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El sexo de la tecnología

Por Luciano Sáliche

Una vez le mandé la foto de mi pija a una chica que me gustaba. Eso no lo digo yo, que escribo estas líneas con el pantalón puesto, el cinto ajustado, la bragueta cerrada, las manos en el teclado. Eso lo dice la enorme cantidad de adolescentes y adultos que mete las patas en el mar de la pronografía amateur y el dicking: enviar fotos de —ahora sí: lenguaje formal— penes erectos. También está, desde luego, el sexting y todas las variantes que aparecen cuando nos comunicamos por nuevas vías, con nuevas posibilidades y, por consiguiente, más (o menos) imaginación. Entonces, si la sexualidad es una práctica que nos atraviesa sin demasiada racionalidad, es decir, sin que podamos dominar tan fácil y conscientemente eso que sacude intensamente nuestros corazones, nuestras mentes y nuestros genitales y que llamamos deseo, ¿cómo se inmiscuye ahí la tecnología? ¿Qué aportes hace al imaginario de lo que nos gusta, nos atrae y nos calienta? ¿Qué arsenal de sentidos y significaciones apuntan las nuevas tecnologías de la comunicación en materia sexual?

Quizás haya que bajar la espuma de las expectativas y decir, casi con abultado refunfuño, que las tecnologías también nos vuelven más estúpidos. Pero si de estupidez hablamos, ¿acaso existe algo que tenga tanta capacidad de bloquear una mente como el deseo manifestándose? Son tiempos raros, confusos y alienantes. Hace un año, el guitarrista de la banda Utopians —tristemente hoy extinta—, Gustavo Fiocchi, admitió las acusaciones de acoso sexual. Le enviaba fotos de su pija a chicas menores de edad. “Empezó como un juego… y ahora caigo”, dijo con la semblanza de los tardíamente arrepentidos. Las chicas notaron que la imagen de su ídolo con cresta, tatuajes y una poderosa Gibson SG golgada mutaba hacia la de un grandulón pajero e irrespetuoso con el ego inflamado. Un tarado. Eso lo dijo Fiocchi, una vez escrachado: “Me siento un tarado”.

No es el único. Ahora, en tiempos de rebeliones feministas, las fichas empiezan a caer como un dominó. El periodista Martín Ciccioli fue denunciado públicamente por dos modelos. El dicking, otra vez, en forma de ciberacoso. Primero Nieves Jaller y luego Florencia Brousse, ambas dieron testimonios similares: pese al «no» que les ponían, el periodista les enviaba mensajes, más mensajes, luego fotos, más tarde videos, una estampida bruta y ciega de un acosador soft. Ciccioli respondió de una forma muy singular: se «autodenunció» en la Justicia y puso a disposición su celular para demostrar que, según afirma, todo lo que se dijo es falso.

Una de las preguntas que más le hicieron a Google en 2018 los argentinos fue ¿cómo funciona Tinder?

El deseo sexual nos pone un poco tarados, esa no es ninguna novedad, pero ¿cuál es el lugar de la tecnología? La diferencia entre la comunicación mediatizada y la que se da en el mismo tiempo y espacio —llamémosla cara a cara— está justamente ahí: en la mediatización que actúa como un decodificador de tonos. El mensaje pasa por un canal que, de alguna manera, lo distorciona. Nunca circula puro. No hace falta decir que un “jajaja” puede prestarse a muchas más interpretaciones que a la risa en vivo y en directo de tu interlocutor. En la comunicación mediatizada, ambos extremos del diálogo —emisor y receptor— se alejan configurando una sobreinterpretación del Otro. Con lo cual, cuanto más mediatizada esté una conversación, menos posibilidades de establecer una comunicación genuina y transparente.

Si bien es cierto lo que decía Paul Watzlawick, que “es imposible no comunicarse”, es importante también afirmar que no existe la comunicación total. ¿Por qué? Porque el mensaje, además de canal, está regido por un código. En la teoría del lingüista ruso Roman Jakobson, el código es el lenguaje de la comunicación. Si emisor y receptor no comparten el mismo código se genera una interferencia letal. Esto puede suceder con el idioma —¿qué le puedo entender yo a un histriónico somalí?—, pero también con el registro de la calentura. Cuando Gustavo Fiocchi le insistía con coger a una piba que ya le había dicho miles de veces que no, y lo hacía mediante el dicking en esos momentos en que recibir la foto de un genital masculino a tu WhatsApp no es algo divertido, entonces esa comunicación se sometía al más irremediable colapso.

James Joyce y Nora Barnacle

Un siglo antes, y con una tecnología mucho menos sofisticada como es la correspondencia epistolar, James Joyce cerraba sus cartas románticas así: “¿Dónde puedes encontrarme, dices? Supongo que me encontrarás en la cama”, “iOh, Dios mío, qué excitado estoy!”, “Esta noche a las ocho y media”, «Un beso de veinticinco minutos en tu cuello», “Tu Hermano Cristiano en la lujuria”. A Joyce le interesaba mucho todo aquello que sucedía en el lenguaje. Era un entusiasta de la imaginación y eso lo llevaba (también) a los asuntos de la sexualidad. Con su esposa, Nora Barnacle​, que durante mucho tiempo tuvo que soportar la lejanía, no le quedaba otra opción que relacionarse sexualmente desde el lenguaje. “¡Cuánto me gustaría sorprenderte ahora durmiendo! Hay un lugar en el que me gustaría besarte, un extraño lugar, Nora. No en los labios. ¿Sabes dónde?”, le escribe.

Acurrucado en la más íntima confianza, hacía uso del código que juntos manejaban —vale bien el dicho: cada pareja es un mundo— y le escribía textos que serpenteaban entre la ternura y el erotismo: “¡Buenas noches, mi pequeña Nora pedorra, mi sucia pajarita cogedora! Hay una palabra amable, querida que subrayaste para que me masturbara mejor. Escríbeme más acerca de eso y de ti misma, dulcemente, totalmente sucia, totalmente sucia”. Y estas sean quizás sus más encendidas líneas: “Dulce niña querida, ¡finalmente me escribes! Debes haberle dado a esa sucia conchita tuya una de las más feroces masturbadas para escribirme una carta tan incoherente. Por mi parte estoy tan fuera de forma que tendrás que lamerme por una buena hora antes de que pueda tener un cuerno lo suficientemente firme para metértelo. (…) Cógeme, querida, en todas las nuevas formas que tu deseo sugiera.»

En Joyce se puede leer lo que ocurre con buena parte de las personas que encontraron en las nuevas tecnologías la posibilidad de extender su universo sexual —no por nada una de las preguntas que más le hicieron a Google en 2018 fue ¿cómo funciona Tinder?—. Y eso puede salir bien y ser una experiencia estimulante, pero también puede salir muy mal y revelarte como un verdadero tarado e insensible.

Whitney Bell y su muestra «Yo no pedí ésto: toda una vida de fotos de pijas»

¿A dónde van a parar todas esas fotos de pijas que llegan a los celulares que no las pidieron? Posiblemente sea la papelera de reciclaje la que lo albergue todo, pero a la artista Whitney Bell se le ocurrió una mejor idea: recopilarlas todas y montar una exposición fotográfica que tituló Yo no pedí ésto: toda una vida de fotos de pijas. La operación tiene un giro interesante porque saca al dicking del terreno de la intimidad para hacerlo público y, al fin, ridiculizar al acosador, más no a la práctica. Por eso, en una de las tantas entrevistas que la artista dio, se vio en la obligación de aclarar lo obvio: «Me encanta coger, lo que no me gusta es el acoso y la violencia».

Sexo y tecnología, un mundo. Bryony Cole es la conductora de un podcast de —justamente— sexo y tecnología de Nueva York. Lo que la tiene fascinada desde hace un tiempo es la realidad virtual. No sólo aquel exótico invento del traje con sensores que, al usarlo, sentís que estás cogiendo con otra persona, sino lo que ella llama un lugar intermedio entre el sexo físico y la pantalla. “Podrías conocer a alguien en el mundo virtual y tener una cita virtual para ir al cine. En realidad estarías sentada en el sofá con los auriculares puestos, pero virtualmente estarías tomando la mano a tu pareja en un mundo virtual, experimentando tu primer beso y finalmente rompiendo la relación en realidad virtual”, dijo en una entrevista. Es, de algún modo, el sexo ensanchado por la tecnología, posibilidades —ni buenas ni malas— de comunicarse con el Otro.

Pero el Otro, ese terreno inquietante, es también una persona que, muchas veces, termina siendo invisibilizada ante los fulgores de la tecnología. Quizás el extremo de la supresión está en las muñecas inflables o en los dildos vibradores o incluso en esos trajes de realidad virtual donde efectivamente no existe un Otro, pero a lo que me refiero es a la forma que toma ese canal, que a priori es justamente eso, un canal, hasta volverse un espejo. Y la conversación se termina resumiendo en un frenético monólogo donde, como Gustavo Fiocchi, el Otro no existe salvo para ser el depositario unilateral de los propios deseos. ¿Y qué ocurre cuando ese deseo incontrolable pierde los estribos racionales de convivencia y respeto? Violencia. Estamos de acuerdo: en materia sexual, todos nos volvemos un poco más estúpidos, un poco más impulsivos, un poco más animales. Pero volverse un acosador, de eso ya no se puede culpar tanto a la tecnología.

 

 

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