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Más de un cheto se quiere matar

Por Daniela Eloisa Montenegro

“Sufre cheto, devuélveme a mi chica,
yo te voy a robar el mercedes y las pastillas”
Damas Gratis

En estos últimos días conversé con amigas, periodistas y colegas sobre el caso Rodrigo Eguillor y las reacciones que despertó en la opinión pública.

Para empezar, conocer este caso por su nombre y no el de la denunciante, es una victoria del feminismo. No conozco la cara de la víctima, ni su pasado amoroso, mucho menos sé cómo iba vestida ese día. Sin embargo de él se sabe bastante. Por vanidad, narcisismo o simplemente estupidez, sus propios videos pintaron de cuerpo entero un estereotipo fácil de identificar: el “cheto”. El que goza de todos los privilegios que el patriarcado otorga, porque además de ser varón, pertenece a la clase social que sustenta impunidad en estos casos, y en otros también.

La fuerte presencia en redes sociales, que los medios de comunicación amplificaron, estuvo marcada por distintos videos. También estuvo en distintos programas de televisión, jugando siempre el mismo papel lamentable. La viralización trajo muchas repercusiones, y posiciones de lo más extremas, que me forzaron a tensar y cuestionar algunos lineamientos que rápidamente consiguieron adhesión.  

Por un lado, hubo un levantamiento sobre el lugar que se le estaba dando en los medios. Mucho enojo e indignación porque fue entrevistado en vivo por varios periodistas, mucho enojo e indignación por la cantidad de minutos al aire que se le brindaron mientras que familiares de víctimas de violencia sexual y violencia contra las mujeres  -por ejemplo, la madre de Lucía Pérez- no han tenido el mismo espacio.

El “análisis comunicacional” de numerosas cuentas de redes sociales, indicó que de este modo Eguillor iba a terminar participando en el Bailando o convirtiéndose en panelista; que la reproducción de sus videos solo le otorga fama y que no podía ser entrevistado en televisión. Que no se podía darle aire. Que no se puede hacer eso: entrevistarlo.

De repente la policía de tuiter estableció a quiénes sí y a quiénes no se puede entrevistar. ¿Cómo es eso? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no se puede entrevistar a un acusado de un delito tan grave como éste? ¿Por qué no se puede entrevistar en televisión, mientras que en redes sociales todos estamos hablando de eso? ¿Cuál es el criterio diferencial ahí?

No otorgarle magnitud, no darle prensa, no reproducir las barbaridades que Eguillor dijo son algunos de los argumentos que surgieron, y que todavía no consigo comprender del todo. Estoy segura que la forma de cubrir este caso dejó todo que desear, pero no me cierra la propuesta de prohibir entrevistarlo. Me preocupa que se plantee de un modo tan liviano sobre qué se puede hablar y sobre qué no. En estos extremos no hay ganas de pervertir el uso de redes y los medios de comunicación tradicionales y “usarlo a nuestro favor”. Escuchémoslo, preguntémosle, que diga bestialidades y se incrimine. Que quede a la vista la periodista que buscan influencers en acusados de abuso sexual, que se sepa.

La exposición pública de Eguillor dejó de manifiesto cómo opera la narrativa machista, y lejos de ser algo a censurar, me resulta interesante identificar qué fibras tocó para despertar actitudes tan virulentas. Las reacciones de los hombres nos llamaron la atención, y con algunas amigas nos preguntamos por qué tantas ganas de matarlo, por qué tanto consenso en ajusticiar al cheto de Canning, por qué tantas ansias de justicia por mano propia.

¿Es que de repente este caso conmovió las relaciones vinculares y los hombres se deconstruyeron por fin? No lo sé Rick, parece falso. ¿Qué vieron los hombres indignados en este tipo tan despreciable? Un espejo, se vieron a sí mismos.

El estereotipo de ganador, encarnado en un bobo atómico, despertó más bronca que la acusación de violación. La exposición descarnada de una narrativa machista de virilidad exacerbada, que sólo se comparte entre pares, fue el centro de preocupación de los hombres indignados. “Éste nos hace quedar a todos como unos pelotudos, si yo también estuve con una mina y no le pregunté mucho qué onda; si yo también le pongo número a mis compañeras de trabajo, es un 9, es un 6; tiene un buen ir o un mejor venir; si yo también pienso que hay minas para llevar a la casa de mi vieja y minas con las que solo puedo divertirme”. Ver a Rodrigo Eguillor acomodándose el pelo, embelesado por su propia imagen en cámara, deja en ridículo a la figura del macho alfa, provocando además más frustración de clase que de género. Y ganas de tirarlo del tren.

Algo similar circulaba en mis grupos de wasap, acompañado del video donde se lo ve “humillado” bajando del tren.

El escrache social consiguió legitimarse y se amplificó mediante retuits; ante una justicia que no hace nada (habrá que indagar qué se esperaba de la justica en ésta instancia del caso), la sociedad se encarga de bajarlo del tren y postear fotos de ‘Eguillor haciendo cosas’, tomando café o caminando por Palermo.

El justiciero del feminismo del tren Mitre condensó todos los lugares comunes del “se mete con nuestras mujeres” que menciona Segato. Nos defiende, nos cosifica otra vez, y ésta vez en nuestro nombre. Grita y provoca una situación violenta en el vagón. ¿Es esa la solución? ¿Con violencia, censura y escrache se van a revertir las dinámicas opresivas a las que somos sometidas las mujeres? Pienso que no.

Bajando a Eguillor de cada tren que se tome no se bajan a todos los demás que hacen maniobras de equilibristas para apoyarnos en el subte. No existe el aleccionamiento para el abusador, no hay toma de conciencia. El linchamiento social no va a conseguir el arrepentimiento o la reflexión frente a la posibilidad que el patriarcado les da de ejercer violencia sobre las mujeres. Por eso el pedido es de justicia, no venganza. Nuestra memoria hoy es la visibilidad, hasta que la justicia actúe en clave de género.

Demandar la prohibición del acceso a la información, legitimar la violencia como modo de acción, dar lugar a la eliminación de garantías desde las minorías es jugar con herramientas que no nos pertenecen. Estas lógicas de acción muestran un feminismo punitivista que me resulta limitante, y bordea una propuesta peligrosa que es la misma reproducción de la violencia. Aun pecando de inocente, de esta forma no se construye un mundo diferente, se ejerce el mismo poder y se habilitan mecanismos que nos son ajenos y no sabemos jugar. Permitir la violencia y la exclusión es no tener en cuenta que cuando el poder hegemónico quiere eliminar garantías, nos dispara por la espalda.

 

 

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