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¿Dónde están los adultos?

Por Luciano Lutereau y Marina Esborraz | Arte: Giuseppe Colarusso

1.

El síntoma principal de las parejas contemporáneas es la expectativa de un amor puro, que no esté tocado por decepciones y anhelos frustrados. Es la falta de madurez, que lleva a que el conflicto no sea una instancia de aprendizaje y crecimiento. El narcisismo del amante actual no resiste la crisis de pareja. Melanie Klein ubicaba el pedir perdón como uno de los modos de reparación, y el concederlo como una forma de gratitud que acepta que el otro no es perfecto y puede errar.

El pasaje de la adolescencia a la adultez implica que, hasta cierta edad, las relaciones terminan por falta de amor o porque el amor se acabó. Después, las relaciones terminan porque el amor no es suficiente. La bisagra entre una experiencia y la otra, consiste en inventar versiones horribles del otro para justificar la insuficiencia del amor. En recorrer esa bisagra radica la madurez. Por eso el diagnóstico de inmadurez nos parece muy útil.

2.

Vivimos en un mundo en el que cada vez hay menos adultos. Dos hechos concretos que lo demuestran: por un lado, la cantidad de personas que ya tienen cierta edad y, a pesar de estar en pareja, histeriquean con otras personas, como una forma de recuperar un deseo, sin que se trate de la división entre la pareja y el/la amante (no es una cuestión moral), no, es más bien la necesidad de que haya alguien con quien melonear (ni siquiera es el arte del flirteo) como un resabio adolescente; no se trata de un conflicto con el deseo, sino de un regodeo en la imagen narcisista de ser deseable, como un modo de aferrarse a una disposición juvenil a una potencialidad, a un “todavía puedo”.

La clínica de hoy en día es la de muchas personas de edad avanzada que no atravesaron los conflictos de la adolescencia, que por lo tanto no tienen síntomas, sino que están un poco sobrexcitadas nomás. Por otro lado, también es el caso de muchos padres que no llegan a estar en una posición adulta, básicamente, porque temen tomar decisiones, es decir, asumir que ser el padre/madre adulto de un niño es ser quien tiene que tomar decisiones por quien aún no puede (ni debe) hacerlo. Estos padres suelen delegar en los niños decisiones que tienen que tomar ellos, o bien se preguntan: “¿Qué hacemos si dice que no?”, “¿Y si no quiere ir al colegio (bañarse, cambiarse, salir, etc.)?”. Son los padres que buscan libros para ser padres, aquellos a los que podemos decirles: no es por ahí, porque nuevamente nos encontramos con adultos destituidos, no sintomáticos, y quienes quedan sintomatizados son los hijos, no con una respuesta a lo sintomático de los padres, sino a su falta de síntoma.

Por eso los síntomas de los niños cambiaron tanto. Es cierto que hablar de adultez parece una idealización, pero claro que no nos referimos a la adultez como autonomía, responsabilidad, independencia; esta visión de la adultez es plenamente adolescente. Renunciar a esa imagen no quiere decir descartar la necesidad de la categoría. Creemos que el análisis es para ser un poquito más adulto.

3.

No hay miedos de adulto. Todos los miedos son infantiles, porque todos los miedos surgen en la infancia. Lo notable es cómo algunos miedos se disfrazan en aspectos distantes de la vida, por ejemplo, en la función que puede cumplir una pareja, ya no como compañero erótico sino para calmar el miedo a estar solo, especialmente cuando es de noche, porque sin otro se duerme entrecortado, porque cuesta cerrar los ojos, porque para dormir hay que entregarse; dormir es asumir un acto de indefensión, por eso se duerme mejor cuando hay otro en la casa, porque si no se fantasea con que puede entrar otro (ladrones o fantasmas, etc.); porque una cosa es irse a dormir y otra dormirse: en ese arco se realiza un acto de arrojarse; están quienes demoran lo uno, otros no consiguen lo otro, porque para dormir hay que dejar ver, para no sentirse mirado (fundamento del miedo a la oscuridad en los niños) y así mejor que haya alguien despierto antes de acostarse o que haya a quien tocar o abrazar, un uso talismánico del otro en el seno de una pareja, que nada tiene que ver con el amor; que permite incluso que personas dejen de desearse, a lo mejor de amarse, pero aun así sigan juntas.

 

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