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Darío Sztajnszrajber: “Vivimos una época sobrepoblada de sentido”

Por Nando Varela Pagliaro

A partir de 2011, cuando apareció Mentira la verdad en Canal Encuentro, Darío Sztajnszrajber se transformó en uno de los filósofos más populares de nuestro país, y sin dudas, el de apellido más difícil. Desde entonces, además de la televisión, ha llevado la disciplina a la radio, así como también a los escenarios con los espectáculos Desencajados y Salir de la caverna. Además, lleva dos libros publicados: ¿Para qué sirve la filosofía? (Planeta, 2013) y el reciente Filosofía en 11 frases. Con la excusa de la publicación de este último, nos recibió en su casa del barrio porteño de Villa Urquiza.    

Es muy común escuchar que un chico quiere ser futbolista o artista, pero no es tan habitual que alguien quiera ser filósofo, ¿cómo surge tu vocación?

Lamentablemente la elección vocacional con el tiempo se fue convirtiendo en una situación traumática, por no decir trágica, donde hay una presión social importante que piensa que en la elección vocacional se juega algo de la identidad, y que entiende que la identidad es algo que tiene sentido en la medida en que uno la encuentra. Cuando en realidad uno lo puede pensar al revés, que la identidad es una búsqueda abierta, permanente, que nunca debe encontrarse a sí misma y, por lo tanto, toda elección vocacional es contingente. En mi caso, me costó mucho decidirme entre Filosofía y Letras, pero lo que para mí era un dilema existencial profundo, para la mayoría de mis allegados era una pelotudez. Vengo de un hogar de clase media baja, comerciantes, en el que la palabra filosofía sonaba a una mezcla de terrorismo y drogadicción. Entonces, fue difícil instalarlo. Aparte, pasé mi secundaria en el pasaje de la dictadura a la democracia, con lo cual salí rápidamente a consumir toda la cultura psicobolche de mediados de los ochenta. Por eso, cuando llegué a la elección de la carrera, sabía que iba a ser complicada la aceptación, pero si no dudé fue porque siempre me interesó el tema.

Hace poco salió una nota en La Nación en la que analizaban de qué modo la serie Merlí y tu programa, Mentira la verdad, están incidiendo en la cantidad de chicos que se anotan para estudiar Filosofía. ¿Creés que con fenómenos así se alcanza a despertar el interés de los jóvenes en una carrera como esa?

Desde que estrenamos Mentira la verdad en el 2011, no hay localidad de la Argentina, y ahora te agrego Uruguay y Chile, en la que no se me acerquen y me digan que con mis programas se duplica la cantidad de ingresantes a la carrera. También es cierto que siguen egresando la misma cantidad.

«Filosofía en 11 frases» de Darío Sztajnszrajber

A eso voy, es como cuando uno era chico, veía Karate Kid y enseguida quería salir corriendo a inscribirse para hacer karate, pero a los dos meses ya no tenías más ganas de ir.

Es un buen ejemplo, y tomando lo del karate es evidente que si lo estudiás, hay una cantidad de técnicas que en la película no las ves. Hay una formación que en la película no la tenés, pero también es cierto que, a diferencia del karate, lo que te puede inspirar una película como Karate Kid es a tener una relación más copada con tu cuerpo. Yo creo que la divulgación filosófica, esto es obvio, no suple un estudio universitario, pero puede inspirar a un tipo de abordaje de cuestionamiento, que en general en la vida cotidiana uno no le da pelota. Hay mucha gente que viendo nuestros programas, o los distintos espectáculos que hacemos, cambia algo en su manera de hacerse preguntas y de relacionarse con algunos fenómenos de lo diario. En la facultad no opera la misma lógica. Por eso para mí no compiten la divulgación y la academia, son idiomas distintos. Spinozeanamente te diría que son atributos distintos de la misma sustancia.

¿Te importa la mirada que tiene la academia sobre la divulgación?

Me importa porque se trata de un mismo espacio, pero creo que hay un tercer actor, en estas grietas que se arman, que es la docencia. Al docente la divulgación le sirve.

Muchas veces se termina hablando de la docencia y de lo importante que es inspirar a los alumnos. Desde los medios siempre se suele hablar del nivel de los estudiantes, pero es muy poco lo que se dice sobre el nivel docente. ¿Cómo lo ves?

Para responderte primero deberíamos discutir qué es tener nivel, en qué tipo de proyecto educativo inscribís la categoría de nivel. Para mí lo que está en juego es el modelo educativo. Yo creo que hay una crisis escolar histórica que excede las distintas coyunturas. Tiene que ver con que siempre el alumno responde a una generación nueva con una materialidad en juego diferente a la del docente. Hoy, la mayoría de los docentes están formados en el siglo pasado y tienen que lidiar con alumnos del siglo XXI, que tienen otro tipo de herramientas y de conceptualización sobre lo que es estar adentro de un aula. Hoy el aula está deserotizada, hoy ningún chico va al aula a aprender nada porque no le interesa ese formato. No es que los chicos están deserotizados, lo encuentran por otro lado. Hoy rinde más la educación no formal que la formal. El método educativo tradicional debería dejarse impregnar por otra lógica, porque los contenidos en el aula ya son una pérdida de tiempo. Yo no puedo dar una clase de Filosofía explicando el año en que nació Aristóteles. Cualquier alumno lo googlea en dos segundos. Saberse de memoria esas fechas es casi como una destreza de circo. Creo que hace falta una reinvención permanente de la tarea que hacemos.

Diálogo con Sztajnszrajber en su casa de Villa Urquiza

Desde su publicación, Filosofía en 11 frases figura entre los libros más vendidos de no ficción, ¿por qué creés que la filosofía está cada vez más cerca del consumo popular?

Yo creo que hay un prejuicio que consiste en pensar que vivimos en una época vaciada de sentido. A mí me gusta pensarlo al revés, que está sobrepoblada de sentido. Hay recetas para todo y todo ya viene procesado, elaborado y con su manual de instrucciones para el uso y consumo cotidiano. Me parece que esa normalización industrial en la que advenimos genera una sensación de tedio. El tedio irrumpe ante la superpoblación de respuestas, no ante la ausencia. Como decía Martin Heidegger, el tedio es tedio por el todo, la angustia es angustia por la nada. Entonces, se trata de recuperar la nada frente a un sistema totalitario en el sentido existencial del término. Hay una necesidad de provocar una fisura que tiene que ver con la libertad. Lo que la filosofía de hoy te propone, a la inversa de la sociedad de consumo y de la autoayuda, es la incertidumbre, es reencontrarte con los abismos originarios, con la contingencia; reconciliarte con la idea de que todo está abierto; abrirse a la irrupción del otro, de ese que te lleva puesto y te resignifica todo el tiempo. Creo que ahí la filosofía tiene una entrada desde este discurso más escéptico, más cuestionador y que apuesta más a la apertura. Cuando el ser humano está demasiado consciente de su vértigo, busca esos fármacos que lo tranquilicen y lo fijen en ejes concretos, pero cuando está demasiado fijo en estructuras que parecen incólumes, busca sobrepasarse a sí mismo, que es lo que propone la filosofía que a mí me interesa.

Y esto de cuestionarlo todo, ¿lleva a que uno esté mejor?

Es claro que la filosofía no trae felicidad, la filosofía angustia. Yo siento la paradoja de que a mí me hace feliz angustiarme, pero no en el sentido flagelante. Lo que me hace feliz es encontrar que con las preguntas puedo ir resquebrajando zonas muy macizas que encubren intereses dominantes. Es una sensación de liberación, no de libertad como algo definitivo, sino de estar liberándose permanentemente de ciertos dispositivos. A mí me hace feliz estar en movimiento, encontrarle siempre la quinta pata al gato. Obviamente, en un momento paro y voy a la cancha y grito un gol o estoy con mis hijos y les doy besos y no pienso en por qué el beso es la forma de relacionarte con el afecto, porque si no te enfermás. Yo digo siempre que, si estás veinticuatro horas haciéndote preguntas, no das un paso y te volvés un tarado, pero si no te hacés ninguna pregunta las veinticuatro horas, también te volvés un tarado. Se trata de ver qué tipo de tarado querés ser.

«Mentira la verdad», por Canal Encuentro, es el programa con el que se volvió un filósofo masivo

Uno de los grandes temas de la filosofía es el tiempo. En tu caso, ¿qué relación tenés con el tiempo?

Yo padezco el tiempo. Te diría que fue mi primera pregunta existencial. No entiendo la alegría de los cumpleaños, no entiendo qué se festeja. Para mí cada cumpleaños es como una mutilación de mi cuerpo. Ahora, la pregunta es: ser consciente de que el camino ineluctable es hacia la muerte, ¿es algo de lo que tenés que estar todo el tiempo pendiente? Yo creo que toda nuestra cultura fue pensada como un modo de aligerar esa consciencia. Te casás, tenés hijos y vas a la cancha para olvidarte de que te vas a morir igual. Cuando esa cultura te enajena tanto que olvidás tu condición de finitud, ahí hay que recuperarla. Como diría Heidegger, “una vez por semana acordate de que te vas a morir igual”. Eso modifica el lugar desde el que te relacionás con las cosas.

¿Cuándo sentís que tuviste un día productivo, que justificaste tu día?

Depende el criterio, te diría que es casuístico. La semana pasada por ejemplo di un curso el lunes en Montevideo, el martes en el Konex y el miércoles en Rosario, y para mí el día más productivo de esa semana fue el jueves, que no hice un pomo. Me quedé en casa y me vi Intrusos entero. Me encanta ver la tele y ese tipo de programas. Ahí también ejercés un tipo de pensamiento. Nadie entiende la realidad en la que vive, si oculta la mitad de las cosas que pasan. Además, Intrusos tuvo virajes interesantes en los últimos meses. Por ahí pasó todo el feminismo, no solo a defender la postura feminista, sino también a hablar de la ley del aborto.

Cuando hablás de lo que hacés se te nota cierta pesadez. ¿Pensás que toda vocación, por más pasión que uno tenga, a la larga se termina convirtiendo en un trabajo, con todo lo malo que eso implica?

Me parece que hay un modelo productivo que desapasiona, pero después queda en cada uno cómo recuperar esa pasión. A mí en general siempre me pasa que cuando termino encontrándome con los estudiantes o el público y veo que de alguna manera lo que hago genera transformación, enseguida reconecto con la pasión.

 

 

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