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Canciones pisadas: una mañana en la boca de la radio

Por Santiago Berisso

I

Un pasillo largo atraviesa el lugar y conduce hacia la sala de operación. A sus costados, se suceden oficinas, una sala de grabación y demás espacios. El contraste con el ruido de la calle Humahuaca es instantáneo, y lo lleva a uno a pensar en el grosor –o el tratamiento arquitectónico que fuere– de las paredes y la puerta. Impasible, Mariano, el operador técnico, le saca todo el jugo al respaldo reclinable de su silla, saluda y toma un mate. Detrás de él, los zócalos de un canal de noticias y los ademanes de sus conductores –una de ellas anda en bicicleta dentro del estudio– son los únicas cosas que se mueven en toda la emisora. Y ni siquiera están ahí. Después de abrir la puerta y hacer el recorrido introductorio, Ignacio “Nacho” Gagliano entra al estudio. Parado, anuncia la siguiente canción. No hace falta cerrar la puerta del estudio, ya que a esta hora no hay nadie más que ellos dos en todo el edificio. Lo dice y suena como un hermano mayor –en calzones, al mando de una casa temporariamente abandonada por sus padres–, que se relame con la sola idea de hacer sonar The Strokes, Courtney Barnett, Toro y Moi, Prince, Luis Alberto Spinetta y King Crimson en un mismo programa, y antes de las diez de la mañana. Cosa que hace desde hace exactamente cuatro años.

“Hay como cierta poética a esta hora, porque ya se empieza a activar la calle. Es la convergencia de dos universos que parecen un matrimonio imposible. Están los tipos más laburadores de todos, kioscos de diarios, floristas, tacheros, y están los que todavía siguen de gira del fin de semana, que todavía no se enteraron que la semana empezó. Hay mucho borracho y gente vomitando en la calle, vestigios de peleas callejeras, boliches que están cerrando”, describe Nacho, algo encantado. Son algunas de las escenas que, de lunes a viernes, el barrio del Abasto le regala como una suerte de reconocimiento por levantarse todos los días a las cinco de la mañana para conducir Bit Bang, al aire de BitBox FM 93.3.  

Por más que asegure que la hora en que uno se levanta es irrelevante –“lo traumático es salir de la cama”– sus ojos son un campo de batalla en que los párpados parecen haber impuesto condiciones. Esa caída le agrega un desenfado que, al escucharlo hablar, le sienta bien, con la complejidad que implica que un ojo entrecerrado no se torne condescendiente.

Frente a una mesa en la que no hay más que una revista Billboard, un mate y dos micrófonos sin utilizar, acomoda hacia atrás su jopo. El castaño todavía se la pelea al canoso. En BitBox, asegura, no pasa por quién conduce el espacio, con la salvedad del envío que cuenta con Bobby Flores. “No creo que sea sano que el espacio se identifique mucho con la identidad personal de un conductor. Eso es más del star system. Tenemos que ser prescindibles, ponernos al servicio del programa, del espíritu del espacio. Bit Bang tiene una identidad per se que me excede a mí”, señala. Cuidadosamente, elige las palabras que más se condigan con lo que su cabeza quiere decir. Con el ritmo que imprime en las oraciones subraya algunas de ellas. Acelera y desacelera. Cuatro sílabas le pueden llevar menos tiempo que dos y, en algunas oportunidades, juega con el estruendo o el recorrido de ciertas consonantes. “Hay que renunciar al ego y al personalismo en los productos culturales. En BitBox, el protagonista es la música, eso está fuera de discusión”, agrega.

II

Que la música sea la que determina el formato y estilo de BitBox, está lejos de tratarse algo casual. Por más que el vínculo entre las FM y la música sea tan añoso como natural, no en todos los casos ambos elementos son parte de un mismo entramado. Acá, tanto la música como la artística que suena al aire a lo largo de la programación son precedidas por una marcada búsqueda, a cargo de Daniel Morano, director y musicalizador de la emisora. Nacho Gagliano hace referencia al formato radio fórmula, al cual, más allá de una determinada impronta, la propuesta de BitBox no deja de responder. “Muchas radios se están pasando a este formato, en el que la música no es una excusa para separar bloques, sino que es contenido. Creo que eso tiene que ver con que funcionan muy bien, tienen buena respuesta del público”. Esto no evidencia otra cosa, según él, que hay un oyente que, al sintonizar una radio, tiene “una demanda genuina de escuchar música o algo que no distorsione el quehacer cotidiano, que acompañe, que no capte tu atención, que no te distraiga”.

De cualquier modo, este fenómeno no se da en forma aislada sino que, para él, es parte de un cambio de hábito que involucra otro aspecto: “El formato de mucha gente hablando está un poco agotado. Fue un modelo exitoso, y sigue siéndolo en muchos casos, pero lleva veinte años de continuidad. Es lógico que la gente busque otras cosas”. La devolución más frecuente por parte de sus oyentes son agradecimientos por pasar “buena música que no pasan en ninguna otra radio, y que nadie me quema el coco hablándome, hablándome y hablándome”.

Da la impresión de que aún hoy vale preguntarse qué es lo que buscamos como consumidores de medios, al momento de reproducir un streaming o encender la radio, y cómo lo hacemos. Hay tantas acepciones de la palabra “compañía” como personas que encienden la radio. Mesurado, advierte que no hay que olvidar que del otro lado del mostrador está el empresario. Y ocurre que ninguno de ellos nació ayer. “Es mucho más barato –explica– tener una radio con música y un conductor que esté solo. Únicamente presentando canciones y haciendo columnas muy chiquitas, sin necesidad de mucho personal, cubrís lo que es la generación de contenido. Y esto a los empresarios les cierra por todos lados. Pagan pocos sueldos y generan contenido”. A esto agrega que, “sin ir más lejos, desde hace tiempo, entre las diez FM más escuchadas, lo que más abunda es radio fórmula”. En septiembre de este año, las cifras de share (porcentajes) correspondientes a las FM, ubicaron a Aspen (11.9), Disney (9.5), Los 40 (5.3), Vale (4.9) y One (2.9) entre las primeras diez más escuchadas, según mediciones de audiencia de Ibope.

Aprovecha una tanda, se pone el buzo y sale a fumar al patio –una suerte de pequeño pulmón de manzana– con el que cuenta la emisora. Próxima a la puerta  de acceso, una pizarra de corcho muestra fotos del equipo de la radio y un listado impreso con los cumpleaños del staff. Una birome avisa que Eddie Babenco no trabaja más ahí. Tres paredones altos que rodean el jardín lo hacen parecer algo apagado, sin embargo su ubicación no deja de ser llamativa. Entrada la tarde el equipo de trabajo de la radio tirará algo a la parrilla y celebrará por partida doble: Bit Bang cumple cuatro años al aire y la conductora Tania Wedeltoft vuelve a conducir su espacio vespertino, Modo Avión, después de haber tenido una hija.

Con  Mariano cruza algunas palabras, pocas. Que las harinas siempre son bienvenidas, pero que menos mal que ya no hay canje con la confitería de la esquina. Su jornada laboral empieza bastante antes que la del promedio de las personas que viven en la ciudad, y durante casi tres horas son las únicas dos personas en todo el edificio. Ojos abiertos, cejas en alto, o apenas una línea que anticipe lo más próximo que vendrá. Siempre al pie del cañón, lo tácito evita conversaciones, a esta altura, innecesarias. Quizás, trabajar en radio sea útil, por sobre todas las cosas, para distinguir cuándo hablar y cuando no, qué hacer cuando estás fuera del aire. Las palabras son su materia prima, y resultaría una picardía no saber dosificarlas. O no divertirse con ellas.

III

Sumergidos en la autoinfligida cultura del estrés, nos levantamos por la mañana para ser parte de un juego macabro en el que el primero que llega al trabajo es el que mejor trabaja. Y aparentemente gana. En este escenario, Nacho sabe que, a la hora de introducir a un artista, pisar el final de un tema o hacer el reporte del tránsito, tiene unos pocos dardos con los que atrapar el oído del oyente, aunque sea por un instante. Habla de “pop anémico” cuando suena Abram Shook e invita a una “caminata canchera por la vida” con The Poets of Rythm. Acuña términos y elige palabras en un tablero de Scrabble que no tiene enfrente.

En un principio, Bit Bang se sumó a esa clásica primera mañana sobreinformada, con algunas noticias entre canción y canción, sin embargo, con el tiempo vio que la cosa no iba por ahí. No cuajaba con el resto de la programación. “No era ni chicha ni limonada –explica–, porque no era un diferencial informativo. Si vos querías informarte, era pedorro hacerlo escuchando Bit Bang”. Ahí Nacho entendió que lo que quiere el oyente de Bit Box es escuchar música. “De pronto, vienen escuchando de memoria y cuando vos tirás algo que es una ruptura, los obliga a prestar un toque de atención. Quizás no escucharon todo lo que dijiste, pero eso les llamó la atención. Y esto lo continúo haciendo, porque la gente me responde, me escribe específicamente para decir esas cosas. Me escriben para hablarme de ese tipo de pavadas que digo. Lo construyo desde ese lugar. No estoy terminando con el hambre en África, no estoy poniendo en jaque al poder, va por otro lado”, señala.

Los primeros encuentros con la radio, como oyente, lo remiten a la casa de su infancia en el barrio de Villa Devoto y a las transmisiones de La vida y el canto –conducido por Antonio Carrizo– en el auto de su abuelo. Gracias a esos viajes descubrió a emblemas de la radiofonía argentina como Héctor Larrea, Carlos Abrevaya y Jorge Guinzburg, Alejandro Dolina y Adolfo Castelo. Le gustaba todo y no sabía por qué radio decidirse. Con la radio pegada a su almohada, por las noches se repartía entre La venganza será terrible del Negro Dolina y el Heavy, Rock & Pop de Alejandro Nagy y el Ruso Verea. “El lenguaje, la manera, los tiempos y los ritmos se te empiezan a acercar, a pesar de que vos no estás trabajando de eso”. Tiempo después, ese hábito ya inculcado desde chico lo llevó estudiar Locución Integral en el ISER –también Comunicación Social en la UBA, sin embargo los tiempos y el bolsillo lo hicieron abandonarla– y a continuar proyectos académicos en radios alternativas. Se acercaba, consultaba por horarios disponibles y pagaba por el espacio. Tiempo después el flujo de dinero se tornaría a su favor.

“En mis veintipocos –recuerda–  empecé a tener cotidianeidad, y desde ese momento nunca dejé de hacer radio. En un momento se me dio la posibilidad de laburar en una radio que me pagaba, en principio para hacer redacción periodística, artística y publicitaria. Eso fue una gimnasia enorme”. La de Urbana FM 89.5 es una de las experiencias que primero se le viene a la mente. Una radio uruguaya que buscó instalarse en Buenos Aires, sin demasiado éxito ya que el proyecto no prosperó más de tres años. “Éramos cuatro monos locos que hacíamos todo. Pasé por todos los puestos”, cuenta. Hizo algunas suplencias en la conducción de Blue 100.7, que tras años de haber apostado a la inclusión de caras conocidas y de peso  –y otras más jóvenes y de menor trayectoria en el rubro–, ha cambiado de dueño y vuelto al formato radio fórmula. Hasta que a principios de 2014 llega a BitBox, en donde también comenzó redactando algunas cosas. Piensa que “la ruptura más difícil de hacer es la de entrar al mercado”.

Con el correr de los minutos queda en evidencia que, si hay algo de lo que Nacho está enamorado, es de romper ideas, que incluso en él mismo se van estableciendo. Todo aquello que se le presente, en algún momento sufrirá la misma suerte que el concepto anterior. Casi como una metodología de trabajo, elige no embelesarse con nada que haya quedado atrás. Una cultura de despojo, sin el “soltar” del new age. “Si vos sólo escuchás clásicos –entiende él–, estás consumiendo, desde lo artístico y estético, un mundo que pasó hace treinta o cuarenta años. No estás absorbiendo la sensibilidad artística de la época que estás viviendo. Y soy un convencido de que lo mejor está por venir, y de que las nuevas generaciones nos están mejorando y redimiendo todo el tiempo, lo que no quiere decir desatender o desoír lo bueno que hizo en el pasado”. Nebula Bindi y Óribta Fri son, en mayor medida, los espacios de Bit Box que se mueven en esa línea. Gemas emergentes, nacionales y del extranjero, que difícilmente llegarían a uno si no fuera a través de una recomendación. En este caso, la de Tomás Morano –músico e hijo de Daniel, el director de la radio–, alma máter de ambos programas.

A su izquierda, a unos metros de la mesa, cientos de vinilos tapan casi la totalidad de uno de los paneles acústicos del estudio. Dice que fueron donados por Bobby Flores a la radio. Otra parte la vendió. “Lo conversamos, y es cierto. Hay gente que cree que algo es bueno solamente porque es un vinilo. Y la verdad es que hay vinilos de mierda. No solamente por el artista, sino por la calidad del vinilo. Sonaban mal, o las condiciones de grabación fueron malas. Quizás la mezcla fue malísima y qué, ¿vas a ponderarlo sólo porque es un vinilo?”, se pregunta.

IV

Cuando tenía seis años, el hecho de apenas saber leer no le impedía quedarse atrapado en los tomos de la enciclopedia Lo sé todo que estaba en la biblioteca de sus abuelos. “De hecho, fui víctima del marketing y, cuando la terminé de leer, creía que sabía todo”, confiesa. Sus secciones favoritas eran la de mitología griega y astronomía. En aquel entonces, la televisión pasaba dos programas de divulgación científica que jamás se perdía: El mundo submarino de Jacques Cousteau, dirigido por el investigador francés, y Cosmos, una serie documental de trece episodios creada por el astrofísico estadounidense Carl Sagan. Indicios de una temprana curiosidad por todo aquello que ocurriera entre el espacio exterior y el ignoto fondo de los océanos.

Por las mañanas, a contra turno de la currícula obligatoria del colegio Antonio Devoto, iba al club de ciencia. Ahí estudiaban biología, genética, astronomía y física. “Éramos unos diez, quince nerds. A veces cinco. Nos sacábamos un pelo, lo poníamos abajo del microscopio y lo veíamos. Era muy flashero ver lo que ocurría a nivel microscópico. Vos ponés una gota de agua abajo del microscopio y no podés creer el universo que hay. Ves animales microscópicos que interactúan entre sí. No lo podés creer. Nos pinchábamos un dedo con una aguja, poníamos la gota de sangre abajo del microscopio y no podíamos creer lo que pasaba”. El andar de su voz da cuenta de que algo se corrió del eje anti-nostalgia. Aquel interés por las ciencias y la investigación comenzó a mermar en la adolescencia, a partir de otro tipo de descubrimientos como las mujeres y la música. Sin embargo, según cree, si de verdad te interesa la ciencia, después volvés. “Y volví, ya con internet, por lo que el acceso a las novedades de astronomía es mucho más sencillo. Hice cursos en el Planetario, en la Asociación Argentina Amigos de la Astronomía. Leo sobre astrofísica y cosmología”, cuenta. A pesar de no creer en la vida después de la muerte ni en el plano espiritual de la vida humana, disciplinas como la cosmología y la mecánica cuántica le resultan una manera muy seductora de acercarse a la idea de la trascendencia. “En cuanto a la ciencia, es una época perfecta para ser contemporáneo”, agrega, al mismo tiempo que cuenta que en aquella primera época en que Bit Bang contaba con noticias, llegó a sumar algo de data del palo científico.

V

“Bit Bang, un noticiero de la nada; un montón de música, en lugar de tipos que te quieren explicar todo”, sintetizan, a dúo, las voces de Adolfo Stambulsky y Ariana Wajntraub, de modo de, en una línea, triturar las expectativas de aquel oyente a la deriva que quiere saber cómo se va armando el panorama electoral de cara al segundo semestre del 2019. Apenas parte de una nutrida artística, escrita mayormente por Federico Lisica y Pedro Saborido –además conductor del espacio Raviolandia–, a la que también ha aportado Nacho en algunas oportunidades. Creer que son separadores que acompañan a lo largo de la programación no sería otra cosa que caer en una reducción errada.

Prisma y Espiral son otros dos espacios semanales que integran la grilla de BitBox y cuentan con su conducción. En Espiral, los viernes a las 21 horas, revisita la obra de artistas o bandas como David Bowie, Beach Boys y John Legend, mientras que, en Prisma, los martes a la misma hora, se pone su mejor pilcha y traza un recorrido a lo largo de la vasta historia del jazz.

“Cuando vos trabajás con productos culturales en medios, no sólo importa de qué género estás hablando. Si en el medio, en ese momento, no hay otro programa que haga lo que vos hacés, estás haciendo una ruptura, por más que estés hablando de cosas viejas. Si en toda la radiofonía y televisión del país, existen diez o quince programas que hablen de jazz, en proporción es poco”, dice convencido, aunque no sin aclarar que no todo el jazz le gusta. El bebop tiene que dosificarlo porque es demasiada información. Lo estresa. A sabiendas de que, si lo dijera a los cuatro vientos se ganaría el repudio de la tribuna más obtusa del jazz, no duda un segundo en elegir a Chet Baker por sobre Charlie Parker: “Es el Leo Mattioli del jazz,  romántico, re dulce, son melodías súper accesibles”. Recientemente personificado por Ethan Hawke en la pantalla grande, lo define como “un tipo que no tenía la necesidad de ser virtuoso, te conmovía con las pocas notas que podía tocar. Pero una cosa que marcó su carrera fue que le rompieron todos los dientes a trompadas. Una historia re turbia, como la de muchos jazzeros. Algunos dicen que fue un proxeneta, otros que fue su dealer de heroína. Evidentemente, lo cagaron a palos, le rompieron los dientes e hizo la mitad de su carrera con dientes postizos”. Y para aquella audiencia inquieta que quiere entrar en el jazz, pero no sabe por dónde empezar, justamente, advierte el peligro de hacerlo por el free jazz o el bebop. “Entrá por el swing, los crooners. Escuchá a Tony Bennet, a Frank Sinatra, a Dean Martin”, sugiere. El viaje es largo y a veces los atajos no convienen.

VI

Que el saxo de Sonny Rollins o los arreglos de Gil Evans no sean habitués de las FM de nuestro país, roza la obviedad. La inquietud pasa por ver de qué modo se reparten las cartas la ruptura y la resistencia, la pretensión y la limitación. Si el reconocerse un nicho es un acto de resignación o de realismo orgulloso. “En un momento de los 90´, en la Argentina, los medios adoptaron lo que se conoce como star system norteamericano. Antes de eso había gente que era famosa, pero por haber hecho una carrera en radio, por ejemplo. Héctor Larrea, Antonio Carrizo, Alejandro Dolina: eran famosos de la radio, y eso desapareció. Empezaron a importar figuras de la tele y las llevaban a hacer radio. Siento que eso le quitó protagonismo a la gente del riñón de la radio, cayeron muchos paracaidistas de otros sectores, que, además, tuvieron que aprender a hacer radio. Entonces, eso fue un poco en detrimento de la calidad”, explica.  

Así y todo, considera el cambio de hábitos de consumo por parte de la audiencia trajo consigo cierto desencanto con la mesa de café, con los rockstars en sus múltiples versiones. A pesar de que el ingreso de internet en el juego ya no es novedad, sus coletazos no parecen ser de lectura sencilla, incluso al día de hoy. Él recae en las posibilidades que hoy existen a la hora de generar contenido, lo que llevó a que ya no se idolatre ciegamente y se descrea de la naturaleza de los medios. Y retoma: “antes los dueños de los medios eran personas del ambiente artístico, empresarios artísticos que utilizaban los medios como un lugar para generar contenido pero de calidad. Venían del teatro, del cine, históricos de la radio, de la tele; venían de familias: los Yankelevich, los Romay. Gente que te puede gustar o no lo que hacía, no sé, pero el Beto Badía tenía un programa los sábados que duraba cinco horas, y por ahí pasaban escritores, músicos… te quedabas un rato viendo tele y veías al Flaco Spinetta. Pasaban todos por ese programa”. Por momentos, la añoranza pareciera hacérsele indefectible. “Eso ya no existe más”, remata.

Así como pueden invertir su capital en la creación de un medio, podrían hacerlo en un fideicomiso para hacer edificios o la timba financiera. Ése es el perfil de empresario de medios que abunda en el mapa actual, cree él. Y ocurre que la maximización de ganancias no se caracteriza por hacerse un tiempo para un café con la búsqueda de contenidos de calidad. Y si lo hace, todo indica que si había que tomar una decisión, ésa ya estaba tomada antes del café.

“Si un producto es costoso, no importa si es de calidad o jerarquiza con contenidos al medio. No, es demasiado caro, entonces no se hace. Quizás era una ficción que le daba trabajo a cincuenta actores, más técnicos. Y eso se fue dejando de hacer, porque era caro, no generaba tanta ganancia, o porque podías generar más ganancia haciendo otra cosa que te saliera menos plata”, sintetiza la fórmula cruel. Lo fundamental es que “siempre va a haber artistas o generadores de contenido profesionalizados, muy talentosos y con ganas de hacer cosas nuevas”. Frente al no del mercado, aparece la autogestión, la cual desde hace rato ya ha generado experiencias que cautivan.

VII

“Cada vez que va a tomar el subte, piensa que la boca del mismo es la de un gran monstruo que lo engulle. Quizás tenga razón. BitBox… el lugar donde todos aciertan con su sospecha”, suena otro separador. El mate entra y sale del estudio. No se va a cebar solo, por lo que la visita se hace cargo, y se pregunta quién lo hará habitualmente. Vidrio de por medio, Nacho le pregunta a Mariano qué publicidad viene ahora y si ya anunció el tema que está sonando. No deja de ser raro que haya otra persona que lo observe a su lado mientras trabaja. Por buen anfitrión u oficio, no parece afectarlo.  

Equilibrio. Ése es el rasgo que más transmite su cara, y aun así es el que más esquivo resulta al ojo ajeno. Es una versión extraña. No es el equilibrio de un poco de esto y otro poco de aquello. No tiene nada que ver con el balanceo. Es el de la no desesperación, aunque no el de la apatía. Es el equilibrio del que da, al mismo tiempo que se guarda, porque si te deja todo, qué gracia tiene. Y su voz se hace eco.

Como si no hubiera avance científico que pudiera torcer el devenir de la historia, dice que “siempre va a haber un grupo minoritario de poderosos que tenga la manija. Y eso va a seguir pasando más allá del soporte. Los que ahora son vistos como aquellos que democratizaron la comunicación, en cinco años son los nuevos CEO de no sé qué cosa. Va a cambiar el soporte, pero la manija la tienen siempre los poderosos, y los demás nos arreglamos como podemos. El poder siempre se codea con el poder y los demás, que somos la mayoría, hacemos lo que podemos”. Por lo pronto, la rendija entre lo prescindible y lo anónimo no le sienta mal.

 

 

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