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Un cuerpo que no se sabe

Por Julián Doberti y Alexandra Kohan | Fotos: Prue Stent

“Amo demasiado la verdad para no saberla plural.”
Michel Foucault

“La verdad, amigos míos, conduce a la religión.”
Jacques Lacan

En 1885 Sigmund Freud ingresa a La Salpêtrière habiendo elegido la anatomía del sistema nervioso y sale de allí, en 1886, orientado hacia la psicopatología, “dando la espalda a la neurología”, como nos recuerda James Strachey. ¿Qué había sucedido para que Freud abandonara la medicina? Se había encontrado, no con la histeria, sino con una manera de leerla: ese es el verdadero acontecimiento. Si el encuentro de Freud con el cuerpo de la histeria resulta en un cuerpo inédito, ello se debe a que el creador del psicoanálisis puso en acto una lectura nueva, una lectura que hizo caer el saber de la medicina. Un saber que se mostraba imposibilitado a la hora de escrutar ese cuerpo. Se puede decir que el psicoanálisis comienza por y con el desvío, por y con la desorientación, por y con la posibilidad de perderse de un saber dado; haciendo de la lectura, equivocidad; haciendo vacilar los sentidos establecidos, los cuerpos amarrados a la univocidad del saber médico. Es la poesía, entonces, y no la ciencia, la que brinda al psicoanálisis el decir más propicio y más preciso para abordar ese cuerpo. Ese cuerpo que no responde a la anatomía ni por la anatomía; ese cuerpo que ignora la anatomía y que, a la vez, hace vacilar, hace fracasar el saber médico-científico. Porque ese cuerpo no es pasible de ser abordado desde el lenguaje de la medicina; es un cuerpo que se resiste a ser reducido a los términos científicos; es un cuerpo que insiste enigmático pero no consiste en un sentido.

El psicoanálisis funda, de este modo, una nueva manera de leer a partir de un cuerpo que se precipita en una escena dominada por la clínica de la mirada. Porque, claro, mirar no es leer. La cuestión radicó en cómo fue posible, para Freud, fundar un método allí donde se trataba, más bien, de un espectáculo que ofrecía los cuerpos a la mirada. ¿Cómo leer allí donde se trataba de mirar? ¿Cómo deponer la mirada allí donde Charcot mostraba su “profundo deseo de que la histeria existiera, ante sus ojos”?, como señala Georges Didi-Huberman. ¿Cómo deponer la mirada allí donde Charcot convertía a las grandes histéricas en lo que Paul Bercherie llama “vedettes adiestradas para producir todas las manifestaciones que investigaban”?

Basta recorrer el libro de Didi-Huberman, La invención de la histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière, para advertir el modo en que la histeria se precipitaba como un “espectáculo del dolor” ante los ojos necesarios de los médicos. Porque se trataba de la pretensión científica y, en nombre de ella, se experimentaba sobre los cuerpos constituyendo lo que el autor denomina la “violencia de ver”. Esa violencia de ver quedó eternizada y coagulada en la Iconographie photographique de la Salpêtrière, de Désiré-Magloire Bourneville y Paul Regnard, que, como sugiere Élisabeth Roudinesco es un “verdadero monumento levantado en honor de las representaciones visuales de la histeria de fin de siglo”. Es allí, en medio de esa “fetichización de los cuerpos”,  donde Freud se resiste a escrutar el cuerpo de la histérica como lo hacía Charcot, se resiste y se detiene en lo que para su maestro constituía una discrepancia: “la discrepancia de los efectos y de la supuesta causa traumatizante”. Es en esa discrepancia que comienza a producir un pequeño desplazamiento que resultará indispensable y radical: la efectividad no proviene del traumatismo, “sino de la memoria del traumatismo”. Es en medio de la espectacularización de la histeria, haciéndose un lugar en los pocos intersticios que Charcot dejaba, donde comienza a germinar la invención de Freud. Se podría pensar que la dimensión ética del gesto freudiano se encuentra en haber depuesto esa violencia de ver, en haber cerrado los ojos frente al espectáculo de los cuerpos sufrientes de esas mujeres. Porque en esa puesta en escena, en esa teatralización de los síntomas, Freud produce una separación y una apertura hacia otra escena: el inconsciente. El “acontecimiento significante” requiere de un lector y no de un observador o un espectador. La emergencia de ese lector sólo puede ser posible en esa especie de paradoja que implica cerrar los ojos ante la “estética de la patología”: cerrar los ojos para poder leer.

Freud escribió, en una carta célebre, fechada en 1897: “ya no creo más en mi neurótica. Claro que esto no se comprendería sin una explicación…”  Resulta que esa explicación suele pasarse por alto, y entonces se comprende que allí habría una actitud machista, de desprecio por la verdad, de violencia de quien detenta una posición de poder, de arrogancia profesional. Esas lecturas producen efectos que nos importa discutir. Si atendemos a la cita, si nos animamos a leer la intensidad de lo que allí nos propone Freud, podremos esbozar algunas conjeturas que sirven para pensar cuestiones actuales. Volvamos al texto de la cita: “ya no creo más” indica un plus, un exceso, un extravío en la creencia. No dice que no cree a secas: (se) cuestiona haber ido demasiado lejos en una creencia engañosa, se muestra en falta, diciendo esa falta que es también una herida en el saber. Se trata de una herida que pasa a lo escrito. Ya no cree más en su neurótica. Ese “su” ¿es una marca que revela un ideal de posesión? ¿el atesoramiento de una vida? ¿la dominación sobre quien se entrega al tratamiento analítico? Sería sospechosamente cómodo afirmarlo, y teóricamente infundado. ¿No se trata más bien de un signo que enfatiza la posición de quien habla, acentuando que aquello que se dice no deja de portar la marca de quien lo dice? Leemos allí la posición ética que rechaza la hipocresía de aquellos que se creen por fuera de lo que dicen. Freud no afirma que la neurótica o la histérica –para el caso es indistinto- mientan: advierte que ya no cree en lo que creía, y que en esa escucha estaba implicado, concernido. Eso le permitió avanzar e inventar el psicoanálisis.

III.

Poco después, en la misma carta, concluye que en el inconsciente “no se puede distinguir la verdad de la ficción investida de afecto”. No es relativista: Freud encuentra una verdad que está hecha del encuentro entre la(s) ficción(es) y los afectos. Una verdad que no es la del saber positivista médico. El coraje de Freud fue escuchar y otorgarle la dignidad de verdad al decir de esas mujeres que eran acusadas de mentirosas y violentadas por el machismo científico de la época. Si se nos permite la insistencia: esas mujeres decían una verdad que no era escuchada. Sigue sucediendo. El pasaje de la medicina al psicoanálisis supone la decisión de soportar ese engaño que la carta menciona, para atravesar esa creencia, y fundar una verdad diferente e inédita, hecha de palabras, deseos, placer, anhelos, sueños, lapsus, angustia, olvidos, fantasías, sexo. Una verdad que se dice en y con el cuerpo, en el cruce con la palabra. Y que disuelve la supuesta omnipotencia del yo, de la razón, de la voluntad, tan reforzada por el coaching, la autoayuda, el mindfullness que ponen a jugar un puro voluntarismo neoliberal, el reforzamiento de un ser sin fisuras que no quiere saber nada de la opacidad ni de la pulsión. El problema son los efectos de ese rechazo: la construcción de un otro cada vez más temible.

Últimamente se habla mucho de “deconstrucción”. No nos interesa en este momento discutir su pertinencia, ni el rigor de su empleo respecto de los desarrollos de Jacques Derrida. Creemos que, en el uso cotidiano de la noción, se desliza el peligro de un ideal de purificación, de desprendimiento de supuestos rasgos negativos, de cuestionamiento de actitudes que se suponen inconvenientes, en un intento de arribar a una limpieza más o menos armónica, más o menos preestablecida del espíritu. De entrada se sabe qué es lo que debe ser corregido, y cómo lograrlo. Se instaura, entonces, una suerte de “moral cool”, en donde por una vía pedagógica se intenta arribar a una sexualidad sin conflictos, a un cuerpo que no incomode, a una relación con el mundo por fin exenta de malestar. Se esboza allí una figura cercana a una suerte de paraíso, que denota el matiz religioso que alimenta ese tipo de discursos donde el rechazo del inconsciente se vuelve condición necesaria.

V.

El cuerpo está hecho del mismo modo que el sueño: se configura como un texto que se precipita, acontece, se escribe, con la lectura. Ese es, quizás, el primer gran descubrimiento freudiano, la piedra angular del psicoanálisis, aquello con lo cual el psicoanálisis va a comenzar algunos años más tarde: la histeria produce, inventa un cuerpo que no se deja reducir al saber de la ciencia. Es un cuerpo que resiste a los modos científicos de ser significado, encasillado, es decir, aplanado en su potencia. Tal como lo trabaja Charles Melman en el capítulo llamado “La historia detenida” del libro Nuevos estudios sobre la histeria, el cuerpo de la histeria ha mantenido inquietos e incómodos a muchos a lo largo de la historia. En su detallada investigación muestra el modo en que el cuerpo femenino se ha erigido casi siempre, de una u otra manera, en una atopía, en un inclasificable, en un fuera de lugar que suscita interrogantes que no cesan. La histeria, con Freud, ha conseguido recuperar lo que tiene para decir, ha recuperado un decir. De este modo se va delimitando un cuerpo que está hecho de ficción, un cuerpo ficcional en su atravesamiento por la palabra: el modo de decir del cuerpo, el modo de decir el cuerpo, es un decir que pone en escena un texto; el cuerpo es el acontecimiento de un decir. Y no se trata de atrapar un sentido, no se trata de que se comprenda de manera absoluta y total ese cuerpo, no se trata de asirlo, sino, más bien, de leer en un sentido que se fuga. Ese cuerpo requiere, entonces, una lectura que no puede apoyarse en las certezas de un saber a priori. Porque, como señala Leonardo Leibson, “la histérica sabe, sin saber, y dice ese cuerpo extraño. Freud fue el primero que supo escucharlo”.

“El cuerpo de la sexualidad es el maniquí de Frankenstein justo antes de haberse terminado las costuras […] donde ya nada queda de las solidaridades anatómicas». Jean Claude Milner. “¿Qué cuerpo? Tenemos varios”. Roland Barthes. “Un cuerpo, cuerpos: no puede haber un solo cuerpo, y el cuerpo lleva la diferencia. Son fuerzas situadas y tensadas las unas contra las otras. El «contra» es la principal categoría del cuerpo. Es decir, el juego de las diferencias, los contrastes, las resistencias, las aprehensiones, las penetraciones, las repulsiones, las densidades, los pesos y medidas […]. Cuerpo propio: para ser propio, el cuerpo debe ser extraño, y así encontrarse apropiado”. Jean Luc Nancy. “Tener dolor de cabeza es para mí una manera de hacer que mi cuerpo se vuelva opaco, terco, compacto, velado […] La ausencia de migraña, la vigilia insignificante del cuerpo, el grado cero de sinestesia, yo los leería, en suma, como el teatro de la salud». Roland Barthes. “La concepción de la feminidad no puede prescindir de la anatomía. Sostener que la anatomía es el destino no dice que la anatomía determine la posición sexuada, sino que la diferencia anatómica es ineludible; a ella hay que responder, sea como sea”. Juan B. Ritvo. “El Otro es el cuerpo”. Jacques Lacan. “¿Cómo es que una mujer, que cuida de sí y que cuida del mundo, está dotada de logos? ¿Cómo utiliza el más pequeño e imperceptible de los cuerpos?” Bárbara Cassin. “El estereotipo es ese lugar del discurso donde falta el cuerpo”. Roland Barthes.

VII.

Freud piensa el malestar en la cultura, dice que el sufrimiento humano proviene de tres fuentes: las inclemencias del mundo exterior, las limitaciones que impone habitar un cuerpo, y las relaciones con los otros. Confiesa respecto de esta última que “al padecer que viene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro”. Ese malestar es un nombre del inconsciente.

El inconsciente es, entre muchas otras cosas, un nombre de la falla que nos hace tener que vérnoslas con la diferencia que supone amar a un semejante, dar la vida por una idea, conmovernos frente a la belleza de una película, habitar el dulce desamparo de la exogamia y padecer las muertes que atraviesan la vida humana. Malestar no sólo como un sinónimo de displacer, sino el signo de que estar en un mundo humano, tejido de lenguaje, de ficción y de afectos, implica estar de un modo fracturado, desencajado, paradojal, conflictivo. Frente a la linealidad moral de los caminos trazados por el saber religioso (por más laicos que se vistan), el gesto freudiano consiste en reivindicar la alternancia imprevisible de la alegría y la tristeza, del encuentro y la ausencia, de la vida y sus horizontes siempre inciertos. Y eso significa que cada quien construye su mundo a partir de ese agujero que implica no saber, y que en psicoanálisis llamamos castración. Las fantasías son un modo privilegiado de esa construcción. Rechazar el psicoanálisis es rechazar su descubrimiento más potente: el inconsciente. Y ese rechazo no hace que desaparezca, sino que retorne de la peor manera: el miedo a una exterioridad violenta, hostil en la que no estaríamos concernidos.

Si el psicoanálisis tiene efectos, es porque habilita otras construcciones posibles, singulares, insospechadas, inquietantes. Porque apuesta a ensanchar los horizontes del deseo, respetando los modos en los que cada quien se ubica en la vida; porque pone en juego un no saber que agujerea certezas y suscita que allí surja algo nuevo, que acontezca un cuerpo, cada vez.

 

 

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