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23 de enero, la fecha maldita de la pintura

Por Luciano Sáliche

Las tragedias empiezan en algún momento. Simplemente suceden. Luego se vuelven maldiciones que no se van nunca; se repiten y se repiten. Con una frecuencia que los escépticos harían pasar por azarosa, las tragedias continúan apareciendo, continúan sucediendo. Por lapsos breves o extensos, pero siempre el mismo día. ¿Qué pasa entonces con la pintura? ¿Cuál es su fecha trágica?

Habría que buscar el origen, pero así, pensando en voz alta, por situar un punto en la línea histórica, podría ser el terremoto en la ciudad china de Shaanxi en 1556. Mucho más que un sacudón —magnitud 8 en la escala de Richter—, 830 mil muertos de saldo, el más mortífero de la historia. ¿Cuántos pintores habrán fallecido debajo de los escombros aquel día negro?

En ese entonces, dominaba la dinastía Ming y la pintura de la época era de corte naturalista. Shaanxi alentaba este giro pictórico e invitaba a cualquier ciudadano a tomar algunos colores y dar cuenta del paisaje en el que se estaba inmerso: las montañas de Taihang al este, las montañas Lüliang al oeste y en el centro el valle, los verdes prados y los ríos Fen y Qin corriendo de norte a sur. ¿Cuántos pintores habrán fallecido debajo de los escombros aquel día negro?

Joshua Reynolds. Autorretrato de 1775

Doscientos treinta tres años después, ese mismo 23 de enero, murió Joshua Reynolds, uno de los pintores más importantes e influyentes del siglo XVIII. Su especialidad era el retrato pero no cualquier retrato; fue el promotor de lo que se conoce como el gran estilo, la defensa acérrima a la idealización de lo imperfecto. ¿Por qué? Porque la belleza se construye, y quién mejor que un pintor —que justamente representa lo real— para construirla. Su excelencia a la hora de retratar se destaca porque sabía lo que hacía: sus estudios eran exhaustivos, de hecho fue el primer Presidente de la Real Academia de Artes de Londres y por sus dotes artísticos el rey Jorge III lo nombró caballero.

Cualquier estudiante de arte sabe que la dosificación de la luz que hace Reynolds es inigualable. Se dice que llegó a hacer un total de dos mil retratos; incluso siguió pintando cuando perdió la visión de su ojo izquierdo en 1789. Vivió para la pintura y murió tres años después, en 1792, a los 68 años, soltero, en su casa de Leicester Fields, Londres. Cuán grande será su excelencia, su talento laborioso, que muchísimo tiempo después, en 2005, la Tate Gallery adquirió el cuadro El coronel Acland y Lord Sydney, los arqueros (1769) por más de dos millones y medio de libras esterlinas, casi tres millones y medio de dólares. Dejar una huella y seguir vigente: trascendencia.

Salvador Dalí

Tristán e Isolda de Richard Wagner daba vueltas en el tocadiscos cuando Salvador Dalí dejó este mundo para siempre. La causa: paro cardiorrespiratorio. Ese 23 de enero de 1989 en la ciudad catalana de Figueras, Dalí tenía 84 años y una paz interior que todo el mundo catalogaba de definitiva. Hacía cinco años que su musa y gran amor, Gala Éluard, había fallecido. Sonaba su disco favorito en su casa cuando, en soledad, como si él mismo lo hubiera decidido, murió.

Genio asumido, autopercibido y ampliamente respetado y celebrado por el público del arte y de la farándula, ya no tenía más que hacer aquí, de este lado de la línea purgatoria, del lado de los vivos. Según lo pidió, fue enterrado embalsamado y con el rostro cubierto por un velo bajo la cúpula de su hogar. En julio de 2017 cuando su cadáver fue exhumado para obtener muestras de ADN por una supuesta paternidad, Narcís Bardalet, su embalsamador, dijo que su bigote «seguía intacto, marcando las 10 y 10, como él quería».​ Un dandy inmaculado.

Edvard Munch

Edvard Munch estaba loco. Y esa era la base de su genio, decía. No se trata sólo de su hiperfamoso El grito, también de varios cuadros como La desesperación, Amor y dolor, Ansiedad, Evening on Karl Johan Street y Jealousy. Hay una intensidad emocional que sobresale. Los biógrafos suelen hablar de su infancia en el pequeño pueblito noruego de Løten, de la muerte de su madre y hermana por tuberculosis cuando él era muy chico, la obsesión religiosa de su padre y el posterior fallecimiento cuando él tenía 26. Claro, luego llegaron los viajes, sus incursiones en las vanguardias europeas, el sol naciente de una contracultura que disparó contra las tradiciones alienantes del arte y la cultura. Hacia 1930, una afección ocular —similar a lo que le pasó a Reynolds—  le impidió seguir pintando. Tras dudarlo un tiempo, decidió retirarse. Ya había alcanzado la fama, el reconocimiento mundial, había molestado a los nazis que decían que su arte era «degenerado», ya había hecho más ruido que el suficiente.

Murió el 23 de enero de 1944 en su hacienda de Skøyen, en las afueras de Oslo, al igual que Reynolds o Dalí: en soledad. Esa es la maldición de la fecha trágica. ¿O será la bendición?

Autorretrato (1852) de Alexandre Cabanel

Hay más casos, muchos más casos, casi tantos como los anónimos enterrados en el terremoto de Shaanxi. El pintor y escultor francés Gustave Doré —para muchos el último de los grandes ilustradores franceses, por sus trabajos para El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la Biblia La Divina Comedia— falleció en París un 23 de enero de 1883. Hoy está enterrado en el Cementerio del Père-Lachaise.

Exactamente seis años después, en esa misma París maldita, le tocó a Alexandre Cabanel, creador de obras exquisitas y delicadas como El nacimiento de VenusArmonía Cleopatra probando venenos en prisioneros condenados, maestro de maestros y el favorito de los emperadores Napoleón III y Eugenia de Montijo.

Todo esto un espantoso 23 de enero, día que nacieron el francés Jean-Michel Atlan y el alemán Georg Baselitz; pintor abstracto y pintor neoexpresionista, respectivamente. ¿No deberíamos hacer algo en esta fecha: celebrar en Día de la Pintura o, mejor, olvidarla para siempre, enterrarla en el olvido?

Édouard Manet en un autoretrato de 1879

Pero no todo es muerte, también su contracara inaugural —ya lo decía Théophile Gautier, «nacer es comenzar a morir»—: un 23 de enero de 1832 en París (¡otra vez esa ciudad maldita!), una mujer robusta y ricachona parió con sangre y sudor a Édouard Manet. Hacía frío, estaba nublado y nadie sabía —sobre todos su padres, que directamente no querían— que su destino sea el de uno de los pintores más importantes del siglo XIX.

Maldito y enyetado, persiguió la fama y la fortuna sin demasiado éxito, lloraba por las críticas y por el desinterés que le tenían los salones oficiales. Nunca quiso crear nuevas formas estéticas, vivía casi desganado. Pero, ¿por qué después de su muerte logró el reconocimiento que no obtuvo en vida? Basta con ver algunos cuadros, recorrer de a poco su obra, encontrar los patrones comunes. A diferencia de los pintores clásicos, como Reynolds o Cabanel, su postura es completamente indiferente hacia lo retratado. Hay como un desapego no sólo a las tradiciones preponderantes de la época —muchos lo consideran un impresionista, pero resulta difícil afirmarlo; se lo ve lejos de la técnica de Claude Monet o Auguste Renoir—, también a los sentimientos.

¿Puede un pintor abstraerse del dolor, la pena o la alegría de sus criaturas? Quizás uno nacido el 23 de enero, en la fecha trágica de la pintura, sí.

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