rozaba la viga del techo: albergaba licores, discos y libros. Entre los alcoholes, ocultos por una tapa grabada con un lauburu (“cuatro cabezas”, en euskera) que hacía de bar y de barra, había orujos gallegos, destilados irlandeses, pacharanes, calvados, un ron cubano con etiqueta conmemorativa de la revolución, dos garrafas de vino de Madeira; también había una botella de absenta que nadie se atrevía a tocar porque mi abuelo aseguraba que contenía un brebaje endemoniado. Entre los discos creo recordar a Abba (la tapa del disco resultaba hipnótica), Jacques Brel, Georges Moustaki, Paco Ibáñez, Alfredo Zitarrosa, Nina Simone, el sempiterno Palito Ortega. El resto del mueble eran libros y los recuerdo perfectamente porque allí me inicié en la lectura. El primero que abordé fue Tiburón de Peter Benchley, el de la película de Spielberg, y ya no paré. Pero me impuse un orden; atacaba la biblioteca de la forma más occidental y cristiana, de izquierda a derecha por el anaquel inferior. Gracias a una calculadora Casio Mini Pocket estimé que en treinta y dos meses, a razón de un libro cada tres o cuatro días en horas de la sagrada siesta y la noche, habría agotado la biblioteca. Sin embargo descubrí que los libros cambiaban misteriosamente de lugar y que el orden que me había impuesto se volvía aleatorio. Supe después que mi madre se había encargado de desbaratar mis planes mnemotécnicos: colocaba en el último estante, el que yo no podría jamás alcanzar, el que casi rozaba las vigas y favorecía las telas de araña, los libros que me estaban prohibidos para mis trece años. Me fueron vedados Lugones, un psicópata; Celine, un fascista; Borges, un cínico; Quiroga, un suicida; Alejandro Dumas, un rencoroso; Storni, demasiado moderna; Poe, un nigromante; H. Miller, un procaz; Arlt, un ladronzuelo; Bukowski, un degenerado.

A todos ellos y muchos otros me los topé después y de frente, en tiempos de la universidad, con casi veinte años, en la Biblioteca Nacional de Clorindo Testa, en Buenos Aires, a la que llamábamos el gliptodonte, por los restos hallados en las excavaciones y por su aspecto cretácico. Allí comprendí, y no tuve que recurrir a la Casio, que iba a necesitar tres o cuatro vidas para leer lo que me atraía; los clásicos, los contemporáneos, los estoicos, los cómics, los ensayos, las biografías, los cuentos, los artículos de costumbres, los viajes, las historias del descubrimiento y la Nueva España, iban a ser para mí imposibles. Todo esto, esas razones que argüimos los humanos para clasificar, ordenar, intuir, racionalizar, Adrián Vila las conoció antes que yo. Como tal se ha puesto a indagar a sabiendas que la investigación es necesaria pero también es perecedera.

En su libro El Canon Oculto, la literatura latinoamericana de las ediciones cartoneras al ecosistema digital, editado por Santiago Arcos, en la colección Instrumentos, diseña un plano, con datos y esquemas, casi como un cartógrafo, sobre la inserción de las ediciones cartoneras y las obras marginadas por el staff cultural y occidental en el incipiente, y lucrativo, mundo digitalizado de la literatura y las editoriales.

Para entender la investigación de Vila hay que saber primero en qué consiste el canon y aquí debemos remitirnos a Harold Bloom (Nueva York. 1930) y su ejemplar El Canon Occidental (Barcelona. Anagrama. 1995) Diré al respecto, para no extenderme demasiado, que un canon no es otra cosa que una lista, una selección. Bloom establece una serie de autores (veintiséis exactamente) que dice -podemos estar de acuerdo o no, lo cierto es que el libro no deja indiferente- integran ese canon por reconocimiento, especificidad o marginalidad de su literatura, por ser y estar fuera de su tiempo; el padre de todas las literaturas occidentales es Shakespeare; todo autor que integra la selección de Bloom cuenta con el reconocimiento de las masas lectoras, haya sido leído o no.

Lo que el autor se pregunta en su libro, y con razón, es cómo encaja en este mundo una edición cartonera -a las que el investigador sigue desde hace años- y hasta dónde arriban las literaturas periféricas latinoamericanas y del Caribe. Es decir en qué aspectos inciden en la cultura toda esa subalternidad.

Eloísa Cartonera, la madre de todo el asunto, fue gestada por Washington Cucurto, Fernanda Laguna y Javier Barilaro durante la crisis argentina de 2001 y surgió de la basura; las ediciones están contenidas entre tapas de cartón intervenidas a mano con pinturas o collages; los autores ceden sus obras y donan las regalías; el libro se compone con fotocopias; su encuadernación presenta limitaciones físicas; se distribuye y vende en tirajes que no suelen superar los quinientos ejemplares; no tiene ISBN. Es decir que una edición cartonera es algo sucio (cultura trash), marginal, periférico, pero que encontró un hueco en el mundo literario y ese hueco se ha hecho cada vez más grande.

El canon oculto, en Santiago, Chile.

Entonces: ¿cómo encajar este acto, esta pequeña revolución, en un mundo dominado por internet, por los grandes grupos editoriales, por la digitalización y la consulta a golpe de un clic? Esto es lo que Vila vislumbra con su libro y esto es lo que entretiene; es David con su honda y su piedra acechando a Goliat; es la marginalidad adentrándose en un territorio poderoso sin renunciar a sus medios. He aquí su enorme valor, su quijotada.

De hecho hay casos de autores que integran el canon que ya forman parte de las cartoneras. Pienso, por ejemplo, en Reinaldo Arenas y la idea enternece. El poeta, el proscrito, el rechazado, el perseguido, estaría encantado de pertenecer a ese grupo de subalternos.

Vila también se ocupa, y preocupa, por la realidad del vasto Caribe porque, ¿cuántas lenguas, además del castellano y portugués, cobijan aquellas tierras? ¿Cuántas formas hacen a la periferia?

Si hoy y siempre es necesario revisar a los clásicos, revisar a Saussure, a Eco, a Barthes, a Spinoza, a Sartre, ¿por qué no consideramos también los textos mal llamados alternativos? ¿Por qué no leer con fruición el discurso filosófico y político, el ensayo, la oratoria, el artículo? Son escritos que, en definitiva, hacen a la construcción de la cultura.

Hoy los que leemos hemos de tener en cuenta, y Vila también advierte sobre este caso, la síntesis y el hecho. Existe una cantidad de información que hay que aprender a metabolizar. Quién esto escribe  preparaba un artículo sobre los años de Emil Cioran en Rumanía; al consultar Google Books constaté nada menos que tres mil entradas al respecto. He tenido que abandonar la idea. Hoy podemos consultar los archivos de casi cualquier biblioteca, los catálogos de las editoriales, los mapas, cartas, audios, obras de los museos. La información resulta abrumadora.

Los agoreros que anunciaron la muerte del libro impreso en manos del digital fallaron del mismo modo que hace años anunciaban (los mismos) la muerte de la pintura de caballete. Hoy conviven perfectamente. La novedad nos asusta, la novedad nos comprime.

Los dos actores fundamentales siguen siendo el autor y el lector, a ninguno de los dos les importa el formato ni la condición social, ése es el auténtico corpus del libro. Cuando nos vamos a la cama con un libro, en impreso o digital, el autor y el lector se quedan solos.

Pienso ahora mismo dos circunstancias; la primera es que si la biblioteca de Alejandría existiera, Aristarco de Samotracia, su atento bibliotecario, prestaría grave atención a esta investigación y segundo si, en opinión de Eco, el destino de toda biblioteca es el fuego, ¿cómo quemaremos lo digital, cómo borraremos la periferia, cómo ocultaremos el cartón y la basura?

Ayer uno de mis sobrinos (tengo tantos como pulgas tiene mi perro) cumplió años y le pregunté qué regalo le gustaría. Me dijo que le faltaba el último ejemplar de la saga Harry Potter. Se me ocurrió consultarle si lo quería en papel o digital. Me dijo que le daba igual, lo que quería era leerlo. La sentencia me inquietó del mismo modo que la investigación de Vila.

Al final es lo que decía mi madre: me he tragado el Corán esperando que apareciera algún camello y resulta que no aparece ni uno. Debían estar de vacaciones, suspiraba.

Cuando te vas poniendo mayor y llueve ya no corres porque el agua moja menos.

El canon oculto
Adrián Vila
Santiago Arcos Editores, 2018
309 págs.

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